Capítulo 13 Quiero venganza #3
Te hicieron cargar culpas que no te pertenecían... y fallaron.
Te arrebataron personas que amabas... y también fallaron.
El Enemigo sonrió.
Despacio.
Como quien disfruta una verdad que el otro aún no comprende.
—¿De verdad fallaron?
Silencio.
—Dime... ¿eres el mismo hombre que conocí al principio del juego?
La sonrisa se ensanchó.
—Yo no lo creo.
Cada intento te hizo un poco más desconfiado.
Un poco más cansado.
Un poco más solo.
Un poco más dispuesto a hacer lo que antes jamás habrías considerado.
Inclinó apenas la cabeza.
—Nunca quise vencerte entonces.
Quería traerte hasta aquí.
Y lo hiciste, paso a paso, por tu propia voluntad.
Entonces dirigió la mirada hacia Jonathan.
—Jonathan... —el aire mismo pareció alinearse alrededor de aquellas palabras—.
¿Trajiste lo que te encargué?
Jonathan se tensó.
Y esta vez ni siquiera intentó ocultarlo.
—No puedo entregársela —respondió, la mandíbula apretada—.
Si lo hago, caerá.
La presencia no cambió.
Pero el espacio alrededor sí.
Más frío.
Más exacto.
—No pedí tu opinión —la frase dejó claro quién tenía la autoridad—.
Entrégasela.
Obedece.
Jonathan cerró los ojos apenas un instante.
Y por primera vez desde que Gustavo lo conocía, dudó.
Lentamente algo apareció en su mano.
No brillante.
No llamativo.
La espada.
El aire alrededor de ella se sentía distinto.
Antiguo, como si sostuviera algo que el mundo ya no debería tocar.
Jonathan la observó unos segundos.
Sin querer entregarla realmente.
—Esta espada —murmuró, la voz más baja de lo normal— custodiaba la entrada al paraíso —miró el filo—.
Puede matar ángeles.
Y demonios.
Después miró directamente a Gustavo.
Y algo en sus ojos pareció romperse apenas.
—Por favor... —dijo, sin sarcasmo, sin orgullo—.
No la tomes.
Dio un paso más cerca.
—No caigas en su juego —más firme, más humano de lo habitual—.
Vámonos.
Busquemos otro momento.
Miró a Gustavo directo.
—No estás pensando claro.
Las voces alrededor seguían riendo.
Susurrando.
Empujando.
—Estás cargando demasiado... —continuó Jonathan—.
Y eso es exactamente lo que quieren.
Silencio breve.
—Primero tienes que sanar —la espada seguía entre ellos, esperando— antes de enfrentarlos.
Gustavo lo observó.
Y por un instante, solo uno, algo dentro de él pareció vacilar.
Pero entonces las voces regresaron.
Hugo.
Armando.
La niña.
Martha.
Todo mezclándose otra vez.
Y la sonrisa que apareció en Gustavo ya no tenía cansancio.
Tenía odio.
—¿Sanar...? —murmuró al final.
Una risa breve—.
No quiero sanar, Jonathan.
Sus ojos fijos en la espada.
—Quiero venganza.
Y entonces la tomó.
La observó con calma.
Por primera vez desde que la sostuvo, el peso había desaparecido.
Era como si hubiera sido hecha para él.
Respiró hondo.
Llevó la espada hacia atrás.
Dispuesto a descargar toda su ira.
Y justo cuando estaba a punto de atacar, el aire se quebró.
No por el filo.
Por una presencia, como si algo hubiera entrado al hospital y la realidad recordara, de inmediato, cómo debía sentirse el orden.
Los demonios retrocedieron.
No por miedo.
Por imposibilidad, como sombras cuando alguien abre una puerta y deja entrar la mañana.
Jonathan dio un paso atrás.
Instintivo.
Pero tampoco podía acercarse más.
Y eso fue suficiente para entender que aquello estaba fuera incluso de él.
Por primera vez no sabía dónde colocarse.
Las sombras comenzaron a dispersarse.
No desapareciendo.
Retrocediendo, como si algo hubiera interrumpido un plan que llevaba demasiado tiempo preparándose.
La presión del hospital cambió de inmediato.
Los pasillos dejaron de sentirse torcidos.
Las voces se apagaron poco a poco.
Y entonces la voz atravesó el lugar.
—Veo que nuevamente haces trampa.
No iba dirigida a Gustavo.
Ni a Jonathan.
Iba más allá.
Al Enemigo.
El silencio se sostuvo apenas un instante.
—No me sorprende —la presencia no necesitaba elevarse.
La autoridad ya estaba ahí—.
Y no te dejaré continuar.
El espacio entero pareció acomodarse, como cuando alguien endereza algo que llevaba demasiado tiempo fuera de lugar.
Todo encontró posición otra vez.
—Mía es la venganza.
Y el castigo.
Entonces la atención cayó sobre Gustavo.
No aplastándolo.
—Vete de aquí.
El peso de la espada cambió de inmediato.
Gustavo intentó sostenerla.
Pero ya no respondía igual.
El metal se volvió insoportablemente pesado.
Antiguo.
Inmóvil.
La punta se clavó en el suelo del hospital, rompiendo el mosaico agrietado.
Y entonces simplemente dejó de pertenecerle.
No era una espada que pudiera levantarse con fuerza.
Ni con odio.
Ni con voluntad humana.
Solo algo superior podría moverla ahora.
Gustavo guardó silencio.
La rabia seguía ahí.
El dolor también.
Pero algo más fuerte acababa de atravesar todo eso.
Y por primera vez desde que entró al hospital, el odio dejó de sonar como dirección.
Lentamente dio un paso atrás.
Y después otro.
Las presencias alrededor ya no se acercaban.
Los ángeles resguardaban el lugar.
Las jugadas ya se habían realizado.
Jonathan, todavía unos pasos detrás, no dijo nada.
Pero su incomodidad era evidente, como alguien que sabe perfectamente hasta dónde puede permanecer antes de empezar a romper reglas que ni siquiera él se atreve a desafiar completamente.
Entonces Jonathan también retrocedió.
Junto a Gustavo.
Y mientras abandonaban el hospital, algo se escuchó más allá de lo visible.
Piezas de ajedrez.
Una.
Después otra.
Y luego silencio.
Como si alguien hubiera dado por terminado ese turno.