Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 8 El rostro del tormento
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Capítulo 8 El rostro del tormento

El conocimiento no absuelve, solo compromete.

No necesitaba mostrarse. Nunca lo había necesitado.

La luz seguía encendida.

Pequeña.

Persistente.

Sobre el tablero.

Los demonios permanecían inmóviles.

Esperando.

El Enemigo observaba.

Sin ira.

Sin prisa.

Como si la respuesta hubiera existido desde antes de que apareciera el problema.

Un demonio menor rompió el silencio.

—Permíteme ir por él —la voz destilaba ansiedad—.

Le mostraremos que la esperanza siempre termina igual.

Otro dio un paso al frente.

—Podemos quebrarlo esta misma noche.

Bastará con un poco de miedo.

O dolor.

El Enemigo negó lentamente.

—No.

Una sola palabra.

Y todas las voces desaparecieron.

—El miedo fortalece a algunos.

El dolor también —su mirada permaneció fija sobre la luz—.

Lo que realmente rompe a una persona es obligarla a ensuciarse con sus propias manos.

Ninguno respondió.

No porque no quisiera.

Porque todavía no entendía.

—Él cree que puede acercarse a la oscuridad... sin convertirse en parte de ella.

La sonrisa apareció.

Imperceptible.

—Demostremos que está equivocado.

Uno de los demonios dudó.

—¿Y cómo lo haremos?

El Enemigo levantó apenas la vista.

No hacia Gustavo.

Hacia otra pieza.

Una que brillaba cerca de él.

Discreta.

Silenciosa.

Valiosa.

Vanessa.

—Hay personas que no necesitan ser corrompidas —dijo con calma—.

Solo necesitan tener algo que perder.

La pieza comenzó a iluminarse.

Muy despacio.

Como si una idea hubiera sido sembrada en su interior.

No una orden.

No una voz.

Solo un pensamiento.

Una posibilidad.

Vanessa se incorporó lentamente.

Todavía era de madrugada.

Frunció el ceño.

No sabía por qué, pero un nombre acababa de cruzar su mente.

Gustavo.

Permaneció unos segundos mirando la oscuridad de su habitación, con la extraña sensación de que debía buscarlo, sin entender de dónde nacía aquella necesidad.

El Enemigo observó el tablero.

Satisfecho.

—Ahora... veamos cuánto está dispuesto a ensuciarse por alguien que ama.

Gustavo la sintió antes de verla.

No fue intuición.

Fue esa presencia familiar, ese perfume dulce con algo roto debajo, como si la paz y la tristeza hubieran aprendido a caminar juntas.

Vanessa apareció.

Como siempre.

Impecable.

Hermosa.

Ordenada.

Como si el mundo nunca hubiera conseguido despeinarla.

Su sonrisa llegó primero.

—Necesito tu ayuda —dijo, directa, sin rodeos.

Jonathan apareció a un lado de Gustavo, con los brazos cruzados y una sonrisa imposible de interpretar.

—Ah... Vanessa —murmuró, como quien acaba de recordar un viejo chiste—.

¿Sabes?

Siempre me recuerda a alguien.

Hizo una pausa exagerada, mirando al techo, como si realmente estuviera buscando en su memoria.

—Veamos... conozco demasiada gente —negó con la cabeza—.

No.

No era gente.

Era alguien mucho más... interesante.

La sonrisa creció.

—Hace muchísimo tiempo también era hermoso.

Un querubín —su voz perdió el tono burlón, solo por un instante—.

Brillaba tanto que cualquiera habría jurado que nunca caería.

Volvió la sonrisa.

Más torcida.

Más Jonathan.

—Y mira cómo terminó.

Se inclinó apenas hacia Gustavo, como si fuera a contarle un secreto.

—Quizá hayas oído hablar de él.

El Enemigo.

Se quedó observando a Vanessa unos segundos, como si estuviera comparando dos recuerdos.

—Curioso... ¿no crees?

Hermosa por fuera, mientras por dentro... —la sonrisa desapareció— se está librando una batalla que ni ella entiende.

Volvió a mirar a Gustavo.

—Aunque claro... no todos los finales tienen que ser iguales.

Todavía.

Gustavo no respondió.

No a Jonathan.

No podía.

Toda su atención estaba en Vanessa.

Y ella tampoco escuchaba.

No sabía que alguien acababa de colocarla en el centro del tablero.

Vanessa respiró hondo, como si aquella petición también le pesara.

—Es algo sencillo —continuó—.

Solo un favor más.

La mirada encontró la de Gustavo.

—Ya sabes... —una pausa pequeña, natural— tú eres el Elegido para realizarlo.

La palabra cayó con más fuerza de la que ella imaginaba.

Gustavo no respondió de inmediato.

Sus ojos permanecieron en Vanessa, pero ya no la estaba mirando a ella.

Estaba recordando el ardor, las palabras escritas sobre su pecho.

"Ahora sabes.

Ahora ves.

Ahora cargas."

El precio.

La marca.

El silencio de Dios cuando el castigo terminó.

Y entendió algo: Vanessa acababa de decir "Elegido" pensando una cosa.

Él había escuchado otra muy distinta.

—Te ayudaré —respondió al fin, la voz firme, sin vacilar—.

Pero esta vez... —le sostuvo la mirada— necesito algo a cambio.

Vanessa frunció apenas el ceño.

No molesta.

Desconcertada.

—¿Desde cuándo pones condiciones?

Gustavo dejó escapar una sonrisa cansada.

De esas que solo aparecen después de haber aprendido demasiado.

—Desde que entendí el precio.

El aire cambió.

Apenas.

Pero suficiente.

—Quiero una salida —continuó—.

Para una persona especial.

Vanessa arqueó una ceja.

—¿Persona especial?

—Grecia.

El nombre cayó distinto.

Más humano.

Más importante.

—Su vida debe cambiar.

Quiero sacarla de ese mundo.

No para traerla al mío.

Para que nunca tenga que conocerlo —más bajo, más preciso—.

Consíguele un trabajo.

Un lugar donde pueda vivir tranquila.

Donde la paz no sea un accidente.

Vanessa permaneció en silencio.

Parpadeó.

No por sorpresa.

Por una interferencia que ni ella comprendía, como si una idea quisiera abrirse paso entre otras.

Al final asintió.

—Puedo hacerlo.

Conozco a alguien.

Pero... —su expresión volvió a endurecerse— tú cumples primero.

Jonathan no dijo nada.

Solo observó a Gustavo.

Y por primera vez desde que todo aquello había comenzado, no encontró nada de qué burlarse.

Porque ya sabía cómo terminaban los favores cuando el precio lo pagaba un Elegido.

Jonathan observó a Gustavo regresar.

Solo.

Y por primera vez odió tener la razón.

No dijo nada.

Lo vio cruzar la habitación, como quien reconoce un desenlace que ya conocía demasiado bien.

Gustavo no levantó la mirada.

El trayecto había sido borroso, como si el camino no importara.

Las manos temblaban.

No por el acto.

No por lo que hizo.

Por reconocerlo, por saber exactamente lo que significaba.

Esta vez no intentó limpiarlas.

No buscó agua.

No buscó alivio.

Ya conocía esa mentira.

No funcionaba.

No lo hizo por desafío.

No lo hizo por curiosidad.

Lo hizo por alguien más.

Por alguien que todavía tenía una oportunidad.

Y eso lo hacía mucho peor.

Porque ya no era impulso.

Era elección.

Jonathan permaneció en silencio unos segundos.

Después habló.

La voz tranquila.

Extrañamente humana.

—Te estás rompiendo —observó a Gustavo, sin burla, sin ironía—.

Pero no igual que antes.

Antes lo hacías... para entender.

Silencio.

—Ahora... —más bajo— para salvar.

Gustavo bajó la mirada.

No por culpa.

No del todo.

Por el peso de haber cruzado otra línea.

—Esto también —murmuró— forma parte del juego.

Jonathan dejó escapar el aire lentamente, como si quisiera responder otra cosa, pero eligiera palabras distintas.

—Tal vez.

Solo recuerda algo, Gus —la mirada permaneció fija en él—.

Cuando estés en el abismo...

Silencio.

No era una amenaza.

Era una duda.

Una que parecía haberse hecho a sí mismo demasiadas veces.

—¿Quién vendrá a salvarte a ti?

Gustavo no respondió.

Y Jonathan tampoco insistió.

Porque, por primera vez, no estaba seguro de querer conocer la respuesta.

Grecia consiguió el trabajo una semana después.

Un horario común.

Un sueldo modesto.

Un lugar discreto, donde nadie preguntaba demasiado, donde las historias no eran requisito, donde podía empezar de nuevo sin tener que explicar de dónde venía.

Se encontraron una última vez.

En un lugar sencillo, de esos donde nadie recuerda los rostros, pero todos terminan recordando las conversaciones.

Grecia llegó distinta.

No por la ropa.

Ni por el trabajo.

Caminaba diferente, como si el mundo hubiera dejado de pesarle sobre los hombros.

Cuando sonrió, Gustavo entendió algo: había valido la pena.

Todo.

Incluso aquello que nunca podría contarle.

—Nunca te pregunté... —dijo ella, sosteniendo su mirada—.

¿Por qué me ayudaste?

Gustavo sonrió apenas.

Había demasiadas respuestas, y ninguna debía salir de su boca.

—Y nunca lo hagas.

Ella lo observó unos segundos más, como si buscara algo.

No una explicación.

Una verdad.

Y la encontró.

No en sus palabras.

En sus ojos.

Había algo ahí: cansancio, dolor, y una paz extraña.

La paz de quien sabe que perdió algo, pero nunca se arrepentiría de haberlo entregado.

Ella no entendió qué había ocurrido.

Solo comprendió una cosa: aquello había sido mucho más que un favor.

—Mi nombre... —dijo en voz baja— no es Grecia.

Me llamo Martha.

El nombre no cayó.

Encontró su lugar, como si siempre hubiera esperado ese momento.

—Martha... —repitió Gustavo, sonriendo—.

Señora de la casa —murmuró para sí—.

Te queda mejor.

Ella soltó una risa.

Pequeña.

Sincera.

Y entonces dio un paso al frente y lo abrazó.

Existen abrazos para saludar.

Otros para despedirse.

Algunos nacen del amor, otros de la pasión.

Y están aquellos que no buscan quedarse, solo reparar algo, aunque sea por un instante.

Ese fue uno de ellos.

Un abrazo que comenzó en la piel y terminó acariciando el alma.

Cuando se separaron, ninguno dijo nada.

Porque ya estaba todo dicho.

Martha comenzó a caminar.

No miró hacia atrás.

No por indiferencia.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, se estaba permitiendo mirar hacia adelante.

Gustavo tampoco la llamó.

Ni dio un paso para seguirla.

La observó alejarse hasta perderse entre la gente.

Y sonrió.

No porque quisiera dejarla ir.

Sino precisamente porque la quería demasiado como para traerla al mundo al que él pertenecía.

Esperó unos segundos más, hasta asegurarse de que había desaparecido entre la multitud.

Solo entonces dio media vuelta y se marchó en dirección contraria.

Jonathan apareció a su lado.

Miró a Gustavo de arriba abajo y soltó una risa breve.

—Bueno... al menos sigues entero.

Supongo que eso cuenta como una buena noticia.

Gustavo no respondió.

Jonathan continuó, como quien comenta el clima.

—Traigo un mensaje —la sonrisa apareció, despreocupada, casi divertida—.

El Enemigo está molesto contigo.

Se encogió de hombros.