18 — Patxi
Llamé al timbre y esperé nervioso a que me abrieran. Esta sería una de esas visitas incómodas.
Me había costado casi toda la semana obtener la información.
Si, tras su reaparición, la mujer fue trasladada a un centro médico para valorar su estado, tenía que haber quedado alguna constancia de ello.
En aquella época existían dos destinos probables para una primera evaluación: la Casa de Socorro del Ensanche, situada en la calle San Vicente, en el barrio de Abando, o el Hospital de Basurto.
El primero de ellos ya no existía y todos sus historiales médicos habían pasado al Archivo Municipal de Bilbao.
El Hospital de Basurto mantenía sus propios registros de esos años.
Identificar ambas instituciones fue relativamente sencillo.
El problema que me encontré, como suele ser habitual, fue la burocracia.
Se trataba de documentación médica de una persona de la que no sabía si seguía viva.
Viva o muerta, esos datos seguirían catalogados como muy sensibles.
Pedí a Pedro, el comisario García, que aligerara las cosas, pero, pese a sus esfuerzos, tardaron un par de días en concedernos las autorizaciones.
Lo más divertido fue dar con el registro concreto.
Los fondos no estaban digitalizados, por lo que los archivistas debían localizar el historial manualmente.
No seré yo quien defienda los ordenadores, pero sabía reconocer la valía de un buen archivo digitalizado, con búsquedas por palabras clave y fechas, y más cuando llevaba casi tres semanas sin avanzar un solo paso en el caso.
Era domingo y me habían dado el nombre que necesitaba la mañana anterior.
También me confirmaron que seguía viva. Hubiese preferido no conocer ninguno de los dos datos.
Retrasé la entrevista para garantizar que su hija estuviese con ella y no solo la chica que solía cuidarla.
Solo esperaba que no se encontrase el chaval en casa para no hacerlo pasar por ello. Había días que daban asco.
La puerta se abrió.
—Hola, Patxi. ¿Qué haces por aquí? ¿No vendrás a tomarte los cafés que no te tomaste el viernes y el sábado?
—Pasé el jueves y, como no te vi, he cambiado de bar en busca de otra camarera tan simpática como tú.
Por mucho que tratara de bromear, era imposible limar la aspereza de mi voz.
—Ahora en serio. ¿Qué quieres? ¿No querrás tener una charla extraoficial como la que tuviste con los Elexalde?
—Veo que las noticias vuelan.
—Como cuando eras un chiquillo y vivías aquí. Hay cosas que no cambian.
Antes de seguir, dejó claro que conocía todos los detalles de la conversación que había mantenido a principios de semana.
—Te recuerdo que somos como de la familia. ¿Entonces será una charla extraoficial también?
—Me gustaría que así fuera, Marta, pero esta visita es totalmente oficial y, muy a mi pesar, tengo poco margen. ¿Ha salido Josu, por casualidad ?
Asintió. Yo esperaba que mis ojos le transmitieran la poca gracia que me hacía estar allí.
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz temblorosa—. Bueno, pasa y te preparo un café.
Esperé en la mesa del salón a que volviera de la cocina con un par de tazas.
La estancia era amplia y, aparte de la puerta por la que yo había entrado, veía tres más: la de la cocina por donde había desaparecido Marta, la del baño que estaba entornada y otra, junto a la escalera, por la que llegaba el sonido de un televisor.
—Tú dirás —dijo tras sentarse.
—La verdad, Marta… es que con quien tengo que hablar es con tu ama.
Dejó de mover la cucharilla y me miró con cara de dolor.
—¿Con mi madre? No me lo puedo creer. Sabes que está enferma. Desde hace años es imposible mantener una conversación razonable con ella. ¿Tan desesperados estáis que tenéis que interrogar a una anciana demente? —lo soltó con rabia—. Además, hace un par de días se cayó de la cama y…
No pudo terminar la frase.
—No sabía lo del accidente. Espero que solo fuera un susto. —Marta asintió—. Yo sé que está enferma —le dije tratando de transmitirle tranquilidad y comprensión—. Pero con lo que tengo sobre la mesa, estoy obligado a comprobarlo por mí mismo y dejar constancia oficial de ello.
—¿Y puedo saber por qué? ¿Puedo estar presente mientras la interrogas?
—Sí, por supuesto. De hecho, si he venido hoy, contradiciendo a mi superior, y no ayer en cuanto me enteré, es para que puedas estar presente y explicártelo todo antes de nada —me sinceré con ella.
—Gracias… supongo —se limitó a decir secamente.
—¿Qué sabes de las desapariciones del cuarenta y seis?
—Supongo que lo mismo que todo el mundo… Bueno, y lo que me contó Sonia el otro día. Sí, también lo que te confesó Eugenia de mi padre. ¿Pero qué tiene que ver eso con…?
Se interrumpió a mitad de la frase. Su expresión pasó del cabreo a la incredulidad antes de descomponerse por completo. Ocultó su cara entre las manos y la dejé desahogarse.
—A… ama… no… no puede ser, ella… pero ¿por qué nunca me contaron nada?
Se levantó de la mesa y se excusó para ir al lavabo. Unos diez minutos después regresó y me descubrió dando vueltas por la estancia.
—Perdón, lo siento, pero ¿estás seguro?
—No tienes que disculparte. Y sí, estoy bastante seguro.
Cuando la encontraron, el que luego fuera tu padre la llevó a la Casa de Socorro para que le hicieran un chequeo como dictaba el protocolo.
Nos ha costado encontrar los registros y, aunque no nos los han facilitado completos por motivos de confidencialidad, sí han podido confirmarnos que fue ella la mujer a la que ingresaron después de haber permanecido cautiva varias semanas.
La siguiente pregunta era puro trámite y en el informe pesaría más mi impresión que la respuesta, pero estaba obligado a hacerla.
—Entiendo entonces que no sabías nada de esto.
—No. Nunca me dijeron nada. Sí que parecían tener un temor reverencial a la víspera de Santa Águeda, especialmente ama, pero nunca me lo contaron. No supe nada de aquellas desapariciones hasta que hablaron de ellas por televisión.
—Si tu ama está despierta, me gustaría verla, pero antes quisiera que me explicaras un poco cómo le afecta su enfermedad para poder valorar cualquier respuesta que me dé.
—Es difícil de explicar sin vivirlo día a día. Ahora es raro que responda coherentemente y, cuando lo hace, cuesta hasta saber qué quiere decir.
—¿En qué sentido cuesta saber qué es lo que dice?
—Cuando empezó todo, a veces no entendía lo que le decíamos.
Otras sí lo entendía, pero en lugar de responder a lo que le preguntábamos decía palabras que no tenían nada que ver.
Entonces todavía era consciente de lo que le pasaba, y lo más duro era verla frustrarse porque sabía lo que quería decir, pero no conseguía expresarlo.
Ahora todo eso se mezcla. Hay momentos en los que no sabemos si nos ha entendido, si está respondiendo a otra cosa o si realmente ha dicho lo que quería decir.
—Entendido, gracias.
—Igual tienes suerte. Llevaba varios años sin unir dos palabras seguidas, pero desde hace un mes construye frases y, en ocasiones, hasta tiene sentido lo que dice.
—Esperemos que sí. ¿Y cómo soléis hablarle?
—En casa hablamos en euskera. Últimamente está respondiendo en castellano, pero mejor que le hables en euskera. Si no tienes más dudas…
Le hice un gesto afirmativo. Nos levantamos y me guió hasta la puerta que quedaba a la derecha de las escaleras.
Llamó y abrió. Su madre estaba tumbada en una cama, incorporada con la ayuda de unos cojines.
Mantenía la atención puesta en un televisor que emitía un programa del corazón.
No pareció advertir la entrada de su hija, pero, en cuanto yo di tres pasos dentro de la estancia, se volvió hacia mí.
—¿Pero quién es este grandullón? —preguntó con una voz dulce, aunque sin fuerza—. Es muy guapo. Se parece a tu padre con esas espaldas.
—Es el oficial Goitia, de la Ertzaintza, ama.
—Buenos días, señora Etxebarria. ¿Qué tal se encuentra?
—Él también era un agente de la ley, ¿sabe?
Marta se acercó un poco más a la cama.
—Ama, está investigando las desapariciones. ¿Puedes ayudarle?
La anciana dejó de mirar hacia mí. Pasaron varios segundos y permaneció completamente inmóvil, con la vista perdida en algún punto de la habitación. Pensé que no había entendido la pregunta.
—¿Las desapariciones? —repitió finalmente.
—Sí —respondió Marta—. Las del pueblo.
Sus dedos se cerraron lentamente sobre la manta. Cuando se volvió, algo había cambiado en sus ojos.
—Primero llegaba el silencio —dijo—. Dejabas de oírlo todo. Después, la oscuridad.
Intercambié una mirada con su hija. No necesitaba preguntarle si aquello era normal. Por su expresión supe que no lo era.
—¿Qué ocurría después, señora Etxebarria?
La anciana no respondió de inmediato.
—Había un monstruo. —Se llevó una mano al pecho con dificultad—. Se alimentaba de mí.
Se me tensó la espalda.
—¿Perdón? ¿Cómo dice ?
La anciana me observó como si me viera por primera vez. La intensidad de sus ojos se apagó poco a poco.
—Hablas un euskera muy bonito para ser policía, ¿no?
—Crecí en Erregetxe. Igual se acuerda de un pequeño gigante al que llamaban «el pequeño Patxi».
Entrecerró los ojos, estudiándome.
—¿Patxi?
—Sí. Francisco Javier Goitia.
—No… —negó despacio—. Tú eres demasiado grande.
Marta sonrió con tristeza.
—Ama, Patxi ya no es un niño.
Su madre pareció sorprenderse al verla allí.
—¿Cuándo has llegado?
—Hace un rato. Estoy aquí contigo.
—Ya lo sé, hija. No hace falta que me hables así. Soy vieja, pero no tonta.
Marta me lanzó una mirada que decía bastante más que cualquier explicación que pudiera haberme dado antes.
—Señora Etxebarria —probé de nuevo—, ¿recuerda dónde estuvo retenida?
Esta vez me miró con una ternura que quitaba el hipo.
—¿No deberías estar trabajando?
—¿Yo?
—Sí. —Señaló mi pecho—. Siempre llegas con el uniforme hecho un desastre. Luego tu hija se queja porque dejas las botas en cualquier parte y yo me tropiezo.
Marta bajó la cabeza.
—Ama, él no es aita.
La anciana me observó detenidamente y volvió a verme a mí.
—Ya lo sé. —Hizo una pequeña pausa—. Él era más guapo .
No pude evitar sonreír.
—Eso me han dicho muchas veces.
—¿Qué tal está Milagros?
El cambio de tema fue tan repentino que me pilló con la guardia baja.
—Murió hace unos años —respondí y, al ver la expresión de Marta, añadí—. Era mi ama.
—Qué pena. Era una buena mujer.
Durante un momento, centró de nuevo la atención en la televisión.
—¿Recuerda a las otras personas que desaparecieron con usted? —pregunté.
Sus manos apretaron la manta con fuerza.
—A ellos también les alcanzó el silencio. No volvieron.
Giró la cabeza hacia mí. Aquella chispa de vitalidad de sus ojos había regresado.
—Fue horrible. Yo… viví…
La anciana empezó a alterarse. Respiraba cada vez más deprisa y Marta acudió enseguida a su lado. No necesitaba escuchar nada más en aquel estado. Me despedí de la señora Etxebarria e indiqué a Marta que la esperaría en el salón.
—¿Está más tranquila?
—Sí. Se ha quedado viendo la televisión como si no hubiera pasado nada.
Marta se sentó frente a mí, observando las tazas que habíamos dejado sobre la mesa.
—¿Tú crees que sabía lo que estaba diciendo ?
Medí mis palabras antes de contestar. Después de lo que me había explicado sobre su enfermedad, cualquier respuesta demasiado rotunda habría sido una estupidez.
—Creo que por momentos sabía perfectamente de qué estábamos hablando. Otra cosa es que todo lo que haya dicho sea real. Está claro que para ella lo es, pero…
—Lo del silencio…
—Por ejemplo.
—Y el monstruo que se alimentaba de ella.
—También.
Levantó la vista, reuniendo valor para preguntar lo que le rondaba por la cabeza.
—¿Y crees que todo eso son desvaríos de su mente enferma? Te aseguro que hace mucho que mi ama no mantiene una charla tan coherente.
—Mi trabajo consiste precisamente en no dar nada por cierto ni por falso hasta comprobarlo.
—Eso no es un no.
—No, no lo es.
Permanecimos unos segundos en silencio. Desde la habitación llegaban las voces del programa de televisión y, de vez en cuando, alguna risa enlatada.
—Nunca me dijeron nada.
No había reproche en aquellas últimas palabras. Sonaban peor: había tristeza.
—No sé por qué decidieron ocultártelo, Marta. Igual pensaban que era la mejor manera de dejarlo atrás. O quizá tu madre nunca quiso volver a hablar de ello.
Ninguno de los dos dijo nada.
—¿Conservas algún archivador o documentos de tu padre ?
—No creo. Cuando murió, ama se deshizo de todo. No me dejó ayudarla con nada.
—¿Cartas, papeles del trabajo? Cualquier cosa.
—Puedo buscar en el sótano. Pero dudo que quede nada.
—No hace falta que pongas la casa patas arriba. Pero si encuentras algo relacionado con aquella época, llámame.
Le di mi tarjeta.
—Y si por casualidad dice algo que crees que puede sernos de ayuda, comunícamelo. No la fuerces ni le hagas preguntas. Sobre todo después de cómo se ha puesto hoy.
Asintió y guardó la tarjeta entre las manos.
—Patxi… ¿esto tiene alguna relación con los chicos que han desaparecido ahora?
Esa era la pregunta que llevaba intentando no hacerme desde el día anterior.
—Todavía no lo sé.
—Pero crees que sí.
—Creo que hay demasiadas cosas que se parecen. Eso es todo lo que puedo decirte ahora.
Volvió a asentir lentamente.
—Muchas gracias por haber venido tú y por explicármelo antes de entrar ahí.
—Gracias a ti. Mañana por la mañana nos vemos.
Salí de la casa con más preguntas de las que había traído.
La anciana estaba enferma. Eso era un hecho y cualquier cosa que hubiese dicho debía ser tratada con cautela.
Podía haber mezclado recuerdos, sueños, historias que hubiera escuchado durante toda una vida o cualquier otra cosa que su enfermedad hubiese decidido arrojar aquella mañana a la coctelera.
El problema era que algunas expresiones no eran del todo nuevas.
«Después, la oscuridad».
Miguel había dicho textualmente: «La luz desapareció por completo».
Y el monstruo… demasiado fantasioso para tomarlo en serio. Pero estaban los perros y su comportamiento. No podía descartar que hubiera alguna bestia del monte implicada.
Me detuve junto al coche y miré hacia la casa. Llevábamos casi tres semanas buscando una explicación razonable para diez desapariciones imposibles y acababa de encontrar a una mujer que, más de setenta años atrás, había desaparecido en circunstancias similares y había regresado semanas después.
Podía ser todo pura casualidad, pero serían muchas casualidades.