Capítulo 13 Quiero venganza #2
Risas que en su momento parecían insignificantes.
Conversaciones absurdas que de alguna forma terminaban sintiéndose importantes.
Caminatas largas sin destino claro.
El cine: entraban sin plan y salían hablando de cualquier cosa menos de la película.
Las apuestas tontas.
Quién hablaba primero con una chica.
Quién se atrevía.
Armando siempre dudaba.
—Ve tú... —decía, riéndose nervioso—.
Tú sabes hablar.
Y Gustavo iba.
Siempre iba.
Entonces otro recuerdo apareció.
Claro.
Perfecto.
El evento de radio.
La fila larguísima.
La emoción mal escondida.
Y Armando, quieto, paralizado frente a ella.
La conductora de la que llevaba meses hablando.
Sin poder decir una sola palabra.
Congelado.
Gustavo lo miró.
Sonrió.
Y dio un paso al frente.
—¡Hey, Pamela! —dijo—.
¿Nos regalas una foto?
La conductora volteó hacia ellos.
Sonrió de inmediato.
—¡Claro!
Vengan.
Y Armando, por fin, respiró.
Ese momento.
Esa sonrisa.
Esa felicidad tonta que en aquel entonces parecía eterna.
Ahora era todo lo que quedaba.
Gustavo dobló la nota lentamente, con el mismo cuidado con el que había sido escrita.
No dijo nada.
No hacía falta.
Porque algo dentro de él acababa de romperse.
Y algo más acababa de nacer.
Jonathan solo lo observó.
Sin esa sonrisa arrogante que normalmente aparecía incluso en los peores momentos.
Esta vez lo hacía con detenimiento, como si estuviera estudiándolo.
Intentando entender algo que hasta ahora había pasado por alto.
Había algo distinto en la forma en que Gustavo sostenía el silencio.
No era simple resistencia.
Era acumulación.
Como si cada golpe, cada pérdida, cada grieta abierta frente a él no lograra romperlo de inmediato.
Solo se quedara ahí.
Adentro.
Sumándose.
Peso sobre peso.
Y eso inquietó incluso a Jonathan, porque él conocía demasiado bien lo que ocurre cuando alguien deja de vaciar el dolor.
El cuerpo sigue.
La mente sigue.
La voz sigue sonando normal.
Pero por dentro algo empieza a endurecerse.
Poco a poco.
Sin ruido.
Jonathan mantuvo la mirada fija en Gustavo.
En sus manos quietas.
En la manera en que doblaba la nota de Armando con demasiado cuidado, como si incluso eso fuera lo único que todavía podía proteger.
Y por primera vez la duda apareció dentro de él.
¿Cuánto más podía sostener antes de que algo finalmente cediera?
Porque Jonathan entendió algo horrible.
No estaban intentando destruirlo físicamente.
Eso habría sido más simple.
Lo estaban desgastando.
Quitándole personas.
Empujándolo hacia tragedias, una detrás de otra.
Obligándolo a mirar dolor hasta que dejara de sentirlo correctamente.
Y si aquello continuaba, si seguían acumulando odio, pérdida, culpa, entonces llegaría un momento en que ya no quedaría mucho de él.
Solo la ira.
Solo el cansancio.
Solo esa parte oscura que empieza a crecer cuando alguien deja de creer que el mundo merece seguir siendo salvado.
Jonathan desvió apenas la mirada.
Y aunque jamás lo admitiría, por primera vez entendió que Gustavo no solo corría peligro de morir.
Corría el peligro de dejar de ser humano.
La noche cayó sin aviso.
El hospital seguía en pie.
Pero ya no funcionaba como uno.
Las luces apagadas.
Ventanas selladas.
Accesos bloqueados a medias, como si alguien hubiera intentado clausurarlo rápido, sin soportar demasiado tiempo dentro.
Abandonado.
Pero no vacío.
Había algo extraño en el lugar, como si todo hubiera sido interrumpido de golpe.
Conversaciones.
Rutinas.
Vidas enteras.
Y después nadie hubiera querido regresar a terminar nada.
Gustavo se detuvo frente a la entrada principal.
Las puertas de cristal seguían ahí.
Manchadas.
Opacas por el polvo y la humedad acumulada.
No sintió miedo.
Sintió atención, como si el edificio entero hubiera notado su presencia desde el momento en que cruzó la reja exterior.
—Ya llegamos al lugar —dijo Jonathan.
Una sonrisa leve apareció apenas—.
No sé por qué los humanos insisten en abandonar lugares tan acogedores.
Observó el hospital con calma.
—Tiene una decoración encantadora.
Oscuro.
Húmedo.
Cadáveres emocionales por todos lados.
Muy hogareño —hizo una pausa—.
La verdad, no entiendo por qué tiene tan malas reseñas.
El silencio del lugar no era vacío.
Era presencia contenida.
Desde afuera, las ventanas no reflejaban.
Mostraban.
Sombras cruzaban detrás del vidrio.
Varias.
Sin forma estable.
Sin ritmo humano.
Demasiado lentas algunas.
Demasiado rápidas otras.
Y en los espacios abiertos, el estacionamiento descuidado, los jardines muertos, los patios donde ya nadie caminaba, algo se movía.
No corría.
No se ocultaba.
Solo estaba ahí, como si ya no necesitara esconderse de nadie.
Gustavo entrecerró apenas la mirada.
Y por un instante la idea cruzó su mente.
—Tal vez ahora también veo cosas que no existen.
Jonathan soltó una risa leve.
Casi imperceptible.
—Definitivamente —asintió con total seriedad—.
Deberías buscar un buen psiquiatra —miró alrededor del hospital—.
Aunque quizá no sea el mejor lugar para pedir una segunda opinión —la sonrisa torcida regresó—.
O sí.
Quién sabe.
Tal vez aquí hagan excelentes diagnósticos.
El silencio duró apenas un segundo.
Porque incluso ahí, frente a un lugar cargado de muerte, las bromas seguían existiendo.
Era su forma extraña de sostener la tensión sin romperse.
Camaradería torcida.
Pero real.
Gustavo avanzó hacia la entrada.
—Esta vez no...
Jonathan lo miró de reojo.
—¿No qué?
Gustavo no se detuvo.
La oscuridad del hospital ya comenzaba a tragarse parte de su silueta.
—No voy a esperar el golpe —su voz cambió apenas, más peligrosa—.
Voy a golpear primero.
Jonathan mantuvo la mirada fija en él unos segundos, como si intentara medir qué tanto de aquello era decisión, y qué tanto empezaba a parecerse a otra cosa.
Entonces habló.
—Asegúrate de que sea un buen golpe —la burla desapareció completamente—.
Porque su respuesta —miró las ventanas oscuras del hospital— no será amigable.
El viento movió apenas las hojas secas del estacionamiento.
Algo cruzó detrás de uno de los cristales rotos.
—Y sobre todo —continuó Jonathan— piensa antes de actuar.
No les des lo que quieren.
Gustavo no respondió.
Pero tampoco desaceleró.
Y eso fue respuesta suficiente.
Jonathan esbozó una pequeña sonrisa.
No arrogante.
Expectante.
—Aquí vamos.
Y entonces las puertas del hospital se abrieron lentamente solas.
No de golpe.
Como bienvenida.
El aire dentro del hospital era distinto.
Observado, como si cada pasillo supiera exactamente quién acababa de entrar.
Apenas cruzaron el umbral, algo comenzó a filtrarse.
No como presencia.
Como recuerdos que no le pertenecían.
Habitaciones abiertas.
Camas alineadas.
Cortinas moviéndose apenas, aunque no hubiera viento.
Y cuerpos.
Fragmentados.
Ecos, como escenas representadas una y otra vez.
Un paciente reía solo.
Una enfermera corría de una habitación a otra sin llegar nunca a ninguna.
Otro golpeaba la pared una y otra vez.
Pero cada vez que Gustavo apartaba la mirada, la escena comenzaba exactamente igual.
Las mismas manos.
El mismo golpe.
El mismo rostro.
Como actores incapaces de abandonar su papel.
Una voz susurraba desde ningún lugar, repitiendo nombres que ya no pertenecían a nadie.
Y en medio de todo, miradas.
No perdidas.
Dirigidas.
Atentas.
Esperando una reacción.
No era un hospital lleno de pacientes.
Era un escenario.
Una representación del dolor humano interpretada por criaturas que jamás habían sido humanas.
—¿Qué vas a hacer, mortal...? —susurró una voz, arrastrándose por el aire húmedo del hospital.
Otra risa.
Más lejos.
Más vieja.
—¿También llegaste tarde aquí?
Las imágenes cambiaron demasiado rápido.
Hugo.
El agua.
El accidente.
La madre abrazando a su hija.
Armando.
Raúl.
Todo mezclándose.
Superponiéndose, sin permitirle respirar entre un recuerdo y otro.
—¿A cuántos más vas a dejar caer...? —murmuraron las voces, más cerca, más íntimas—.
Podemos ir por ella también...
El nombre no fue necesario.
Gustavo lo entendió de inmediato.
Martha.
El aire se tensó violentamente.
Y entonces los pensamientos dejaron de sentirse claros.
Las emociones comenzaron a mezclarse unas con otras.
Tristeza.
Culpa.
Rabia.
Dolor.
Ya no podía distinguir qué parte nacía de él y cuál estaba siendo empujada desde afuera.
Los demonios estaban logrando exactamente lo que querían: desestabilizarlo.
Jonathan dio un paso más cerca.
Y por primera vez desde que entraron, se veía realmente preocupado.
—Creo que lo mejor será irnos —dijo, la voz completamente seria—.
Esto no es un enfrentamiento —miró alrededor: las sombras, las voces, las presencias escondidas entre habitaciones oscuras—.
Es una trampa.
Pero Gustavo no se movió.
Algo dentro de él ya no estaba evaluando.
El razonamiento comenzaba a nublarse.
Y el odio transpiraba por su piel, como si hubiera estado acumulándose demasiado tiempo, esperando un lugar correcto donde existir.
Y el control apenas seguía sujeto por unos cuantos hilos invisibles.
A punto de romperse.
Entonces una voz atravesó el hospital.
Y todo se detuvo.
—Creí que no vendrías.
Gustavo levantó la mirada de inmediato.
Familiar.
El mismo tono.
El mismo peso incómodo.
El demonio del arlequín.
La risa se deslizó por los pasillos.
—Veo que trajiste a tu mascota... —una risa corta, cruel—.
Ponle la cadena —más bajo—.
No se vaya a perder.
Las sombras se acercaron.
La representación continuó.
Le mostraban sus errores.
Repetían cada momento.
Cada error.
Cada omisión.
Cada consecuencia, como una obra que se repetía sin poder cerrarse.
Le susurraban al oído:
—¿Por qué no lo evitaste, Elegido?
Jonathan se colocó frente a Gustavo.
—Esto no es tuyo —dijo con firmeza—.
No tomes nada de esto.
Pero ya era tarde.
Porque había algo que sí le pertenecía.
El odio.
Claro.
Dirigido.
Acumulado durante demasiado tiempo.
Y entonces todo volvió a detenerse.
No por silencio.
Por autoridad.
La presencia entró al lugar sin necesidad de mostrarse.
La voz no necesitó volumen.
—Elegido... debo admitir que has hecho interesante nuestra batalla.
Dejó escapar una risa.
—Mis demonios intentaron poseerte... y fallaron.
Intentaron sembrar pensamientos que nunca fueron tuyos... y fallaron.