Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 18 Lo que no se fue
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Capítulo 18 Lo que no se fue

Y por primera vez en mucho tiempo...el mundo dejó de sentirse vacío.

¿Alguna vez sentiste que debías hacer algo?

No porque tuviera lógica.

No porque alguien te lo pidiera.

Simplemente porque algo dentro de ti insistía.

Esa sensación incómoda que aparece sin explicación.

Como una voz empujándote suavemente desde algún lugar que no sabes nombrar.

A veces haces caso.

Y todo termina saliendo bien.

A veces no.

Y entonces pasas días enteros pensando que debiste escuchar.

Así comenzó todo esto.

No entendiendo.

Solo sabiendo.

Gustavo abrió los ojos.

La noche seguía ahí.

Silenciosa.

Pero no vacía.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Mirando su mano.

Esperando.

Buscando.

Nada.

Y por un instante pensó que quizá todo había terminado.

Entonces la marca apareció.

Sutil.

Moviéndose apenas bajo la piel, como algo que nunca se había ido realmente.

Solo estaba esperando.

Gustavo sonrió apenas.

—Ya era hora.

Se levantó sin prisa.

La casa permanecía en silencio.

El refrigerador zumbando a lo lejos.

La madera crujiendo apenas bajo sus pasos.

Todo parecía normal.

Caminó hacia la sala.

El Arlequín seguía donde lo había dejado.

Quieto.

Con esa sonrisa inmóvil que ahora resultaba mucho más desagradable.

Gustavo lo tomó entre las manos.

Lo observó unos segundos.

Y entonces habló.

—Esto termina hoy.

Preparó una pequeña fogata improvisada en el patio.

El aire nocturno estaba frío.

El humo comenzaba a subir lentamente hacia la oscuridad.

Lanzó el muñeco directo hacia las brasas.

Al principio las llamas avanzaron despacio, consumiendo la tela, la pintura, el relleno viejo.

Pero después algo cambió.

El fuego comenzó a moverse de forma incorrecta.

Más agresivo, como si estuviera quemando algo que no pertenecía realmente a este mundo.

Y entonces llegó el sonido.

No fue un grito.

Fue peor.

Un ruido seco.

Desgarrándose desde dentro.

Parecido al sonido que hace un animal cuando entiende demasiado tarde que va a morir.

La forma del Arlequín comenzó a deformarse entre las llamas.

Abriéndose.

Retorciéndose.

Y entonces salió.

Era una masa oscura moviéndose entre el humo.

Inestable, como sombra intentando mantenerse unida a la fuerza.

Pero había intención ahí.

Desesperación.

La cosa intentó alejarse del fuego.

Gustavo no retrocedió.

Ni siquiera parpadeó.

La marca reaccionó inmediatamente.

Respondió.

La sensación recorrió su brazo como presión viva.

Su mano se levantó lentamente.

Y atravesó aquella masa oscura sin dificultad.

—Largo de mi casa.

La voz salió tranquila.

Fría.

No fue un grito.

Fue una orden.

Y algo dentro de aquella cosa obedeció.

El demonio comenzó a romperse al instante, deshaciéndose como humo arrancado por el viento.

Pero antes de desaparecer consiguió emitir algo más.

No palabras completas.

Algo roto.

Forzado.

Como una amenaza escupida desde muy lejos.

—Te harán pagar por esto...

Y después nada.

La presencia desapareció por completo.

Sin dejar rastro.

Sin eco.

Solo quedó el fuego consumiendo los últimos restos del muñeco.

Y el silencio volvió lentamente a la casa.

Gustavo soltó el aire despacio.

Regresó a su habitación.

Se dejó caer sobre la cama.

Y el sueño llegó rápido.

Profundo, como si el cuerpo hubiera decidido apagarse antes de que la mente pudiera seguir pensando.

No supo cuánto tiempo pasó.

Hasta que el sonido lo despertó.

Suave.

Constante.

Viniendo desde la sala.

Gustavo abrió lentamente los ojos.

Todavía desorientado.

Escuchó otra vez.

Algo moviéndose afuera.

Se incorporó despacio.

Confundido.

No tenía sentido.

El demonio del Arlequín ya no existía.

Lo había eliminado.

Entonces caminó hacia la sala.

Precavido.

Y al cruzar el pasillo los vio.

No era uno.

Había varios.

Demonios quietos alrededor de la habitación.

No atacaban.

No hablaban.

Solo observaban, como si estuvieran esperando algo.

O a alguien.

Y entonces Gustavo lo vio a él.

Sentado en la sala.

Cómodo.

Tranquilo, como si aquella casa le perteneciera desde antes.

Sus ojos no brillaban.

Ardían.

No como fuego.

Como brasas contenidas debajo de ceniza.

Y lo peor era que su presencia no llenaba el espacio.

Lo dominaba.

—Adelante, Gustavo... —la voz no necesitó elevarse.

Aun así, todo el lugar pareció escucharla—.

Te estaba esperando.

Gustavo no se detuvo.

No retrocedió.

—¿Qué haces aquí?

El Enemigo sonrió apenas, como si disfrutara la pregunta.

—Vienes eliminando a los míos.

Pensé que era momento de hablar.

Gustavo sostuvo la mirada.

—¿Quieres negociar?

La sonrisa se amplió apenas.

—Prefiero pensar que vine a proponerte algo.

Entonces Gustavo miró instintivamente su mano.

La marca permanecía apagada.

Y eso le revolvió algo incómodo dentro del pecho.

—¿Esto está permitido?

El Enemigo ladeó ligeramente la cabeza.

Divertido.

—Si no lo estuviera, ya nos habrían detenido —la mirada recorrió lentamente la casa—.

Y no veo que nadie tenga intención de hacerlo.

Gustavo volvió a mirarlo.

—¿Y si no me interesa tu propuesta?

El Enemigo no respondió.

Simplemente hizo un pequeño gesto con la mano.

Uno de los demonios avanzó.

Llevaba una bolsa.

Oscura.

Pesada.

La dejó caer sobre la mesa.

Y volcó el contenido.

Algo rodó lentamente.

Hasta detenerse.

La cabeza del joven del templo.

El silencio se rompió dentro de Gustavo.

Su cuerpo se tensó de inmediato.

—¿Qué hiciste...? —la voz salió más baja, más humana—.

Es solo un niño.

El Enemigo lo observó sin expresión.

—Curioso.

Eliminas a los míos sin detenerte a pensar —señaló la cabeza sobre la mesa—.

Y esto todavía logra sorprenderte —más bajo—.

Solo estoy equilibrando la balanza.

Silencio.

Y entonces sonrió.

—Gustavo... qué pésimo jugador eres.

Gustavo sostuvo la mirada.

Sin parpadear.

Sin apartarse.

—Yo no soy un jugador.

Esto es entre Dios y tú —más bajo—.

Yo solo soy una pieza.

El Enemigo soltó una pequeña risa.

Pero había algo oscuro detrás de ella.

Algo desesperado.

—Precisamente por eso te quiero... de mi lado del tablero.

Gustavo ni siquiera dudó.

—Eso nunca va a pasar.

El silencio cambió apenas.

Más incómodo.

Y entonces el Enemigo habló otra vez.

—Gustavo... ya probaste el mal —la voz descendió apenas—.

Has hecho cosas que le disgustan a Dios —más bajo—.

Has cruzado líneas que no debiste tocar —la mirada permaneció fija sobre él—.

¿De verdad crees que alguien como tú merece perdón?

¿Crees que te dejarán vivir después de todo esto?

Gustavo soltó una risa breve.

Seca.

—¿Tú crees que estoy buscando perdón? —la mirada se endureció lentamente—.

¿Crees que le tengo miedo a morir? —más bajo—.

No me conoces lo suficiente.

El silencio volvió a instalarse.

Y entonces Gustavo inclinó apenas la cabeza, como si recién hubiera entendido algo importante.

—Pero puedo ver algo en ti.

Desesperación.

Eso hizo que la sonrisa del Enemigo desapareciera apenas.

—Y alguien desesperado... —más bajo— normalmente es alguien que tiene miedo.

Silencio.

—Para ser un jugador... —la mirada de Gustavo permaneció fija en él— eres demasiado cobarde.

Y por primera vez algo cambió realmente en el Enemigo.

No molestia.

No burla.

Furia.

Pura.

Violenta.

La habitación entera pareció tensarse alrededor suyo.

Entonces Gustavo volvió a hablar.

Tranquilo.

Casi cansado.

—¿Cómo dijiste hace un momento? —una sonrisa pequeña apareció apenas—.

Ah, ya recordé —más bajo—.

Qué pésimo jugador eres.

El Enemigo se levantó de golpe.

Y el espacio tembló.

No las paredes.

No el suelo.

La realidad alrededor de él.

Algo en su presencia dejó de contenerse.

Se lanzó hacia Gustavo con la intención brutal de atravesarlo, como si quisiera arrancarle el corazón con las manos.

Y entonces la luz apareció.

Irrumpió.

Ángeles.

Firmes.

El espacio pareció partirse alrededor de ellos.

Los demonios retrocedieron inmediatamente.

Las sombras comenzaron a romperse.

El Enemigo se detuvo.

Giró lentamente el rostro.

Y sus ojos volvieron a clavarse sobre Gustavo.

Ardiendo.

—Esto... —más bajo— no termina aquí.

Y desapareció.

Todo desapareció con él.

La sala.

Los demonios.

La presión.

El ruido.

Entonces Gustavo abrió los ojos de golpe.

Pero no agitado.

No desesperado.

Extrañamente tranquilo.

La respiración estable.

El cuerpo relajado.

Y a un lado de la cama, el Ángel.

Silencioso.

Observándolo.

—Tranquilo —la voz sonó distinta esta vez.

Más cercana—.

Todo está bien —más bajo—.

Solo fue una pesadilla.

Y entonces añadió:

—El joven está vivo.

El tiempo pasó.

Y Gustavo siguió cerrando grietas.

Siempre acompañado por el Ángel.

Ciudades distintas.

Casas distintas.

Personas distintas.

Pero el mismo vacío detrás de todas ellas.

Y aun así, por momentos sintió que estaba haciendo algo correcto.

Cambiando vidas.

Como alguna vez quiso hacerlo.

Como siempre creyó que debía hacerse antes de entender lo roto que estaba realmente el mundo.

Hasta que un día todo se detuvo.

No hubo nuevas grietas.

No hubo señales.

No hubo demonios.

No hubo tablero.

Solo silencio.

Y después más silencio.

Incluso el Ángel dejó de aparecer.

Al principio Gustavo pensó que sería temporal.

Después pasaron días.

Semanas.

Meses.

Años.

Y nada volvió.

Así que siguió viviendo.

O algo parecido a eso.

Terminó sus estudios.

Consiguió trabajo.

Se mudó varias veces.

Cambió números.

Desapareció de redes.

Aprendió a mantenerse lejos de cualquier cosa relacionada con su pasado, como si alejarse suficiente pudiera volverlo normal otra vez.

Y por momentos casi lo conseguía.

Hasta que una tarde cualquiera el teléfono sonó.

Número desconocido.

Gustavo estuvo a punto de ignorarlo.

Pero contestó.

—¿Gustavo?

Silencio.

La voz sonaba agotada, como alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir bien.

—Soy Alejandro.

Hermano de Vanessa.

Y algo dentro de Gustavo se tensó inmediatamente.

No miedo.

Memoria.

—¿Cómo conseguiste este número?

—Eso no importa ahora.

La respiración del otro lado se quebró apenas.

—Necesito decirte algo.

Y entonces apareció esa sensación.

Ese vacío repentino en el estómago, como cuando una parte de ti entiende algo antes de escucharlo.

—Vanessa...

Silencio.

—murió.

El mundo no se detuvo.

Afuera seguían pasando autos.

Alguien reía en otro departamento.

La vida continuaba exactamente igual.

—Fue un accidente.

Gustavo no respondió.