Capítulo 7 El tablero invisible #2
Esto solo es la antesala.
Gustavo dudó.
No por miedo.
Por claridad.
Sabía lo que significaba dar ese paso.
Sabía que no habría regreso.
Pero eso ya no importaba.
—Llévame.
Oscar asintió una sola vez y caminó hacia la salida.
Jonathan se inclinó, cerca.
—¿Escuchas eso?
La puerta se cerró.
Y entonces el sonido: metálico, preciso.
Piezas deslizándose sobre un tablero.
Lo sintió en los dientes, como si cada movimiento ya hubiera sido hecho y él apenas estuviera alcanzándolo.
La calle los recibió.
No como transición.
Como cambio.
El aire distinto.
No por oscuridad —eso ya no significaba nada, Gustavo lo sabía: había visto lugares iluminados llenos de horrores, y rincones en sombra donde aún quedaba algo.
Esto no era eso.
Era otra cosa.
El olor no solo desagradable: persistente.
Se quedaba.
Grasa rancia, orines viejos, humedad atrapada entre muros estrechos, como si el lugar no quisiera soltarte ni cuando te fueras.
Gustavo sintió la piel reaccionar.
Un rechazo instintivo.
Oscar iba adelante, paso firme, sin prisa, como alguien que conoce cada grieta, cada salida.
No volteaba.
No comprobaba.
—Aquí la ciudad se quita el maquillaje —dijo, sin mirar atrás—.
Lo que ves es lo que muchos prefieren ignorar.
Y lo que pocos pueden contemplar sin quebrarse —su mirada permaneció fija al frente—.
Porque tarde o temprano, cuando una persona deja de creer en algo más grande que ella misma... —la calle pareció oscurecerse un poco más— esto es lo que queda.
Continuó caminando.
Las luces, pocas, mal puestas.
Focos desnudos colgando de cables improvisados.
Neones rotos parpadeando promesas vacías.
Lugares que no vendían nada más que tiempo perdido.
Ventanas cubiertas con cortinas gruesas, manchadas, rotas.
Risas que no eran risa.
Gritos que no pedían ayuda.
Aún.
Gustavo lo sintió.
El golpe.
No inmediato.
Pero brutal.
Personas.
Demasiadas.
No como cuerpos.
Como desgaste.
Presencias hundidas.
Hombres, mujeres, encorvados no por peso físico, sino por historia, por decisiones que no parecían propias.
Caminos cerrándose uno a uno, hasta dejar solo esto.
Una joven fumaba, apoyada en la pared.
Maquillaje corrido.
Mirada vacía.
Pero no había maldad.
Había algo peor.
Cansancio.
Odio acumulado, de esos que ya no gritan, solo siguen.
Y debajo, algo más: agotamiento, por cargar algo que nunca entendió del todo.
—Ella no eligió esto... —murmuró Gustavo, sin darse cuenta.
Jonathan, a su lado, serio.
—No como lo imaginas —respondió—.
Es parte del libre albedrío.
Pequeñas decisiones.
Creyendo que aún hay tiempo para corregir.
El pecho de Gustavo ardió.
Pero distinto.
No como antes, no como cuando percibía demonios.
Esto no era corrupción.
Era abandono.
Silencioso.
Prolongado.
Almas que pidieron, que esperaron, que sostuvieron.
Y no recibieron respuesta.
Todavía.
Un hombre salió tambaleando de un edificio.
Un ojo hinchado.
Sangre seca en la ceja.
Se sostuvo del brazo de Gustavo.
El contacto directo, pesado, real.
Levantó el rostro, lento, y lo miró.
Y en esa mirada, todo: dolor, miedo, confusión.
Y algo más fuerte.
Resignación.
No rendición.
Aceptación de que esa vida era la que tenía.
Y aun así no estaba listo para soltarla.
—Esto... —susurró—.
Esto es lo que Él me condenó a ver.
Jonathan no lo negó.
—Esto es lo que pediste ver —corrigió, sin dureza, sin suavizar—.
Y ahora sabes por qué muy pocos soportan hacerlo... —más bajo— sin romperse.
Oscar se detuvo frente a una puerta metálica.
Simple.
Sin letrero.
Sin música.
Sin señal.
Solo ahí, como si no necesitara anunciarse, como si quien llegara ya supiera.
—Aquí empieza el trabajo de verdad —dijo, sin énfasis, sin intención de impresionar—.
Si quieres irte, es el momento.
Gustavo miró la puerta.
No como objeto.
Como límite.
Sintió la presión en el pecho.
El eco regresó.
No como recuerdo.
Como presencia.
Ahora sabes.
Ahora ves.
Ahora cargas.
Las palabras no se leían.
Se sentían.
—Tú eres la lanza —respondió.
El tono cansado, con un filo leve—.
Yo solo... te sigo.
Oscar lo observó.
Midió algo no evidente.
—Eres extraño —dijo, casi como conclusión—.
Pero me caes bien.
No sonrió de inmediato.
Luego lo hizo.
Asintió, como quien acepta algo que no necesita entender del todo.
Y abrió la puerta.
El interior no coincidía con lo de afuera.
Un cuarto amplio, limpio.
Demasiado.
Lleno de gente divirtiéndose, o algo parecido.
La luz suficiente, cuidada, como si el lugar se asegurara de no dejar entrar la oscuridad.
Sofás grandes, hundidos.
Botellas llenas, siempre.
Ceniceros rebasados, olvidados.
El humo suspendido, sin prisa por irse.
Las conversaciones superficiales: precios, turnos, condiciones.
Cuerpos negociados como objetos.
Sin pausa.
Sin conflicto visible.
Ahí estaban.
No demonios, no formas grotescas.
Algo peor.
Presencias adheridas, pequeñas, persistentes, como parásitos.
No obligaban.
Esperaban.
Susurraban.
Normalizaban la caída como rutina, el desgaste como destino.
—Me gusta el lugar —dijo Jonathan.
Y había algo casi alegre—.
Aquí pasan muchas cosas.
—No me sorprende —respondió Gustavo—.
Enumerar los pecados que se cometen aquí llevaría tiempo.
Jonathan sonrió, satisfecho.
—Si te contara las historias que he visto en lugares como este... pero no te quedes con lo que te digo —más bajo— entra a este mundo.
Conócelo tú.
—Recorre el lugar —dijo Oscar, como si ofreciera su casa—.
Tal vez encuentres algo que te agrade... o tal vez no.
Se alejó sin mirar atrás.
Pero no se fue del todo.
Una seña discreta.
Dos hombres atentos, observando cada movimiento.
Gustavo comenzó a caminar.
El lugar lo saturaba.
Demasiado.
Las emociones mezclándose, las ajenas, las propias, difusas, imposibles de separar.
Y entonces ocurrió.
Dirección.
Mira.
Ahí.
Cuando la vio, no fue atracción.
No fue deseo.
Fue silencio, como si todo bajara un nivel, hasta casi desaparecer.
Al fondo, una mujer.
Apariencia agradable.
Nada extraordinario.
Y aun así algo no encajaba.
No por belleza.
Por disonancia, como si perteneciera al lugar, pero no del todo.
Su presencia se sentía distinta.
Familiar, de una forma difícil de explicar.
Como la suya.
Gustavo avanzó sin pensarlo, sin preguntarse por qué.
La curiosidad tirando de él con más fuerza que la prudencia.
Y por eso no lo notó: no vio al hombre que intentó interceptarlo y cambió de dirección en el último instante, ni a la pareja que se detuvo justo antes de cruzarse en su camino, ni a la mujer que pareció olvidar lo que iba a decir y siguió caminando.
Pequeñas interrupciones.
Intentos.
Desvíos.
Todos desapareciendo antes de alcanzarlo.
Gustavo siguió caminando, ajeno a todo, con la mirada fija en la mujer, sin notar que una partida entera se estaba jugando alrededor suyo, y que, por una vez, Jonathan estaba asegurándose de que llegara hasta el final.
La sonrisa apareció.
Lenta.
Satisfecha.
—De nada, Gus —murmuró, como si pudiera escucharlo.
Observó cómo el último obstáculo desaparecía del camino, y soltó una pequeña risa—.
Después de todo... yo soy el Regalo de Dios —la sonrisa se ensanchó, insoportable—.
Aunque siendo honestos... —miró a Gustavo, luego a la mujer, y finalmente al camino despejado entre ambos— "Gran Regalo" habría sido más preciso.
O quizás... —la diversión brilló en sus ojos— edición premium.
Gustavo se detuvo frente a ella.
Durante un instante no dijo nada.
Solo la observó, intentando entender qué era exactamente lo que había llamado su atención.
No era belleza.
Había visto mujeres hermosas antes.
Era otra cosa.
La sensación de estar frente a alguien que tampoco terminaba de encajar en aquel lugar.
—Creo que ninguno de los dos pertenece aquí —dijo al final.
La mujer levantó la vista.
Sorprendida.
No por la frase.
Por la forma en que la dijo.
Sin intención de impresionar.
Sin segundas intenciones.
Solo como una observación.
—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó.
Gustavo sonrió apenas.
—Porque llevo toda la noche sintiendo lo mismo.
Ella lo observó unos segundos.
Y entonces apareció una sonrisa pequeña, sincera.
—No te había visto antes.
Y no pareces de aquí.
Gustavo sostuvo la mirada.
No como quien evalúa.
Como quien reconoce algo inesperado.
—Al igual que tú —respondió con naturalidad—.
Me genera curiosidad tu historia.
Ella sonrió.
No como quien seduce.
Como quien, por un instante, deja de sostenerse.
—Me llamo Grecia.
¿Qué estás buscando?
Gustavo supo que no era su nombre.
No por duda.
Por certeza.
Y en lugar de señalarlo, lo aceptó, como una puerta que alguien decide abrir apenas unos centímetros.
—¿Grecia? —repitió.
La sonrisa apareció.
—Supongo que es un nombre artístico.
La hizo reír.
Gustavo aprovechó el momento.
—¿Me creerías si te digo que no me interesa la artista... sino la persona detrás del personaje?
Ella lo estudió, con atención real, como quien no escucha algo así muy seguido.
—¿Así intentas enamorar a una mujer? —preguntó, divertida—.
¿Te ha funcionado?
—¿Enamorar? —Gustavo soltó una pequeña risa—.
No vendría a este lugar a hacerlo —dudó apenas—.
Aunque tampoco vine aquí para encontrarte.
Pero quizá... en el café del centro, junto a las fuentes.
Mañana, cerca de las siete de la noche.
Ella dejó escapar una risa suave.
Más un suspiro que una burla.
—Suerte con eso —dijo—.
No creo que algo tan preciso ocurra.
Gustavo la miró con ternura serena.
No como quien intenta convencer.
Como quien ya vio algo y solo espera que el otro lo alcance.
—Te invito a verlo con tus propios ojos.
Si te lo cuento, no lo creerías.
Si lo ves... no te quedará duda.
Ella no respondió de inmediato.
No encontraba amenaza.
No encontraba intención oculta.
Y eso la desarmaba más que cualquier otra cosa.
—Ha sido un gusto, Grecia —dijo Gustavo—.
Nos vemos pronto.
Gustavo se dio la vuelta y caminó.
No para escapar.
Sino porque esa jugada ya estaba hecha.
—¿Eso fue todo? —se quejó Jonathan—.
¿En serio?
Gustavo siguió caminando.
—Este lugar da para mucho más —insistió Jonathan—.
Te despejé el camino.
Aparté interrupciones.
Ignoré gente que normalmente me habría divertido muchísimo —la indignación parecía genuina—.
Y tú consigues una cita... ¿para mañana?
Jonathan soltó una risa.