Capítulo 13 Quiero venganza
Primero destruyen tu paz. después te ofrecen un arma.
¿Y si nunca estuvo equivocado?
A Raúl lo diagnosticaron rápido.
Demasiado rápido.
Consultas cortas.
Palabras técnicas.
Explicaciones limpias.
Conclusiones que parecían tranquilizar más a quienes escuchaban que a quien tenía que vivir con ellas.
Esquizofrenia.
Así lo llamaron.
Decían que veía cosas inexistentes.
Que escuchaba voces.
Que reaccionaba a estímulos que nadie más podía percibir.
Pero había algo que no terminaba de encajar.
Nunca fue violento.
Nunca perdió completamente el control.
Nunca dejó de ser él.
Y Armando lo repetía como si decirlo suficientes veces pudiera cambiar el final de la historia.
—No era así... —dijo, con la mirada fija en algún punto perdido de la habitación, como alguien que sigue intentando ordenar recuerdos que no aceptan acomodarse—.
Podía asustarse... —respiró hondo—.
Sí.
Pero nunca —negó apenas con la cabeza— nunca haría daño.
Gustavo escuchaba.
Pero ya no como antes.
Ahora evaluaba.
Cada detalle.
Cada palabra.
Cada espacio entre frases.
—Lo internaron porque empezó a empeorar —continuó Armando, las manos tensas, como si todavía necesitara sujetarse de algo—.
Decía que ya no solo los veía —su voz bajó apenas—.
Que ellos también lo veían a él.
La habitación pareció encogerse un poco.
—Y después —la voz se quebró apenas.
No dramática.
Humana— empezaron a morir otros pacientes.
Gustavo levantó la mirada.
—¿Cómo?
Armando negó lentamente.
—Nadie lo explica bien.
La lluvia golpeaba suavemente la ventana detrás de ellos.
Ese sonido constante que normalmente calma.
Pero no esa noche.
—¿Y Raúl? —preguntó Gustavo.
Armando dudó, como si todavía esperara que decirlo en voz alta lo volviera más real.
—Murió hace tres días.
El aire no cambió.
Pero algo dentro de Gustavo sí.
—¿Cómo?
Armando negó otra vez.
Más lento esta vez.
Más cansado.
—Eso es lo que no entiendo —miró sus manos—.
Dicen que fue... un episodio.
La palabra sonó vacía.
Mal puesta.
—Pero... —respiró profundo, como alguien que está agotado de repetir algo que nadie quiere escuchar—.
Raúl no era así.
Y Gustavo ya no estaba pensando en el diagnóstico.
Ni en médicos.
Ni en hospitales.
Estaba pensando en otra cosa.
Algo mucho más incómodo.
—¿Qué pasó en su habitación?
Armando levantó la mirada por primera vez directamente hacia él.
Y algo en sus ojos cambió.
Miedo.
No al recuerdo.
A lo que significaba.
—Eso es lo peor.
Había sangre en la pared.
No mucha —más bajo— pero suficiente.
Gustavo no dijo nada.
Porque una parte de él ya sabía lo que venía.
—Escribió algo.
El pecho de Gustavo se tensó apenas.
—¿Qué decía?
Armando tragó saliva.
Y por un instante pareció arrepentirse de haber continuado hablando.
—Tu nombre.
El mundo no se detuvo.
La lluvia siguió cayendo.
—¿Qué más? —preguntó Gustavo.
Armando desvió la mirada apenas, como si repetirlo otra vez todavía le provocara escalofríos.
—"Gustavo..." —la voz quebrándose apenas— "ayúdame".
El silencio cambió de inmediato.
Ya no se sintió pesado.
Ni incómodo.
Se sintió direccional, como si algo acabara de señalar exactamente hacia dónde debía moverse el tablero ahora.
Jonathan apareció al lado de Gustavo.
Sin teatralidad.
Y esta vez no se mantuvo al margen.
Observó primero a Armando.
Después a Gustavo.
Su expresión apenas cambió.
Pero su atención sí, como si acabara de reconocer una jugada que ya esperaba.
—Interesante... —murmuró—.
Muy interesante.
No había burla.
Gustavo seguía mirando a Armando, todavía procesando el peso de aquellas palabras escritas con sangre.
—¿Raúl era una grieta? —preguntó al fin.
Jonathan negó despacio.
—No —silencio—.
Pero quien le hizo esto sabía exactamente quién eres.
El aire pareció comprimirse dentro de la habitación.
La lluvia seguía golpeando el cristal.
Constante.
Hipnótica.
Jonathan dio un paso.
—Ese tipo de mensajes no son nuevos —miró hacia la ventana, pensativo—.
Nosotros solíamos dejar cosas así.
No para pedir ayuda.
No para comunicarnos.
Para provocar.
Para sembrar miedo.
Para romper a quien las encontrara.
Cada frase cayó con la frialdad de un procedimiento conocido, como alguien describiendo un oficio que aprendió hace mucho tiempo.
Gustavo frunció apenas el ceño.
Jonathan volvió a observarlo.
—Pero tú no eres como los demás.
Y ellos ya lo saben —por eso esto no es un mensaje cualquiera.
Es una invitación.
Gustavo permaneció en silencio.
Las piezas comenzaron a acomodarse dentro de su cabeza.
No estaban atacando al azar.
No era Raúl.
No era aquel mensaje escrito con sangre.
Era él.
Todo apuntaba hacia él.
—No estaba imaginando cosas... —murmuró finalmente.
Jonathan asintió.
—No —la respuesta fue inmediata—.
Estaba viendo algo que jamás debió ver.
El silencio permaneció entre ambos.
Pero ya no era incertidumbre.
Era dirección.
Jonathan bajó ligeramente la voz.
—Ten cuidado.
No sonó como una advertencia.
Sonó como alguien que ya conocía el siguiente movimiento del tablero.
—Dijimos que iríamos por ellos —continuó—.
Pero si entramos exactamente como esperan, ellos habrán ganado antes de que empiece la pelea.
Gustavo levantó lentamente la mirada.
Jonathan sostuvo sus ojos.
No había ironía.
Solo verdad.
—Han intentado diversas estrategias para romperte.
Y no lo han conseguido.
Gustavo permaneció inmóvil.
Jonathan no apartó la vista de él.
—Entonces entendieron algo.
No pueden ganar esta guerra directamente.
Sus palabras cayeron despacio, como piezas sobre un tablero.
—Así que intentarán vencerte batalla por batalla.
Gustavo sintió un nudo en el pecho.
Porque entendió.
No estaban improvisando.
Estaban aprendiendo.
Adaptándose.
Esperando.
—Y créeme —murmuró Jonathan—,
eso es exactamente lo que más desean.
Después habló Gustavo.
La voz sonó baja.
Pero firme.
—Entonces no caigamos en su juego.
Jonathan esbozó una leve sonrisa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
—No.
Hagamos que jueguen el nuestro.
Armando no escuchaba aquella conversación.
Seguía atrapado en su duelo.
En Raúl.
En la culpa de no haber entendido nada a tiempo.
Pero Gustavo sí la escuchó.
Y comprendió algo que no había visto hasta ese momento:
todo aquello no eran tragedias independientes.
Era una sola partida.
Cada ataque era el siguiente movimiento del mismo jugador.
Y aunque todavía no alcanzaba a ver el tablero completo, ya podía sentir la dirección del siguiente golpe.
—¿Dónde está ese lugar? —preguntó Gustavo.
Armando dudó apenas, como si incluso mencionar el sitio le provocara incomodidad física.
—Lo cerraron —respondió al final.
—¿Dónde? —insistió Gustavo.
Armando desvió la mirada unos segundos, como alguien que intenta decidir si vale la pena regresar mentalmente a un lugar del que ya quería escapar.
—A las afueras.
—¿Puedes llevarme?
La pregunta rompió algo en el ambiente.
Armando lo miró directamente.
Confundido.
Cansado.
—¿Para qué?
Gustavo no respondió de inmediato.
Porque esta vez la respuesta no nacía desde la duda.
Ni desde curiosidad.
Nacía desde decisión.
Y él mismo lo sabía.
—Raúl pidió mi ayuda —dijo al final, la voz tranquila—.
Y quiero saber... —silencio breve— quién... o qué está detrás de todo esto.
La habitación quedó en silencio otra vez.
Armando permaneció pensativo unos segundos.
No entendía completamente lo que estaba ocurriendo.
Ni a Gustavo.
Ni las cosas que Raúl había dicho antes de morir.
Pero también sabía algo importante: nada de aquello había sido normal.
Y cuando la lógica deja de alcanzar, seguir exigiéndola empieza a sentirse inútil.
Exhaló lentamente.
Agotado.
—Yo mismo te llevaré mañana —respondió al final, la voz cansada, honesta—.
Hoy... —se pasó una mano por el rostro, como alguien que llevaba demasiadas noches sin descansar realmente— solo quiero dormir un poco.
Gustavo asintió apenas.
Pero dentro de él algo ya había comenzado a moverse, como si desde el momento en que escuchó su nombre escrito en sangre, el tablero hubiera empezado a empujarlo hacia un lugar específico.
Y esta vez él estaba dispuesto a ir.
La mañana siguiente llegó sin aviso.
Sin ruido.
Sin nada que pareciera distinto.
Demasiado quieto.
Gustavo despertó con esa sensación incómoda que no termina de explicarse, como cuando alguien despierta segundos antes de una mala noticia sin saber todavía por qué.
Se levantó despacio.
La luz entrando por la ventana dibujaba líneas suaves sobre el piso.
El sonido lejano de autos.
Perros ladrando en alguna calle cercana.
La vida siguiendo exactamente igual afuera.
Buscó a Armando.
—¿Desayunamos? —le gritó desde lo lejos.
No hubo respuesta.
El silencio no era algo nuevo.
Pero esta vez se sostuvo más de lo necesario.
Y eso fue suficiente.
Gustavo caminó hacia la habitación.
No rápido.
No todavía.
El pasillo se sentía demasiado largo.
Demasiado quieto.
Tocó la puerta.
—Armando...
Nada.
Giró lentamente la manija.
La puerta cedió.
Y lo que encontró no necesitó explicación.
Gustavo no reaccionó de inmediato.
Solo se quedó ahí.
Observando el cuerpo de su amigo sin vida.
La habitación seguía ordenada.
La cama.
La ropa doblada sobre una silla.
El vaso de agua a medio terminar.
Detalles normales.
Dolorosamente normales, como si la rutina hubiera permanecido intacta mientras la vida dejaba de estar ahí.
Sobre el buró había una nota doblada cuidadosamente.
No había desesperación en la letra.
No había caos, como si Armando hubiera pasado mucho tiempo pensando aquello antes de escribirlo.
Gustavo tomó el papel.
La dirección del lugar estaba ahí.
Datos.
Nombres.
Detalles que Armando creyó importantes.
Personas que probablemente ya no importaban para nadie más.
Y al final, unas líneas más pequeñas.
Más personales.
"Mi hermano era todo lo que tenía.
Y tú, Gus, eras el resto de mi familia.
Si todavía puedes ayudar a Raúl, hazlo.
Perdóname por dejarte otra carga.
Espero que, si algún día volvemos a encontrarnos, sea en un lugar donde ninguno de los dos tenga que despedirse.
Te quiero, amigo."
Gustavo sostuvo el papel unos segundos más.
Sin moverse.
Era una despedida.
Y entonces los recuerdos llegaron.
Sin aviso.
No como imágenes lejanas.
Como momentos intactos.
Vivos.