Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 7 El tablero invisible
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Capítulo 7 El tablero invisible

Con una buena jugada, puedo hacerte temblar.

¿Sigue siendo invisible… si puedes sentirlo?

Gustavo caminaba.

Sin rumbo.

Sin intención.

Eso ya no importaba.

Había dejado de buscar destino días atrás.

Ahora no caminaba para descubrir, ni para entender.

Caminaba porque quedarse quieto dolía más.

Cada paso era una forma torpe de sostenerse, de no colapsar, como si al detenerse todo lo fuera a alcanzar de golpe.

Sin filtro.

Sin pausa.

La ciudad seguía siendo la misma, a simple vista.

Los edificios.

Las banquetas rotas.

Los anuncios luminosos prometiendo cosas que nadie necesitaba.

Todo en su lugar.

Pero ya no era neutral.

El aire tenía peso, se sentía, y cada paso ya no era tránsito.

Era invasión.

Ya no veía a la gente primero.

La sentía.

Antes de mirarlos, antes de reconocer rostros, llegaban como presión en el pecho, como una vibración incómoda en la piel, como si algo ajeno rozara su sistema nervioso sin permiso, sin aviso.

Tristezas silenciosas que no gritaban, pero estaban.

Cansancios viejos, acumulados, pegados al cuerpo.

Esperanzas reducidas a rutina, a repetición, a inercia.

Una mujer salía de una tienda con una bolsa de pan barato en la mano.

No había maldad en ella.

Nada que señalar, nada que juzgar.

Pero su resignación pesaba.

Densa.

Casi tangible.

Gustavo la sintió, y sin darse cuenta la mandíbula se le tensó, el cuerpo reaccionando antes que él.

Apartó la mirada.

No por incomodidad.

Por saturación.

Un hombre esperaba el transporte, la vista clavada en el suelo.

Gustavo no lo observó.

Sintió, sin querer, el hijo enfermo, el dinero que no alcanza, la oración que ya no se atreve a repetir.

No como pensamientos.

No como palabras.

Como desgaste.

Como si alguien hubiera colocado ese peso directamente en su pecho, sin pedir permiso, sin poder devolverlo.

Gustavo exhaló, lento, como si incluso soltar el aire costara.

—Esto es peor... —la voz rasposa, gastada, como si hablar también pesara.

Jonathan caminaba a su lado.

Visible para Gustavo, invisible para los demás.

Elegante.

Pero distinto.

No había burla esta vez.

El sufrimiento humano no le divertía.

No tenía forma, no tenía sentido.

Era estéril.

Sin propósito.

—¿Qué es lo que te duele más? —preguntó al fin, sin rodeos—.

¿La maldad... o la bondad rota?

Gustavo no respondió de inmediato.

Observó a un anciano deteniéndose antes de entrar a una tienda.

Se persignó.

No por fe plena.

Por costumbre.

Entró, no a comprar, sino a intentar llevar algo de comer a quienes lo esperaban en casa.

La escena le rompió algo por dentro.

—Esto... —tragó saliva—.

Esto no debería existir.

Jonathan lo miró.

Sin gesto.

Sin juicio visible.

—No puedo explicarte ahora por qué es así.

Pero lo entenderás.

—No es lo mismo —respondió Gustavo, y ahora había filo—.

Los demonios eligen ser lo que son —se detuvo, apenas—.

Esto... —miró alrededor, la gente, la rutina, el desgaste— esto es gente buena rompiéndose sin saber por qué.

Sin saber... —más bajo— que son solo piezas de un juego.

Jonathan guardó silencio.

Y ese silencio no fue vacío.

Pesó.

Más que cualquier respuesta.

Gustavo sintió algo nuevo.

No culpa.

No miedo.

Responsabilidad.

No porque alguien se la diera.

Porque ya no podía no verla.

Ese era el castigo.

No el dolor.

La imposibilidad de ignorar.

Siguió caminando.

Pero ya no igual.

Algo había cambiado.

No caminaba para pensar, ni para distraerse.

Caminaba porque algo lo estaba llevando.

No dirección.

No decisión.

Atracción.

Como si el tablero ya hubiera elegido, y su cuerpo solo respondiera.

El ruido de la ciudad cambió.

No en volumen.

En peso.

Más denso, como si las conversaciones, las risas, la música vieja se acumularan en el aire sin salida.

Como si todo se quedara suspendido.

Esperando.

Fue entonces cuando lo vio.

El bar.

No destacaba.

No llamaba la atención.

No tenía nada que invitara.

Y aun así estaba ahí, exactamente donde tenía que estar.

El letrero medio muerto.

El neón parpadeando.

Una luz roja, sucia, tiñendo la entrada, como si el lugar respirara a través de ella.

La puerta de metal, pesada, marcada.

Golpes viejos.

Capas de historia que nadie intentó borrar.

Nadie entraba con prisa.

Nadie salía mejor.

Gustavo se detuvo frente a la puerta, y por primera vez en varios minutos no avanzó.

—Aquí —dijo Jonathan, sin mirarlo—.

Este es un buen punto del tablero.

Gustavo no respondió.

Empujó la puerta.

El interior lo recibió.

No con ruido.

Con peso.

El olor golpeó: alcohol viejo, humedad atrapada, algo más.

Cansancio.

No se quedaba en la nariz.

Bajaba, se pegaba en la garganta, se instalaba en el pecho, como si respirar implicara aceptar.

El piso, pegajoso, no por lo reciente, sino por acumulación: capas de descuido, de noches iguales, de derrames olvidados.

Las mesas marcadas con quemaduras de cigarro, pequeñas cicatrices sin historia recordada.

Las paredes cubiertas de cuadros torcidos, paisajes que no existían, mujeres pintadas con sonrisas que no convencían, santos sin fe, sin presencia.

Todo tenía historia.

Y ninguna era buena.

La luz, amarilla, cansada, como si incluso iluminar fuera demasiado esfuerzo.

Había suficiente gente.

Pero no conversación real.

Murmullos.

Risas cortas, forzadas.

Miradas que se esquivaban.

Nadie estaba ahí para celebrar.

Estaban para aguantar.

Gustavo sintió el mareo.

Leve.

Pero claro.

Y entonces lo más inquietante: no había nada evidente, nada grotesco, nada que señalara "esto está mal".

Eso era lo que estaba mal.

El lugar no necesitaba esconderse, no necesitaba disfraz.

Se sostenía solo.

Como hábito.

Como rutina.

—Este lugar... —susurró—.

No necesita la presencia de demonios.

Se está destruyendo muy bien por su cuenta.

Jonathan sonrió.

—Esa es una mentira que ustedes se cuentan para dormir tranquilos.

Gustavo arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Sí.

Porque es mucho más cómodo culpar a los demonios que admitir cuánto disfrutan algunas decisiones.

Se sentaron en la barra.

El cantinero no preguntó, no ofreció, no miró.

Solo sirvió un vaso, un líquido ámbar sin identidad, sin historia, como si hubiera olvidado qué era.

Gustavo no bebió.

Solo sostuvo el vaso entre las manos.

El vidrio frío.

La sensación le permitía mantenerse en la realidad, le recordaba que estaba despierto, que seguía ahí.

Porque después de todo lo ocurrido, una parte de él todavía necesitaba comprobarlo, necesitaba saber que, si veía algo extraño, no era otra pesadilla.

Observaba.

Esperaba.

No sabía qué.

Y eso era precisamente lo peor.

No sabía si alguien iba a aparecer, si algo iba a atacarlo, si el peligro ya estaba ahí.

Pero lo sentía, como una presión detrás de los pensamientos, como cuando el cuerpo detecta algo antes que la razón.

Sus ojos recorrían el lugar una y otra vez, no de forma directa, sino a través del espejo detrás de la barra, el que reflejaba el bar completo entre botellas de licor y cristales oscurecidos por el tiempo.

Frente a él solo estaba el cantinero, pero en el reflejo podía vigilar la puerta, las mesas, los pasillos, a cualquiera que entrara, a cualquiera que se acercara, buscando algo que no podía nombrar.

Algo que todavía no había ocurrido.

Fue entonces cuando apareció.

Gustavo no lo vio primero.

Lo sintió.

No como carga, ni como presión.

Como dirección.

Como si algo se alineara.

No entró con ruido.

No interrumpió nada.

No destacó.

Ocupó un espacio que parecía haber sido suyo desde siempre, como si el lugar hubiera crecido alrededor de él.

Un hombre de mediana edad.

Cabello oscuro.

Barba descuidada.

Ropa sencilla, limpia, sin intención de impresionar.

Su postura relajada, pero no descuidada.

Como alguien que sabe cómo moverse en lugares donde otros no saben quedarse.

Sus ojos, atentos, no inquisitivos, no buscaban problemas: medían salidas, calculaban rutas.

—No eres de aquí —dijo, sin agresión, apoyándose en la barra.

Cerca, pero no invasivo.

—¿Es tan obvio? —respondió Gustavo.

El extraño rió.

Breve.

Seco.

—Aquí nadie mira alrededor como tú.

Los de aquí ya no esperan nada.

Pidió dos bebidas.

No levantó la voz.

No hizo falta.

Un gesto mínimo.

El cantinero entendió: tomó el vaso que Gustavo había estado sosteniendo, lo retiró sin preguntar, sin mirar, como si ese primer intento nunca hubiera contado.

Sirvió dos nuevos.

El líquido ámbar, limpio, más claro, más cuidado.

Un licor distinto.

No del lugar.

No de la costumbre.

Algo mejor.

El extraño pagó sin mirar.

Empujó uno de los vasos hacia Gustavo.

—Oscar —se presentó—.

¿Y tú?

—Gustavo.

—Mucho gusto —lo observó un segundo más de lo normal—.

No pareces perdido.

Pareces... —buscó la palabra— cansado de encontrar cosas.

Gustavo no respondió.

Oscar sonrió apenas.

—Y aun así... —miró alrededor— entraste aquí.

Eso dice más de ti de lo que crees.

Jonathan observaba, interesado.

—No es un Guardián —murmuró—.

Pero tampoco es un simple peón —la sonrisa apareció, torcida, prepotente—.

Ah... —como si acabara de reconocer algo— de esos.

Gustavo frunció el ceño.

—¿De cuáles?

Jonathan soltó una risa.

—De los que terminan cambiando la partida.

Y créeme, Gus... —la mirada siguió fija en el desconocido— esos son mis favoritos.

Gustavo sintió algo.

Dirección.

Otra vez.

Como si Oscar, sin saberlo, apuntara.

—Este lugar no es para quedarse —continuó Oscar—.

Pero sirve para entender.

—¿Qué cosas?

—La gente —respondió.

Simple—.

Y lo que está dispuesta a hacer para no sentirse sola.

Gustavo miró: una mujer dormida sobre la mesa, un hombre hablando solo, dos desconocidos compartiendo una botella sin mirarse.

—¿Trabajas aquí?

—No exactamente.

Digamos que conozco el camino... —miró hacia la puerta— entre este lugar y otros peores.

Gustavo sintió el escalofrío.

Leve.

Pero definido.

—¿Por qué yo?

Oscar lo miró.

Más directo.

Evaluando.

—Porque me observaste al entrar.

Y nadie en este lugar suele hacerlo.

Gustavo tragó saliva.

Eso no era casualidad.

No lo sentía como tal.

Jonathan sonrió.

—Una lanza no sabe a quién atraviesa... —susurró—.

Solo apunta.

Oscar terminó su bebida sin prisa, como si el tiempo no lo presionara.

Dejó el vaso.

Se levantó.

—Si quieres ver el mundo tal como es... —dijo— hay lugares que no aparecen en los mapas —miró el bar—.