Capítulo 16 Odio este estúpido juego
Pero jugarlo en su territorio finalmente lo hizo interesante.
Tanto como ustedes terminarán odiándome a mí.
Gustavo regresó a su ciudad con el corazón hecho pedazos.
No fue inmediato.
No fue limpio.
Los primeros días simplemente existió.
Durmió poco.
Comió cuando lo recordaba.
Las horas avanzaban lentas dentro del departamento, como si incluso el tiempo hubiera perdido interés en moverse normalmente.
La ropa de África todavía conservaba un poco de su perfume.
Algunas conversaciones seguían abiertas en el teléfono.
Fotos.
Mensajes.
Detalles pequeños.
Cosas absurdamente simples, capaces de destruirle el día completo.
Y al inicio el dolor no tuvo forma.
Solo estaba ahí.
Pesando.
Como una piedra permanente sobre el pecho.
Pero con el tiempo algo comenzó a cambiar.
Porque el sufrimiento humano, cuando permanece demasiado tiempo encerrado, termina buscando convertirse en otra cosa.
Y en Gustavo esa cosa encontró un camino conocido.
Odio.
No contra el mundo.
No contra la vida.
Contra ellos.
Vanessa.
Jonathan.
El Enemigo.
Y esta vez ya no había espacio para dudar.
La noche estaba inmóvil alrededor del departamento.
La ventana abierta apenas.
El ruido lejano de autos atravesando la ciudad.
Y Gustavo, parado en medio de la oscuridad, finalmente habló.
—¡Jonathan! —la voz rompió el silencio del lugar.
Firme.
Cargada de algo que ya no intentaba contener—.
Maldito cobarde... ¿dónde estás?
Nada respondió.
No hubo presión en el aire.
Ni sombras.
Ni esa sensación incómoda que normalmente aparecía cuando Jonathan estaba cerca.
Solo silencio.
—Muéstrate.
Otra vez nada.
Y eso lo enfureció todavía más.
—¿Cómo pudiste hacerme esto? —la voz se quebró apenas.
No por debilidad.
Por dolor—.
Da la cara.
El departamento permaneció inmóvil, como si incluso las paredes decidieran no responderle.
Jonathan no estaba.
O peor: había decidido no aparecer.
Gustavo apretó la mandíbula lentamente.
Respiró hondo.
Y entonces levantó apenas la mirada hacia la oscuridad vacía del techo.
—Está bien... —murmuró, más frío ahora—.
Entonces tú.
El aire siguió quieto.
Pero Gustavo sabía perfectamente que algo lo estaba escuchando.
Siempre lo hacía.
—Sé que estás detrás de todo esto.
Silencio.
—Tú y yo tenemos una guerra declarada —la frase cayó pesada dentro de la habitación.
Más firme.
Más peligrosa—.
Y no va a terminar bien para ninguno de los dos.
Nada.
Ni una señal.
Ni una voz.
Pero eso ya no importaba, porque Gustavo había dejado de buscar respuestas.
Ahora solo quería culpables.
—Voy a hacer que te arrepientas... —la respiración rompiéndose apenas entre palabras— de haberte metido conmigo —más bajo, más roto— de tocar a alguien que no lo merecía.
El silencio volvió a responderle.
Y esta vez Gustavo dejó de esperar otra cosa, porque ya sabía dónde comenzar.
Encontrar a Vanessa no fue difícil.
La ciudad seguía funcionando igual que siempre.
Personas caminando.
Negocios abiertos.
Música escapando desde algunos locales.
La normalidad insultante del mundo cuando alguien siente que acaba de perderlo todo.
Vanessa estaba trabajando cuando lo vio entrar.
Y algo dentro de ella reaccionó inmediatamente.
No por lo que Gustavo hizo.
Por cómo se veía.
Demasiado tranquilo.
Demasiado vacío.
El miedo apareció antes que cualquier palabra.
—Gustavo... —murmuró, confundida, tensa—.
¿Todo bien?
Él no respondió enseguida.
Solo la observó directamente, sosteniéndole la mirada el tiempo suficiente para hacerla sentirse incómoda.
—Sabes por qué estoy aquí —la voz baja, pesada—.
Y quiero respuestas.
Vanessa intentó sostenerle la mirada.
No pudo.
Desvió los ojos apenas un instante.
Y Gustavo lo notó.
—No sé de qué hablas...
—¿Qué hiciste? —la interrumpió.
No levantó la voz.
No hizo falta.
Porque algo en el tono pesó muchísimo más que un grito—.
¿Por qué? —dio un paso más cerca—.
Ella no quiere saber nada de mí.
Y por primera vez algo de dolor real atravesó el enojo.
—Y sé que tú tienes que ver con esto.
Vanessa permaneció callada.
Y ese silencio terminó delatándola antes que cualquier confesión.
El miedo comenzó a romperla lentamente.
—Yo... —respiró mal—.
No fue así...
—¿QUÉ HICISTE?
Ahora sí.
La voz estalló.
No desde el odio.
Desde la desesperación.
Vanessa cerró los ojos apenas un segundo.
Y cedió, como alguien que llevaba demasiado tiempo intentando sostener algo que ya sabía perdido.
—En este negocio... —murmuró, la voz temblando— tenemos que protegernos.
Gustavo no se movió.
No parpadeó.
—Hay una mujer.
Trabaja con cosas... espirituales —la palabra casi le costó decirla—.
Hace rituales.
Limpias.
Protecciones —tragó saliva—.
Dice que ayuda al negocio.
El silencio entre ambos comenzó a sentirse incómodo.
Pesado.
Como si algo estuviera escuchando.
—Yo no soy tu enemigo —dijo Gustavo, más bajo, más humano.
Y quizá por eso muchísimo más doloroso—.
Y lo sabes —otro paso hacia ella—.
¿Por qué lo hiciste?
Silencio.
La voz terminó quebrándose apenas.
—África ni siquiera te conoce.
¿Qué te hizo?
Vanessa tembló.
Y por primera vez pareció sinceramente arrepentida.
—Ella me dijo que tenía que hacerlo —murmuró—.
Que se lo habían pedido.
—¿Quién?
—No lo sé... —dudó, como si incluso decirlo en voz alta le resultara ridículo ahora—.
Solo seguí instrucciones —respiró hondo, intentando ordenar algo dentro de sí misma—.
Me dijo qué objeto llevar.
Qué hacer.
Cuándo entregarlo.
Los ojos comenzaron a humedecérsele.
—Que así el vínculo sería más fuerte —silencio, más bajo—.
Que tú ibas a estar mejor.
Gustavo la miró sin expresión alguna.
Y eso terminó siendo muchísimo peor que gritarle.
Porque por primera vez desde que llegó, el odio comenzó a enfriarse.
Volverse preciso.
Dirigido.
—Quiero su nombre —la voz completamente estable ahora—.
Y la dirección.
El lugar no era difícil de encontrar.
Pero sí de ignorar.
Las casas de alrededor parecían más viejas ahí, como si esa calle hubiera dejado de avanzar con el resto de la ciudad hace muchos años.
Puertas entreabiertas.
Ventanas cubiertas con cortinas oscuras.
Perros observando desde las azoteas.
El aire se sentía extraño.
Pesado.
No como humedad.
Algo distinto.
Algo que se pegaba a la piel apenas llegabas.
Había personas entrando y saliendo.
Casi ninguna levantaba la mirada.
Algunos llevaban flores.
Veladoras.
Bolsas pequeñas apretadas contra el pecho.
Otros solo llevaban desesperación.
Y a veces eso era suficiente, porque la gente sin esperanza termina tocando puertas que normalmente jamás miraría.
Y quienes tienen demasiada hambre de poder dejan de preguntarse cuánto cuesta conseguirlo.
Gustavo observó el lugar unos segundos.
La pintura descarapelada.
Las rejas oxidadas.
Una luz tenue detrás de las ventanas cubiertas.
Entonces Jonathan apareció.
No salió de ningún lugar.
Simplemente ya estaba ahí.
—Detente.
Gustavo ni siquiera se sobresaltó.
Eso quizá fue lo más inquietante.
—Por fin te muestras.
Jonathan mantuvo la mirada fija en el lugar.
No en Gustavo.
—No sabes a lo que te enfrentas.
—¿Te mandó tu jefe?
Silencio.
Gustavo soltó una sonrisa pequeña.
Sin humor.
—¿Consiguió un nuevo tapete, o te cansaste de serlo tú?
Jonathan no respondió.
Pero algo cambió apenas en su expresión.
Un cansancio breve.
Casi invisible.
—No estoy jugando, Gustavo —la voz sonó más seria esta vez, más humana de lo normal—.
No es buena idea entrar ahí.
Gustavo dio un paso hacia dentro del lugar.
—¿Por qué no me dijiste lo del objeto?
Jonathan guardó silencio.
Y eso bastó.
Gustavo giró lentamente la cabeza hacia él.
—Lo sabías.
No fue una pregunta.
Jonathan bajó apenas la mirada, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir.
—No tenía permitido hacerlo.
Gustavo soltó una risa seca.
Vacía.
—¿Permitido?
Debe ser una maldita broma —se acercó un poco más—.
¿Cuántas reglas hemos roto juntos?
Jonathan no respondió.
Y esa vez el silencio ya no pareció arrogancia.
Pareció incomodidad.
—¿Y ahora me dices que no tenías permitido hablar?
Jonathan finalmente lo miró.
Directo.
—Esto es diferente.
—No —Gustavo negó apenas con la cabeza—.
Lo diferente es que ahora me toca perder a mí.
El aire pareció ponerse todavía más pesado.
Un perro ladró a lo lejos.
Después todo volvió a quedarse quieto.
—Eres un cobarde —dijo Gustavo.
No lo dijo con rabia.
Y eso golpeó más.
Jonathan sostuvo la mirada unos segundos.
Quizá demasiados.
Como si quisiera decir algo más.
Como si todavía estuviera intentando detenerlo.
Pero Gustavo ya había cambiado demasiado para retroceder ahora.
Entonces sonrió apenas.
Cansado.
Frío.
—Voy a enseñarte algo que sí será diferente.
Regresa con tu amo —Jonathan no se movió—.
Y dile que no pierda detalle.
Gustavo levantó la mirada hacia el lugar, hacia la puerta entreabierta, oscura, esperándolo.
—Porque lo que sigue... —silencio— no le va a gustar.
Gustavo entró.
Y algo dentro de él despertó.
No fue inmediato.
No como antes.
Esta vez ocurrió despacio, como cuando una habitación cerrada vuelve a llenarse de ruido apenas alguien abre la puerta.
Las sombras aparecieron primero.
Deslizándose lentamente por las paredes, por el techo, por las esquinas donde la luz apenas alcanzaba a respirar.
No eran nuevas.
Y eso fue lo peor, porque Gustavo las reconoció de inmediato.
Las mismas figuras deformes.
Las mismas presencias observando desde el borde de las habitaciones.
Habían estado ausentes durante mucho tiempo.
O quizá solo habían permanecido calladas.
Esperando.
África había ocupado ese espacio.
Había llenado el ruido con algo más simple.
Más humano.
La calma de escuchar otra respiración al dormir.
Las llamadas de madrugada.
Los silencios cómodos.
La costumbre de pensar en alguien antes que en uno mismo.
Y poco a poco las sombras dejaron de ser necesarias.
Gustavo había descansado.
Por primera vez en mucho tiempo.
Había dejado de mirar constantemente detrás de las puertas.
Había dejado de sentir esa presión invisible siguiéndolo a todas partes.
Incluso Jonathan lo había notado.
El monstruo se había quedado quieto, porque ella logró callarlo.
Pero ahora todo estaba regresando.
Las sombras comenzaron a moverse más cerca.
Más definidas.
Más cómodas con su presencia.