19 — Josu
Miguel y yo charlábamos de cosas banales en el asiento trasero del coche de su padre tras haber pasado el día en casa de Endika.
Nuestro amigo nos había invitado a toda la cuadrilla a comer y a jugar unas partidas.
Había sido un día divertido, bastante similar a aquella tarde en que nos reunimos en mi casa hacía una semana.
Me había venido bien. No porque hubiese olvidado lo de amona o todo lo ocurrido durante aquellos días, sino porque buena parte de la tarde esos pensamientos tuvieron que esperar su turno detrás de cosas mucho más importantes, como evitar quedar último en el Virus.
Por falta de espacio, no podíamos quedarnos a dormir, así que acordamos volver a nuestras casas antes de que anocheciera.
Además, al día siguiente teníamos que ir al colegio.
El padre de Jon los había recogido a él y a su prima.
Como mi madre tenía que cuidar de mi amona, Gorka se ofreció para acercarme a casa y así evitarme la caminata de varios kilómetros.
El camino de más de una hora a pie se redujo a unos pocos minutos y además lo pude hacer en compañía de mi amigo.
Me despedí de los dos en la puerta de mi jardín. Tras dar la vuelta con el coche, esperaron a que entrara en casa antes de marcharse .
Crucé la entrada y percibí que algo extraño sucedía. No sabía el qué. Sobre la mesa del comedor vi un trozo pequeño de papel y dos tazas de café que, por las marcas resecas, deberían de llevar allí horas.
—Kaixo —saludé en alto como acostumbraba a hacer cuando llegaba y no veía a mi madre.
Desde la habitación de mi amona llegaban el sonido del televisor y un leve murmullo. Me acerqué allí y la encontré con la vista fija en el infinito.
—Hola, amona. ¿Qué tal estás?
No me respondió. Daba la sensación de que no se había percatado de mi presencia.
Busqué a mi madre por toda la casa sin suerte.
Cada pocos pasos la llamaba a gritos sin obtener respuesta.
Me asomé por las ventanas del piso alto por si estaba en el jardín.
Ni rastro. La llamé por teléfono. Escuché la música que tenía asignada para mis llamadas y la seguí al piso de abajo.
Provenía de la cocina. Encontré el móvil en la encimera.
No creía que hubiera salido. Su coche estaba aparcado fuera y nunca habría dejado sola a mi abuela.
Pero, de haberlo hecho, se habría llevado el teléfono y el bolso.
¡El bolso! Corrí a la entrada y ahí estaba, encima del mueble del recibidor.
Justo al lado de las llaves que acababa de dejar.
Me fijé en las tazas y en el papel de la mesa.
Me acerqué por si se trataba de una nota.
Las notas normalmente las dejábamos en el plato de las llaves pero…
Tomé lo que reconocí como una tarjeta de visita.
Tenía el logo de la Ertzaintza en un lado y en el otro se leía: «Oficial Francisco Javier Goitia — Sección Central de Investigación Criminal y Policía Judicial».
Claramente pertenecía a Patxi. Comencé a marcar su número cuando escuché unos sollozos desde la escalera. Volví a asomarme al cuarto de mi amona.
—Hola, maitea. ¿Te lo has pasado bien en el colegio?
—Sí —le respondí secamente.
Estaba contenta. Los sollozos no eran suyos: llegaban de debajo de la escalera.
Allí, la puerta que siempre manteníamos cerrada estaba abierta.
Daba al pequeño sótano que acondicionamos durante la reforma de la casa.
Hacía años que no bajaba. Llamé a mi madre mientras descendía por los estrechos peldaños.
En el centro de una estancia de unos dieciséis metros cuadrados, bajo la única bombilla que colgaba del techo, mi madre estaba sentada con las piernas cruzadas.
Se secaba las lágrimas con las manos. Frente a ella encontré una vieja caja de cartón amarillento abierta con una sola palabra escrita: «DESAPARICIONES».
Tenía varios papeles sobre el regazo y a su alrededor.
Los había estado consultando. Me acerqué a ella con la espalda encorvada para no golpearme con el techo.
—Ama, ¿qué pasa? ¿Qué es esto? —pregunté señalando la caja y los papeles.
—Nada, cariño.
Hizo ademán de guardar los documentos, pero alcancé el primero antes de que pudiera devolverlo a la caja.
Ella no intentó impedírmelo. El papel tenía un tacto extraño, mucho más grueso que una hoja corriente y ligeramente áspero.
Los bordes se habían vuelto amarillentos y algunas esquinas estaban dobladas o directamente habían desaparecido.
Una mancha marrón ocupaba parte del margen inferior.
No sabía si era humedad, café o cualquier otra cosa que se hubiese derramado décadas atrás.
La tinta tampoco había envejecido demasiado bien.
En algunos lugares seguía siendo completamente negra; en otros se había extendido por las fibras del papel formando pequeñas telarañas alrededor de las letras.
Lo giré ligeramente buscando el mejor ángulo bajo la vieja bombilla.
La escritura era tan apretada que algunas palabras formaban una sola línea continua.
Reconocía aquel tipo de letra. Había visto felicitaciones de Navidad escritas por mi aitona y alguna dedicatoria en libros viejos, aunque nunca más de cuatro o cinco palabras seguidas.
Aquello era diferente. Renglones y renglones ocupaban casi toda la página, aprovechando hasta el último espacio disponible.
Necesité recorrer el encabezado varias veces antes de conseguir entenderlo.
5 de febrero de 1946
Agente Muñoz
Informe preliminar de diez desapariciones
—¿Esto es de aitona?
Mi madre asintió. No comprendía qué hacía esa caja en nuestro sótano junto a la ropa de mi padre y rodeada de pilas de libros del colegio que ya no usaría. Tomé la mano de mi madre; estaba helada.
—Vamos arriba, aquí abajo hace mucho frío.
Intentó incorporarse, pero parecía que no le quedaban fuerzas.
La ayudé a levantarse y subimos despacio los escalones.
Con la preocupación, no lo había sentido al bajar, pero ahora que volvíamos arriba, la falta de calefacción del sótano era notable.
Parecía haber unos diez grados de diferencia entre la estancia y el resto de la casa.
Acompañé a ama al sofá y le puse una manta sobre las piernas. Tenía las manos heladas y no quería imaginar cuánto tiempo había pasado allí. Calenté un poco de caldo y le puse el cuenco entre las manos.
—Bebe.
—¿Qué te tengo dicho sobre hacer de madre conmigo?
—¿Y yo a ti sobre comportarte como una adolescente?
Soltó una risa débil, pero sincera.
—Voy a preparar la cena de amona, se la voy a dar y la voy a acostar aunque sea un poco temprano. Luego cuéntame qué quería Patxi y qué hacías ahí abajo.
Se sorprendió visiblemente con la mención del ertzaina; su mirada se dirigió automáticamente hacia la mesa donde seguían las tazas. No hizo ningún gesto más. Tampoco dijo nada. Bebió un poco de caldo y me dirigió una sonrisa de agradecimiento.
Cuando terminé de atender a mi abuela, vi que mi madre se había quedado dormida en el sofá. El cuenco con el caldo estaba en el suelo. Lo recogí antes de volver al sótano.
La primera vez que había bajado no me había fijado en nada; mi madre y lo que tenía a su alrededor captaron completamente mi atención.
Todo estaba patas arriba: las cajas que recordaba contra las paredes estaban esparcidas por la estancia.
Algunas permanecían abiertas. Vi ropa amontonada en un rincón, libros fuera de sus cajas y varias carpetas abiertas.
Una caja con el nombre de mi padre estaba apoyada contra la pared y su contenido se había desparramado delante de ella: alguna camiseta, fotografías, un pequeño trofeo y varias cosas que no llegué a identificar.
Me dio una pequeña punzada al verlo todo mezclado.
Aquel rincón llevaba años siendo una especie de cementerio de objetos que ninguno de los dos quería tirar ni se atrevía a revisar.
La caja de las desapariciones era diferente al resto. Parecía más vieja y había estado cerrada con varias vueltas de una cuerda fina que ahora descansaba rota junto a ella. El cartón había perdido rigidez y se combaba hacia fuera por el peso de todo lo que contenía.
Me senté un momento junto a ella.
No eran solamente informes. Había hojas sueltas, pequeños cuadernos, sobres amarillentos, recortes de periódico y carpetas hechas con cartulina.
Algunas páginas estaban escritas por una sola cara; otras tenían anotaciones hasta en los márgenes.
También encontré papeles mecanografiados, aunque eran los menos.
Sobre varias hojas se distinguían manchas circulares que parecían haber dejado vasos o tazas apoyados mucho tiempo atrás.
Otras estaban salpicadas de pequeñas gotas de tinta.
Ordené los papeles que mi madre había estado consultando y los introduje con cuidado. No quería doblarlos ni deteriorarlos aún más. Después la tomé entre los brazos. Pesaba mucho más de lo que esperaba. La dejé sobre la mesa del salón y preparé un poco de cena antes de despertar a mi madre.
Cenamos en la cocina en absoluto silencio. Era temprano y yo apenas tenía hambre, pero, al ver cómo ama devoraba la comida, supe que, a excepción del caldo, no había tomado nada desde la visita del oficial .
—Gracias. Lo siento —dijo al terminar.
—¿Puedes contarme qué ha pasado?
Empezó por explicarme lo descubierto por Patxi. No estaba preparado para aquello.
—¿Amona? ¿Estás segura?
—Eso me dijo Patxi y, por lo que ella le contestó cuando hablaron, creo que tenía razón.
Su voz sonaba ronca por todo lo que había llorado. Le costaba hablar. Después de responderme, continuó sin dejar que volviera a interrumpirla. Presentía que, una vez decidida a contármelo, no quería parar por si no se veía con fuerzas de seguir tras la pausa.
Cuando terminó, no supe qué decir.
Miré a mi madre esperando hallar en su cara alguna pista sobre cómo debía reaccionar, pero se encontraba tan perdida como yo.
Había crecido escuchando cientos de historias sobre mi familia. Las mismas anécdotas repetidas tantas veces que podía terminarlas antes que quien las contaba. De repente, resultaba que nuestra historia familiar tenía habitaciones enteras que nunca me permitieron abrir.
Miré hacia el salón, donde la caja descansaba sobre la mesa.
No estaba enfadado. O quizá sí, pero no sabía con quién.
Con aitona, con amona, con ambos o simplemente con todos esos años en los que nadie había considerado necesario contar nada.
También sabía que mi madre acababa de enterarse y que hacerle preguntas que ella misma no podía responder serviría de poco.
—¿Y qué hacías ahí abajo?
—Tu aitona provocó el incendio del ayuntamiento para ocultar todo lo relacionado con las desapariciones, pero Eugenia dijo que siguió investigando incluso después de jubilarse.
Tú no llegaste a conocerle, pero le encantaba releerlo todo.
Le recuerdo en la antigua cocina repasando informes una y otra vez, por si se le había escapado algo.
Si de verdad siguió investigando aquello durante años, estaba segura de que habría guardado al menos sus notas en algún sitio para poder consultarlas.
Lo que no sabía era que ama lo había conservado todo después de su muerte.
—¿Y qué vas a hacer con ello?
—Dárselo a la Ertzaintza por si pueden encontrar algo que les ayude. No lo creo, pero…
—¿Puedo echarles un ojo?
Pareció dudarlo un momento; luego asintió.
—Pero no te acuestes tarde. Mañana tienes colegio.
Fui al salón y me senté a la mesa frente a la caja.
Durante unos segundos no hice nada. No sabía por dónde empezar.
Busqué algún orden entre los documentos.
Había fechas escritas en las esquinas de varias hojas, pero otras no tenían ninguna.
Algunos informes parecían agrupados mediante clips completamente oxidados que preferí no tocar.
Encontré incluso un par de grapas tan deterioradas que prácticamente se habían convertido en pequeñas manchas anaranjadas sobre el papel.
Decidí comenzar por el documento cuyo encabezado había conseguido descifrar al encontrar a mi madre.
Había tardado casi un minuto en leer ese pequeño fragmento.
Igual, en ese momento, con una luz mejor me sería más fácil.
Veinte minutos y unas pocas líneas después, me di por vencido.
Entre manchurrones, tachones y borrones, me daba la impresión de que por cada palabra que leía, había dos o tres que tenía que descifrar o directamente adivinar .
Y al día siguiente tenía clase.
Pensé en la policía. Si ama se la entregaba por la mañana, posiblemente no volviera a verla durante mucho tiempo. Quizá nunca.
Saqué el teléfono.
No podía leerlo todo aquella noche, pero tampoco necesitaba hacerlo.
Comencé a fotografiar los documentos uno tras otro.
Procuraba colocar cada hoja completamente plana, encuadrarla entera y comprobar después que la imagen no hubiese quedado movida.
Cuando encontraba algo escrito por detrás, hacía una segunda fotografía.
Los documentos sujetos con clips los dejé como estaban y fotografié únicamente lo que podía ver sin dañarlos.
Pronto comprendí que tampoco terminaría aquella noche.
La caja parecía no tener fondo.
Después de varias decenas de fotografías, miré dentro y tuve la impresión de no haber avanzado absolutamente nada.
Sonreí para mí mismo.
—Genial.
Seguí fotografiando.
Leerlos podía esperar. Al menos, cuando Patxi se llevara la caja por la mañana, yo tendría una copia de todo aquello. O de todo lo que me diese tiempo a guardar antes de quedarme dormido sobre la mesa.