Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 8 El rostro del tormento #3
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Capítulo 8 El rostro del tormento #3

Sin señales de desgaste, como si el mundo nunca consiguiera tocarla del todo.

—Cumplí —dijo sin rodeos—.

Grecia está bien.

Gustavo asintió.

Una tranquilidad silenciosa cruzó su rostro.

—Lo sé.

Vanessa esperó unos segundos.

Una sonrisa apareció, con ese aire de confianza que solo ella tenía.

—No escucho un "Gracias, Vanne" —había un poco de juego, un poco de orgullo, y la certeza de que conocía demasiado bien a Gustavo.

—No era el trato —respondió él, sin dureza, sin intención de herir.

Solo con honestidad.

Vanessa lo observó durante unos segundos, como si estuviera buscando al muchacho que conocía.

—Estás distinto.

Hay algo en ti... más frío.

Jonathan apareció detrás de ella, con las manos en los bolsillos, sonriendo, como quien entiende una conversación que uno de los presentes todavía desconoce.

—El peso de la conciencia... —murmuró, mirándola de arriba abajo— no combina con todos los atuendos.

Sonrió, torcido.

—Hay quien carga una culpa, y aun así consigue verse impecable.

Vanessa frunció apenas el ceño.

Incómoda, como si aquellas palabras hubieran rozado un recuerdo que no terminaba de encontrar.

—Ten cuidado —le dijo a Gustavo.

Y esta vez no sonó como una advertencia.

Sonó como una preocupación—.

El camino que elegiste no tiene marcha atrás.

Gustavo sostuvo su mirada, sin desviarla.

—Ahora sé que nunca la tuvo.

No hablaba solo con Vanessa.

Sabía que alguien más estaba escuchando.

Y quería que ese alguien entendiera la respuesta.

El silencio permaneció entre ambos.

Denso.

Difícil.

Vanessa dio media vuelta y se marchó, sin despedirse.

Cuando desapareció, el aire volvió a moverse.

Pero la tensión permaneció, como si una puerta hubiera quedado abierta.

Jonathan siguió observando el lugar por donde ella se había ido.

—Ella no conoce su papel en este juego —murmuró—.

Y eso... —negó con la cabeza— la vuelve peligrosísima.

La sonrisa regresó.

—Aunque debo admitirlo —miró a Gustavo de reojo—, si algún día tuviera la brillante idea de encariñarme con alguien, espero que jamás se pareciera a un Guardián.

Demasiado capaces de meterte en problemas sin siquiera proponérselo.

Aquella noche el sueño cambió.

No hubo rostros.

No hubo gritos.

No hubo manos extendiéndose desde la oscuridad.

Solo un espejo.

Gustavo se encontró frente a él.

Y durante un instante creyó estar viéndose a sí mismo.

No era así.

El hombre del reflejo tenía su rostro, su voz, sus gestos.

Pero había perdido algo.

Los ojos no estaban vacíos.

Eso habría sido más sencillo.

Estaban resueltos, como los de alguien que ya dejó de hacerse preguntas.

No había culpa.

No había miedo.

Ni esperanza.

Solo una paz inquietante.

La tranquilidad de quien finalmente dejó de luchar.

Detrás de él, una sombra inmensa permanecía inmóvil.

No necesitaba avanzar.

Como si siempre hubiera estado esperándolo.

La voz surgió con calma.

Como un maestro mostrando el resultado de un problema.

—¿Te reconoces?

El reflejo no respondió.

Solo siguió observándolo.

—Mira con atención —continuó la voz—.

No es lo que eres.

Es en lo que puedes convertirte.

Silencio.

—La culpa desaparece.

El dolor también.

Basta con dejar de resistirse.

La sombra pareció sonreír.

—En tu mirada veo el cansancio.

Y esto será mucho más interesante de lo que esperaba.

Gustavo despertó sobresaltado.

Respiró hondo.

Y comprendió algo: el Enemigo no quería destruirlo.

Quería convencerlo de que dejar de luchar también podía sentirse como paz.

Jonathan ya estaba sentado al borde de la cama.

Esperándolo.

—Esto ya inició —murmuró.

—¿Qué cosa?

—El intento de llevarte a su lado.

El aire se volvió más pesado.

Gustavo sostuvo la mirada.

—Que lo intente todas las veces que quiera.

No va a ser fácil.

Jonathan no respondió de inmediato.

Lo observó durante unos segundos, como si intentara descubrir si Gustavo realmente lo creía.

Algo cruzó por su expresión.

No era orgullo.

Tampoco satisfacción.

Era preocupación.

Tan breve que casi pareció un error.

La ocultó enseguida detrás de una sonrisa torcida.

—La soberbia —murmuró— tiene la pésima costumbre de disfrazarse de valentía.

Se encogió de hombros, como si la conversación hubiera dejado de importarle.

—Aunque debo admitir —miró a Gustavo de reojo—, conociéndote, también existe la posibilidad de que simplemente seas terco.

Una risa breve escapó de él.

—Pensándolo bien... sí eres terco.

Eso explica muchas cosas.

Entonces volvió a ponerse serio.

Solo un instante.

—Ten cuidado.

La mayoría sale corriendo cuando entiende quién la persigue.

Tú no.

Y todavía no decido si eso es admirable, o una muy mala idea.

Afuera, la ciudad dormía.

Ajena a la situación.

Personas respiraban tranquilas, convencidas de que el mundo terminaba donde alcanzaban sus ojos.

Sin saber que una partida llevaba siglos jugándose sobre ellas.

El juego había cambiado.

Y Gustavo por fin comprendió por qué.

Saber.

Ver.

Cargar.

Nunca fueron únicamente un castigo.

Ni un regalo.

Eran el tablero inclinándose poco a poco bajo sus pies.

No para obligarlo a elegir.

Sino para hacerle creer que la decisión siempre había sido únicamente suya.