Capítulo 17 Nada de lo que creías es real #3
Entonces el Ángel volvió a hablar.
—Pero ese tiempo se está acortando.
El silencio que cayó después se sintió distinto.
Más pesado.
Más real.
Como si el mundo alrededor hubiera escuchado también.
Gustavo soltó lentamente el aire.
Después volvió a mirar el templo.
Las puertas abiertas.
La luz cálida.
La mentira disfrazada de paz.
—Perfecto —la mirada se endureció apenas—.
Entonces ahorrémonos la teoría —más firme— y empecemos a limpiar.
Cruzaron el umbral.
Y el cambio comenzó lentamente.
No fue inmediato.
El lugar parecía revelarse poco a poco.
El templo era mucho más grande por dentro.
Columnas altas.
Techos perdiéndose entre sombras suaves.
La luz atravesaba los vitrales de colores y caía sobre el suelo en tonos cálidos.
Rojos.
Dorados.
Todo estaba construido para transmitir calma.
Esperanza.
Reverencia.
Había figuras por todas partes.
Demasiadas.
Rostros inmóviles observando desde las paredes.
Manos extendidas en gestos eternos de misericordia.
Santos.
Vírgenes.
Representaciones humanas intentando darle forma a algo divino.
Veladoras encendidas.
Flores marchitas junto a pequeños altares.
Personas susurrando oraciones tan bajas que parecían hablar consigo mismas.
Y por un instante todo parecía normal.
Correcto incluso.
Pero Gustavo lo sintió apenas avanzó unos pasos.
La energía no coincidía con la imagen.
No había paz real ahí dentro.
No había descanso.
Había otra cosa.
Algo contenido.
Observando en silencio detrás de toda aquella devoción.
Algo esperando.
Gustavo recorrió el lugar lentamente con la mirada.
—Esto no se siente como debería... —la voz salió casi en un murmullo.
El Ángel no respondió de inmediato.
Solo avanzó unos pasos más.
—Observa.
Gustavo siguió la dirección de su mirada.
Un hombre permanecía de rodillas frente a una figura de yeso.
Las manos juntas.
La cabeza inclinada.
Sus labios se movían apenas.
Pero incluso desde lejos la desesperación era evidente.
—Ayúdame... por favor...
La voz se rompió en la última palabra.
Y por un instante Gustavo sintió algo incómodo en el pecho, porque conocía perfectamente ese tono.
La voz de alguien que ya agotó todas las demás opciones.
Entonces el Ángel habló.
—Tiene fe.
Y cree que esa imagen puede ayudarlo.
Gustavo observó la figura inmóvil frente al hombre.
La pintura desgastada.
Los ojos de cristal.
La expresión congelada de compasión.
—Pero no es así —la voz del Ángel no sonó cruel.
Solo precisa—.
Se les dijo claramente que no hicieran imágenes.
El silencio del templo pareció hacerse más pesado.
—Que no se inclinaran ante ellas —más firme—.
Que la devoción no debía dividirse.
Una mujer pasó caminando detrás de ellos encendiendo otra veladora.
La pequeña llama tembló apenas.
—Pero el Enemigo... —la voz descendió un poco— aprendió hace mucho tiempo a usar la ignorancia humana.
Gustavo soltó lentamente el aire.
Sin apartar la mirada del hombre.
—Entonces... ¿lo eliminamos? —el sarcasmo apareció seco.
El Ángel giró apenas el rostro hacia él.
No respondió.
Y eso bastó.
Gustavo negó ligeramente con la cabeza.
—Sí, sí... entendí.
La mirada volvió a recorrer el templo.
Las figuras.
Las personas rezando.
—Entonces destruimos todo esto.
Aunque son demasiadas cosas.
Sería más fácil derrumbar el lugar completo.
El Ángel observó lentamente alrededor.
Después respondió.
—Esto solo es piedra.
La frase cayó con una tranquilidad incómoda.
—Lo inmundo... —más bajo— no vive en las paredes.
El silencio volvió a acomodarse dentro del templo.
—Vive en aquello que responde desde el otro lado.
Gustavo permaneció quieto unos segundos.
Sintiendo nuevamente esa energía escondida bajo el lugar.
Esa sensación incorrecta respirando debajo de las oraciones.
Entonces asintió apenas.
Y siguió caminando.
Más adelante, una mujer permanecía de pie frente a otra imagen.
Sonreía.
Las manos juntas sobre el pecho.
Los ojos cerrados.
—Gracias... gracias de verdad...
La voz temblaba apenas.
Pero no por tristeza.
Por alivio.
Como alguien que finalmente había recibido una respuesta después de mucho tiempo esperando.
El Ángel observó la escena unos segundos.
—Está agradeciendo.
Y aquello que recibió... —más firme— vino de Dios.
Gustavo giró apenas el rostro.
—Pero...
El Ángel continuó.
—Su fe está dirigida hacia el lugar equivocado.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Gustavo ladeó ligeramente la cabeza.
—Parece que esto te molesta —después miró alrededor.
Las imágenes.
Las veladoras.
Las personas orando—.
¿Por qué no entras tú y acabas con todo esto? —más bajo—.
Traes refuerzos y se termina.
El Ángel no reaccionó.
Ni siquiera pareció considerar la idea.
—Ya te expliqué que hay reglas —la voz permaneció tranquila—.
Y deben respetarse.
Silencio.
—Si actuara fuera de ellas... —más firme— sería igual que aquello que enfrentamos.
Gustavo soltó una pequeña exhalación por la nariz.
—Eso suena desesperadamente burocrático para algo divino.
El Ángel no respondió al sarcasmo.
—Y asumiría las consecuencias.
El silencio permaneció unos segundos más.
Después la presencia volvió a hablar.
—Y sí.
Esto me molesta.
La respuesta llegó tan directa que incluso Gustavo dejó de bromear por un instante.
—Por eso estoy aquí —más bajo—.
Contigo.
Gustavo no respondió.
No hacía falta.
Entonces el Ángel volvió a hablar.
—Observa.
Gustavo siguió la dirección de su mirada.
Un grupo de jóvenes reía cerca de una de las columnas.
Conversaciones normales.
Todo parecía cotidiano.
Y entonces apareció él.
Vestimenta impecable.
Movimientos tranquilos.
Sonrisa perfectamente medida.
La clase de rostro que inspira confianza rápido.
El hombre se acercó al grupo hablando con naturalidad, como alguien acostumbrado a ser escuchado.
Gustavo lo observó apenas unos segundos.
Y sintió inmediatamente algo incorrecto.
—¿Él?
Debe ser una broma —más bajo—.
Se supone que alguien así debería guiar personas.
El Ángel respondió sin vacilar.
—No le pertenece a Dios.
La frase cayó fría.
Precisa.
Sin odio.
—Su padre... es otro.
El ruido lejano del templo continuó alrededor.
—Y cumple sus deseos.
Gustavo frunció apenas el ceño.
Todavía observándolo.
—¿Y si no sabe lo que hace?
Tal vez solo está equivocado.
El Ángel giró lentamente la mirada hacia él.
—Sabe exactamente lo que hace.
El silencio se sostuvo apenas un momento.
Y entonces continuó.
—En el sótano de este templo... —más bajo— realiza rituales.
Gustavo no apartó la mirada del hombre.
La sonrisa perfecta.
Las manos tranquilas.
La falsa calma.
Y eso fue quizá lo más desagradable, porque parecía completamente humano.
—Entonces ahí es.
Ahí comenzó.
Y ahí termina.
Gustavo soltó una pequeña risa seca.
No por humor.
Por cansancio.
—Si esto funciona igual en todos lados... —la mirada recorrió lentamente el templo— entonces el mundo entero está lleno de esto —negó apenas con la cabeza—.
No vamos a terminar nunca.
Silencio.
—No sé cuánto vivan ustedes... —más bajo, más cansado— pero a mí no me alcanza la vida para arreglar este desastre.
Y justo después de decirlo, algo le resultó incómodo.
La forma en que sonó.
El tono.
La ironía cansada.
Por un instante se escuchó demasiado parecido a Jonathan.
Y eso le revolvió algo dentro del pecho, porque quizá el demonio le había dejado más cosas que recuerdos.
Pero Gustavo no dijo nada.
Solo siguió mirando al ministro.
Después soltó lentamente el aire.
—Aunque supongo... —una pequeña inclinación de cabeza— que nunca se trató de arreglarlo todo.
El Ángel respondió inmediatamente.
—Estás en esta partida.
Concéntrate en tu movimiento.
Gustavo sonrió apenas.
Frío.
—Perfecto —la mirada volvió al templo—.
Entonces hagamos unos cuantos movimientos en el tablero.
Comenzaron a avanzar.
El ministro caminaba algunos pasos adelante, acompañado por un joven.
No tendría más de dieciocho años.
Vestimenta sencilla.
Mirada cansada.
La clase de persona que parece estar buscando algo, aunque todavía no sabe exactamente qué.
Entonces el Ángel habló.
—Detenlo.
Gustavo no dudó.
—¡Oigan!
La voz resonó apenas dentro del templo.
El ministro se detuvo.
Giró lentamente.
Y sonrió.
Educado.
Amable.
Correcto.
Pero Gustavo sintió inmediatamente algo incorrecto detrás de esa expresión.
La energía.
Pesada.
Como si algo más estuviera usando aquel rostro para mirar desde dentro.
—¿Pueden ayudarme con algo?
Gustavo se acercó despacio.
Y entonces ocurrió.
El joven dejó de mirar al ministro.
Sus ojos se movieron directamente hacia el Ángel.
Y se quedó inmóvil.
No había miedo en su expresión.
Había sorpresa.
Confusión.
Como si una parte de él estuviera viendo algo que no lograba comprender completamente, pero sabía que era real.
Gustavo volteó apenas.
El Ángel no dijo nada.
Solo señaló discretamente la salida.
El joven entendió de inmediato.
Y comenzó a retroceder.
Despacio.
Sin discutir.
Sin preguntar.
El ministro reaccionó al instante.
Sujetó al joven del brazo.
—Espera...
La sonrisa seguía ahí.
Pero ahora se veía forzada.
Gustavo se acercó lentamente.
Sin prisa.
Después se inclinó apenas hacia el ministro.
Y susurró:
—Suéltalo.
El hombre giró lentamente el rostro hacia él.
Y por un instante sus ojos cambiaron.
No completamente.
Solo lo suficiente.
Algo oscuro moviéndose detrás de la mirada.
Algo viejo.
Gustavo sostuvo la mirada sin retroceder.
—Llévame —más bajo— con tus amigos del sótano.
El silencio cayó entre ambos.
Pesado.
El ministro soltó lentamente el brazo del joven.
Y el muchacho se alejó rápido.
Sin mirar atrás.
Como alguien que no entiende qué acaba de pasar, pero sabe que debe irse.
El ministro recompuso lentamente la postura.
La sonrisa regresó.
Pero ya no parecía humana del todo.
—Claro... será interesante ver cómo te reciben.
Gustavo comenzó a seguirlo.
Los primeros pasos no parecieron cambiar nada.
El templo seguía igual.
Los vitrales.
Las veladoras.
El incienso.
Las oraciones lejanas mezclándose con el eco del lugar.
Todo seguía aparentando normalidad.
Pero mientras avanzaban, algo empezó a deformarse lentamente.
Las paredes dejaron de sentirse amplias.
El espacio comenzó a cerrarse alrededor de ellos.
El aire se volvió más pesado.
Más húmedo.
Más difícil de respirar.