Capítulo 16 Odio este estúpido juego #3
Y sabes perfectamente cuál es mi trabajo.
Entonces ocurrió.
El cuerpo de la mujer se tensó de golpe.
Violento.
Antinatural.
Sus dedos se doblaron con fuerza sobre la mesa.
La espalda se arqueó.
La respiración se rompió en seco.
Y el aire dentro de la habitación cambió.
No más pesado.
Más presente.
Como si algo acabara de entrar.
Aunque nadie abrió la puerta.
Las veladoras comenzaron a moverse.
Las sombras detrás de las paredes parecieron deformarse.
Gustavo no retrocedió.
Solo observó.
La mujer dejó de temblar lentamente.
Y cuando levantó la cabeza ya no parecía ella.
La sonrisa era distinta.
Demasiado amplia.
La voz salió más grave, como si hablara desde muy lejos.
—Gustavo, Gustavo... de verdad que te estás volviendo en algo... insoportable.
La habitación soltó una pequeña risa.
No la mujer.
La habitación.
—Creo que ya me divertí suficiente contigo.
Gustavo permaneció inmóvil.
—Es momento de terminar esto.
Y entonces algo dentro de Gustavo entendió antes que su mente.
El Enemigo.
La sonrisa torcida se amplió más.
—Por cierto... —como saboreando las palabras— qué mujer tan hermosa.
El silencio dentro de la habitación se volvió incómodo.
Sucio.
—Nunca tuviste malos gustos, Gustavo.
Una pequeña risa salió de la garganta de la bruja.
Pero no sonó humana.
—Aunque es una lástima que ya no estén juntos —la sonrisa se amplió apenas—.
¿Tú crees que aceptaría salir conmigo?
La carcajada llegó después.
Burlona.
Lo suficiente para que algo dentro de Gustavo se tensara de inmediato, porque el Enemigo no estaba intentando hacerlo enojar.
Estaba intentando profanar el recuerdo de aquello que más había amado.
Después inclinó apenas la cabeza, como si recordara otra jugada que le causaba la misma satisfacción.
—¿Sabes?
En el arlequín dejé a uno de mis mejores soldados —hizo una pausa, disfrutándola—.
Pensé en usarlo para el regalo de África —la sonrisa volvió—.
Pero luego cambié de opinión —más bajo, más lento, más cruel—.
¿Y si mejor enviaba a Jonathan?
La risa volvió.
Pequeña.
Sucia.
Suficiente.
Y esta vez Gustavo sí sintió algo romperse.
No afuera.
Adentro.
—¿Jonathan...?
El silencio duró demasiado.
Entonces una voz habló detrás de él.
Jonathan.
—Permíteme explicarte...
—Jonathan... —la voz salió más baja esta vez, más humana.
Levantó apenas una mano, como pidiéndole que no dijera una palabra más—.
Solo dime... ¿es cierto?
El tiempo pareció quedarse quieto.
Jonathan no intentó justificarse.
No mintió.
No huyó.
—Sí.
Solo eso.
Y de alguna forma eso dolió más, porque Gustavo conocía perfectamente cuándo Jonathan estaba diciendo la verdad.
Algo dentro de él se vació lentamente.
Como una habitación apagando todas sus luces una por una.
El ruido desapareció primero.
Después la rabia.
Después el dolor.
Y cuando todo regresó, ya no volvió igual.
Gustavo respiró.
Lento.
Controlado.
Habló sin apartar la vista de la bruja, sabiendo perfectamente quién lo escuchaba desde el otro lado.
—No sé cómo están las piezas ahora... pero si tienes una jugada para eliminarme... —levantó apenas el mentón— hazla.
Silencio.
El Enemigo no respondió.
Y eso también dijo demasiado.
—Pero antes... —sus ojos se fijaron en la bruja, o en lo que seguía usando su cuerpo— yo hago la mía.
El Enemigo sonrió, creyendo que todavía tenía tiempo para responder.
No lo tenía.
El movimiento fue mínimo.
Preciso.
El cuchillo ya estaba en su mano.
Nadie vio cuándo lo tomó.
Solo cuándo terminó.
En un único movimiento separó la cabeza del cuerpo.
El cuerpo permaneció de pie un instante demasiado largo.
Luego cayó.
La cabeza golpeó el suelo después.
Pesado.
Hueco.
Y las risas desaparecieron.
Todas.
El silencio que quedó después fue peor.
Gustavo observó el cuerpo unos segundos.
Sin satisfacción.
Sin alivio.
Como alguien que ya no estaba sintiendo las cosas correctamente.
Luego tomó la cabeza por el cabello.
Salió de la casa.
La calle entera seguía observando.
Puertas abiertas.
Rostros quietos.
Sombras inmóviles detrás de las ventanas.
Gustavo clavó la cabeza sobre la cerca.
No como trofeo.
Como mensaje.
Nadie se movió.
Nadie habló.
Gustavo los miró.
Sin apuro.
Sin emoción.
—Si alguno de ustedes viene por mí... acabará exactamente igual.
Levantó lentamente la mirada.
Más allá de ellos.
No hacia las personas.
Hacia las sombras quietas detrás de las ventanas.
Hacia lo que llevaba toda la noche observándolo.
—Y a ustedes... voy a encontrar la forma de eliminarlos.
El silencio permaneció inmóvil.
Pesado.
Real.
No fue rabia.
No fue impulso.
Fue decisión.
—No sé cómo todavía... —más bajo, casi cansado— pero voy a aprender.
Una leve inclinación de cabeza, como si esa promesa no fuera para los presentes, sino para algo más antiguo escondido detrás del mundo.
—Y cuando lo haga... —la mirada se volvió todavía más fría— nada va a poder salvarlos.
El aire permaneció completamente quieto.
Ni una puerta se movió.
Ni un susurro.
Entonces Gustavo se dio la vuelta.
Y comenzó a alejarse.
Solo.
Sin prisa.
Sin mirar atrás.
Porque ya no había nada que lo detuviera.
El amor ya no estaba.
Y lo que quedaba era mucho más peligroso.