Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 9 El eco del dolor #2
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Capítulo 9 El eco del dolor #2

A quienes movían el tablero.

Esperó.

Un juicio.

Una señal.

Lo que fuera.

Pero no llegó nada.

Ni una voz.

Ni una presencia.

Solo el silencio, como si el tablero todavía estuviera pensando.

Jonathan observó la escena unos segundos.

Después negó con la cabeza.

—Pues felicidades —la sonrisa apareció apenas—.

Acabas de desafiar a dos entidades que llevan siglos jugando esto, y ninguna tuvo la cortesía de responderte.

Gustavo no apartó la vista de la sangre.

—Estoy probando algo.

Jonathan soltó una risa breve.

—Sí.

Eso suele decir la gente justo antes de descubrir que cometió un error histórico.

Gustavo respiró hondo.

—Quiero saber si el fuego —bajó la voz— quema igual cuando la intención cambia.

Jonathan dejó de sonreír.

—Ojalá la respuesta tarde mucho en llegar —silencio—.

Porque cuando llega rápido, nunca trae buenas noticias.

Una mano se apoyó sobre el hombro de Gustavo.

Oscar.

Todavía temblaba.

—Las clases de filosofía pueden esperar —dijo con una seriedad poco habitual—.

Si no te molesta, preferiría no estar aquí cuando llegue la policía.

Gustavo reaccionó, como si despertara de golpe.

Oscar ya estaba dando órdenes.

—¡Muévanse! —señaló los cuerpos—.

Limpien esto.

Y desaparezcan todo lo que no estaba aquí hace cinco minutos.

Los hombres obedecieron de inmediato.

Sin preguntas.

Sin sorpresa.

Cada uno sabía exactamente qué hacer, como si aquella escena hubiera ocurrido demasiadas veces.

Y quizá eso era lo más inquietante de todo.

—¡Te debo una! —exclamó Oscar, todavía con la respiración acelerada.

Miró a Gustavo de arriba abajo, como asegurándose de que seguía entero—.

De verdad deberías visitarme más seguido —sonrió, todavía nervioso—.

Eso sí, la próxima vez avísame si piensas salvarme la vida.

Así preparo café.

Gustavo apenas reaccionó.

Seguía mirando hacia la casa.

Esperando.

Jonathan apareció a su lado.

Miró el edificio.

Después a Gustavo.

Y sonrió con esa tranquilidad irritante que siempre encontraba en el peor momento.

—Bueno... no pasó nada —miró al hombre de reojo—.

¿Qué te parece si ahora liquidamos a Oscar?

Ya que estamos haciendo experimentos, veamos si esta vez alguien responde.

Oscar siguió caminando, ajeno a la conversación.

Gustavo negó apenas con la cabeza.

—No tiene gracia.

Jonathan soltó una risa.

—Lo mismo pensaron los sujetos que enfriaste.

Silencio.

La sonrisa desapareció apenas un instante.

—Aunque debo admitir... —volvió a observar a Gustavo— no esperaba que hicieras eso.

No era un elogio.

Era una confesión.

Jonathan había visto ángeles.

Había visto demonios.

Había visto humanos capaces de las peores atrocidades, y otros soportar dolores que habrían destruido a cualquiera.

Pero Gustavo no terminaba de parecerse a ninguno.

La idea regresó, una vez más.

El Elegido.

No como un título.

Como una anomalía.

Una pieza capaz de hacer preguntas que ninguna otra se habría atrevido siquiera a pensar.

No por nada Dios y el Enemigo hablaban directamente con él.

Oscar abrió la puerta del auto.

—¿Vas a subir, o piensas regresar a eliminar a alguien más?

Gustavo levantó la vista.

Oscar sonrió.

—Es broma.

Por hoy ya tuve suficientes emociones.

Entró al vehículo.

Durante el trayecto nadie habló.

Y el silencio dentro del auto pesó más que los disparos.

El auto avanzó.

Las calles seguían iluminadas.

Los semáforos cambiaban.

La gente caminaba.

La ciudad continuaba, como si nada hubiera ocurrido.

Y eso le pareció casi ofensivo.

Dos hombres acababan de morir.

Y el mundo seguía exactamente igual.

Se detuvieron frente a un bar.

Discreto.

De esos lugares donde nadie pregunta demasiado.

Oscar apagó el motor.

Respiró hondo.

—Entremos a tomar algo.

Necesito calmarme mientras arreglo esto.

Gustavo asintió.

No preguntó.

No quería saber cómo se resolvía.

El lugar olía a cerveza vieja, a madera húmeda, a conversaciones que llevaban años repitiéndose.

Se sentó al fondo, donde el ruido alcanzaba para cubrir los pensamientos.

Pero no para hacerlos desaparecer.

Jonathan recorrió el lugar con la mirada.

Torció el gesto.

—No sé qué es más peligroso —señaló la barra—.

El alcohol, o el baño —miró a Gustavo—.

Aunque, después de verte entrar aquí… empiezo a tener mis dudas.

Gustavo ni siquiera respondió.

Seguía respirando con normalidad.

Las manos permanecían firmes, como si el hombre que disparó continuara sentado ahí.

Entonces ocurrió.

No fue un pensamiento.

Fue el cuerpo.

Esa sensación ya la conocía: la misma que anuncia una enfermedad antes del primer síntoma.

Inevitable, como el instante previo a vomitar, cuando entiendes que ya no puedes detenerlo.

El daño ya estaba hecho.

Y ahora solo quedaba dejar que saliera.

Primero en las manos.

Un peso.

Invisible.

Pero imposible de ignorar, como si todavía sostuviera el arma, como si algo hubiera quedado adherido a la piel.

Flexionó los dedos.

Nada cambió.

Miró sus palmas.

Limpias.

Y aun así no lo estaban.

Comprendió por qué.

Nunca había sido la sangre.

Era la culpa.

Y no existía agua capaz de lavar una decisión, ni forma alguna de borrar el instante en que uno decide cruzar la línea.

Podía limpiar sus manos.

Pero jamás conseguiría limpiarse de lo que había hecho.

El aire empezó a cerrarse.

No por el espacio.

Por la presencia.

Y entonces, los fragmentos.

No completos.

No ordenados.

El sonido seco.

El disparo.

El cuerpo golpeando el suelo.

Gustavo cerró los ojos.

Error.

Porque esta vez el recuerdo no llegó borroso.

Llegó intacto.

El hombre.

Frente a él.

La muñeca destrozada.

El cuerpo intentando mantenerse en pie, aunque ya sabía que no podía.

Pero no fue eso lo que permaneció.

Fueron los ojos.

Ya no había rabia.

Ni violencia.

Solo comprensión, como si hubiera entendido, unos segundos antes que Gustavo, que ya no existía ninguna salida.

Y algo más.

Algo peor.

Arrepentimiento.

No dicho.

No explicado.

Solo ahí.

Presente.

Suplicando sin palabras.

No por vivir.

Por una oportunidad que ya no existía.

Y Gustavo lo sostuvo con la mirada.

El tiempo suficiente para que ambos entendieran lo que iba a pasar.

Y aun así, disparó.

Abrió los ojos de golpe, como si necesitara regresar antes de quedarse atrapado en ese instante.

El bar seguía ahí.

La gente.

El ruido.

Los vasos chocando.

Las conversaciones vacías.

La falsa normalidad funcionando como si nada.

Pero algo en Gustavo ya no encajaba, como si todas aquellas veces en las que eligió no recordar demasiado hubieran dejado residuos.

Capas.

Pequeñas marcas que nunca desaparecieron.

Solo esperaban el momento de volver.

El pecho se tensó.

La respiración dejó de ser automática.

Tuvo que pensarla.

Inhalar.

Exhalar.

Otra vez, como si el cuerpo hubiera perdido la confianza en sí mismo.

El ruido alrededor se volvió lejano.

Espeso.

Como escuchado desde debajo del agua.

Y entonces lo entendió.

No lo que había hecho, eso ya lo sabía.

Era lo que venía después.

La mirada del hombre antes del disparo.

Eso no iba a borrarse.

No iba a diluirse con el tiempo.

No iba a justificarse.

Iba a quedarse.

Instalada.

Quieta.

Esperando.

Y cargarla no sería una elección.

Sería la consecuencia.

Gustavo apoyó lentamente los codos sobre la mesa, como si el cuerpo pesara más que unos minutos atrás.

Bajó la cabeza.

Las manos seguían ahí.

Quietas.

Inmóviles.

Pero ya no las veía.

Veía todo aquello que nunca podría lavar.

Y por primera vez desde que salió de aquel lugar, entendió el verdadero costo.

No del acto.

No de la sangre.

De la pausa.

Del momento exacto en que pudo detenerse, y no lo hizo.

Días después, Gustavo iba rumbo al trabajo.

Se le había hecho tarde.

Lo sabía.

Aun así, cuando llegó a la esquina de siempre, siguió caminando.

No tomó el transporte.

No aceleró el paso.

Simplemente caminó, como si algo dentro de él necesitara aire.

O distancia.

No sabría explicarlo.

Solo sintió que debía hacerlo.

Y obedeció.

Quizá fue una decisión.

Quizá no.

En un tablero donde tantas piezas eran movidas sin darse cuenta, Gustavo ya no estaba seguro de cuántas de sus decisiones nacían realmente de él.

Dejó de pensar en eso cuando la vio.

Una mujer, sentada sobre la banqueta, llorando, con un niño en brazos.

Pequeño.

Demasiado caliente.

La respiración irregular, corta, como si el cuerpo estuviera luchando por sostenerse.

Y el aire alrededor no se sentía oscuro.

Ni corrupto.

Solo frágil.

La gente seguía caminando.

Siempre lo hace.

Una mirada rápida.

Un instante de incomodidad.

Y después, continuar, como si detenerse significara aceptar un peso que nadie sabía cómo cargar.

Gustavo se acercó.

Y en cuanto tocó al niño, todo cambió.

No fue una visión.

Ni una imagen.

Fue una invasión.

El dolor no apareció.

Entró.

Completo.

Como si hubiera estado esperando que alguien lo recibiera.

—Por favor... —la voz de la mujer apenas se sostenía—.

No sé qué hacer.

Gustavo no dudó.

Actuó.

Pidió ayuda.

Llamó una ambulancia.

Subió con ellos.

Y cuando llegaron al hospital, se quedó.

No por obligación.

Porque no podía irse.

Y por primera vez desde que todo comenzó, su mente soltó el tablero.

No pensó en reglas.

Ni en jugadas.

Ni en consecuencias.

Solo oró.

No como un desafío.

No como una prueba.

Como un hombre que ya no tenía nada más que ofrecer.

—Ayúdalo... —susurró, la voz temblando—.

No me pruebes con esto.

Cerró los ojos—.

No otra vez.

Jonathan guardó silencio.

No por indiferencia.

Por elección.

Su primer impulso no fue hablar.

Fue contenerse.

Algo en la voz de Gustavo había cambiado.

No había desafío.

No había rabia.

Había cansancio.

Del que rompe por dentro.

Lo observó durante unos segundos.

Sin sarcasmo.

Sin esa sonrisa torcida que solía usar como escudo.

Reconociendo algo.

No la situación.

El fondo.

Hacía apenas unos días, Gustavo había terminado con dos hombres.

Sin temblar.

Y ahora permanecía sentado junto a una mujer que ni siquiera conocía, esperando noticias de un niño como si el mundo entero dependiera de ello.

Podía convertirse en una tormenta frente a la oscuridad.

Y seguir siendo capaz de arrodillarse por un desconocido.

Jonathan bajó la mirada.

Muy poco.

Lo suficiente para que nadie pudiera llamarlo nostalgia.

Porque conocía ese tipo de heridas.