Capítulo 14 Soy Jonathan
Hay máscaras que terminan aprendiendo a respirar.
No fue inmediato... pero dejó de ser él.
Otro día.
El mismo mundo.
El mismo ruido de la ciudad.
Motores.
Conversaciones.
Personas caminando deprisa como si siempre llegaran tarde a algo.
Nada había cambiado.
Al menos no afuera.
Porque por primera vez en mucho tiempo no había nada.
No susurros.
No presión.
No voces.
El silencio era real.
Dios no hablaba.
Y el Enemigo tampoco.
—Se acabó —murmuró Gustavo.
Jonathan lo observó de reojo.
Sentados frente a una pequeña cafetería.
—¿A qué te refieres?
—A todo.
A este estúpido juego.
La respuesta sonó cansada.
Más cansada de lo normal.
—Estoy harto de hacer únicamente lo que ellos quieren —miró la calle, los autos, la gente—.
De contenerme.
De medir cada paso.
Exhaló lentamente.
—Esto debe cambiar.
Levantó la mirada.
Y algo en sus ojos ya no era igual.
—Y si ellos no lo cambian... lo haré yo.
Jonathan permaneció en silencio unos segundos.
—Ya los has retado antes —la advertencia fue tranquila—.
Y las cosas no han salido exactamente bien —una leve sonrisa apareció, precavida—.
¿Qué será diferente ahora?
Gustavo sostuvo su mirada.
—Jonathan... ¿te enoja ser el sirviente del Enemigo?
¿O te molesta más ser el tapete donde limpia toda la mierda que acumula en sus pies?
El silencio se volvió incómodo.
Jonathan ya no sonreía.
—¿Qué estás tramando?
—No soy un idiota —respondió Gustavo—.
Y agradecería que dejaras de tratarme como tal.
¿Qué es lo que esperas conseguir?
Gustavo se inclinó apenas hacia adelante.
—Te hice una pregunta —más bajo, más directo—.
¿Vas a responder o seguirás comportándote como un cobarde?
El ruido de la ciudad pareció alejarse.
Jonathan no respondió.
Y eso ya era una respuesta.
—Quiero conocer a ese Jonathan —continuó Gustavo—.
El que no se contiene.
El que no obedece.
Jonathan entrecerró los ojos.
—Percibo lo que eres —dijo Gustavo—.
Y quiero que lo dirijas hacia mí.
Quiero conocer tu desesperación.
Tu frustración.
Tu odio.
Ahora sí hubo tensión.
Real.
Jonathan lo observó como si intentara decidir si comprendía lo que estaba pidiendo.
—Gustavo... —por primera vez sonó cansado.
Sinceramente cansado—.
Sé por lo que has pasado.
Hemos estado juntos en esto —desvió la mirada apenas—.
No puedo hacer lo que me estás pidiendo —más serio—.
Te vas a corromper.
Pero Gustavo no retrocedió.
—Entonces enséñame —la respuesta fue inmediata—.
Muéstrame.
Y algo cambió en su mirada.
Ya no parecía alguien buscando ayuda.
Parecía alguien buscando poder.
—Dominaré el odio —murmuró—.
Y lo usaré a mi favor.
Y en su contra.
Jonathan guardó silencio.
Porque por primera vez dudó.
No por miedo.
Por consecuencia.
—¿Eres consciente de que si cruzas no habrá retorno? —el aire parecía inmóvil alrededor de la mesa—.
Y si llegaras a encontrar un camino de regreso —continuó, más serio de lo que Gustavo lo había escuchado jamás— lo que quede de ti ya no será lo mismo.
Gustavo no parpadeó.
No dudó.
—Solo busco el viaje de ida —la frase cayó fría, vacía de esperanza—.
No tengo planeado regresar —sus ojos permanecieron fijos en Jonathan—.
Hazlo.
El silencio no se rompió.
Se deformó, como una grieta que llevaba demasiado tiempo existiendo.
Y que finalmente alguien decidiera abrir.
Gustavo no gritó.
No perdió el control.
Solo respiró.
Y algo dentro de él se acomodó de forma distinta.
El dolor seguía ahí.
La culpa también.
Pero ahora tenía dirección.
Jonathan no añadió nada.
No colocó pensamientos.
No alteró recuerdos.
Hizo algo mucho más peligroso: tomó todo lo que ya existía dentro de Gustavo y eliminó el límite.
Las imágenes regresaron claras.
La niña.
El impacto.
La madre aferrándose a un cuerpo que ya no podía responder.
Armando.
La habitación.
La nota.
El vacío.
Y Hugo.
El agua.
La culpa.
La pregunta imposible: ¿y si hubiera llegado antes?
Todo seguía ahí.
Pero ya no lo detenía.
Ahora lo ordenaba.
Un pensamiento cruzó su mente.
Frío.
Preciso.
Todo eso, solo para mover piezas en un estúpido tablero.
El dolor se comprimió.
Años enteros reducidos a un único punto.
Y entonces cambió.
Dejó de sentirse como dolor.
Y comenzó a convertirse en otra cosa.
Odio.
No caótico.
Dirigido.
Útil.
Gustavo cerró los ojos.
Y sonrió.
No de felicidad.
No de alivio.
Era algo más oscuro.
Más preciso.
—Vivir con el monstruo que llevamos dentro... —murmuró— es un arte.
Pero dejarlo salir cuando lo necesitas, y encerrarlo cuando termina su trabajo... —la sonrisa permaneció— eso es una obra maestra.
Respiró profundamente.
Y por primera vez el odio no se sintió como algo que debía contener.
Se sintió correcto.
—Pero esta vez... —abrió los ojos, y algo en ellos ya no era igual— el monstruo se quedará libre.
Jonathan no respondió.
Porque no le gustaba lo que veía.
Y tampoco sabía cómo detenerlo.
El cambio no ocurrió de golpe.
Fue gradual.
Sutil.
Gustavo comenzó a responder distinto.
A decidir demasiado rápido.
A sentir menos culpa.
Menos duda, como si una parte de él hubiera dejado de preguntarse si las consecuencias valían la pena.
Y Jonathan comprendió algo incómodo.
Nada dentro de Gustavo se había roto.
Se había abierto.
Pero Gustavo no lo veía así.
Cada decisión, cada pensamiento, cada instante en que el odio resultaba más sencillo que la compasión, le confirmaba una única idea: ya no era el hombre que había comenzado aquella partida.
Con el tiempo, su propio nombre comenzó a resultarle ajeno, porque ya no sentía que le perteneciera.
"Gustavo" le recordaba quién había sido.
"Jonathan" describía mejor lo que creía ser ahora.
Cuando conocía personas nuevas respondía sin pensarlo.
—Me llamo Jonathan —decía, sin vacilar.
Y lo más inquietante era que comenzaba a sentirse correcto.
Jonathan lo observaba.
Sin intervenir.
Como alguien que reconoce un camino porque alguna vez también lo recorrió.
Y entonces cambió de estrategia.
No alimentó más el odio.
Eso ya estaba hecho.
Lo acercó a las personas.
—Te estás aislando —le dijo una noche, la habitación apenas iluminada por el monitor—.
Eso ya empieza a aburrirme.
Gustavo ni siquiera levantó la vista.
—En internet hay algo llamado chat.
La gente habla con desconocidos.
Pruébalo.
Si sale mal, al menos me entretengo.
E incluso puedo darte ideas y tal vez algunos de mis chistes.
Gustavo no quiso discutir con Jonathan e ingresó al chat.
—De acuerdo... con tal de que dejes de molestarme.
Al principio fueron conversaciones vacías.
Mensajes.
Saludos.
Intentos de conexión que morían antes de comenzar.
Nada permanecía.
Nada importaba.
Entonces Jonathan insistió.
—¿Sabes?
Conocerlas en persona sería mejor.
Sirve que sales a caminar.
No digo que estés gordo, pero ese short ya está empezando a rendirse.
Gustavo solo movió la cabeza, negando.
—Eres peor que un dolor de cabeza.
—Lo sé.
Es una de mis mejores cualidades.
Y terminó aceptando.
No por interés.
Por cansancio.
Así comenzaron las citas.
Samantha fue la primera.
Impulsiva.
Ruidosa.
Como una canción pegajosa que desaparece al día siguiente.
Después llegó Cinthia.
Segura de sí misma.
Encantadora.
Pero mientras hablaba, Gustavo no podía evitar pensar: ya tengo a Vanessa, con eso basta.
Adilene fue diferente.
Más tranquila.
Más auténtica.
Por momentos pareció que algo podía surgir.
Pero tampoco ocurrió.
Y después llegaron más.
Yesenia.
Valeria.
Rosalba.
Karina.
Nombres distintos.
Historias distintas.
El mismo resultado.
Gustavo escuchaba.
Respondía.
Sonreía cuando debía hacerlo.
Pero nunca terminaba de estar ahí, como alguien que aprendió a imitar cercanía sin volver a sentirla realmente.
Y entonces Jonathan entendió algo que no esperaba: el problema ya no era que Gustavo estuviera solo.
El problema era que comenzaba a acostumbrarse demasiado a no necesitar a nadie.
Una noche, sin nada especial que hacer, Gustavo encendió la computadora.
No buscaba compañía.
Ni conversación.
Solo matar el tiempo hasta quedarse dormido.
Entró al mismo chat de siempre.
El plan era simple.
Aburrirse.
Y entonces apareció ella.
Al principio no pareció diferente.
Otro mensaje.
Otra conversación.
Otra ventana abierta entre cientos iguales.
Pero algo no encajó.
De la forma correcta.
No fue lo que dijo.
Fue cómo lo dijo.
Leía antes de responder.
Escuchaba antes de hablar.
No intentaba impresionar.
No competía.
No buscaba atención.
Simplemente estaba ahí.
Y eso resultó extrañamente nuevo.
Sin poder verla, Gustavo percibió algo que casi había olvidado.
Ternura.
Algo limpio.
Algo que no parecía esperar nada a cambio.
Y por primera vez en mucho tiempo algo dentro de él se quedó quieto.
El odio no desapareció.
Pero dejó de avanzar, como un animal observando desde lejos.
Hablaron durante horas.
Sin esfuerzo.
Sin silencios incómodos.
Sin necesidad de calcular cada palabra.
Hasta que ella se despidió.
—Tengo que dormir —escribió.
Gustavo dudó apenas.
—¿Tu nombre?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
—Te lo digo mañana —respondió ella—.
A la misma hora.
Gustavo insistió.
Y entonces llegó una respuesta que no esperaba.
—Confía... Regresaré mañana.
Lo prometo.
Y se desconectó.
El silencio regresó.
Pero algo había cambiado.
Las palabras de ella siguieron acompañándolo mucho después de cerrar la conversación.
Aquella noche no logró dormir.
Releyó mensajes.
Recordó detalles absurdos.
La forma en que respondía.
La naturalidad.
La sensación de haber sido escuchado de verdad.
Y entonces comprendió algo incómodo.
Ya la extrañaba.
El día siguiente pasó lento.
Demasiado lento.
Y cuando llegó la hora acordada, entró inmediatamente.
Buscó su alias.
Nada.
Los minutos comenzaron a estirarse.
Y con ellos llegaron las dudas.
Tal vez fui demasiado frío.
Tal vez dije algo incorrecto.
¿En qué estaba pensando cuando consideré, aunque solo fuera por un momento, que cumpliría su promesa?
Entonces apareció.
—Ya estoy aquí —escribió—. Prometí que volvería.
El alivio fue involuntario.
Automático.
Pero la máscara respondió antes que él.
—Da igual —escribió—. No esperaba que volvieras.
La respuesta llegó enseguida.
—¿En serio?
Yo sí quería hablar contigo.
Y después, una frase consiguió atravesar la armadura.
—Me gustó nuestra conversación.
Los dedos de Gustavo quedaron inmóviles sobre el teclado.
Ella volvió a escribir.
—Dame otra oportunidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, una parte de él se preguntó algo incómodo.
Tal vez ya era momento de encerrar al monstruo.
Las conversaciones continuaron.
Y Gustavo cambió.
No de golpe.
No como alguien que despierta siendo otra persona.
Algo más simple.
Más humano.
Por primera vez en años no tuvo que esforzarse para sostener una conversación.
No calculó respuestas.
No eligió cuidadosamente qué mostrar.
No midió silencios.
Simplemente fue él.
O al menos la parte de él que todavía no había desaparecido.
Las horas comenzaron a pasar demasiado rápido.
Hasta que llegó la despedida.
—Me gustó hablar contigo —escribió ella—.
Me gustaría seguir... —si tú quieres.
Y esta vez Gustavo respondió sin pensarlo.
—Claro que quiero.
La sinceridad salió tan rápido que incluso él la notó.
Entonces apareció una nueva pregunta.
—¿Cómo te llamas?
Tu nombre real.
Y ocurrió.
Como un reflejo.
Como una costumbre.
Como una armadura levantándose sola.
—Jonathan.
La palabra apareció en pantalla.
Incorrecta.
Y aun así familiar.
Del otro lado tardó unos segundos en responder.
—Me llamo África.
Mucho gusto, Jonathan — Descansa.
Y se desconectó.
El chat quedó vacío.
Pero algo suyo permaneció, como si hubiera dejado una pequeña luz encendida dentro de la habitación.
Jonathan había observado toda la conversación en silencio.
Sin bromas.
Sin comentarios.
Y eso ya era extraño.
Pero lo verdaderamente inquietante era que no parecía satisfecho.
Porque él no la había llevado hasta ahí.
No la encontró.
No la eligió.
Y aun así apareció.
Intentó comprender quién era.
De dónde venía.
Por qué había llegado justo ahora.
No pudo.
Algo alrededor de ella impedía verlo con claridad.
No era un muro.
Era algo peor.
Una niebla.
Una presencia demasiado limpia para tocarse fácilmente.
Algo la cubría.
Algo la protegía.
Y Jonathan no logró reconocer qué era.
Eso lo inquietó.
Porque por primera vez en mucho tiempo había aparecido una pieza que no pertenecía a ninguno de los jugadores visibles.
Y entonces comprendió algo más: África no era importante por quién era.
Era importante por lo que estaba provocando.
Desde que apareció, el ruido dentro de Gustavo había disminuido.
El odio había retrocedido algunos pasos.
Y el tablero lo había notado.
Porque en otro lugar, alguien observó la jugada.
Y decidió responder.
Vanessa.
La noche seguía pareciendo normal.
La televisión encendida.
Mensajes entrando al teléfono.
La ciudad respirando detrás de las ventanas.
Y aun así algo comenzó a moverse dentro de ella.
Primero como una idea.
Después como necesidad.
Buscar a Gustavo.
Saber cómo estaba.
Acercarse nuevamente.
Vanessa intentó ignorarlo.
No pudo.
Tomó el teléfono.
Abrió la conversación.
Las emociones no nacían realmente de ella.
Pero se sentían como si lo hicieran.
Y eso era precisamente lo peligroso.
Porque el juego nunca se había detenido.
Solo había cambiado de ritmo.
Ya no se trataba de presión.
Ni de miedo.
Ni de ataques directos.
Ahora las piezas comenzaban a moverse por sí mismas, guiadas por impulsos que parecían completamente propios.
Y en algún lugar más allá de lo visible, algo observó ambas jugadas al mismo tiempo.
Paciente.
Atento.
Porque las partidas importantes no comienzan cuando una pieza cae.
Comienzan cuando dos empiezan a acercarse.