Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 7 El tablero invisible #3
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Capítulo 7 El tablero invisible #3

—Gus... —negó con la cabeza— a veces me preocupa que desperdicies mis mejores esfuerzos.

Gustavo no respondió.

La sonrisa apareció sola.

Pequeña.

Involuntaria.

Jonathan la vio, y sonrió también.

—Eso pensé.

Ahora sí: llévame a casa antes de que empiece a extrañar a los pecadores.

**\***

Desde el otro lado del tablero, una entidad menor merodeaba entre las piezas.

Irritada.

Maldiciendo.

Como un depredador al que acababan de quitarle la presa.

—No pude alimentarme hoy —escupió—.

¿Qué se cree que está haciendo?

La forma de la criatura cambió.

Inestable, como si la rabia alterara incluso su apariencia.

—Yo mismo le arrancaré la cabeza —siseó—.

Y aprenderá a no meterse con mi comida.

Algo reaccionó.

No una voz.

Una presencia.

Lejana.

Pero imposible de ignorar.

La entidad se quedó inmóvil.

La furia desapareció, sustituida por algo mucho menos agradable: respeto.

Miedo.

El tablero pareció tensarse, como si acabara de recordar quién observaba la partida.

—¿Qué está sucediendo? —la pregunta atravesó el espacio, fría, precisa—.

Habla.

No fue una voz.

Fue una orden.

El demonio se inclinó, por instinto.

—Una pieza se movió.

Donde no debía.

El Enemigo permaneció inmóvil.

—¿Qué hizo?

—Nada —la respuesta llegó cargada de frustración—.

No atacó.

No tomó.

No reclamó.

Solo habló con ella.

Silencio.

—Y eso bastó.

El tablero vibró.

Apenas.

Como si hubiera reconocido algo.

—Explícate.

La presión aumentó.

—La mujer debía permanecer donde estaba.

Resignada.

Vacía.

Predecible —la entidad apretó la mandíbula—.

Pero él la miró.

Y ahora cree que puede salir.

El silencio se hizo más pesado.

—¿Nombre?

Esta vez fue el tablero quien respondió.

Una luz mínima apareció entre miles.

Insignificante.

Hasta ahora.

Gustavo.

El Enemigo observó el nombre.

Sin sorpresa.

Sin prisa.

Como quien encuentra una pieza olvidada en una partida antigua.

—No sabía que estaba jugando —continuó el demonio—.

Y aun así nos afectó.

Una sonrisa apareció.

Peligrosa.

—Eso siempre es más interesante.

Los que eligen el mal son previsibles —la mirada permaneció fija en la luz—.

Los que tropiezan con el bien... son los que alteran el tablero.

El demonio dudó.

—¿Debo corregirlo?

¿Romperlo antes de que avance?

El Enemigo no respondió de inmediato.

Observó la pieza.

Calculando.

Midiendo, como si estuviera revisando cientos de posibilidades al mismo tiempo.

—No —la respuesta fue simple, definitiva—.

Aún no.

El demonio levantó la vista.

Confundido.

—¿Por qué?

La sonrisa permaneció.

—Porque quiero saber qué hará cuando descubra lo que cuesta.

El tablero se movió.

No piezas.

Probabilidades.

Caminos.

Decisiones futuras acomodándose lentamente.

—Pero escucha bien —la voz descendió varios grados.

Fría.

Antigua—.

Si vuelve a sembrar esperanza donde debería existir desesperación... —la luz de Gustavo pareció brillar un instante— si vuelve a encender algo que ya me pertenecía... —la sonrisa desapareció— entonces sabrá quién soy.

Y por primera vez, el demonio sintió miedo.

**\***

Esa noche Gustavo soñó.

No como descanso.

Como continuación.

Caminaba por un sendero de tierra.

A un lado, una montaña inmensa, inamovible.

Al otro, un vacío.

No visible, pero presente, contenido apenas por una hilera de árboles altos.

Sus copas, encorvadas, se cerraban sobre él, formando un túnel natural y forzado.

El camino, recto, largo, sin desvíos.

Al fondo, una luz lejana, marcando un final que no prometía nada.

Comenzó a avanzar.

Sin pensarlo.

Como si el movimiento ya estuviera decidido.

Las risas llegaron primero.

Pequeñas, irregulares, mal contenidas, como si alguien se burlara sin querer ser visto.

Luego los ruidos, entre las ramas.

Pasos ligeros.

Demasiado ligeros.

Miradas escondidas.

Sintiendo.

Observando.

Las criaturas aparecieron.

Sin ataque, sin violencia.

Pequeñas.

Retorcidas.

Antiguas.

Demasiado para ser simples sombras.

No parecían agresivas.

Parecían alerta.

—No deberías estar aquí... —dijeron, al mismo tiempo—.

Vete... antes de que llegue.

—¿Antes de que llegue quién? —preguntó Gustavo.

Y entonces el miedo.

De golpe.

Pero no venía de ellas.

Venía de algo más.

La oscuridad cerró.

El túnel se estrechó.

Todo desapareció.

Excepto la luz.

Y él, dentro de ella.

Y entonces la voz.

No descendió.

No emergió.

No ocupó espacio.

Simplemente estuvo.

—¿Te diviertes, Elegido? —dijo, con furia contenida—.

¿Caminas por mi mundo... acercándote a lo que me pertenece?

Gustavo lo entendió, sin explicación.

Grecia.

Las cadenas.

Lo que había tocado sin saberlo del todo.

—Veo lo que haces —respondió, la voz tensa, pero firme—.

Veo tus grilletes.

Y sé... que hay llaves.

La risa no fue burla.

Fue antigua.

Cargada, como algo que ha esperado demasiado.

—Durante siglos he visto humanos como tú —dijo la voz—.

Creen entender... y terminan consumidos.

La presión aumentó.

No en el aire.

En él.

—No me importan tus intenciones.

No conozco la piedad.

No reconozco la compasión.

Silencio.

Pesado.

—Si sigues caminando... —la pausa cayó— seré yo quien camine hacia ti.

Gustavo despertó de golpe.

El corazón golpeando.

Fuerte.

Constante.

No era miedo.

No del todo.

Era advertencia.

El cuerpo lo sabía antes que él.

Y con eso llegó la certeza: no caminaba solo.

No como antes.

No como con Jonathan.

Esto no era lo mismo.

No era un demonio más.

No era una pieza menor.

Era el otro lado del tablero.

Y ahora sabía que también lo estaba mirando.

Pero Gustavo no era el único que había tenido una noche difícil.

Porque al otro lado de la ciudad había una mujer incapaz de dormir, intentando entender qué había ocurrido.

Por qué él.

Por qué esa conversación.

Por qué, entre todas las personas que podían acercarse aquella noche, tuvo que ser precisamente él.

Grecia permanecía sentada en silencio, con más preguntas que respuestas.

Y por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad parecía más inquietante que la resignación.

Se sentó en la cama sin quitarse los zapatos.

El cuerpo hundiéndose apenas, sin descanso real.

Solo cansancio.

Miró hacia ninguna parte, sin enfocar, sin buscar.

No podía dormir.

No por miedo.

No por peligro.

Por una idea.

El café.

Las fuentes.

La hora exacta.

Pensó que era absurdo, que no tenía sentido, que era una promesa que no se hace en lugares como ese.

Pensó que era cruel darse permiso de imaginarlo.

Y aun así no consiguió soltarlo.

Por primera vez en años su mente no regresó.

No al pasado, no a las heridas, no a todo aquello que ya conocía demasiado bien.

Se quedó quieta, suspendida, mirando hacia adelante.

Hacia algo que todavía no existía.

Hacia el mañana.

Y eso fue lo que la asustó.

Porque el mañana siempre había sido igual: una repetición, una condena, una costumbre.

Pero esa noche, por primera vez, parecía una posibilidad.

Y eso no le dio paz.

Le dio algo peor.

Esperanza.

La esperanza resultó ser más peligrosa de lo que parecía.

El siguiente día transcurrió demasiado rápido, como si algo estuviera empujando las horas, como si la noche tuviera prisa por llegar.

Y finalmente llegó.

El centro de la ciudad tenía otra respiración.

No era más limpio.

Pero la luz caía distinto sobre las fuentes, sobre los árboles, sobre las personas que todavía encontraban razones para sonreír.

Gustavo llegó antes, por hábito.

Se sentó en una mesa exterior.

Un capuchino frente a él.