Capítulo 17 Nada de lo que creías es real #2
Rómpelo por dentro... —sus ojos permanecieron sobre Gustavo— y levantará imperios desde las cenizas de su dolor.
La sonrisa cansada permaneció.
—No estaré aquí para ver tu imperio... pero estoy seguro de que será magnífico.
Y por un instante Jonathan pareció en paz.
No feliz.
No libre.
Solo cansado de pelear contra algo que sabía imposible detener.
Entonces comenzó a quebrarse.
Lentamente.
No desapareció de golpe.
Se deshizo, como algo que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose apenas.
Hasta que finalmente ya no quedó nada.
El silencio volvió.
Pero algo había cambiado.
El aire se sentía más limpio.
Más vacío.
Gustavo bajó lentamente la mano.
La marca seguía ahí.
Viva.
Activa.
Pero la presencia de Jonathan ya no estaba.
El silencio no duró.
Se acomodó, como si el espacio entero hubiera entendido que algo más estaba por llegar.
No hubo luz.
No hubo sonido.
Y aun así todo cambió.
La presencia ocupó el lugar lentamente.
No empujó.
No invadió.
Simplemente era.
Gustavo sintió cómo el aire se volvía distinto.
Más claro.
Más estable, como si incluso el ruido dentro de su cabeza hubiera decidido guardar silencio.
Entonces la voz apareció.
No desde un punto exacto.
No desde arriba.
No desde afuera.
La reconoció antes de escucharla.
—Veo que recibiste el regalo.
Y entendiste cómo funciona.
Gustavo permaneció inmóvil, porque había cosas cuya presencia simplemente no podía confundirse.
El cuerpo entendió antes que la mente.
Y lentamente Gustavo se arrodilló.
Por respeto.
Respiró profundo.
—Tengo la sensación de que este regalo tiene consecuencias.
El silencio respondió primero.
Preciso.
Sin prisa.
—Tu trabajo no cambia.
Sigues cerrando grietas.
Pero ahora... —el aire permaneció completamente inmóvil— puedes hacer algo más.
Gustavo levantó apenas la mirada.
Silencio.
—Eliminar la maldad.
Gustavo tragó saliva lentamente.
—¿Y después?
La presencia no respondió de inmediato, como si ciertas respuestas necesitaran tiempo incluso en el silencio.
—Después... veremos.
Y extrañamente eso bastó, porque no sonó como incertidumbre.
Sonó como algo demasiado grande para explicarse todavía.
El cuarto permaneció tranquilo.
Y entonces la presencia volvió a hablar.
—No estarás solo.
Gustavo sintió algo cambiar detrás de él.
Como respaldo.
Correcto.
Antiguo.
La sensación era completamente distinta a cualquier cosa relacionada con Jonathan.
No había invasión.
No había ruido.
Solo presencia.
—En lugar de un demonio... —más bajo— estarás acompañado por uno de mis ángeles.
Gustavo entrecerró apenas los ojos.
El silencio volvió unos segundos.
—¿Cómo se llama?
Y entonces otra voz apareció.
Clara.
Directa.
Sin arrogancia.
Sin necesidad de imponerse.
—El nombre del guerrero no tiene importancia.
La figura comenzó a revelarse apenas.
Solo lo suficiente para entender que estaba ahí.
—La alabanza siempre debe ser para Dios.
Después la figura inclinó apenas la cabeza.
Lo mínimo.
—Solo los demonios necesitan protagonismo.
Gustavo no respondió.
Y poco a poco ambas presencias comenzaron a retirarse.
El cuarto volvió lentamente a la normalidad.
El ventilador girando.
La luz entrando por la ventana.
La respiración de Gustavo.
Todo parecía igual.
Y aun así ya no lo era, porque ahora tenía algo más que intención.
Tenía permiso.
¿Hasta dónde lo dejarían avanzar?
¿Realmente podría destruir algo así?
Y si lo conseguía, ¿qué quedaría de él después?
El siguiente nivel estaba frente a Gustavo.
Y esta vez no estaba cayendo por accidente.
Ahora estaba eligiendo caminar hacia él.
O al menos eso era lo que parecía.
Gustavo no se quedó quieto.
La marca seguía ahí.
Presente.
Viva.
Y cada cierto tiempo volvía a mirarla, como si todavía estuviera intentando entender qué era realmente.
La observaba moverse apenas bajo su piel.
Sutil.
Silenciosa.
Esperando.
La probó consigo mismo primero.
Con cuidado.
Sintiendo cómo reaccionaba.
Cómo respondía al contacto.
Había algo extrañamente humano en eso.
Casi infantil.
Como alguien descubriendo algo nuevo en medio del desastre.
Algo que todavía no entiende del todo, pero ya quiere usar.
Y poco a poco comenzó a comprenderlo.
No era simplemente poder.
Era permiso.
Y sin eso no había nada que pudiera hacer.
La idea no le agradó.
Pero tenía sentido.
Demasiado sentido.
Era tarde cuando finalmente decidió salir.
La ciudad seguía despierta detrás de las ventanas.
Luces encendidas.
Televisiones sonando a lo lejos.
Gente viviendo noches normales sin imaginar lo que existía alrededor.
Gustavo tomó las llaves.
Y entonces la presencia apareció.
Sin ruido.
Sin anuncio.
Simplemente estaba ahí.
—¿A dónde vas, Gustavo?
Gustavo soltó una sonrisa pequeña mientras tomaba la chamarra.
—Esto apenas empieza, y ya siento que tengo una niñera —más bajo—
No un compañero.
El Ángel no reaccionó.
Ni molestia.
Ni incomodidad.
Como si el comentario simplemente no tuviera importancia.
—Estoy al tanto de lo que hiciste con el demonio.
Gustavo dejó de moverse un segundo.
La presencia continuó.
—Y debe quedarte claro que no soy igual.
Tenemos reglas —más firme—.
Y las vamos a respetar.
Gustavo ladeó apenas la cabeza.
Después miró la marca sobre su mano.
—Estoy considerando seriamente probar esto contigo —la observó unos segundos, como si realmente estuviera pensando en hacerlo—.
Solo por curiosidad.
Quiero saber si también funciona con ángeles.
La presencia permaneció inmóvil.
Sin sorpresa.
Sin amenaza.
Y eso hizo que la habitación se sintiera todavía más extraña.
—No termino de entenderlos —la voz salió tranquila, precisa—.
Esa necesidad constante de desafiar cosas... sin comprender realmente las consecuencias.
Gustavo soltó una pequeña risa nasal.
Cansada.
—¿Qué te puedo decir? —tomó las llaves nuevamente—.
Somos una caja de sorpresas.
El silencio volvió a acomodarse entre ambos.
Pero no era incómodo.
Era distinto.
Como si ambos entendieran que nunca terminarían de parecerse.
Entonces el Ángel volvió a hablar.
—Estoy aquí porque hay algo que debe hacerse —la voz sonó más firme esta vez—.
Una grieta tiene que cerrarse.
Gustavo levantó lentamente la mirada.
—¿Qué es exactamente una grieta? —la ironía apareció apenas en su voz—.
¿Cuando algo se sale de control? —más bajo—.
¿O es otra jugada de este estúpido tablero?
Silencio.
La mirada de Gustavo se endureció apenas.
—¿O simplemente un capricho más?
El Ángel respondió sin dudar.
—Hay reglas.
Y deben cumplirse —la presencia caminó apenas dentro de la habitación, o quizá el espacio simplemente se acomodó alrededor de ella—.
Como en cualquier juego... —más bajo— las reglas mantienen el equilibrio.
Gustavo permaneció en silencio.
Entonces la voz continuó.
—Una grieta es una trampa.
Eso hizo que Gustavo levantara apenas una ceja.
Y después sonrió.
Pequeño.
Frío.
—Entonces... —tomó la chamarra— vamos por los tramposos.
Silencio.
—¿A dónde?
—Al sur de la ciudad.
Hay un templo —más firme—.
Ahí comenzó a abrirse.
Gustavo no preguntó más.
Simplemente abrió la puerta.
—Entonces vamos.
Llegaron.
El templo se levantaba frente a ellos.
Antiguo.
Imponente.
Silencioso.
Las luces cálidas escapaban por las ventanas altas.
Las puertas permanecían abiertas.
Y desde afuera todo parecía normal.
Seguro incluso.
La clase de lugar al que las personas entran buscando respuestas cuando la vida comienza a romperse demasiado.
Pero Gustavo se detuvo.
No por lo que veía.
Por lo que sentía.
La energía del lugar no coincidía con la imagen.
No era paz.
No era calma.
Era algo mucho más pesado.
Denso.
Contenido.
Como si debajo de aquella quietud hubiera algo respirando lentamente.
Esperando.
—¿Aquí? —la sorpresa apareció apenas en su voz—.
¿En este lugar hay grietas?
Silencio.
Y luego Gustavo soltó una pequeña sonrisa torcida.
Cansada.
—¿No se supone que esta es la casa de Dios?
El Ángel no reaccionó.
Ni siquiera miró el edificio.
—Los humanos fueron creados con la necesidad de creer en algo más grande que ellos —la voz sonó tranquila, precisa—.
Se suponía que eso los acercaría a Él.
El viento movió apenas los árboles afuera del templo.
—Pero el Enemigo encontró la manera de desviar ese camino —más firme—.
Los distrae.
Los confunde.
Los mantiene mirando hacia lugares equivocados.
Gustavo observó las cruces sobre la estructura.
Las veladoras encendidas detrás de las ventanas.
La gente entrando convencida de que estaba segura ahí dentro.
—Entonces... ¿la religión es una mentira?
El Ángel respondió sin dudar.
—Todo aquello que no esté alineado con Dios termina convirtiéndose en una distorsión.
El silencio cayó lentamente entre ambos.
—Nosotros nos movemos como energía —la voz continuó—.
Porque eso es lo que somos.
Gustavo permaneció mirando el templo.
Y entonces comenzó a entender por qué aquel lugar le provocaba rechazo.
—La energía aquí es fuerte... —continuó el Ángel— pero está dirigida hacia el lugar equivocado.
—¿La fe?
—La fe.
Los humanos entregan su energía constantemente —más firme—.
Incluso cuando no entienden a quién se la están entregando realmente.
El aire se sintió más pesado alrededor del edificio, como si las paredes estuvieran absorbiendo algo invisible.
—Y el Enemigo... —la voz descendió apenas— se alimenta de eso.
Gustavo respiró lento.
La idea le revolvió algo dentro del pecho.
—¿Y Dios permite esto? —la mirada siguió fija en el templo—.
¿Permite que algo así se corrompa? —más bajo—.
¿Que algo que debería pertenecerle termine convertido en esto?
Entonces el Ángel lo miró.
Y por primera vez hubo algo distinto en aquella presencia.
No dureza.
No juicio.
Claridad.
—Humano... tu entendimiento todavía es pequeño.
El silencio no sonó ofensivo.
Sonó real.
—Este lugar no es sagrado —más firme—.
Y nunca le perteneció a Dios.
Eso hizo que Gustavo girara lentamente el rostro.
—Entonces... ¿a quién?
La respuesta llegó inmediata.
—Los reinos de este mundo fueron entregados al Enemigo hace mucho tiempo.
El viento desapareció.
La calle quedó extrañamente silenciosa.
—Él gobierna aquí —más bajo—.
Por ahora.
Gustavo sostuvo la mirada unos segundos.
Y aunque no quería admitirlo, algo dentro de él ya sospechaba esa respuesta desde antes.