Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 12 Yo no soy tu juguete
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Capítulo 12 Yo no soy tu juguete

No todos los pensamientos nacen dentro de ti.

¿Quién es el juguete aquí?

Después del último encuentro, después de las amenazas cruzadas entre ambos lados, algo cambió.

Ya no observaban solamente.

Ahora intentaban lastimarlo.

Y lo intentaron de muchas formas.

Más de las que Gustavo alcanzó a notar.

Pero mientras más lo intentaban, más evidente se volvía algo: no podían tocarlo.

No de verdad.

No fue un solo ataque.

No una sola noche.

Los intentos comenzaron a repetirse.

Diferentes lugares.

Diferentes formas.

Misma intención.

Lo buscaron exactamente donde antes parecía más vulnerable.

En esos sitios a los que llegaba no por elección, sino porque alguien necesitaba ayuda.

O porque una grieta debía cerrarse antes de crecer.

Habitaciones cargadas de maldad.

Espacios donde el aire parecía llevar demasiado tiempo encerrado.

Casas vacías, pero no deshabitadas.

Lugares donde la oscuridad ya no necesitaba esconderse demasiado.

Paredes impregnadas.

Pasillos donde el silencio parecía escuchar de regreso.

Y siempre la misma sensación: algo esperando.

Ahí lo intentaban.

Entre voces que no eran suyas.

Entre presencias que se negaban a retirarse por completo.

La noche se convirtió en el escenario perfecto, porque el cuerpo eventualmente se cansa.

Y la mente también.

Las horas de sueño dejaron de sentirse como descanso.

Ahora eran territorio vulnerable.

Pesadillas demasiado precisas.

Sueños que parecían abrir puertas en lugar de cerrarlas.

Despertaba sobresaltado, con la respiración rota, el pecho ardiendo, el pulso acelerado, con esa sensación insoportable de que algo había estado demasiado cerca de su rostro mientras dormía.

A veces el cuarto seguía oscuro.

Pero otras, la oscuridad parecía quedarse observándolo un segundo más antes de desaparecer.

El día y la noche dejaron de sentirse distintos.

Ambos se volvieron escenarios.

Los intentos no se detenían.

Y aun así nunca lograban cruzar completamente.

Nunca podían tocar aquello que realmente buscaban.

Lastimarlo.

Romperlo.

O peor: poseerlo.

Y esa incapacidad comenzó a desesperarlos.

Porque Gustavo ya no se sentía igual que antes.

Algo alrededor de él había cambiado, como si una puerta que alguna vez estuvo abierta ahora tuviera algo del otro lado impidiendo que terminara de cruzarse.

Gustavo lo sintió en el cuerpo.

No como dolor.

No como miedo.

Como presión interna.

Un espacio que no le pertenecía intentando abrirse desde dentro.

Era una sensación imposible de explicar.

Parecida a cuando alguien permanece demasiado tiempo bajo el agua y el cuerpo comienza a exigir aire.

Pero esto no buscaba entrar a sus pulmones.

Buscaba espacio en él.

Y aun así nunca terminaba de cruzar.

No entraron.

Algo los detenía.

No hubo choque.

No luz.

No una fuerza visible expulsándolos.

Fue algo más extraño.

Más absoluto.

Un límite.

Invisible.

Pero imposible de atravesar.

Y eso parecía desesperarlos.

El intento se repitió.

Más agresivo.

Más insistente.

En cada oportunidad.

Sin descanso, como si entendieran algo que los humanos conocen demasiado bien: todo cede cuando se repite lo suficiente.

El cansancio rompe.

La culpa rompe.

El miedo rompe.

Y eventualmente la mayoría deja de resistir.

Pero aquí algo era distinto.

No era su voluntad la que sostenía aquello.

No era resistencia humana.

No era fuerza mental.

Había algo más.

Algo que no se desgastaba.

Que no cedía con el tiempo.

Que no necesitaba recuperarse después de sostener el peso.

Y por eso no entraron.

Gustavo inhaló despacio.

El aire entró limpio.

Demasiado limpio.

Y eso ya comenzaba a resultarle extraño.

—No pueden romperme... —murmuró.

Jonathan apareció unos pasos detrás.

Las manos en los bolsillos, como si hubiera llegado únicamente para presenciar un espectáculo.

—Debe ser desesperante —comentó, con una sonrisa apenas contenida—.

Imagínalos.

Siglos perfeccionando el oficio... y ahora ni siquiera pueden entrar —soltó una risa breve—.

Pobres.

Gustavo no se giró.

Ya conocía ese tono.

Esa extraña mezcla de burla y verdad que hacía imposible distinguir dónde terminaba una y comenzaba la otra.

—El dueño del mensaje —respondió Gustavo, la voz tranquila, firme— me está protegiendo.

Jonathan ladeó apenas la cabeza.

Lo observó unos segundos, como si confirmara algo que llevaba tiempo sospechando.

—De verdad eres el Elegido —murmuró.

Y aunque sonó ligero, sus ojos no lo hicieron.

—Pero no confundas protección con inmunidad.

No dejarán de intentarlo.

Hasta encontrar otra puerta.

El viento movió apenas su ropa.

Y la sonrisa arrogante regresó.

La de siempre.

Cómoda.

Insufrible.

—Aunque, siendo completamente sincero, tienes suerte.

Gustavo levantó apenas la mirada.

Jonathan sonrió.

—A mí no me dejan intentarlo.

Créeme, es una tragedia profesional —Gustavo negó apenas con la cabeza.

Jonathan continuó—.

De lo contrario, ya habría descubierto hasta dónde puedes romperte.

Lo dijo sonriendo.

Como si fuera un juego.

Pero Gustavo ya conocía esa sonrisa.

Sabía que Jonathan exageraba solo para ocultar otra cosa.

El aire volvió a tensarse.

Jonathan observó alrededor.

Después murmuró:

—Habrías sido un juguete interesante —silencio—.

Lástima que alguien llegó primero.

Entonces la presión desapareció.

No porque se hubiera ido.

Porque cambió.

Como una estrategia que comprende que insistir del mismo modo ya no dará resultado.

Y Gustavo lo sintió de inmediato: algo había cambiado.

Ya no buscaban entrar por la fuerza.

Buscaban algo mucho más peligroso.

Encontrar una grieta que él mismo les permitiera abrir.

Un día cualquiera, al salir del trabajo, Gustavo caminaba con calma rumbo a la estación del metro.

La ciudad seguía atrapada en su ritmo habitual.

Personas avanzando sin mirarse.

El cansancio colectivo moviéndose de un lugar a otro.

Entró a la estación.

El aire cambió de inmediato.

Más cálido.

Con ese olor metálico mezclado con humedad y concreto viejo.

Bajó las escaleras, escuchando el eco de pasos ajenos rebotando entre las paredes.

Caminó por el andén, buscando un espacio donde hubiera menos gente.

Entonces algo dejó de encajar.

El andén no estaba completamente lleno.

Personas alineadas cerca de la línea amarilla, sosteniendo mochilas, mirando el teléfono, cargando el peso del día en silencio.

El aire cálido, ligeramente viciado, se movía apenas con el viento que anunciaba la llegada del tren.

Gustavo permanecía quieto, a unos cuantos pasos de la línea amarilla.

El tren aún no llegaba.

Pero ya podía sentirse.

La vibración bajo los pies.

Ese viento anticipado que empuja sin tocar.

Frente a él, un hombre.

Edad indefinida.

Rostro común, de esos que desaparecen entre la multitud apenas dejas de mirarlos.

La vista perdida, hundido en sus propios pensamientos, un poco por delante de la línea de seguridad.

Y entonces ocurrió.

No fue un pensamiento.

No fue un deseo.

No fue un impulso humano.

Fue más rápido que todo eso.

Más limpio.

Más preciso.

Como si alguien hubiera colocado una idea exactamente donde debía estar.

Todo parecía perfectamente acomodado.

La distancia.

El ángulo.

El peso del cuerpo.

El momento.

Y dentro de la mente de Gustavo solo quedó una idea.

Empújalo.

Nada más.

Su cuerpo ya había comenzado a responder.

Los músculos se tensaron.

El equilibrio cambió apenas.

La distancia era perfecta.

Y entonces el impacto.

Invisible.

Pero brutal.

Gustavo no avanzó.

Se obligó a quedarse inmóvil, como si estuviera luchando contra su propio cuerpo.

Cada músculo protestó.

Cada nervio ardió.

Era como contener una descarga eléctrica sin permitir que escapara.

El tren entró rugiendo a la estación.

El viento golpeó con fuerza.

El estruendo metálico cubrió por completo el andén.

Y, de pronto, la idea se rompió.

Como vidrio bajo presión.

El hombre sintió el golpe del aire.

Retrocedió un paso por instinto.

Miró alrededor.

Confundido.

Sin comprender por qué acababa de sentirse tan incómodo tan cerca del borde.

Gustavo exhaló lentamente, como si hubiera contenido algo mucho más peligroso que la respiración.

—Eso no fue mío... —murmuró, sin dejar de mirar las vías—.

¿De dónde vino?

Jonathan apareció unos pasos detrás de él.

Observó el andén con calma.

El tren.

La multitud moviéndose de un lado a otro, como si buscara a alguien que ya se hubiera mezclado entre todos.

—No fue tuyo —dijo al final, más serio de lo habitual—.

Fueron ellos.

Guardó silencio.

Después dejó escapar una sonrisa breve.

No divertida.

Inquieta.

—Interesante... —murmuró—.

Por fin dejaron de intentar entrar.

Gustavo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Jonathan siguió observando las vías.

Su tono perdió toda arrogancia.

—Llevaban días intentando romper la puerta equivocada.

Y alguien por fin entendió el tablero.

Gustavo permaneció en silencio.

Jonathan continuó.

—La mayoría de los demonios apenas consigue un susurro.

Una duda.

Un pensamiento oscuro.

Un impulso que dura un segundo.

Después todo depende del humano —volvió a mirarlo—.

Pero esto fue distinto —silencio—.

No intentó convencerte.

Intentó adelantarse a ti.

La frase quedó suspendida unos segundos.

—Colocó la idea antes de que tu conciencia alcanzara a verla.

Gustavo sintió un escalofrío.

Jonathan observó nuevamente a la multitud.

—Eso no fue fuerza.

Fue precisión.

Y la precisión siempre da más miedo.

El ruido del metro seguía envolviendo el lugar.

Personas entrando.

Otras saliendo.

Empujándose unas a otras.

Completamente ajenas a la batalla que acababa de ocurrir entre ellas.

Entonces Gustavo comprendió lo que realmente había pasado.

Aquello no se sintió como una tentación.

Ni como una voz.

Durante un instante, su propio cuerpo había dejado de pedirle permiso.

Jonathan mantuvo la vista perdida entre la multitud.

Pensativo, como si intentara recordar algo.

—El demonio que hizo eso no era cualquiera —miró de reojo a Gustavo—.

Te dije que encontrarían una grieta.

No para entrar.

Eso ya saben que no pueden hacerlo.

La encontraron para empujarte desde afuera.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Por primera vez Gustavo entendió que la batalla no sería por su cuerpo.

Sería por cada decisión que tomara.

Y esa guerra acababa de comenzar.