Capítulo 15 El amor de mi vida
Conocer al amor de tu vida no significa quedarte con él.
¿Y él... fue el amor de su vida?
Al inicio todo fue simple.
Dos ciudades distintas.
Dos vidas que no tenían ninguna razón para encontrarse.
Y aun así, cada noche se buscaban.
No había promesas.
No había expectativas imposibles.
Solo conversación.
La computadora encendida hasta tarde.
La habitación iluminada por la pantalla.
Y del otro lado, África.
Con ella, Gustavo escribía diferente.
No calculaba respuestas.
No corregía mensajes tres veces antes de enviarlos.
No intentaba parecer alguien más.
Simplemente hablaba.
Y poco a poco las noches dejaron de ser una costumbre para convertirse en algo necesario.
Ya no entraba al chat por rutina.
Entraba para encontrarla.
Para leer su nombre conectado.
Para sentir cómo el peso del día disminuía apenas.
Con el tiempo, los mensajes comenzaron a quedarse cortos.
Escuchar su voz dejó de ser un simple deseo.
Se convirtió en la siguiente conversación pendiente entre ambos.
Así que una noche decidió preguntar:
—¿Puedo llamarte por teléfono?
Después de enviarlo, se quedó observando la pantalla, como si todavía pudiera arrepentirse.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
—Sí, claro.
Te paso mi número.
Tomó el teléfono.
Respiró hondo antes de marcar.
Los dedos vacilaron sobre las teclas.
Le resultó casi ridículo.
Había enfrentado demonios.
Había caminado hacia lugares de los que cualquiera habría salido corriendo.
Pero nunca había sentido unos nervios como aquellos.
Porque esta vez sí tenía algo que perder.
Después de tanto tiempo, alguien había conseguido devolverle una razón para sonreír.
Y no estaba seguro de soportar que la realidad destruyera aquella esperanza.
Escuchó el tono.
Y entonces ella respondió.
—¿Hola?
Gustavo sonrió sin darse cuenta.
Había imaginado su voz muchas veces.
Pero ninguna versión coincidía con la real.
Era suave.
Tranquila.
Sin esfuerzo.
Como si hablar con ella siempre hubiera sido fácil.
—Hola.
La llamada continuó.
Sin silencios incómodos.
Sin necesidad de impresionar a nadie.
Y mientras África hablaba, Gustavo notó algo extraño.
El ruido dentro de él disminuía.
No desaparecía.
Pero se alejaba, como si durante unos minutos pudiera descansar.
Jonathan observaba desde la oscuridad de la habitación.
Sin interrumpir.
Sin bromas.
Y eso también era extraño.
Porque incluso él parecía entender que algunos momentos no debían romperse.
Aquella noche, mientras escuchaba a África reír, Gustavo sintió algo que llevaba demasiado tiempo ausente.
Por primera vez en años, dejó de sentirse solo.
La soledad seguía ahí.
Solo que, por primera vez, ya no estaba peleando solo contra ella.
Las llamadas comenzaron a repetirse.
Primero algunas veces por semana.
Después cada noche.
Hasta convertirse en parte de la rutina.
Los días difíciles seguían existiendo.
Pero ahora terminaban con su voz.
Y eso cambiaba muchas cosas.
Las conversaciones ya no necesitaban tema.
A veces hablaban durante horas.
Otras simplemente compartían el silencio.
Y descubrieron algo importante: cuando alguien realmente se queda, no hace falta llenar todos los espacios.
Hay momentos en los que uno deja de esperar buenas noticias.
No porque la vida ya no pueda sorprenderte.
Sino porque el dolor termina enseñándote a desconfiar incluso de la felicidad.
La llamada transcurría con normalidad cuando África le dijo:
—Voy a estar en tu ciudad.
¿Te gustaría que nos viéramos?
Algo se movió dentro de Gustavo.
Después de tanta oscuridad, después de tantas pérdidas, algo bueno estaba ocurriendo.
Y eso lo asustó más de lo que esperaba, porque la felicidad comenzaba a sentirse posible otra vez.
Y con ella apareció una idea que llevaba demasiado tiempo olvidada.
La posibilidad de amar.
—Sí —respondió sin pensarlo demasiado.
Una sonrisa apareció sola—.
Claro que me gustaría.
Del otro lado, África sonrió también.
Aunque él no pudiera verla, simplemente lo supo.
Y mientras Gustavo recuperaba poco a poco algo de humanidad, el tablero comenzaba a moverse otra vez.
El día llegó.
Y desde que despertó, supo que no estaba tranquilo.
Probó más ropa de la necesaria.
Se acomodó el cabello varias veces.
Cambió de opinión sobre detalles que normalmente no le importaban.
Jonathan observaba desde una esquina.
Divertido.
—Qué decepción —Gustavo siguió abotonándose la camisa sin apartar la vista del espejo—.
El gran Elegido que no cedió ante los ataques de los demonios... —sonrió para sí— derrotado por una mujer.
—¿Ya terminaste? —preguntó Gustavo con una ligera sonrisa.
Jonathan negó despacio con la cabeza.
—Todavía no —esperó unos segundos, disfrutando el momento—.
¿Piensas salir con la camisa así?
Gustavo frunció el ceño y bajó la vista.
Había abotonado mal la camisa.
Soltó una risa por lo bajo mientras deshacía los botones para empezar de nuevo.
Jonathan sonrió satisfecho.
Había esperado el momento perfecto para decirlo.
Gustavo llegó antes de la hora acordada.
Como casi siempre.
Esperar nunca le había molestado.
Hacer esperar a alguien, sí.
El lugar olía a café recién hecho y pan caliente.
Conversaciones suaves llenaban el ambiente.
Eligió una mesa desde donde podía ver la entrada.
Intentó aparentar calma.
No lo consiguió.
Miró el reloj.
Después el teléfono.
Y deseó algo con una fuerza que ya no recordaba.
Que nada saliera mal.
Jonathan observaba en silencio.
Y comenzó a entender algo incómodo.
El problema no era que Gustavo se estuviera enamorando.
El problema era que estaba empezando a tener algo que perder otra vez.
Entonces la vio.
Y todo lo demás perdió importancia.
El ruido de la cafetería.
Las conversaciones.
Las tazas chocando a lo lejos.
Incluso Jonathan desapareció de su atención durante unos segundos.
África caminó hacia él sin prisas.
Sin gestos extraordinarios.
Y quizá por eso el momento se sintió tan real.
Gustavo observó sus ojos color miel.
La calidez de su piel iluminada por la luz de la tarde.
La serenidad de aquella sonrisa, tan cálida como la voz de la que se había enamorado.
Durante semanas había construido aquel momento en su mente.
La realidad no solo estuvo a la altura.
Fue mucho mejor.
Y todas las dudas comenzaron a desaparecer.
¿Y si esto cambia en persona?
¿Y si no soy lo que esperaba?
¿Y si arruino algo?
Nada de eso importó cuando ella sonrió.
Porque hay momentos que no necesitan explicaciones.
Solo ocurren.
El primer "hola" fue sencillo.
Pero ninguno de los dos lo sintió como el inicio de una conversación.
Se sintió como continuar algo que llevaba meses construyéndose.
La charla fluyó con naturalidad.
Las horas avanzaron sin peso.
Y mientras la escuchaba hablar, Gustavo notó algo más.
El monstruo seguía ahí.
Pero por primera vez permanecía quieto por voluntad propia.
Entonces apareció el fantasma de la duda.
Pequeña al principio.
Imposible de ignorar después.
¿Lo digo?
¿Espero?
¿Y si es demasiado pronto?
Durante demasiado tiempo había dejado que el miedo decidiera por él.
Esta vez quería dejar que decidiera la esperanza.
Respiró hondo.
Y antes de que pudiera arrepentirse, habló.
—¿Quieres ser mi novia?
La frase salió directa.
Honesta.
Sin defensa alguna.
El silencio que siguió pareció eterno.
¿Fue demasiado pronto?
¿Acabo de arruinarlo?
África no respondió de inmediato.
Solo lo observó.
Y después sonrió.
Despacio.
Como alguien que ya no quiere esconder lo feliz que está.
Se acercó.
Y lo besó.
No fue perfecto.
No fue cinematográfico.
Fue humano.
Y precisamente por eso se volvió inolvidable.
Jonathan apartó la mirada, como si observar demasiado aquel momento fuera una falta de respeto.
Y mientras el mundo continuaba avanzando afuera, Gustavo sintió algo que llevaba demasiado tiempo perdido.
Paz.
No completa.
No eterna.
Pero suficiente para recordar cómo se sentía volver a vivir.
Con el tiempo, la vida comenzó a acomodarse alrededor de África.
Y África comenzó a acomodarse en el corazón de Gustavo.
No ocurrió de golpe, no como esas historias exageradas donde todo cambia en una sola noche.
Fue más lento.
Más humano.
Y precisamente por eso, más inevitable.
Las llamadas.
Los mensajes.
Las visitas.
Las pequeñas costumbres que aparecen sin darse cuenta.
Compartir canciones.
Fotos tontas.
Conversaciones a mitad de la madrugada, cuando ninguno de los dos realmente tenía sueño.
Poco a poco, Gustavo dejó de pensar tanto en el juego.
No porque hubiera terminado.
Porque dejó de ocupar el centro de todo.
África ya no era solamente parte de su vida.
Era el lugar al que quería regresar después de cualquier cosa.
Su espacio seguro.
Su calma.
Su universo entero.
Dormía mejor.
No únicamente porque descansara.
Porque soñaba con ella.
Y después de tanto tiempo viviendo con ruido dentro de la cabeza, eso se sentía casi irreal.
Sus pensamientos dejaron de sentirse desordenados.
Ahora tenían forma.
La voz de África.
Su risa.
La manera en que pronunciaba su nombre.
Los detalles pequeños que normalmente nadie nota, pero que terminan convirtiéndose en lo más importante.
Su perfume quedándose en la ropa de Gustavo después de verla.
La suavidad de su piel.
La forma en que lo abrazaba apenas unos segundos más de lo normal, como si tampoco quisiera soltarlo todavía.
El odio no desapareció.
Seguía ahí.
Pero dejó de ser el centro.
Permanecía guardado.
Encerrado.
Como un animal dormido al que nadie estaba alimentando ya.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, Gustavo comenzó a sentirse en paz.
Jonathan lo observaba todo.
Siempre.
Desde la distancia.
Sin intervenir demasiado.
Pero algo en él seguía incómodo, porque todavía no entendía completamente a África.
No sabía de dónde había salido realmente.
Y eso era extraño.
Cada vez que intentaba observar más allá de ella, algo se lo impedía.
No como un muro.
Algo peor.
Como intentar mirar a través de una luz demasiado limpia.
Imposible de sostener demasiado tiempo.
Había algo alrededor de ella que Jonathan no podía tocar.
Y eso lo mantenía atento, porque en un tablero como ese, las piezas importantes rara vez aparecen por accidente.
Vanessa también comenzó a notarlo.
Gustavo estaba distinto.
Más tranquilo.
Más presente.