Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 9 El eco del dolor
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Capítulo 9 El eco del dolor

Cuando el cielo no responde, el alma empieza a decidir sola.

Todo lo que se lanza encuentra el camino de regreso.

El silencio ya no lo asustaba.

Antes intentaba llenarlo.

Con ruido.

Con preguntas.

Con movimiento.

Ahora lo escuchaba.

Lo analizaba.

Lo dejaba quedarse.

Y eso era mucho más peligroso.

Después del tormento, Gustavo comprendió algo: si el conocimiento era un castigo, también era una herramienta.

Y las herramientas no existen para contemplarse.

Existen para usarse.

No quería destruir.

Todavía no.

Tampoco quería salvar como antes, a ciegas, movido únicamente por el impulso.

Quería entender.

Si el mundo era un tablero, necesitaba descubrir quién inclinaba las piezas.

Quién las empujaba.

Quién esperaba en silencio a que cometieran un error.

—Voy a probarlos —murmuró una noche.

Jonathan levantó la vista.

Esta vez sí sonrió.

Una de esas sonrisas que aparecían cuando Gustavo estaba a punto de hacer algo que prometía salir terriblemente mal.

—Qué frase tan peligrosa —lo miró unos segundos—.

Una duda... ¿y si se te ocurrió a ti solo? —comentó—.

Normalmente la dicen cinco segundos antes de provocar una catástrofe.

Gustavo no sonrió.

—Necesito saber.

—¿Qué cosa?

—Si realmente reaccionan.

Jonathan arqueó una ceja.

—¿Ellos?

—Los dos.

Silencio.

—Dios.

Y el Enemigo.

Jonathan dejó escapar una risa.

—Qué curioso —se cruzó de brazos—.

La mayoría de la gente pasa la vida intentando que alguno de los dos la escuche.

Tú quieres ver qué pasa cuando ambos te prestan atención al mismo tiempo —negó lentamente con la cabeza—.

Eso no es valentía, Gus —lo señaló con un dedo—.

Empiezo a sospechar que hay otro demonio dándote consejos —negó con la cabeza—, porque yo no me haría responsable de semejantes ideas.

Gustavo sostuvo su mirada.

—Si cada decisión mueve el tablero, necesito descubrir quién mueve a quienes lo juegan.

Jonathan guardó silencio durante unos segundos.

Lo observó como si estuviera viendo una pieza distinta.

Más peligrosa.

Porque ya no buscaba respuestas.

Buscaba patrones.

—Solo recuerda una cosa —murmuró, con esa calma incómoda que usaba cuando dejaba de bromear—.

Hay preguntas que, mientras viven en tu cabeza, parecen una idea brillante —la sonrisa desapareció—.

Hasta que obtienes la respuesta, y descubres que habría sido mejor no preguntar.

La habitación quedó en silencio.

Pero no estaba vacía.

Algo había escuchado.

No reaccionó.

No todavía.

Una presencia antigua.

Paciente.

Acostumbrada a esperar, como un ajedrecista que no responde inmediatamente a una jugada inesperada.

Primero la estudia.

La recorre.

Busca la intención.

El error.

La amenaza.

Mientras Gustavo creía estar poniendo a prueba a los jugadores, el Enemigo ya estudiaba otra pregunta: ¿cómo era posible que una pieza pudiera mirar fuera del tablero?

Buscó a Oscar.

Porque sabía que su mundo siempre estaba lleno de grietas, y donde había grietas, el tablero solía moverse.

Aquella noche llegó al mismo bar donde se habían conocido.

El humo seguía suspendido en el aire.

Las botellas seguían alineadas detrás de la barra.

Y el viejo espejo continuaba reflejando mucho más de lo que cualquiera estaba dispuesto a mirar.

Oscar levantó la vista apenas cruzó la puerta.

No pareció sorprendido.

Pero una sonrisa sincera apareció antes de que pudiera ocultarla.

—Mira nada más... —se acomodó el saco—.

Qué bueno que llegaste.

Ya estaba a punto de irme.

Se acercó dándole una palmada amistosa en el hombro.

—Hoy voy a llevarte a un lugar decente —la sonrisa se volvió pícara—.

Bueno... todo lo decente que puede ser mi mundo.

Comenzó a caminar hacia la salida.

Y entonces recordó algo.

Se volvió apenas.

—Solo te voy a pedir un favor —señaló a Gustavo con un dedo—.

Aléjate de mis chicas —hizo una pausa—.

No sabes lo complicado que es hacer inventario después.

Gustavo no pudo evitar sonreír.

—No fue mi intención.

—Ya lo sé —contestó Oscar mientras abría la puerta.

Hizo una pausa—.

¿Ella está bien?

Gustavo asintió.

—Sí.

Lo está.

Una ligera sonrisa apareció en el rostro de Oscar.

—Qué bueno —abrió la puerta por completo—.

Entonces ya puedo seguir quejándome de ti con la conciencia tranquila.

Salieron a la calle.

Mientras caminaban, Oscar volvió a hablar.

—Vamos.

Hoy quiero enseñarte un lugar donde la gente paga muchísimo dinero para convencerse de que sigue siendo feliz.

La casa de citas se encontraba en una zona elegante.

Calles limpias.

Demasiado limpias.

Silenciosas, como si el dinero también pudiera comprar distancia.

Las luces eran cálidas.

El mármol impecable.

Las copas finas.

El perfume costoso.

Todo parecía perfecto.

Demasiado perfecto.

Como si el lujo no hubiera eliminado la podredumbre, solo hubiera aprendido a vestirla mejor.

Gustavo no juzgó.

Ya no le resultaba tan sencillo hacerlo.

Solo observó, porque el tablero también se movía ahí, entre los lugares rotos y aquellos que habían aprendido a esconder sus grietas detrás de una buena fachada.

Pero permanecer allí era difícil.

No por lo que veía.

Por lo que sentía.

Las personas no hablaban primero.

Se filtraban.

Tristezas.

Vacíos.

Necesidades.

Todo rozándolo apenas.

Pero suficiente.

Algunas mujeres le recordaron a Martha.

No el rostro.

No la voz.

El desgaste.

Esa forma de sostenerse cuando una parte de ti ya dejó de creer hace mucho.

Gustavo apretó la mandíbula.

Desvió la mirada.

No estaba ahí para cargar con todas las heridas.

Estaba ahí para encontrar la grieta.

Había entendido algo: ver, saber, sentir, ya no bastaba.

Tenía que aprender a distinguir el dolor del movimiento.

Porque no toda tristeza inclinaba el tablero.

Avanzó junto a Oscar mientras recorrían la casa.

Oscar hablaba: historias, lujos.

Pero Gustavo apenas escuchaba.

Esperaba, como quien sabe que algo terminará ocurriendo, y que el verdadero peligro es reconocerlo demasiado tarde.

Entonces lo sintió.

No fue una emoción.

Fue una interrupción.

Un pequeño fallo en un patrón que ya empezaba a reconocer, como una nota fuera de lugar en una melodía perfecta.

Levantó la vista.

Dos hombres.

Quietos.

Demasiado atentos.

Para cualquiera, eran otros clientes.

Para Gustavo, eran una jugada.

La tensión ensayada.

La quietud exagerada.

Ese instante en el que alguien deja de actuar con naturalidad porque ya tomó una decisión.

Sus miradas no buscaban placer.

Buscaban un objetivo.

Y ya lo habían encontrado.

Oscar.

Gustavo no fue el único en reconocer el patrón.

Jonathan también lo sintió.

Y esta vez no bromeó.

Se acercó de inmediato.

Habló casi en un susurro.

—Esta no es tu partida.

No eres jugador —le sostuvo la mirada—.

Eres una pieza —silencio—.

No intentes jugar como ellos.

Gustavo no respondió.

Algo dentro de él había cambiado.

No era miedo.

Ni duda.

Era desgaste.

Ese cansancio que no nace en el cuerpo, sino en todo lo que uno carga sin poder cambiar.

Rostros.

Miradas.

Historias.

Decisiones que nunca fueron suyas, pero cuyas consecuencias seguía sintiendo.

Entonces comprendió algo: no era el tablero lo que lo estaba rompiendo.

Era llegar siempre tarde.

Ver el dolor.

Reconocerlo.

Y no poder hacer nada.

Apretó la mandíbula.

Por hartazgo.

Por esa sensación insoportable de aceptar que las tragedias podían formar parte del juego.

—Entonces... —murmuró, más para sí que para Jonathan—.

¿Qué se supone que haga? —miró hacia el pasillo.

La decisión ya estaba tomada.

Solo faltaba admitirlo—.

¿Verlos caer? —su voz se quebró apenas—.

¿Quedarme mirando mientras este estúpido juego acaba con ellos?

El impulso no nació limpio.

No fue heroísmo.

Ni valentía.

Nació del desgaste.

Del hartazgo.

Y de una necesidad que ya no podía ignorar.

¿Qué pasa si intervengo?

La pregunta apareció sola.

Y esta vez no buscaba una respuesta.

Buscaba una consecuencia.

¿Qué pasa si cambio la jugada?

Si decido moverme, haciendo valer mi libre albedrío.

Jonathan tenía razón.

Era una pregunta peligrosa.

Pero Gustavo ya no podía conformarse con observar.

Necesitaba saber.

Aunque la respuesta lo rompiera.

Los hombres sacaron las armas.

Jonathan dio un paso al frente.

—Todavía puedes detenerte.

No sonó como una orden.

Sonó como una última oportunidad.

Gustavo no apartó la vista.

—Eso llevo haciendo toda mi vida —murmuró—.

Detenerme.

Y ya sé adónde me ha llevado.

Avanzó.

No por impulso.

Por decisión.

El ruido desapareció.

La música.

Las voces.

El lugar entero.

Todo perdió importancia.

Solo quedó el movimiento.

El cálculo.

El cuerpo respondió solo.

Sin miedo.

Sin duda.

Sin culpa.

Por un instante parecía otra persona.

No mejor.

Más precisa.

Como alguien que había decidido cargar con las consecuencias antes incluso de conocerlas.

El primer impacto fue brutal.

El crujido del hueso rompió el aire.

La muñeca del hombre cedió.

El arma escapó de sus dedos.

Nunca llegó al suelo: Gustavo la tomó antes de que cayera.

Giró.

Apuntó.

Disparó.

El segundo hombre apenas alcanzó a comprender que ya era tarde.

El disparo lo lanzó hacia atrás, contra el mármol impecable.

Después, silencio.

Denso.

Artificial.

Como si el lugar todavía no aceptara lo que acababa de ocurrir.

Gustavo no se movió.

Giró apenas la cabeza y miró al primero.

Sus ojos se encontraron.

No había odio.

No había rabia.

Eso habría sido humano.

Había decisión.

Fría.

Absoluta.

Lo sostuvo ahí.

El tiempo suficiente para que entendiera.

Para que dejara de luchar.

Para que supiera que no hay salida.

Elevó el arma.

Y disparó.

Sin temblar.

Sin vacilar.

Como si aquella decisión hubiera sido tomada mucho antes de apretar el gatillo.

Oscar permaneció inmóvil.

El cuerpo todavía intentaba comprender que seguía vivo.

—Me... me salvaste.

Gustavo lo observó.

No buscando agradecimiento.

Buscando una respuesta.

Oscar no era un hombre sencillo.

Había tomado demasiadas decisiones grises.

Vivía de un mundo roto.

Pero también había aprendido, a su manera, a cuidar de quienes ese mismo mundo iba dejando atrás.

Quizá eso bastaba.

Quizá no.

O quizá eso era lo que debía pasar.

Tal vez el tablero ya había decidido qué hacer con él.

Y Gustavo acababa de interferir.

—¿Y ahora...? —susurró—.

Muestren su siguiente jugada.

No se lo dijo a Oscar.

Ni a Jonathan.

Se lo dijo al vacío.