Capítulo 17 Nada de lo que creías es real
Algunas plegarias llegan al lugar equivocado.
Crees que los muertos regresan.
Que se quedan cerca.
Que observan.
Te enseñaron eso desde niño.
La gente lo repite para soportar el vacío.
Para dormir mejor.
Para sobrevivir al duelo.
Pero no siempre es verdad.
Gustavo siguió caminando.
La noche todavía se sentía pesada detrás de él, como si el lugar donde había estado continuara pegado a su ropa.
A sus manos.
A su respiración.
No podía detenerse ahora.
No después de lo que hizo.
No después de lo que entendió.
El odio seguía ahí.
Pero ya no se sentía desordenado.
Había cambiado.
Ya no era ruido.
Era dirección.
Gustavo ya no estaba reaccionando al dolor.
Estaba comenzando a usarlo.
Caminaba sin prisa.
Las calles vacías.
El sonido lejano de algunos autos.
La ciudad seguía funcionando como cualquier otra noche.
Y aun así todo le parecía distinto ahora, porque una vez que ciertas cosas se ven, ya no desaparecen.
Pero incluso en medio de esa claridad incómoda, apareció la duda.
Simple.
Humana.
¿Cómo se supone que voy a destruir algo así?
¿Cómo eliminas algo que ni siquiera pertenece completamente a este mundo?
Gustavo siguió caminando.
Y entonces apareció otra pregunta.
Más pesada.
Más difícil.
¿Cómo le explicas a alguien que gran parte de lo que cree sobre el mundo es mentira?
Gustavo levantó lentamente la mirada hacia el cielo oscuro.
Y recordó algo que nunca logró sacarse de encima.
Aquella madre, abrazando el cuerpo de su hija en medio de la calle.
Llorando tan fuerte que apenas podía respirar.
Mirando hacia arriba mientras repetía la misma pregunta una y otra vez.
"¿Por qué Dios?"
Y sin embargo, unos segundos antes del accidente, Gustavo había visto otra cosa dentro del conductor.
Algo moviéndose detrás de sus ojos.
Algo que no pertenecía ahí.
Eso era lo que más rabia le daba.
La mentira.
La forma perfecta en que todo terminaba siendo culpa de alguien más.
Como si el dolor humano hubiera sido abandonado desde arriba.
Como si el mal simplemente "pasara".
Pero Gustavo ya sabía que no era tan simple.
Nunca lo había sido.
Y había otra mentira todavía peor.
Una más cruel.
Los muertos no regresan.
La gente cree que sí, porque necesita creerlo.
Necesita pensar que la voz que escuchó en casa era real.
Que la sombra al pie de la cama era compañía.
Que el sueño se sintió demasiado auténtico para ser mentira.
Pero la mayoría de las veces no son ellos.
Nunca fueron ellos.
Eso era lo verdaderamente horrible.
Porque lo que responde aprende rápido.
Observa.
Imita.
Toma recuerdos rotos y los usa como llave.
No necesitan fuerza.
Necesitan dolor.
Necesitan duelo.
Necesitan esa desesperación silenciosa que aparece cuando alguien daría cualquier cosa por escuchar una voz una vez más.
Y entonces la puerta se abre sola.
La gente cree que está buscando consuelo.
Pero muchas veces solo está permitiendo entrar algo más.
Gustavo había visto demasiados casos para seguir creyendo en coincidencias.
Las voces.
Las posesiones.
Las presencias.
Los rituales.
Todo funcionaba parecido.
No era poder.
Era sincronía.
Una grieta emocional alineándose con algo que llevaba tiempo esperando del otro lado.
Por eso algunas personas nunca experimentaban nada.
Y otras terminaban consumidas lentamente.
La gente juega con energías como si fueran juguetes.
Como si todo fuera curioso.
Inofensivo.
Controlable.
Pero muy pocos entienden realmente con qué están intentando alinearse.
Y cuando finalmente lo descubren, normalmente ya es demasiado tarde.
Gustavo lo entendía ahora.
O al menos lo suficiente para empezar a unir ciertas cosas.
Sabía perfectamente por qué nunca había sido tomado completamente.
Y no era su fuerza.
No era inteligencia.
Ni siquiera fe.
Si algo había dentro de él desde siempre, era odio.
Mucho.
Demasiado.
Pero también había otra cosa.
Algo que nunca logró explicar del todo.
Algo que Jonathan jamás pudo tocar realmente.
Protección.
No como una sensación constante.
Más bien como pequeñas cosas imposibles de notar al principio.
Momentos.
Decisiones.
Puertas que no terminaban de abrirse.
Como si algo hubiera estado desviando ciertos movimientos desde hacía mucho tiempo.
Dios.
No como religión.
No como discurso.
Como realidad.
Y aun así, incluso eso parecía tener límites.
Porque si no existieran reglas, el mundo sería distinto.
El libre albedrío seguía ahí.
Siempre.
Y quizá ese era el verdadero riesgo, porque las personas podían abrir puertas por voluntad propia.
Incluso sin entenderlo.
Especialmente sin entenderlo.
Gustavo permaneció sentado en el borde de la cama.
Su cuarto estaba oscuro.
Solo la luz de la calle entrando apenas por la ventana.
El ventilador giraba lentamente arriba.
La casa permanecía en silencio.
Y por primera vez en mucho tiempo se permitió cerrar los ojos.
Respiró profundo.
Cansado.
Como alguien que llevaba demasiadas noches sosteniéndose apenas.
Entonces lo sintió.
No fue una voz.
No fue una presencia.
Fue algo más difícil de explicar.
Como una claridad atravesándole lentamente el cuerpo.
Una sensación limpia.
Profunda.
Parecida a ese instante exacto antes de quedarse dormido, cuando por un segundo todo el ruido desaparece.
El aire alrededor se sintió distinto.
Más ligero.
Un hormigueo apareció en su mano.
Sutil.
Pero imposible de ignorar.
Gustavo abrió lentamente los ojos.
Y bajó la mirada.
Algo estaba cambiando.
No apareció de golpe.
No brilló.
No quemó.
Parecía que siempre había estado ahí.
Solo oculto.
La marca comenzó a dibujarse lentamente sobre su piel.
Delgada.
Imprecisa.
Moviéndose apenas debajo de la superficie, como si respirara.
Gustavo la observó en silencio.
Y por un instante recordó la marca sobre su pecho.
Aquella vez había sido diferente.
Violento.
Doloroso.
Un castigo.
Esto no se sentía así.
No había amenaza.
No había miedo.
Era otra cosa.
Algo mucho más difícil de soportar, porque se sentía cercano.
Casi humano.
Como una mano tocando el hombro de alguien que lleva demasiado tiempo solo.
Gustavo tragó saliva lentamente.
No entendía lo que estaba viendo.
Pero una parte de él sí entendía por qué estaba ocurriendo.
Había hecho preguntas.
Había buscado respuestas.
Y quizá esto era una de ellas.
Y entonces algo cambió en el aire.
Gustavo lo sintió antes de verlo.
Jonathan apareció frente a él.
Pero algo estaba mal.
Muy mal.
No quedaba nada de aquella presencia elegante.
Nada del tono burlón.
Nada de la seguridad irritante con la que siempre parecía controlar cada conversación.
Su forma se veía inestable.
Fragmentada.
Como una imagen reflejada sobre agua moviéndose demasiado.
A veces parecía completo.
Y al siguiente segundo parte de él simplemente se deformaba, como si ya no pudiera sostenerse del todo.
Como si hubiera venido después de perder algo importante.
—Gustavo... —la voz salió rota.
Intentó sonar normal.
No lo consiguió—.
¿Qué haces?
Gustavo lo observó en silencio.
Y eso quizá fue lo peor, porque ya no había rabia inmediata en sus ojos.
Solo cansancio.
—Buscando claridad.
Y respuestas.
Jonathan bajó apenas la mirada, como alguien que ya conocía las respuestas antes de escuchar las preguntas.
—¿Y encontraste algo?
Gustavo soltó una exhalación seca.
—Sí.
Silencio.
—Y resultó ser exactamente lo que esperaba.
Jonathan permaneció quieto.
El aire entre ambos comenzó a sentirse pesado.
No por amenaza.
Por historia.
Por todo lo que habían pasado juntos.
Entonces Gustavo volvió a hablar.
Y esta vez la voz sí se quebró un poco.
—Después de todo... me traicionaste.
Jonathan cerró los ojos apenas un instante, como si esa palabra hubiera pesado más de lo que esperaba.
—¿Por qué lo hiciste? —más bajo, mucho más humano—.
Confié en ti.
El silencio se sostuvo demasiado tiempo.
Y Gustavo soltó una pequeña risa cansada.
—Aunque supongo que fue culpa mía.
¿Quién en su sano juicio confía en un demonio?
Jonathan no respondió.
Parecía agotado.
Como si incluso mantenerse ahí le costara esfuerzo.
Finalmente habló.
—No tuve opción.
Gustavo levantó lentamente la mirada.
Y por un instante hubo más dolor que odio en él.
—¿No tuviste opción para qué?
¿Para decirme lo que planeaban? —Jonathan guardó silencio—.
¿O no tuviste opción para convertir el momento más feliz de mi vida... —la voz se rompió apenas— en la peor de mis heridas?
El silencio que cayó después fue horrible, porque Jonathan no intentó negarlo.
Y eso terminó de destruir algo.
—Me hicieron pedazos de todas las formas posibles... —Gustavo respiró lento, como intentando no quebrarse frente a él—.
¿Y todo lo que puedes decirme es "no tuve opción"?
Jonathan finalmente levantó la mirada.
Y por primera vez desde que apareció, ya no había máscaras.
Ni ironía.
Ni juego.
Solo culpa.
—No era mi intención.
Sé lo que soy —casi avergonzado— y probablemente no deberías creerme —sus ojos permanecieron fijos en Gustavo—.
No esperaba que doliera tanto.
Gustavo sostuvo la mirada unos segundos.
Demasiados.
Como si todavía estuviera buscando algo del otro lado.
Alguna razón para detenerse.
Pero ya era tarde.
—Sabes cómo termina esto...
Jonathan asintió lentamente.
—Sí —y luego habló casi en un susurro—.
Lo que más debería asustarte no es el poder que acabas de recibir... sino la persona que tendrás que convertirte para usarlo.
El viento afuera movió apenas las cortinas.
—Hay decisiones... —Jonathan tragó saliva— que no tienen vuelta atrás.
Gustavo no respondió.
No levantó la voz.
No se preparó para atacar.
Simplemente avanzó.
Y en ese instante la marca reaccionó.
No con luz.
No con violencia.
Con intención.
Su mano atravesó algo más profundo que un cuerpo.
Y cuando tocó a Jonathan lo sintió: toda su energía, inestable, fragmentándose, como una corriente rompiéndose entre sus dedos.
Jonathan no gritó.
Ni siquiera intentó defenderse.
Solo sostuvo la mirada de Gustavo hasta el final.
Y entonces sonrió apenas.
Triste.
Como alguien despidiéndose después de haber perdido demasiado.
—Dale amor a un hombre... —la voz se quebró un poco— y cambiará una corona por un beso —respiró con dificultad—.