Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 7 El tablero invisible #4
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Capítulo 7 El tablero invisible #4

Jonathan observó la taza.

Luego a Gustavo.

Luego otra vez la taza.

—Interesante —murmuró.

—¿Qué?

—Nada.

Solo estoy intentando recordar cuándo fue la última vez que te vi esperar a alguien.

Gustavo ignoró el comentario.

Jonathan sonrió.

—Estás nervioso.

—No lo estoy.

—Claro que sí —se inclinó apenas—.

Llevas cinco minutos vigilando la misma esquina.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que crees que significa —la sonrisa se ensanchó—.

Y es adorable.

Gustavo rodó los ojos.

Jonathan parecía disfrutar demasiado aquello.

—No vendrá —dijo finalmente—.

La mayoría no lo hace.

Cuando alguien lleva demasiado tiempo sobreviviendo... —la mirada se perdió entre la gente— la felicidad suele parecer una mala idea.

Gustavo no respondió.

Pero esa frase sí consiguió quedarse con él.

Porque en otra parte de la ciudad, Grecia caminaba.

Despacio.

Sin decidirse del todo.

Varias veces pensó en regresar, en volver a lo conocido, a la vida que ya entendía.

A los días que dolían, pero al menos no sorprendían.

Era más sencillo.

Más seguro.

Más realista.

Entonces pasó frente a una familia.

Un padre cargando a una niña sobre los hombros.

La pequeña reía, como si el mundo fuera un lugar sencillo.

Más adelante vio una pareja compartiendo un helado, discutiendo por tonterías, sonriendo después.

Y Grecia sintió algo incómodo.

Vivían en la misma ciudad, respiraban el mismo aire, caminaban por las mismas calles.

Y aun así parecían habitar mundos distintos.

Por primera vez se preguntó algo: no por qué ellos podían ser felices, sino por qué ella había dejado de intentarlo.

Y siguió caminando.

Cuando llegó a la plaza, cada paso parecía decidido.

No todas las decisiones son fáciles.

Algunas son pequeñas victorias.

Y aquella acababa de ganar una.

No llevaba el maquillaje de la noche anterior.

Su rostro parecía más joven, más expuesto, más real.

Cuando lo vio, se detuvo.

No sonrió de inmediato.

Primero confirmó algo: que él era real, que no había imaginado aquella conversación, que todavía existía la posibilidad.

Entonces Gustavo se puso de pie.

Sin exagerar, sin invadir.

Y por primera vez en toda la tarde, Jonathan guardó silencio, como si incluso él quisiera ver cómo continuaba la jugada.

—La puntualidad... —dijo Gustavo, con calma— es escasa en estos tiempos.

Grecia arqueó una ceja.

—¿Llegó la mujer que esperabas?

¿O fallaron tus cálculos?

La sonrisa apareció.

Pequeña.

Auténtica.

—Llegó exactamente la mujer que esperaba.

Aunque admito que el pronóstico era reservado.

La risa escapó antes de que pudiera evitarlo.

Y algo cambió.

Apenas.

Pero ambos lo sintieron.

La tensión desapareció, como si por fin hubieran dejado de preguntarse si el otro iba a presentarse.

Hablaron.

Al principio de cosas pequeñas.

Música.

Películas que ninguno admitía ver.

Lugares que siempre habían querido visitar.

Y otros de los que llevaban años intentando escapar.

Grecia descubrió que Gustavo era mucho más divertido de lo que parecía.

Gustavo descubrió que Grecia era mucho más inteligente de lo que permitía ver.

Y poco a poco las defensas comenzaron a desaparecer.

No de golpe.

Lo suficiente.

—¿Siempre haces esto? —preguntó ella.

—¿Qué cosa?

—Invitar desconocidas a tomar café.

Gustavo sonrió.

—No.

—Entonces debo sentirme especial.

—Deberías preocuparte.

Grecia soltó una risa.

De las reales.

De las que aparecen antes de que uno pueda detenerlas.

Y Gustavo sintió algo extraño: la necesidad de volver a escucharla.

Jonathan observaba desde la distancia, recargado contra una pared, los brazos cruzados.

—Mírate —murmuró—.

Hace unos meses querías respuestas sobre demonios.

Y ahora sonríes por una mujer —la sonrisa apareció, torcida—.

El desarrollo de personaje es impresionante.

Gustavo lo ignoró.

O al menos lo intentó.

La tarde continuó.

Ligera.

Humana.

Por un rato no hablaron del pasado, ni del dolor, ni de las cosas rotas.

Y precisamente por eso fue importante.

Porque ninguno necesitaba ser salvado.

Solo escuchado.

Jonathan siguió observando.

—Disfrútalo, Gus —dijo finalmente.

La voz cargada de una sinceridad incómoda—.

Porque cuando el Enemigo se entere de esto... —la sonrisa desapareció— las cosas se van a poner feas.

Por primera vez Gustavo no respondió.

Porque una parte de él ya lo sabía.

Y aun así, cuando Grecia volvió a sonreír, decidió quedarse en ese momento un poco más.

Aunque tuviera consecuencias.

Aunque el precio llegara después.

Porque por primera vez en mucho tiempo algo se sentía bien.

Y eso valía el riesgo.

*

En otro lugar, la luz volvió a encenderse.

Pequeña.

Pero imposible de ignorar.

Sobre el tablero, los demonios observaron en silencio.

Esperando.

La reacción no tardó.

El Enemigo levantó la vista.

La luz seguía ahí.

Persistente.

Molesta.

Interesante.

Durante unos segundos no dijo nada.

Solo observó.

Calculando.

Como si estuviera revisando posibilidades invisibles para todos los demás.

Entonces habló.

La voz tranquila.

Determinante.

—Creo que es momento... —la sonrisa apareció, peligrosa— de mover una de mis piezas.

Y el tablero comenzó a cambiar.