Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 17 Nada de lo que creías es real #4
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Capítulo 17 Nada de lo que creías es real #4

Las imágenes religiosas seguían presentes.

Pero ahora sus rostros parecían distintos.

Menos tranquilos.

Menos humanos.

Como si observaran demasiado.

Como si supieran algo.

Bajaron por un pasillo estrecho oculto detrás de una puerta lateral.

La luz comenzó a desaparecer poco a poco, sustituida por sombras que no coincidían completamente con la forma de las paredes.

El olor también cambió.

Humedad.

Tierra mojada.

Encierro.

Y algo más.

Algo viejo, como un lugar que llevaba demasiado tiempo escondiendo cosas debajo.

Los pasos del ministro resonaban despacio frente a Gustavo.

Tranquilos.

Demasiado tranquilos.

Y mientras descendían, la sensación de estar dentro de un templo comenzó a desaparecer.

Hasta que finalmente llegaron.

El sótano.

El espacio era amplio.

Pero no se sentía abierto.

Se sentía contenido.

Encerrado.

Como si el aire llevara demasiado tiempo sin renovarse.

En el centro había una mesa.

No improvisada.

No descuidada.

Preparada.

Marcas profundas recorrían la superficie de madera.

Símbolos tallados con demasiada precisión para haber sido accidentales.

Formas que parecían antiguas.

No hechas para entenderse.

Hechas para usarse.

Había recipientes dispersos alrededor.

Velas consumidas.

Restos secos adheridos a pequeños platos metálicos.

Telas negras dobladas cuidadosamente.

Y entre todo aquello, una daga.

Simple.

Fría.

Funcional, como si hubiera sido utilizada tantas veces que ya formara parte natural del lugar.

Gustavo recorrió lentamente el sótano con la mirada.

Después soltó una pequeña sonrisa cansada.

—Vaya... qué lugar tan acogedor —miró alrededor nuevamente—.

Deberías rentarlo para eventos —más bajo—.

Tiene potencial.

El ministro lo observó en silencio unos segundos.

Después sonrió apenas.

—Ese tono... me resulta familiar.

Gustavo ladeó apenas la cabeza.

—Vamos... sin halagos.

La sonrisa desapareció apenas del rostro del ministro.

Y Gustavo volvió a hablar.

Más firme esta vez.

—¿Qué haces aquí realmente?

El hombre acomodó lentamente las mangas de su ropa.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Lo sabes.

Guío personas.

Las acerco a Dios.

Gustavo soltó una pequeña risa por la nariz.

Sin humor.

—Claro —la mirada recorrió lentamente los símbolos sobre la mesa—.

Solo tengo la sensación... —más bajo— de que no es el Dios que ellos creen.

Algo cambió en la expresión del ministro.

—Eres irrespetuoso.

Entras aquí cuestionando cosas que no entiendes.

Gustavo avanzó un paso.

Sin agresividad.

Sin prisa.

—¿Y tú de verdad crees que sí las entiendes?

El silencio cayó entre ambos.

—Puedo sentir a tus amigos —la voz de Gustavo descendió apenas—.

Tú no los escuchas realmente.

Pero yo sí.

El ministro sostuvo la mirada unos segundos.

Y entonces algo de la calma comenzó a romperse.

—Dios nos abandonó.

La frase salió seca.

Como algo repetido demasiadas veces hasta terminar convertido en verdad.

—No escucha.

No responde.

La gente necesita ayuda.

Gustavo asintió lentamente.

Como si entendiera perfectamente de dónde venía esa idea.

—Claro.

Y el Enemigo amablemente se ofreció —una pequeña sonrisa torcida apareció apenas—.

Qué considerado de su parte.

El ministro apretó la mandíbula.

—Puedes burlarte todo lo que quieras.

Pero sabes que es verdad.

—No.

Gustavo lo interrumpió sin elevar la voz.

Y eso pesó más.

—Tú sabes que no lo es —el silencio volvió a tensar el sótano.

Las velas consumidas—.

Porque algo dentro de ti todavía lo entiende.

Y precisamente por eso necesitas seguir convenciéndote.

El ministro no respondió.

Pero sus ojos sí cambiaron apenas, como si una parte de él hubiera escuchado demasiado.

—Y además... —la mirada de Gustavo se endureció un poco— te equivocas en otra cosa —más bajo—.

Dios sí escucha.

Solo que no a ti.

El silencio se volvió incómodo.

Real.

—Escucha a las personas que engañaste.

A quienes usaste.

A quienes entregaste creyendo que nunca habría consecuencias.

El ministro permaneció inmóvil.

Después habló lentamente.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Gustavo no dudó esta vez.

La marca ardió apenas bajo su piel.

—Porque me envió —la mirada se sostuvo firme—.

A cerrar esta grieta.

El silencio no duró.

Se rompió de golpe.

Violento.

El cuerpo del ministro se tensó hacia atrás.

Sus músculos comenzaron a contraerse debajo de la ropa.

La respiración se cortó.

Y entonces algo dentro de él comenzó a abrirse paso.

No fue sutil.

La piel perdió consistencia, como si algo estuviera pudriéndose desde dentro mientras seguía vivo.

Sus ojos se hundieron lentamente.

Oscuros.

Moviéndose de forma incorrecta, como si varias cosas estuvieran intentando mirar al mismo tiempo desde el fondo de aquellas cuencas.

La boca se abrió demasiado.

Mucho más de lo que debería.

Y entonces Gustavo la vio: la lengua, moviéndose como una serpiente húmeda dentro de aquella sonrisa imposible.

Pequeñas formas comenzaron a desplazarse bajo la piel del ministro.

Rápidas.

Inquietas.

Como insectos atrapados intentando salir.

Y algunos lo hicieron.

Oscuros.

Brillantes.

Deslizándose por el cuello.

Por el rostro.

Cayendo al suelo antes de desaparecer entre las sombras.

La voz llegó después.

Arrastrándose lentamente por el sótano.

Profunda.

Incorrecta.

Como si no necesitara una garganta para existir.

—Elegido... durante un tiempo creí que era tu ignorancia la que te traía hasta aquí.

El cuerpo del ministro se deformó apenas mientras hablaba.

Huesos moviéndose bajo la piel.

—Después pensé que tal vez era valor.

Una sonrisa torcida apareció lentamente.

O algo parecido a una sonrisa.

—Pero ahora solo veo necedad —más frío—.

Y estupidez.

Gustavo no retrocedió.

Ni un paso.

Y eso pareció irritar más a la criatura.

Entonces volvió a sonreír.

—Yo lo llamaría aburrimiento —la mirada recorrió lentamente el sótano.

Las velas.

La mesa.

Las sombras moviéndose detrás de las paredes—.