Capítulo 8 El rostro del tormento #2
—Ya sabes cómo se pone cuando alguien mueve una pieza que creía suya.
Caminó un par de pasos, con las manos en los bolsillos.
—Me pidió que te hiciera llegar algo —miró a Gustavo de reojo—.
Dice que, por ahora, no va a romperte.
La sonrisa se hizo más torcida.
—Va a corromperte.
Silencio.
Jonathan dejó escapar una pequeña risa.
—Muy de su estilo, si me preguntas.
Más elegante.
Más lento.
Y muchísimo más molesto.
Gustavo no dijo nada.
Jonathan observó el silencio, y por primera vez la sonrisa desapareció por completo.
—Yo... —hizo una pausa, como si estuviera decidiendo cuánto decir— no tomaría esa amenaza a la ligera.
No añadió nada más.
No hacía falta.
Pasaron los días.
Y una noche descubrió que el sueño había dejado de ser un refugio.
Antes era una pausa.
Ahora era una caída.
Gustavo aprendió a temer ese instante exacto, cuando el cuerpo cedía, porque sabía lo que venía después.
No eran pesadillas.
No había monstruos.
No había exageraciones.
Solo personas.
Él permanecía de pie.
Inmóvil.
Como si estuviera condenado a observar.
Los rostros aparecían, uno tras otro, en silencio.
No pedían ayuda.
Y eso era lo peor.
Lo miraban, como quien ya había comprendido que era demasiado tarde.
Algunos le resultaban desconocidos.
Otros, dolorosamente familiares.
Pero había una ausencia: Martha no estaba.
Y esa ausencia decía más que cualquier presencia.
Una voz rompió el silencio.
Serena.
Sin necesidad de levantar el tono.
—No puedes salvarlos a todos.
Y tampoco podrás olvidar a los que no salvaste.
El suelo cedió bajo sus pies.
No se quebró.
Respiró, como si estuviera vivo.
Cada paso exigía algo.
No avanzar.
Recordar.
Un rostro.
Una decisión.
Una oportunidad perdida.
Un instante que ya no podía cambiar.
Entonces despertó.
Empapado.
El pecho ardía.
La marca latía bajo la piel, como si las palabras escritas por Dios siguieran grabándose una y otra vez.
Jonathan apareció unos segundos después.
Se apoyó contra la pared, como si aquello fuera una conversación cualquiera.
—Ya empezó —murmuró.
Gustavo levantó la vista.
—¿Qué?
Jonathan dejó escapar una risa breve.
Sin alegría.
—El entrenamiento.
El Enemigo no está intentando romperte.
Todavía.
La palabra quedó suspendida.
—Está midiendo cuánto puedes cargar antes de que decidas soltarlo todo.
Gustavo cerró los ojos.
Apenas.
—Creo que estamos a punto de saberlo —murmuró—.
Quisiera apagar esto.
Jonathan lo observó.
Sin ironía.
—No deberías.
Lo vas a necesitar para lo que viene.
La ciudad empezó a sentirse distinta.
No huía de él.
No lo rechazaba.
Simplemente lo reconocía.
Puertas que antes permanecían cerradas ahora quedaban entreabiertas.
Miradas que antes pasaban de largo se detenían apenas un segundo más.
El suficiente para pedir ayuda, aunque la boca nunca pronunciara una palabra.
No eran Guardianes.
No eran piezas conscientes.
Eran grietas.
Un hombre viajaba frente a él en el metro.
Miraba las vías, como quien ya había imaginado demasiadas veces la misma escena.
—A veces pienso... —dijo sin apartar la vista— que un día simplemente voy a saltar.
Lo dijo con una calma que helaba la sangre.
No buscaba llamar la atención.
Parecía estar cansado de seguir convenciendo a todos de que estaba bien.
Unas calles después, una mujer acomodaba productos en una tienda.
Le tomó la mano sin conocerlo.
Con fuerza, como si temiera derrumbarse si la soltaba.
—Rezo todas las noches... —susurró—.
Pero ya no sé si alguien sigue escuchando.
No lloró.
Quizá ya no le quedaban lágrimas.
Pero sus ojos llevaban demasiado tiempo esperando una respuesta.
Más tarde, un adolescente se cruzó en su camino.
No dijo nada.
Solo lo miró durante unos segundos, como quien está a punto de pedir ayuda y en el último instante decide guardar silencio.
No era timidez.
Era resignación.
La clase de silencio que aparece cuando alguien deja de creer que su dolor le importa a otra persona.
Gustavo los sintió a todos.
Al mismo tiempo.
No escuchaba sus voces.
Sentía su peso.
Y comprendió lo que el Enemigo quería enseñarle: no que existía el sufrimiento, eso ya lo sabía, sino que siempre habría alguien más esperando ser salvado.
Y él nunca podría llegar a todos.
Ahí estaba el verdadero tormento.
—Esto no es justo... —murmuró Gustavo, la voz gastada—.
Verlos.
Y no hacer nada.
Jonathan se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, observándolo.
—La justicia —dijo con calma— es una palabra peligrosa.
Dios habla de orden.
El Enemigo... —sonrió apenas— de dominio.
Y tú estás justo en medio, creyendo que sentir es lo mismo que poder.
Gustavo apretó los puños.
La impotencia pesaba más que el cansancio.
—Entonces... —respiró hondo— ¿qué hago?
Jonathan no respondió de inmediato, como si aquella respuesta también le disgustara.
—Aprende que no todas las batallas son tuyas.
Silencio.
—Y que intentar salvar a todos es la forma más rápida de no salvar a nadie.
Gustavo bajó la vista.
La frase encontró un lugar incómodo dentro de él.
Jonathan continuó, más bajo, sin ironía.
—Algún día tendrás que elegir.
Y ese día descubrirás que cada persona a la que salves también significará alguien a quien no pudiste llegar.
El silencio cayó.
Completo.
Pesado.
Sin salida.
Vanessa fue a buscarlo.
Como siempre.
Impecable.
Sin una arruga.