Cuando despierta el silencio 16 — Miguel
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16 — Miguel

Araceli abrió la puerta y nos hizo pasar a los tres.

—Buenas tardes. ¿Vienen a ver a la señora?

Marta y mi amigo salían del cuarto del fondo con unas caras que no podía descifrar del todo. Era una mezcla entre felicidad y acabar de ver un fantasma.

Hacía poco más de quince minutos que Josu me había enviado el mensaje. Nada más comunicárselo a mi madre, nos preparamos y subimos al coche. Mi amama nos cortó el paso antes de que pudiéramos abandonar el terreno. Insistió en acompañarnos.

—¿Es que no voy a poder ir a visitar a mi amiga cuando lo necesita? —replicó ella cuando me quejé por el retraso.

Eso supuso esperar a que se cambiara la ropa del campo por otra un poco más adecuada.

No paré de mirar la hora en el reloj del coche y me desesperaba viendo pasar los minutos.

Mientras esperaba, aproveché para entrar en casa, coger la mochila del colegio y meter un poco de ropa.

Si conseguía convencer a mi madre, quería quedarme a acompañar a mi amigo esa noche.

En cuanto dejamos atrás nuestro baserri, con mi amama en el asiento del copiloto, inicié el ataque.

—¿Puedo quedarme con Josu esta noche ?

—Mañana tienes clase.

—Puedo ir desde allí y le ahorro a Josu el paseo extra.

—También se lo ahorras si te lleva tu padre.

—Anda, déjale quedarse. Seguro que le viene bien al muchacho tener algo de compañía.

Mi amama se había puesto de mi lado, aunque no aclaró quién necesitaba compañía, si Josu o yo. Le acaricié el hombro desde atrás para agradecérselo.

—No tienes ropa para mañana —me dijo mi madre como argumento definitivo que no admitía discusión.

—No me digas que crees que se ha subido a su cuarto corriendo a por la mochila solo para hacer deberes. Estoy segura de que ha metido ropa.

Asentí a mi madre, que me miraba sorprendida a través del espejo retrovisor.

—Veamos primero cómo están las cosas y, si me parece oportuno, le pregunto a Marta —cedió mi madre.

—¡Gracias!

Ama dejó que una ambulancia se incorporara desde el desvío que llevaba a casa de Josu y después continuó por el sendero. Me imaginé que era la ambulancia en la que habían traído de vuelta a la anciana. Ninguno dijimos nada y seguimos el resto del camino en silencio.

—Hola, familia. ¿Qué hacéis vosotros por aquí?

—No te hagas la sorprendida, muchacha. Anda que no decirnos nada, aunque solo fuese para echarte una mano o estar con vosotras en el hospital .

—Gracias, Eugenia, pero allí no había nada que hacer. La han tenido de prueba en prueba y a nosotras nos han pedido que esperáramos. Celi y yo hemos pasado más tiempo en la máquina de café y de camino a la cafetería que en urgencias.

—Siempre hay algo que se pueda hacer, hija, aunque fuese venir a ayudaros en casa o tener un plato de comida caliente.

Dicho esto, mi abuela le tendió una bolsa a Celi y le dijo:

—Guárdales esto en la nevera, por favor. Así tendrán algo decente que cenar, que seguro que no habéis podido cocinar con el susto. Gracias, cariño.

—Gracias —dijo Marta—. No tenías que molestarte.

—De nada. Si no está dormida, me gustaría charlar un poco con ella, que estar todo el día rodeada de jóvenes vuelve loca a una.

Marta le indicó que podía pasar y mi amama se encerró con su amiga a charlar.

—Me gustaría saber de qué hablan estas dos —comentó mi madre.

—Por lo conversadora que está ama, supongo que es tu suegra la que no calla durante horas.

—Seguro que se queja de los jóvenes de sesenta años y lo maleducados que son —bromeó mi madre.

Los cuatro reímos por unos segundos.

Araceli salió de la cocina y nos ofreció algo para beber o comer.

—Por favor, Celi. Vete a tu casa y descansa, que ha sido un día duro. Aquí ya nos apañamos. Muchas gracias por todo.

Marta se levantó y dio un abrazo a la cuidadora de su madre. Cinco minutos después, escuchamos su coche alejándose por el camino de entrada .

La madre de Josu comenzó a contarnos lo que había sucedido.

Quería restarle importancia al accidente y a cómo le había afectado, pero no lograba convencer a nadie.

Ni siquiera a mí. Me daba la sensación de que estaba más nerviosa de lo que quería aparentar.

Repetía una y otra vez todo lo positivo que habían dicho los médicos y no paraba de levantarse para ofrecernos pastas, galletas…

—Tendrías que haberme llamado. No tenías que pasar por esto sola —le dijo mi madre.

—No estaba sola. He estado con Celi todo el rato.

—Es una chica muy maja y quiere mucho a tu ama, pero en estas situaciones lo mejor es estar con la familia.

—No… no quería molestarte con lo que ya tenéis vosotros.

—No es molestar. Me paso el día entero en casa comiéndome la cabeza sin tener qué hacer. Lo único que me mantiene cuerda son las charlas que tenemos los días que bajo a tomar un café o cuando me llamas. ¡Qué menos que estar contigo cuando me necesitas!

Alguien que no conociera a mi madre pensaría que estaba escandalizada y enfadada, pero era su manera cariñosa de decir: «Déjate de tonterías y la próxima vez llámame».

Josu y yo aprovechamos ese momento de intimidad entre amigas para escabullirnos e ir a su cuarto con la excusa de hacer los trabajos que nos habían mandado en clase.

—Por cierto, el lunes nos visitó tu amigo… —estaba diciendo mi madre cuando subíamos las escaleras.

Antes de ponernos con los deberes, Josu me explicó lo que había sucedido justo antes de nuestra llegada .

—Estaba de vuelta y de repente se fue de nuevo. Como cuando estás mirando una lagartija y te despistas medio segundo.

—Había entendido, por lo que me has contado esta tarde, que eso podía pasar y que era normal.

—Y esa es la teoría, pero amona nunca había hecho algo así.

Decir una cosa que no esté fuera de lugar, sí; hilar más de dos frases seguidas…

no recuerdo la última vez que lo hizo, pero no es la primera vez.

—Se quedó pensando un par de segundos—. La forma en que me miró…

Era como si me viera por primera vez en años.

Le sorprendió lo mayor que estaba. ¡Le sorprendió!

No tenía muy claro por qué le afectaba tanto. Era sorprendente, sí, pero no para flipar de esa manera. Si él y Marta habían salido con aquella expresión, tendrían alguna razón, pero no era capaz de entenderlo del todo.

Le conté el plan de pasar la noche en su casa y me lo agradeció. Aseguró que por su madre no habría problema y que lo más complicado sería que mi madre se lo preguntara con la situación que teníamos.

—Creo que de eso no tenemos que preocuparnos. Seguro que amama lo deja caer como el que no quiere la cosa. Se le da muy bien. A veces, creo que le gusta contradecir a mis padres con pequeñas tonterías.

—Josu, Miguel, bajad aquí.

El grito llegaba desde abajo. Intercambiamos una mirada sorprendidos y obedecimos sin rechistar.

—Nos vamos —anunció mi madre y, sin darme tiempo a replicar, añadió—. Pórtate bien y ayuda.

—Sí. Gracias .

—No te preocupes, Sonia. Así nos echa una mano para comernos la comida que habéis traído.

Le di un beso a mi madre y mi abuela se despidió con un abrazo y un beso. Aprovechó el gesto para susurrarme al oído:

—Me debes una.

Asentí en silencio. Había perdido la cuenta, pero con esa ya le debía cien o doscientas. Igual no disfrutaba tanto llevándoles la contraria a mis padres como favoreciendo a sus nietos.

—Ahora que ya estamos solos, bajad los deberes y empezad con ellos. No me mires como las vacas al tren. —Puso una cara cómica—. Me como el táper de tu amama entero si habéis abierto siquiera el primer libro.

—Con una condición —se arriesgó a responder Josu—. Ya que estaremos aquí al lado, tú aprovecha para darte un baño o una ducha y relajarte un poco.

Terminó la frase señalando primero la habitación de su abuela y después la mesa del comedor.

—¿Qué habíamos dicho de hacer de madre?

Nos miró por unos segundos antes de suspirar.

—La verdad es que necesito una ducha. Gracias, chicos.

Entre que Josu me contó lo que había sucedido con su abuela y que yo le expliqué mi plan para quedarme a dormir, no habíamos empezado ninguna de las tareas. Subí al desván y tomé las dos mochilas. Cuando bajé, mi compañero salía del dormitorio contiguo al salón. Negó con la cabeza al verme.

—Sigue como siempre. Habrá sido un momento de lucidez. Como dice ama: se le habrán juntado los cables por un momento.

Hicimos los deberes juntos y media hora después estábamos viendo una serie en la televisión .

—Ya estoy como nueva —nos anunció Marta tras la ducha—. Voy a preparar la cena y se la doy.

—No, tú te sientas aquí y nosotros calentamos la cena y yo se la doy como todas las tardes mientras Miguel le cuenta batallitas de su amona. Lo que sí necesitaré es ayuda para incorporarla; no quiero hacerle daño.

Mientras ellos la preparaban para cenar, yo calenté un poco de caldo de gallina y un puré de verduras. Mi amama llamaba a aquello «vitaminas concentradas». Viendo la cantidad de carne y verduras que había metido en ambos platos, quizá no exageraba.

Cuando entré en la habitación con la cena, la amona de Josu ya estaba incorporada sobre la cama. Le habían colocado dos almohadas detrás de la espalda y una manta sobre las piernas. Marta terminaba de acomodarla mientras Josu acercaba una silla.

—Aquí llega la cena —anuncié—. Caldo de gallina y puré de verduras.

Dejé los cuencos sobre la mesilla. La anciana observó los dos platos sin mostrar demasiado entusiasmo.

—El caldo lleva gallina, cerdo, ternera y media huerta —añadí—. Por mucho que amama diga que es de gallina, cualquier día vamos a encontrar una vaca entera dentro.

Josu soltó una carcajada. Su madre me miró sin saber si hablaba en serio.

—Una vez la vi sacar un trozo de jamón. No el hueso: un pedazo más grande que mi brazo —me defendí.

—Yo creo que eso no puede llamarse entonces caldo de gallina —replicó mi amigo.

—Explícaselo tú. Yo no me atrevo.

La amona de Josu movió los labios y dejó escapar un sonido parecido a una risa. Los tres nos quedamos mirándola .

—Bueno, ya que estáis aquí, voy a aprovechar para recoger un poco la casa —dijo Marta.

—Tú siéntate y descansa —insistió Josu—. Nosotros nos ocupamos luego.

Su madre negó con la cabeza y salió de la habitación sin discutir. Josu tomó el cuenco y sopló sobre la primera cucharada antes de acercársela a su amona. Ella abrió la boca sin apartar los ojos de él.

Las dos primeras cucharadas se las tomó sin protestar. A la tercera, se giró y parte del caldo terminó sobre la servilleta que le habían colocado en el pecho.

—Venga, amona, tienes que comer.

La anciana volvió a mirarlo. Primero se fijó en la cuchara; después, en el tazón y, finalmente, en la cara de su nieto. Su expresión había cambiado. Ya no parecía ver a través de él.

—Tienes razón, cariño. Nunca sabes cuándo llegará la siguiente bandeja.

Josu mantuvo la cuchara suspendida en el aire. Su amona abrió la boca esperando que continuara, pero él se volvió hacia mí.

—¿Ves? A esto me refería. Es una frase entera, pero no hay ninguna bandeja. No sé si me entiendes.

Asentí. Quizá creía que todavía estaba en el hospital y esperaba que alguien le trajera otra comida. La frase no me parecía tan extraña como la forma en que miraba a Josu. Ella estaba escuchando y entendiendo cada una de sus palabras.

—Eres tú el que no entiende, maitea —lo corrigió ella—. Dame un poco más, venga.

Josu se quedó inmóvil.

Su amona señaló el cuenco con un movimiento de la barbilla .

—¡Venga! ¡Que se enfría! —le metió prisa.

Mi amigo obedeció. Le temblaba tanto la mano que la cuchara chocó contra el borde.

—¿Te encuentras bien, amona?

—Ahora sí.

Después abrió la boca y esperó la siguiente cucharada.

Durante el resto de la cena no dejé de observarla, pero no volvió a decir nada ni a dirigir aquella mirada a su nieto. Cuando terminó, cerró los ojos y se apoyó en las almohadas.

Josu recogió y salimos de la habitación.

—Estaba ahí, Miguel —susurró mientras cerraba la puerta—. Sabía perfectamente lo que decía.

Quise decirle que seguramente solo había sido otro momento de lucidez, pero aún tenía demasiado presente aquella mirada. Así que no dije nada.