17 — Nekane
El tintineo metálico de la bandeja resonó en la estancia, sacándome de mi ensimismamiento.
—Que disfrutes de tu banquete —se burló la voz de mi interior.
No quería compartir mis pensamientos con ella, pero era imposible ocultarse a una misma lo que se pensaba.
Tras cuatro comidas desde la última visita del Ser, no se habían repetido los ataques ni los intentos de comunicación.
Tampoco se escuchaban ya los gritos de otras personas.
Si las imágenes que me había mostrado eran reales y pertenecían a las personas que compartieron mi suerte, todas estaban muertas.
En cualquier caso, eso no explicaba la falta de contacto conmigo.
Podía parecer irónico, pero al igual que en su momento me había pasado con la desaparición de la voz, empezaba a echar de menos la presencia que, cuando estaba junto a mí, lo abarcaba todo.
No era que quisiera ser agredida nuevamente o que echara de menos que me mostrara esas imágenes una y otra vez.
Pero el vacío que ahora inundaba la celda era mayor y más aterrador.
Tenía la certeza de que mi captor no lo hacía con maldad y que, de alguna manera, intentaba comunicarse conmigo.
Con esa perspectiva, cuando pensaba en lo sufrido, era más llevadero .
Me sorprendía descubrir hasta qué punto me estaba acostumbrando a cosas que, unos días atrás, me habrían parecido insoportables.
Ya no tanteaba cada piedra antes de moverme por la celda.
Podía alcanzar la bandeja, el cubo de agua o el hueco donde dormía casi sin pensar.
Incluso sabía distinguir pequeños cambios en aquel lugar: cuándo corría brisa por alguna grieta, cuándo la humedad parecía aumentar o cuánto debía de haber pasado desde la última comida por el hambre que tenía.
Quizá aquello fuese lo más peligroso de todo: empezaba a convertir mi prisión en una especie de hogar.
—Bonito hogar. Sin ventanas, sin puerta que puedas abrir y con un monstruo que entra en tu cabeza cuando le apetece.
—Con lo de monstruo te refieres a ti, ¿verdad?
Traté de aplacar a la voz que nacía dentro de mí. No necesitaba que se dedicara a enumerar todo lo que intentaba mantener apartado. Bastaba con mirar hacia donde sabía que estaba la reja para recordar que seguía encerrada pese a no ver nada en esas tinieblas.
Me pregunté qué estaría ocurriendo fuera. Si mi ama seguiría dejando un plato de más en la mesa por costumbre. Si Mikel habría vuelto a casa. Me dolía pensar en mi hermano.
No era la primera vez desde que había despertado en aquella celda que pensaba en cuánto tiempo podía haber pasado.
Contar comidas servía de poco si no sabía cada cuántas horas las traían.
Podían ser días. Quizá más. Afuera podía haber dejado de nevar hacía mucho tiempo y yo seguía imaginando el camino cubierto de blanco, como si el mundo se hubiese detenido en el instante en que el silencio me atrapó .
Me obligué a apartar aquella imagen. Pensar en casa era peor que pensar en el Ser. Al menos de él creía empezar a comprender algunas cosas. De todo lo demás no sabía absolutamente nada.
—Engáñate cuanto quieras; eso no cambiará las cosas.
—No me engaño, estoy segura de que no quiere torturarme.
Seguía discutiendo conmigo misma cuando el silencio lo envolvió todo.
Había recibido dos agresiones —ataques en los que me arrebataba algo— e innumerables intentos de comunicación en los que me hacía contemplar escenas propias y ajenas del confinamiento.
Era capaz de diferenciar ambas situaciones por cómo se iniciaban.
Cuando el Ser trataba de comunicarse, hacía que notara su presencia y unos segundos después un torrente insustancial se abría paso por mi cabeza.
En los ataques, lo primero que notaba, igual que ahora, era el silencio que se aproximaba a todo correr hasta embestirme, como un jabalí que se siente amenazado en el monte.
Al silencio absoluto le siguió un golpe, no un golpe físico, pero de igual manera me dejó sin aliento.
La niebla se abrió paso a través de todo mi cuerpo y tomó algo de él.
Seguía sin saber qué era lo que me arrebataba con cada ataque, pero estaba segura de que cada vez que me dejaba de nuevo a solas en mi habitáculo, se llevaba consigo una parte que hasta ese momento me pertenecía.
Si el primer ataque fue un pequeño felino inspeccionando y el segundo, un perro gigante devorando, este tercero era claramente un pájaro que limpiaba los parásitos de un caballo para alimentarse.
Seguía siendo doloroso, desagradable y denigrante, pero parecía que estaba intentando no hacerme más daño del estrictamente necesario.
Además, creí distinguir una sensación nueva.
¿Podía ser cansancio? No me dio tiempo a analizarlo.
El ataque se detuvo y me encontré nuevamente sola.
Estaba cansada, pero no tan agotada como las veces anteriores.
Lo que no cambiaba era el sentimiento de abandono cuando se retiraba.
No era solo el vacío que dejaba su presencia ahora que no estaba; era la seguridad de que antes había algo más ahí que ya no tenía conmigo: el agujero de una aguja que no atinas a enhebrar pero que sabes que está ahí.
Me quedé dormida. Hacía días… bueno, hacía ya un tiempo que había dejado de organizar mis descansos en función de las raciones de comida.
Las intromisiones del Ser eran tan frecuentes y me dejaban tan exhausta que dormía a pequeños intervalos siempre que mi cabeza me lo permitía.
En ocasiones tenía la sensación de dormir durante horas y otras en las que podía jurar que solo había cerrado los ojos antes de despertarme por un ruido o la implacable presencia de mi captor.
Algunas veces tomaba un caldo antes de acostarme y despertaba con otro cuenco idéntico listo para consumir.
Ya no sabía si dormía entre comidas o comía entre sueños.
Solo cuando el Ser me dejaba dormir lo suficiente como para saltarme varias raciones volvía a contar: una, dos, tres, cuatro bandejas hasta el ataque que acababa de sufrir.
Soñé con mi familia. Con mi ama, asomada a la ventana una y otra vez, esperando verme aparecer por el camino.
Con mi aita, recorriendo desesperado los montes que rodeaban nuestra casa; estaba tan abatido que juraría que había terminado por perder toda esperanza de encontrarme.
Soñé con mi hermano, llorando mi ausencia noche tras noche, quizá culpándose por no haber podido hacer nada.
Y también con mi abuela, a quien parecía que los años nunca conseguían alcanzar y que, sin embargo, en mi ausencia había envejecido varias décadas de golpe .
Me desperté con esas imágenes aún en la cabeza.
Tenía el rostro humedecido por las lágrimas.
Cuando me hube espabilado del todo, sentí al Ser.
No solo estaba junto a mí: estaba dentro de mí.
Había estado tan cansada, tan profundamente dormida que no me percaté.
¿Habría permanecido allí, observando mis sueños?
¿Habían sido realmente sueños o los había insertado él en mi cabeza?
Unas palabras empezaron a formarse.
«¿ POR QUÉ? »
Aún tenía frescas las imágenes que acababa de visualizar.
No pude evitar pensar en mi hermano, en la suerte que podría haber corrido, en él encerrado en una celda como esa.
Adelantándome al sufrimiento que sabía que seguía a esas dos palabras, lo vi ocupando el lugar de uno de los nueve que sabía que habían muerto.
El río que se aproximaba a mí se paró de golpe, igual que se detendría frente a una presa que bloqueara su avance.
Unos segundos después, siguiendo con aquella rutina que ya conocía demasiado bien, la sucesión de escenas comenzó a desfilar por mi cabeza.
Pero esta vez no eran las imágenes que esperaba.
Vi a Mikel solo en mitad de la nieve, agachándose para recoger su linterna y echando a correr.
Lo seguí hasta que el camino quedó atrás y aparecieron otras imágenes de él: en el patio del colegio, rodeado de sus amigos, vivo y aparentemente ajeno al horror que yo estaba contemplando.
No sabía cuándo habían sucedido aquellas escenas ni podía estar completamente segura de lo que significaban, pero me aferré a ellas.
Mikel no estaba en una de aquellas celdas. Mi hermano había logrado escapar .
Mikel estaba vivo. Repetí aquellas palabras dentro de mi cabeza varias veces, temiendo que las imágenes desaparecieran y, con ellas, aquella certeza.
Había corrido. Había recogido su linterna y corrido hasta dejar atrás aquel camino.
No sabía qué había sucedido después ni cuánto tiempo había pasado desde entonces, pero lo había visto en el colegio. Rodeado de otros niños. Vivo.
Algo se aflojó dentro de mi pecho. Por primera vez desde que había despertado en aquella celda, lloré sin que las lágrimas nacieran del miedo, del dolor o de la impotencia.
Mikel podría contarles a mis padres lo sucedido, decirles dónde me vio por última vez, aunque seguramente no supiera explicar mejor que yo lo ocurrido. No serviría para encontrarme, pero al menos ellos sabrían que no había desaparecido por voluntad propia.
Antes de que esos pensamientos se asentaran en mi cabeza, llegaron otros niños.
Decenas primero; tantos después que dejé de intentar contarlos.
Todos conocieron aquel silencio absoluto.
Algunos corrían en cuanto lo percibían; otros permanecían quietos, aterrados, sin saber qué hacer.
Ninguno era perseguido. Ninguno terminaba encerrado.
Por mi cabeza pasaron las experiencias de cientos de personas y el patrón se repetía una y otra vez: los jóvenes acababan presos en alguna de las celdas, mientras que los niños, sin excepción, podían marcharse sin sufrir daño alguno.
Las imágenes siguieron retrocediendo más y más.
Estaba segura de que muchas de aquellas personas pertenecían a otra época.
Sus ropas no eran tan distintas de las mías o las de mis amigos como para saber de inmediato cuántos años nos separaban, pero pequeños detalles terminaban delatándolas.
Vi linternas eléctricas semejantes a la mía, aunque mucho más antiguas.
Otros recorrían la oscuridad protegiendo la llama de un quinqué o de una rudimentaria lámpara de aceite.
Y hubo quienes ni siquiera disponían de eso: avanzaban sujetando antorchas mientras aquel mismo silencio se cerraba a su alrededor.
No estaba segura de por qué me mostraba aquello, pero creía que era una respuesta a esa pregunta que acababa de formularle sin querer.
«¿Qué había sido de mi hermano?» De ser así, la respuesta era alta y clara: solamente capturaba a gente joven, no a niños.
Y por lo que podía deducir de las nueve personas que conocía, todas debían rondar los veinte años.
Además, me facilitó información que no le había pedido.
Llevaba haciendo aquello mucho tiempo. Más tiempo del que alcanzaba la memoria humana.
Las palabras volvieron.
« ¿POR QUÉ? »
¿Por qué yo seguía viva y el resto ya estaba muerto?
No lo sabía. Me concentré en pensar con todas mis fuerzas.
En intentar visualizar imágenes de mí en el colegio y en la parroquia, cuando, siendo niña, los adultos me hacían preguntas que no sabía contestar.
Parecía que mis esfuerzos habían sido suficientes.
El Ser se retiró sin mostrarme las horrendas imágenes de mis conocidos muriendo una y otra vez.
Con la despedida, llegaron los mareos, las náuseas y la soledad más absoluta.
—No estás sola. Yo sigo aquí —me recordó mi voz interior.
—Menudo consuelo…