Capítulo 16 Odio este estúpido juego #2
Y después llegaron los susurros.
Rotos.
Lejanos.
Como voces atravesando agua.
—Vete... No deberías estar aquí... Todavía puedes salir...
Gustavo siguió caminando.
El piso crujía bajo sus pasos.
Las casas olían a humedad vieja, a incienso, a veladoras consumidas durante demasiadas noches.
En algunas ventanas había figuras religiosas.
En otras, cosas más difíciles de nombrar.
Sentía las miradas incluso detrás de las paredes.
La incomodidad.
El rechazo.
Como si el lugar entero entendiera que algo había cambiado en él.
Y quizá tenían razón, porque Gustavo ya no estaba intentando cerrar la puerta.
Esta vez había venido a abrirla.
Los susurros aumentaron.
Las sombras se deformaron alrededor suyo.
Pero él no se detuvo.
Había algo peligroso en aceptar el vacío cuando uno ya no tiene fuerzas para seguir peleando con él.
Y Gustavo estaba cansado.
Terriblemente cansado.
Siguió avanzando entre las casas.
Leyendo números oxidados.
Puertas despintadas.
Ventanas cubiertas desde dentro.
La maldad se sentía en todas partes.
Pegada al aire.
Pero ninguna era la indicada todavía.
Y eso, de alguna forma, hacía que el lugar se sintiera peor.
Un hombre salió de una de las casas.
Mayor.
Camisa beige.
Ojos cansados.
De esos rostros que parecen haber pasado demasiados años escuchando problemas ajenos.
Miró a Gustavo apenas unos segundos.
Y luego sonrió, como si ya supiera por qué estaba ahí.
—Sé lo que buscas, hijo —la voz era tranquila.
Demasiado tranquila—.
Ven —se hizo a un lado—.
Puedo ayudarte.
Gustavo observó la entrada.
La casa olía a incienso viejo.
A humedad atrapada.
A veladoras consumidas lentamente durante la madrugada.
Aceptó.
Entró.
El hombre cerró la puerta detrás de ellos.
El sonido del seguro retumbó más de lo normal.
Se sentaron frente a frente.
Una mesa pequeña.
Dos sillas metálicas.
Un ventilador girando lentamente en el techo.
Ese tipo de calor incómodo que vuelve pegajosa la ropa.
Por un momento nadie habló.
Entonces Gustavo levantó apenas la mirada.
—Antes de empezar... ¿escucha eso?
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Shh... —Gustavo levantó un dedo lentamente, como si realmente intentara concentrarse.
El ventilador rechinó arriba de ellos.
Afuera ladró un perro.
Después, silencio.
El hombre intentó escuchar también.
Confundido.
Inclinándose apenas hacia adelante.
Y entonces Gustavo deslizó lentamente la mano sobre la mesa.
Fría.
Controlada.
Hasta tocar el pica-hielos.
Todo ocurrió demasiado rápido.
El golpe seco.
La respiración rota.
El sonido húmedo atravesando carne.
Los ojos del hombre se abrieron completamente.
No entendió.
Ni siquiera tuvo tiempo de sentir miedo primero.
Gustavo lo sostuvo antes de que cayera.
La sangre comenzó a extenderse sobre la mesa.
Oscura.
Caliente.
El cuerpo temblaba entre sus manos en pequeños espasmos desesperados.
La garganta intentaba seguir respirando, aunque ya no podía.
Y lo peor fue que Gustavo apenas estaba mirando al hombre.
Porque sus ojos estaban fijos detrás de él, hacia una esquina oscura de la habitación, como si alguien más estuviera ahí.
Como si algo estuviera observando.
Entonces habló.
Muy despacio.
—Yo sí los escucho.
El hombre soltó un sonido ahogado.
Desesperado.
Inútil.
Gustavo inclinó apenas la cabeza, como si estuviera poniendo atención a un murmullo lejano.
A algo que nadie más podía oír.
—Y también los veo.
Sus ojos siguieron clavados en aquella oscuridad detrás del hombre.
No en él.
Nunca realmente en él.
—Sé lo que son.
El ventilador siguió girando arriba.
Lento.
Rechinando.
La sangre caía al piso en gotas pequeñas.
Constantes.
—Sé para quién trabajan.
Algo pareció moverse en la esquina.
O quizá fue solo la sombra deformándose con la luz del ventilador.
Pero Gustavo sonrió apenas.
Y esa sonrisa no tenía nada de tranquilidad.
—Pero hoy... —su voz salió cansada— hoy no van a detenerme.
El cuerpo dejó de resistirse.
Poco a poco.
Hasta quedarse inmóvil.
Y aun así Gustavo tardó unos segundos en soltarlo.
Como si recién estuviera regresando.
Como si apenas recordara dónde estaba.
Miró la sangre sobre sus manos.
El silencio de la casa.
Después se puso de pie.
Y salió nuevamente a la calle, porque todavía no encontraba la casa correcta.
Y el aire afuera ya no se sentía igual.
Gustavo apenas había dado unos pasos cuando escuchó el primer sonido.
Una puerta abriéndose.
Después otra.
Luego otra más.
Lento, como si la calle entera estuviera despertando.
Las personas comenzaron a salir de las casas.
Descalzos algunos.
Otros todavía sosteniendo veladoras apagadas.
Una mujer tenía las manos manchadas con algo oscuro entre los dedos.
Un hombre seguía murmurando palabras que no parecían dirigidas a nadie.
Pero ninguno miró a Gustavo al principio.
Eso fue lo extraño.
Miraban alrededor.
Las azoteas.
Las ventanas.
Las esquinas de la calle.
Como si intentaran confirmar algo que ya sentían desde antes.
El ambiente había cambiado.
Y todos lo sabían, porque en lugares así la gente aprende a escuchar cosas que no siempre tienen voz.
Un perro comenzó a llorar a lo lejos.
Nadie habló.
Entonces uno de ellos dirigió finalmente la mirada hacia Gustavo.
Y después los demás hicieron lo mismo.
El silencio cambió de forma.
Más pesado.
Más incómodo.
Como cuando alguien entra empapado de lluvia a una habitación cálida y todos sienten el frío antes de entender por qué.
Gustavo siguió caminando.
Sin apresurarse.
Sintiendo las miradas pegadas al cuerpo.
Nadie intentó detenerlo.
Y eso decía más que cualquier amenaza.
Porque no parecía miedo común.
No era el miedo de una pelea.
Era otra cosa.
Algo más viejo.
Más parecido al instinto.
Como animales apartándose antes de una tormenta.
Algunas personas comenzaron a retroceder apenas.
Otras desviaron la mirada.
Una mujer incluso cerró la puerta lentamente al verlo pasar.
No con rabia.
Con nervios.
Como si no quisiera llamar la atención de algo que venía caminando junto a él.
Y quizá tenía razón.
Porque Gustavo podía sentirlas otra vez.
Las sombras moviéndose entre las casas.
Detrás de las ventanas.
Sobre los techos.
Más inquietas ahora.
Más despiertas.
Pero ninguna se acercaba demasiado.
Eso también era nuevo.
Gustavo siguió avanzando.
El cansancio seguía dentro de él.
El dolor también.
Nada había desaparecido realmente.
Solo había cambiado de lugar.
Y mientras caminaba entre aquellas personas entendió algo horrible: ya no estaba intentando volver atrás.
La calle permaneció en silencio.
Nadie habló.
Nadie preguntó nada.
Solo observaron cómo avanzaba entre ellos, hasta que finalmente llegó frente a la última casa.
La indicada.
Y esta vez incluso las sombras parecieron detenerse.
La puerta estaba entreabierta.
Y desde afuera ya podía sentirse.
Ese peso.
No provenía de la casa.
Venía de algo más profundo.
Algo respirando detrás del lugar.
Gustavo no entró de inmediato.
Se quedó observando desde la entrada.
La sala apenas iluminada.
Las veladoras consumiéndose lentamente.
El olor espeso a incienso viejo.
Algo colgando del techo hecho con huesos pequeños y listones rojos.
Entonces escuchó la voz.
—Adelante, Gustavo... llegas tarde.
No sonó sorprendida.
Sonó acostumbrada.
Como si llevara tiempo esperándolo.
Gustavo soltó apenas una exhalación cansada.
—Al parecer ustedes tienen horarios para estas cosas.
La mujer sonrió apenas.
Sentada al fondo de la habitación, rodeada de figuras religiosas mezcladas con otras cosas más difíciles de identificar.
—No es la primera vez que escucho esa frase.
Silencio.
—¿Ya habías estado con una bruja antes?
Gustavo ni siquiera la miró realmente.
Sus ojos parecían enfocados en otra parte.
En algo detrás de ella.
—No estoy hablando contigo.
La sonrisa de la mujer desapareció apenas.
Entonces Gustavo levantó lentamente la mirada.
Más allá de ella.
Como si hubiera alguien más ocupando la habitación.
—Estoy hablando con lo que te acompaña.
El ambiente cambió.
Solo un poco.
Pero suficiente.
La temperatura pareció bajar.
Las veladoras titilaron.
—Dejemos de perder el tiempo —la voz de Gustavo salió tranquila.
Demasiado tranquila—.
Sabes por qué vine.
Quiero respuestas.
La mujer sostuvo la mirada unos segundos.
Después sonrió otra vez.
Pero ahora había tensión detrás de la sonrisa.
—No me amenaces —apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa—.
¿Sabes lo que hay aquí?
Los demonios que están en esta casa podrían destruirte en segundos.
Gustavo asintió apenas.
—Lo sé —más bajo—.
Y aun así no lo han hecho.
Silencio.
La mujer dejó de sonreír por completo.
—¿Y eso qué significa?
Gustavo dio un paso hacia adelante.
Lento.
Sin apartar la mirada de aquello que parecía observar detrás de ella.
—Que tú no decides nada aquí —el aire se volvió incómodo.
Pesado—.
Tú no das órdenes.
Las obedeces.
Algo crujió dentro de la casa.
Tal vez madera.
Tal vez otra cosa.
La mujer sostuvo la mirada, intentando no retroceder.
Pero Gustavo ya podía sentirlo.
El miedo.
Pequeño.
Oculto.
Pero real.
—Ellos no están esperando lo que tú hagas —más bajo—.
Están esperando permiso.
Silencio.
Y por primera vez la mujer pareció dudar.
Gustavo siguió avanzando lentamente.
—Eres una grieta —la frase cayó despacio.
Pesada—.