Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 12 Yo no soy tu juguete #2
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Capítulo 12 Yo no soy tu juguete #2

Si hay algo que un demonio no sabe hacer, es rendirse.

La siguiente vez fue distinta.

Gustavo eligió un lugar que conocía bien.

Uno de esos restaurantes donde el ruido nunca invade del todo.

Donde las conversaciones permanecen bajas.

La luz cálida, sin lastimar la vista.

Mesas separadas lo suficiente para permitir privacidad sin aislamiento.

Música tranquila, casi imperceptible.

Era el tipo de lugar al que iba cuando necesitaba pensar.

O dejar de hacerlo.

Entró despacio.

El olor a café y comida recién preparada se mezclaba con ese ambiente limpio.

Demasiado ordenado para que algo malo pareciera posible ahí.

Se sentó.

El mesero acomodó los cubiertos con precisión.

El leve sonido del metal contra la mesa.

Todo en orden.

Todo bajo control.

Entonces la escuchó.

No estaba cerca.

Pero su voz rompía el equilibrio del lugar.

Una mujer, unas mesas atrás.

Teléfono en mano.

La respiración acelerada.

Las palabras saliendo demasiado rápido.

Las manos moviéndose más de lo necesario, como si su cuerpo ya no supiera dónde colocar todo lo que estaba sintiendo.

Gustavo apenas la observó.

Y entonces otra vez.

No fue un pensamiento.

No fue una súplica silenciosa.

Fue una orden ya formada, clara, precisa.

Callarla.

No con palabras.

El cuchillo.

Ahí.

Junto a su mano.

Frío.

Silencioso.

Esperando.

Lo verdaderamente aterrador no fue la idea.

Fue la lógica.

Todo parecía tener sentido.

El cerebro comenzó a recorrer la escena.

La distancia exacta.

El movimiento necesario.

El tiempo que tardaría cualquiera en reaccionar.

El silencio que vendría después.

Todo encajaba con una claridad insoportable.

Sus dedos rozaron apenas el mango.

Por un instante su cuerpo pareció dispuesto a obedecer otra vez.

Gustavo cerró los ojos.

Respiró.

Y dejó pasar el impulso.

No lo rechazó.

No discutió con él.

No intentó arrancarlo de su mente.

Simplemente se negó a hacerlo suyo.

Poco a poco el restaurante volvió a existir.

Los cubiertos chocando.

Las conversaciones lejanas.

La música suave.

El murmullo cotidiano de personas viviendo sus vidas sin imaginar siquiera la oscuridad que acababa de rozarlas.

Cuando abrió los ojos, el cuchillo seguía donde estaba.

Inofensivo.

La mujer también.

Continuaba hablando por teléfono.

Molesta.

Viva.

El mundo no había cambiado.

Pero Gustavo acababa de descubrir lo fácil que habría sido cambiarlo.

—Vaya que lo están intentando... —dijo Jonathan, observando alrededor sin demasiada preocupación—.

Pero esto... —esbozó una sonrisa ladeada— es torpe.

Casi me da vergüenza admitir que los conozco.

Gustavo soltó el aire.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Bueno, no es como que tú seas exactamente un profesional —miró el cuchillo, luego volvió la vista hacia Jonathan—.

Mira cómo terminamos por tu culpa.

Jonathan lo observó de reojo.

Hubo un instante de silencio.

Y, por primera vez, no encontró nada que responder.

—Touché —dijo al final, con una sinceridad incómoda.

Hubo un breve silencio.

—Que sigan intentando —murmuró Gustavo.

Jonathan negó apenas con la cabeza.

—Lo harán.

Sin descanso.

Hasta conseguir lo único que necesitan.

La sonrisa desapareció poco a poco.

—No buscan controlarte.

Eso ya saben que no pueden hacerlo.

Solo necesitan que un día respondas antes de pensar.

Gustavo permaneció en silencio.

Porque lo entendió.

No pretendían convertirlo en un títere.

Ni romper su voluntad.

Solo necesitaban una decisión equivocada.

Un instante.

Un error.

Nada más.

—Quieren comprobar si reacciono —murmuró finalmente.

Jonathan asintió.

—Exacto.

Y el día que respondas...

Gustavo terminó la frase, sin apartar la vista del cuchillo.

—Ese día les abriré la puerta yo mismo.

Jonathan sonrió.

Aquella sonrisa torcida.

Demasiado familiar.

—Ahí —murmuró— es cuando empieza lo divertido.

Los días pasaron.

La calle parecía seguir siendo la misma.

Tráfico detenido.

Personas cruzando distraídas.

El ruido habitual de la ciudad.

Todo normal.

Pero Gustavo sabía que ya no lo era.

Lo sintió antes de verlo.

Algo no encajaba.

Miró alrededor.

Buscando la grieta.

Un automóvil esperaba en la primera línea del semáforo.

Motor encendido.

Nada fuera de lugar.

Y, sin embargo, ahí estaba.

No eran sombras.

No eran símbolos.

No había señales sobrenaturales.

Solo desgaste.

Pequeñas decisiones repetidas.

Puertas que alguna vez se abrieron y nunca terminaron de cerrarse.

El hombre al volante parecía cualquier persona.

Nada hacía pensar que tiempo atrás hubiera permitido entrar fuerzas que ya no podía controlar.

Gustavo dio un paso.

Y entonces lo vio.

El conductor parpadeó.

Solo un instante.

Apenas una fracción de segundo.

Pero durante ese parpadeo, aquella mirada dejó de pertenecerle por completo.

El semáforo cambió a verde.

El pie descendió sobre el acelerador.

No como reacción.

Como obediencia.

El automóvil avanzó.

Giró de forma brusca.

Sin sentido.

Frente a una casa sencilla, un padre acomodaba el casco de una motocicleta.

Con una mano sostenía a su hija.

Todavía llevaba el uniforme de la escuela.

La niña se inclinó hacia él, con esa confianza absoluta que solo tienen los hijos cuando creen que sus padres pueden protegerlos de todo.

No hubo tiempo.

El impacto llegó demasiado rápido.

Tan absurdo que por un instante la realidad pareció rechazar lo que acababa de ocurrir.

La puerta de la casa se abrió.

Una mujer salió, con prisa, todavía tranquila, esperando una escena cotidiana.

Verlos regresar.

Preguntar cómo había ido el día.

Entonces se detuvo.

El tiempo pareció romperse.

Observó la calle.

Y corrió.

No gritó de inmediato.

Su mente todavía intentaba comprender lo imposible.

Primero cayó de rodillas.

Después tomó a su hija entre los brazos, con el mismo cuidado con el que la sostuvo el día que nació.

Pero algo había desaparecido.

La respiración.

El movimiento.

La vida.

Y aun así continuó abrazándola, como si negarse a soltarla pudiera cambiar el resultado.