Capítulo 12 Yo no soy tu juguete #3
Como si el mundo todavía pudiera corregirse.
Entonces llegó el sonido.
Roto.
Desgarrador.
Humano.
—¿Por qué...?
No fue una pregunta.
Fue un reclamo.
Levantó la mirada.
—¿Por qué, Dios mío...?
Y algo se tensó dentro de Gustavo.
Porque él sabía, con una precisión insoportable, que aquello no venía de Dios.
Y en algún lugar que no podía ver, pero sí reconocer, algo sonrió.
Paciente.
Satisfecho.
Un susurro rozó su conciencia.
—Esta parte es mi favorita.
La mujer seguía abrazando a su hija, aferrándose a un instante que ya no podía regresar.
El dolor llenó la calle.
Las personas comenzaron a reunirse.
Voces.
Teléfonos.
Explicaciones.
Conclusiones improvisadas.
—Fue un accidente...
—No la vio...
—Pasan cosas...
—Solo Dios sabe por qué...
El mundo intentaba hacerlo soportable.
Reducirlo.
Explicarlo.
Porque aceptar otra cosa era demasiado.
Pero Gustavo no apartó la mirada.
Porque él había visto la diferencia.
No el impacto.
La decisión.
El instante exacto en que aquel hombre dejó de actuar completamente por voluntad propia.
La tristeza llegó primero.
Pesada.
Instalándose en el pecho.
Pero debajo de ella comenzó a crecer algo más.
Ira.
No por lo que había ocurrido.
Sino por la forma en que ocurrió.
Por la precisión.
Por la intención.
Por la satisfacción escondida detrás de aquella jugada.
El conductor seguía inmóvil.
Mirando al frente.
Como alguien incapaz de comprender en qué momento había dejado de ser completamente él mismo.
Y entonces Gustavo lo entendió.
No podían tocarlo.
No podían entrar.
No podían sembrar en él aquello que necesitaban.
Así que comenzaron a romper el mundo que lo rodeaba.
Las pérdidas.
El dolor.
La culpa.
Las personas.
Y obligarlo a mirar.
Esperando.
Midiendo.
Aguardando el instante exacto en que toda esa ira encontrara una salida.
Porque cuando eso ocurriera, aunque fuera una sola vez, él mismo les abriría la puerta.
Jonathan apareció a su lado.
Las luces de las patrullas comenzaban a reflejarse sobre los automóviles.
La gente seguía hablando, inventando lógica para algo que jamás entenderían realmente.
—No todos pueden resistir —dijo al final—.
No todos están protegidos.
Su voz sonó distinta.
Sin burla.
Sin ironía.
Observaba a la mujer, todavía abrazando a su hija.
Y, por primera vez, no hizo ningún comentario.
Solo permaneció ahí.
Gustavo apretó la mandíbula.
—Lo sé.
El ruido de la calle seguía avanzando alrededor.
Indiferente.
—Pero alguien abrió la puerta en algún momento —continuó Jonathan—.
Siempre ocurre así.
Hubo un breve silencio.
Gustavo siguió observando a la niña.
Inmóvil entre los brazos de su madre.
—No la niña —dijo finalmente.
La frase quedó suspendida entre ambos.
—Ella no eligió nada.
Jonathan guardó silencio, como si estuviera buscando una respuesta.
No para convencerlo.
Sino para entender qué podía decir.
—No funciona así —respondió al final.
No como argumento.
Como un hecho.
Gustavo negó apenas con la cabeza.
—Entonces está mal.
Jonathan desvió la mirada.
No incómodo.
Pero tampoco fue capaz de seguir observando la escena.
—No siempre es tan simple... —murmuró.
Y aunque no cambió de postura, tampoco la defendió.
Eso fue suficiente.
Gustavo volvió a caminar.
Más rápido.
La tristeza seguía ahí.
Pero ya no era lo único.
Ahora había otra cosa.
Más fría.
Más clara.
Determinación.
No por lo que hacían.
Sino por cómo lo hacían.
Por utilizar personas rotas como piezas desechables.
—Quieren que reacciones —dijo Jonathan.
Esta vez sin una sola pizca de sarcasmo.
—Quieren que un día me parezca normal —respondió Gustavo—.
Quieren que me equivoque.
Que deje de distinguir entre justicia y venganza.
El aire pareció detenerse.
Gustavo se quedó inmóvil.
Y, por primera vez, Jonathan comprendió algo: ya no estaba conteniéndose.
Estaba eligiendo.
—¿Sabes qué es lo peor...? —murmuró Gustavo.
Jonathan no respondió.
—Que creen que pueden jugar conmigo.
Levantó la mirada.
No había nadie frente a él.
Solo la ciudad.
El ruido.
La vida continuando.
Y aun así habló como si supiera que alguien lo estaba escuchando.
—No soy tu juguete.
El silencio no respondió.
Pero algo sí escuchó.
Y, en algún lugar más allá de lo visible, algo dejó de sonreír.
No por miedo.
Por atención.
Jonathan dio un paso.
Se colocó a su lado.
No como una sombra.
No como un espectador.
Como un compañero de batalla.
—Entonces deja de esperar a que ellos hagan el primer movimiento —dijo—.
Empieza a responder.
Gustavo no lo miró.
Pero entendió.
El aire cambió.
No en tensión.
En dirección.
Jonathan esbozó una sonrisa apenas perceptible.
La de alguien que acababa de ver moverse una pieza importante.
—Vayamos por ellos.
No sonó como una sugerencia.
Sonó como una decisión.
Gustavo respiró hondo.
Observó una última vez la escena detrás de él.
Y respondió con la misma serenidad con la que había entregado aquel mensaje tiempo atrás.
—Sí.
Vamos por ellos.
El tablero respondió.
Varias piezas comenzaron a moverse al mismo tiempo.
Gustavo siguió caminando.
Sabía que la carga no había desaparecido.
Solo había cambiado de forma.
Y esta vez estaba dispuesto a cargarla.