Capítulo 15 El amor de mi vida #3
Entonces no estoy loca —silencio breve—.
O al menos, no soy la única.
Gustavo negó apenas con la cabeza, sonriendo todavía, y sin pensar demasiado la abrazó un poco más cerca de él.
—Estás muy loca —murmuró divertido.
Después cerró los ojos apenas un instante y sonrió otra vez—.
Y creo... —más bajo, más honesto— que corro peligro de volverme loco a tu lado.
Aquella tarde terminó como terminan los momentos felices: demasiado rápido.
Después llegaron otras conversaciones.
Más llamadas.
Más risas.
Más días en los que el mundo, por unas horas, parecía olvidarse de ellos.
Y fue precisamente en uno de esos días cuando Vanessa apareció con una pequeña bolsa de regalo.
—Para ella —sonrió apenas—.
De mi parte.
Gustavo dudó.
Solo un instante.
Porque algo seguía incomodándolo cada vez que ambos mundos parecían acercarse demasiado.
Jonathan observó la bolsa.
En silencio.
Atento.
Pero no dijo nada.
Y eso bastó para que Gustavo se relajara.
Abrió la bolsa.
Un peluche.
Pequeño.
Suave.
Inofensivo.
—Pensé que podría gustarle —dijo Vanessa.
Y Gustavo simplemente asintió.
No vio motivo para rechazarlo.
Cuando volvió a ver a África, recordó el regalo.
—Casi lo olvido —murmuró, sacándolo de la mochila.
África sonrió al verlo.
Una sonrisa pequeña.
Real.
—Está bonito —dijo suavemente.
Y eso fue suficiente para Gustavo.
Verla feliz seguía provocándole aquella paz extraña que todavía no terminaba de comprender.
Jonathan observó el peluche un segundo más.
Y algo en su expresión cambió apenas.
Una sensación incómoda.
Difícil de nombrar.
Después desapareció.
O quizá decidió ignorarla.
Y tal vez debieron detenerse ahí.
Pensarlo un poco más.
Porque algunas cosas llegan al tablero disfrazadas de detalles insignificantes.
Y suelen ser las que más daño terminan haciendo.
El cambio no ocurrió de inmediato.
Ni de una forma evidente.
No hubo una discusión.
Ni una despedida.
Ni algo lo suficientemente grande como para señalar exactamente dónde comenzaron a romperse las cosas.
Fue algo mucho peor.
Pequeño.
Gradual.
Al inicio solo parecían detalles fáciles de ignorar.
Una respuesta que tardaba un poco más de lo normal.
Un mensaje más corto.
Una conversación terminando antes de tiempo.
Nada grave.
Nada que realmente pareciera importante.
O al menos eso se repetía Gustavo.
Siempre encontraba una explicación.
—Debe estar ocupada.
Ha tenido días pesados.
Está cansada.
La mente, cuando ama de verdad, se vuelve experta acomodando heridas pequeñas para evitar mirarlas demasiado tiempo.
Y Gustavo lo hacía constantemente.
Convertía silencios en cansancio.
Distancia en estrés.
Ausencia en mala suerte.
Porque aceptar otra cosa dolía demasiado.
Así que prefería sostener la versión más amable de todo.
Un poco más.
Solo un poco más.
Pero con el tiempo las pausas comenzaron a crecer.
Los silencios se hicieron más frecuentes.
Y las palabras, menos necesarias.
Las llamadas ya no duraban horas.
Ya no aparecían esas pequeñas risas involuntarias que antes parecían quedarse flotando incluso después de colgar.
Ahora las despedidas llegaban rápido.
Más fáciles.
Como si a alguien ya no le costara tanto irse.
África seguía ahí.
Todavía respondía.
Todavía aparecía.
Y quizá por eso todo se volvía más confuso.
Porque no era frialdad.
No completamente.
Era algo mucho más difícil de explicar.
Algo en su voz había cambiado.
Y eso terminó siendo peor.
Porque Gustavo lo notó desde el principio.
Desde el primer silencio extraño.
Desde la primera conversación donde algo ya no sonó igual.
Pero no quiso verlo realmente.
Porque verlo significaba aceptar algo para lo que todavía no estaba preparado.
Jonathan también comenzó a observarlo.
En silencio.
Atento.
Porque mientras Gustavo intentaba sostener aquello con explicaciones, él estaba notando otra cosa.
Algo alrededor de África estaba cambiando.
La sensación seguía ahí.
Esa presencia limpia, imposible de tocar completamente.
Pero comenzaba a sentirse más lejana.
Más débil.
Como una luz cubierta lentamente por demasiada niebla.
Porque por primera vez comenzó a percibir algo acercándose nuevamente al tablero.
Algo paciente.
Algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Gustavo no veía nada de eso.
Solo intentaba conservarla.
Aferrarse a lo que habían sido.
A las madrugadas hablando.
A la tranquilidad que ella había dejado dentro de él.
A la versión de ambos que todavía quería creer que seguía existiendo.
Y quizá por eso cada pequeño cambio empezó a doler tanto.
Porque hay momentos donde uno deja de luchar por lo que tiene.
Y comienza a luchar por lo que ya está empezando a perder.
La peor parte es que casi nunca nos damos cuenta exactamente cuándo ocurre.
Gustavo viajó a verla.
Una semana.
Intentando entender.
Intentando recuperar algo.
Intentando sostener entre las manos una historia que lentamente comenzaba a deshacerse.
La ciudad de África era distinta.
Otro ritmo.
Otro aire.
Calles que todavía guardaban calor incluso al caer la tarde.
Pero nada de eso logró distraerlo realmente.
Porque desde que llegó, algo ya se sentía roto.
No de forma evidente.
No con una pelea.
Ni con palabras crueles.
Algo mucho peor.
Distancia.
Pequeña.
Constante.
Invisible para cualquiera que no estuviera enamorado.
Pero imposible de ignorar para él.
Y Gustavo lo sintió durante toda la semana.
En las pausas.
En las respuestas tardías.
En la manera en que África parecía quedarse pensando antes de tocarlo.
Como si hubiera algo dentro de ella intentando alejarse lentamente.
La última noche terminaron sentados en una banca dentro de un parque casi vacío.
El aire era frío.
Las luces lejanas apenas iluminaban los caminos.
África estaba junto a él.
Pero ya no cerca.
No realmente.
Y Gustavo ya no pudo seguir fingiendo que no lo veía.
Tomó suavemente su rostro entre las manos.
Con cuidado.
Como si todavía temiera romper algo.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Sin rodeos.
Sin esconder el miedo.
África no respondió.
Y en aquel silencio algo comenzó a romperse dentro de él.
Ella apartó apenas el rostro.
Lo suficiente para escapar de sus manos.
Y ese pequeño movimiento dolió más de lo que debería.
—Mírame —murmuró Gustavo, la voz quebrándose apenas—.
Mírame a los ojos.
Sin dudar.
Sin apartarte.
Y dímelo.
África levantó la mirada.
Y lo hizo.
Sin esconderse.
Sin suavizarlo.
—No te amo.
Silencio.
Nada más.
Sin explicaciones.
Sin enojo.
Sin crueldad.
Y quizá por eso dolió tanto.
Porque no dejó espacio para la esperanza.
Solo verdad.
Fría.
Definitiva.
Algo dentro de Gustavo cedió.
No hubo gritos.
No hubo rabia.
Simplemente se quebró.
Jonathan observaba desde la distancia.
Y por primera vez desde que Gustavo lo conocía no había ironía en su rostro.
Ni sarcasmo.
Ni diversión.
Solo algo parecido al arrepentimiento.
Se acercó apenas.
—Lo siento —murmuró, más bajo de lo normal.
Gustavo no respondió.
Pero entendió.
Y entonces sintió otra presencia.
Lejana.
Paciente.
Una risa que no pertenecía a aquel lugar.
El Enemigo.
Las piezas comenzaron a encajar.
El cambio.
La distancia.
El vacío creciendo lentamente.
Vanessa.
El regalo.
Pero Gustavo dejó ir el pensamiento.
No podía seguirlo.
No mientras ella siguiera sentada frente a él.
África todavía era más importante que cualquier respuesta.
Y lo extraño fue que no sintió odio.
No esta vez.
El dolor era demasiado grande para dejar espacio a otra cosa.
La observó en silencio.
Como quien intenta memorizar algo antes de perderlo para siempre.
—Espero... —la voz apenas se sostenía— que algún día encuentres a alguien que te ame más de lo que yo te he amado —el viento atravesó el parque—.
Y que tú lo ames igual.
Y cuando eso pase... —tragó saliva lentamente— vas a entender lo que hoy siento por ti.
Silencio.
Respiró hondo.
—Pero no te preocupes.
Te perdono.
Y aun así levantó la mano.
Acarició su rostro con cuidado.
Con ternura.
Como si todavía importara.
Como si todavía doliera.
Buscó sus ojos una última vez.
La misma mirada que alguna vez le devolvió la paz.
La misma que logró hacer callar al monstruo.
Después se levantó.
Y se marchó.
Sin mirar atrás.
Porque sabía perfectamente que si la veía una vez más, no podría irse.
Y mientras caminaba bajo el frío de la madrugada comprendió algo mucho peor que perderla.
África no iba a salir de él.
Nunca.
Porque olvidarla no era realmente el problema.
El verdadero problema era que para dejar de amarla tendría que arrancarse el corazón completo.