Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 11 Un ligero respiro #2
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Capítulo 11 Un ligero respiro #2

Las risas competían unas con otras.

El olor a alcohol, perfume y humo llenaba cada rincón de la casa.

Personas bailando.

Otras hablando sin escucharse realmente.

Algunos intentando olvidar.

Otros fingiendo que nunca había nada que olvidar.

Todo parecía una fiesta cualquiera.

Hasta que Gustavo cruzó la puerta.

Entonces lo sintió.

No era la música.

No era el ruido.

Era algo esparcido entre la gente, como tinta oscura mezclándose con agua.

Una presencia corrupta.

Silenciosa.

Paciente.

La clase de energía que ya había aprendido a reconocer.

No pertenecía a la casa.

Había llegado mucho antes que los invitados.

Comenzó a caminar hacia el interior.

La mayoría permanecía en la sala, bailando, gritando para intentar ganarle a la música.

Pero, al fondo del pasillo, había un cuarto de juegos.

Una mesa de billar.

Un futbolito.

Algunos sillones viejos.

Y la música llegaba solo como un murmullo lejano.

Era el lugar perfecto para quienes preferían conversar.

Gustavo entró.

Reconoció a varias personas.

Las saludó.

Y terminó quedándose con ellas.

La conversación avanzó entre bromas, historias del trabajo, anécdotas absurdas.

Hasta que, sin que nadie supiera exactamente cómo, cambió de rumbo.

—Aquí pasan cosas raras —dijo el dueño de la casa, sonriendo, pero evitando sostenerle la mirada a cualquiera—.

Hace años mataron gente aquí.

Algunos rieron de inmediato.

Esa risa incómoda que la gente utiliza para fingir que ciertas historias no le afectan.

Gustavo pensó lo mismo de siempre: los demonios aprovechándose de la maldad humana, tomando tragedias reales, dolor real, y deformándolo hasta convertirlo en espectáculo.

—A veces veo sombras —continuó el hombre, ahora mucho menos relajado—.

Escucho trastes caer.

Puertas.

Pasos.

Como si hubiera alguien caminando por la casa —bebió un poco antes de continuar—.

Pero cuando voy a revisar, nunca hay nada.

Todo sigue exactamente donde estaba.

Aquella descripción no le resultó extraña a Gustavo.

Era demasiado parecida a lo que había vivido con el arlequín.

Durante unos segundos nadie habló.

La música llegaba amortiguada desde la sala, como si perteneciera a otra casa.

—El patio —dijo finalmente el hombre, bajando la voz—.

Ese sí es el peor lugar.

Gustavo levantó apenas la mirada.

—A veces veo personas ahí.

Como si estuvieran conversando.

Y luego desaparecen.

Así de simple.

—¿Has visto niños? —preguntó uno de los presentes.

La pregunta rompió algo en el ambiente.

El dueño de la casa dudó.

Y ese instante bastó para que Gustavo comprendiera que no estaba inventando nada.

—Sí —respondió finalmente—.

También he visto una niña —guardó silencio—.

Eso es lo que nunca entendí.

Se supone que ellos, al ser puros, no deberían quedarse a penar.

Otro de los asistentes intervino.

—¿Y algo que no pareciera humano?

El hombre frunció el ceño, como intentando ordenar un recuerdo.

—No lo vi completo.

Solo sombras.

Algo parecido a un animal —dudó—.

No sé... tal vez lo que la gente llama un nahual.

Nadie respondió.

Algunos sonrieron con incredulidad.

Otros evitaron hacer más preguntas.

Gustavo se puso de pie.

Con tranquilidad.

—¿Qué pasó, Gus? —preguntó uno de los hombres—.

¿Te dan miedo estas historias?

Gustavo sonrió apenas.

—No me dan miedo.

Me dan sed.

Algunos rieron.

Él aprovechó ese instante.

—Voy por algo de beber —miró hacia el pasillo—.

No tardo.

Y era verdad.

No iba por una bebida.

Iba por respuestas.

Porque los muertos no permanecían en las casas.

Pero otras cosas sí.

Algo acababa de indicarle que debía moverse.

Y esta vez decidió escuchar.

Desde el interior de la casa, a través del cristal, la vio.

Una niña.

En el patio trasero.

Quieta.

Demasiado quieta.

Y, de pronto, corrió.

Rápido.

Ligera.

Incorrecta.

No como corre un niño.

Como algo intentando recordar cómo debería hacerlo.

Algunos alcanzaron a verla.

Solo un instante.

Lo suficiente.

Las conversaciones se detuvieron apenas.

—¿La vieron? —preguntó alguien, con esa sonrisa nerviosa que aparece cuando uno intenta convencerse de que todo tiene una explicación.

Otros rieron.

Demasiado fuerte.

Tratando de enterrar la incomodidad antes de que creciera.

Y poco a poco la música volvió a imponerse.

La fiesta continuó, como casi siempre ocurre.

La gente prefiere regresar al ruido antes que quedarse demasiado tiempo mirando lo inexplicable.

Pero Gustavo ya no escuchaba la música.

Salió al patio.

El aire era distinto.

Más frío.

Más pesado, como si el espacio estuviera ocupado por algo que no terminaba de verse.

Avanzó sin prisa.

El pasto húmedo crujió bajo sus pasos.

El patio era amplio.

Había varias mesas con bebidas y botanas.

Solo unas cuantas personas permanecían afuera.

Las suficientes para fingir normalidad, pero no tantas como para ignorar la sensación que envolvía aquel lugar.

Entonces la encontró.

Al fondo.

De espaldas.

Frente a una mesa, como si estuviera decidiendo qué beber.

La figura conservaba una apariencia humana.

Pero había algo que nunca terminaba de sostenerse.

La piel, demasiado perfecta.

Demasiado uniforme.

Los movimientos, suaves.

Cuidadosamente suaves, como si hubieran sido aprendidos en lugar de vividos.

—¿Te diviertes? —preguntó Gustavo.

La figura se quedó inmóvil.

Después giró lentamente.

La sonrisa no pertenecía a ese rostro.

Era demasiado amplia.

Demasiado perfecta.

Como una máscara olvidando que debía parecer humana.

—Elegido —respondió.

La voz era estable.

Sin respiración.

Sin pausas.

Sin vida—.

¿Y tú te diviertes?

A su alrededor comenzaron a surgir más figuras.

Algunas con aspecto humano.

Otras recordaban animales.

Sombras deformes.

Siluetas imposibles.

Los mismos nombres que durante siglos habían alimentado las leyendas de los hombres.

La entidad sonrió un poco más.

—No creas que todos somos mascotas.

Como Jonathan —miró alrededor, con fingida curiosidad—.

Por cierto, no lo veo.

¿Le soltaste la correa?

Una risa hueca escapó de varias gargantas.

No sonó humana.

Parecía vibrar directamente en los huesos.

El patio entero se tensó.

Pero Gustavo no retrocedió.

—¿Sabes? —continuó la entidad, dando un paso hacia él.

Lento.

Seguro—.

Si quisiera, podría despedazarte —silencio—.

Eres un simple mortal.

Gustavo sostuvo su mirada.

Sin miedo.

Sin desafío.

Solo firmeza.

Y aquella ausencia de reacción pareció incomodar más a la criatura que cualquier amenaza.

—Sabes perfectamente quién me envió —dijo Gustavo, con voz serena—.

Y no vine a discutir.

Vine a entregar un mensaje.

El silencio volvió a extenderse por el patio.

Ni una sola de aquellas figuras se movió.

—Tu tiempo —continuó Gustavo— y el de los tuyos, ya está contado.

La sonrisa permaneció.

Pero los ojos dejaron de sonreír.

La música de la fiesta llegaba amortiguada, como si perteneciera a otro mundo.

Por un instante nadie habló.

La entidad parecía esperar algo.

Miedo.

Duda.

Rabia.

Cualquier cosa.

Pero Gustavo ya había dicho todo.

Sostuvo la mirada unos segundos más.

Después dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Sin correr.

Sin apresurarse.

Había cumplido aquello para lo que fue enviado.

Aunque solo ahora comenzaba a comprenderlo.

Cuando Gustavo se acercó a la salida de la casa, Jonathan apareció frente a él.

Sin aviso.

El gesto de su rostro bastó para entenderlo: algo no había salido como esperaba.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, con la mirada todavía fija hacia el patio, como si esperara que alguna de aquellas figuras decidiera seguirlos—.

¿Sabes lo que eran?

¿De lo que son capaces?

La música seguía sonando detrás.

Botellas chocando.

Personas riendo.

La falsa normalidad continuando a unos metros, sin sospechar absolutamente nada.

Gustavo sostuvo su mirada.

Sin vacilar.

Y eso inquietó más a Jonathan de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Lo sé —respondió con calma—.

Y también sé de lo que son capaces —silencio—.

Solo vine a entregar un mensaje —miró un instante hacia la casa—.

Y el dueño de ese mensaje es infinitamente más fuerte que todos ellos.

Jonathan apretó apenas la mandíbula.

Desvió la vista, como quien intenta encontrar una explicación distinta aunque ya conozca la correcta.

—Esto no salió bien —murmuró.

Por primera vez, sin una sola pizca de sarcasmo—.

Espero que no te hayas equivocado.

Gustavo permaneció unos segundos en silencio.

La noche seguía viva.

Los autos pasaban a lo lejos.

La música escapaba por las ventanas.

Las hojas se movían con el viento.

Todo parecía exactamente igual.

Entonces sonrió apenas.

No con arrogancia.

Con certeza.

—No somos nosotros —dijo finalmente— quienes tienen los días contados.

Jonathan levantó la vista.

Lo entendió.

No respondió.

Gustavo dio un paso hacia la calle.

Y antes de continuar se detuvo apenas.

—Solo asegúrate —murmuró, sin voltear— de estar del lado correcto.

Jonathan no respondió.

Solo observó cómo Gustavo se alejaba.

Y, por primera vez desde que comenzó aquel castigo, se preguntó si el Elegido acababa de darle un consejo, o una oportunidad.

Entonces el tablero volvió a moverse.

Varias piezas.

Al mismo tiempo.

Como engranes inmensos acomodándose detrás de la realidad.

Y esta vez no fue una jugada silenciosa.

Algo acababa de cambiar.

La dirección.

El ritmo.

La intención.

Y lo peor era que ninguno de los dos alcanzaba todavía a comprender cuánto iba a costar.

Porque el respiro había sido real.

Pero también demasiado breve.

Como esa calma inexplicable que aparece unos segundos antes de que comience la tormenta.