Cuando despierta el silencio 15 — Josu
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15 — Josu

Miguel y yo caminamos de vuelta a casa en completo silencio.

Más que andar, arrastrábamos los pies. Era jueves.

Habíamos tenido dos horas demoledoras de educación física y el cansancio acumulado se sumaba a las dos mochilas que llevábamos cada uno.

Una de ellas cargada de libros con deberes y la otra con ropa de deporte.

Yo acarreaba una tercera bolsa desde hacía unos días.

Mi amona estaba rara: se expresaba cada vez con mayor fluidez.

Aunque todavía no decía cosas del todo coherentes, parecía haber recuperado parte del habla que tenía durante el primer año de la enfermedad.

Al mismo tiempo, la notaba más apagada, como si incluso hablar la dejara sin energías.

El camino de vuelta tampoco ayudaba. Desde el colegio hasta nuestras casas había tramos en los que la carretera parecía empeñada en recordarnos que vivíamos en mitad de ninguna parte.

Pequeñas subidas que por la mañana apenas notábamos se convertían algunas tardes en auténticos obstáculos.

Miguel avanzaba a mi lado con la cabeza gacha, pateando alguna piedra que encontraba en el arcén.

En otras circunstancias habríamos ido hablando de cualquier tontería.

Aquel día el silencio pesaba más que los libros .

—¿Qué te pasa, Josu? —inquirió mi compañero—. Estás poco hablador, menos de lo habitual, quiero decir. Y no solo ahora; llevas todo el día en tu mundo —me reprochó preocupado.

—Es amona —resumí lo que llevaba dentro con esas dos palabras.

—¿No me habías dicho que estaba mejor? Creía que había empezado a hablar y que tenía un poco más de sentido lo que decía.

—Sí, de la cabeza parece estar mejor, pero… Es todo lo demás lo que me tiene un poco preocupado.

No había querido cargar a mi amigo con mis inquietudes.

Mi abuela llevaba muchos años, desde que yo tenía uso de razón, con la salud delicada.

Era normal que tuviera altibajos: una semana apenas podía moverse y a la siguiente no quería saber nada de la silla de ruedas.

Pese a ello, percibía algo diferente en ella estas últimas semanas; no era capaz de saber qué, pero estaba ahí.

En cualquier caso, la salud delicada de una anciana no podía compararse con la pérdida de una hermana.

Bastante tenía él para que yo le añadiera más problemas.

—¿Todo lo demás? No entiendo.

—Realmente no te lo sé explicar —dije sin añadir nada más.

Me quedé pensativo. Miguel había visto cómo mi amona perdía poco a poco algo de ella: primero algunos de sus movimientos empezaron a ser lentos, erráticos o imprecisos; luego el habla se vio afectada y finalmente toda ella empezó a caer como un castillo de cartas.

Por mucho que lo hubiera visto con sus propios ojos, para alguien que no convivía con la enfermedad, podría parecer que todo estaba unido y que si una de las partes enfermas mejoraba, probablemente el resto también lo haría.

Seguro que esa idea podía verse reforzada al tener como modelo de persona mayor en casa a Eugenia.

Con más de cien años aparentaba ser más dura que las montañas y nada parecía mermar sus energías.

¿Cómo iba a explicárselo, si llevaba años evitando hablar de aquello y contando solo lo imprescindible?

Me paré y, agotado por mi carga, solté las dos mochilas en mitad del camino. La tercera empecé a descargarla cuando miré a Miguel a los ojos y comencé a darle los detalles que los médicos habían compartido con mi madre y conmigo para entender en qué consistía una enfermedad neurodegenerativa.

Cuando empezaron a explicarnos la enfermedad, yo era demasiado pequeño para entender palabras como «progresiva» o «irreversible».

Durante mucho tiempo las traduje a mi manera.

Pensaba que mi amona era una casa vieja en la que, de vez en cuando, dejaba de funcionar una habitación.

Primero una bombilla, luego una puerta, después una tubería.

Algunas cosas podían arreglarse durante un tiempo; otras no volvían a funcionar nunca.

Con los años dejé de necesitar comparaciones.

Aprendí qué significaba realmente perder capacidades cuando vi cómo una mujer que me había enseñado a atarme los cordones necesitaba que yo le abrochara los zapatos.

Contárselo a Miguel en voz alta hizo que aquella idea regresara, pero ya no me pareció infantil.

Quizá solo había encontrado entonces una forma sencilla de entender una enfermedad que seguía siendo demasiado grande.

Le resumí en unos minutos lo que yo tardé años en asimilar a fuerza de convivir con ello. Cuando terminé, me sentí mejor, más relajado.

—Pero… ¿por qué no me lo habías contado? ¿Por qué siempre te limitabas a…?

No escuché su última pregunta. Me encogí de hombros y me dejé envolver en su abrazo de oso. Por una vez me dejé consolar. Llevaba tantos años siendo yo el que trataba de proteger y cuidar de la gente —a mi abuela, a mi madre, a mis amigos—, que resultaba extraño.

—¿Y por qué esta vez crees que es diferente?

—Es un presentimiento, no sé cómo describirlo mejor.

Por ejemplo, cuando esta mañana he salido hacia tu casa para ir al colegio, ella aún no se había levantado y he sentido que el estómago se me encogía.

Es bastante normal que siga en la cama a esas horas, pero hoy me ha dado mala espina… no sé por qué.

—Seguro que no es nada y solo es cosa de tu imaginación. Gracias por habérmelo contado.

—Gracias a ti por escucharme.

Tomé mis mochilas —la tercera pesaba bastante menos— y seguimos el camino hasta su casa. Saludé a su amama, que, a paso ligero, daba vueltas alrededor del terreno, y volví sobre mis pasos para dirigirme a mi casa.

El trayecto hasta casa me lo sabía de memoria.

Podía haber recorrido aquellas curvas con los ojos cerrados, distinguir por el olor cuándo pasaba junto a los pinos y saber en qué punto aparecía el tejado de nuestro baserri entre los árboles.

Aquella tarde, en cambio, todo se me antojaba demasiado lejos.

Quizá era el cansancio o quizá era que, después de haber hablado de amona durante tanto rato, cada minuto que tardaba en verla me parecía uno de más.

En la carretera principal, una ambulancia me adelantó.

Circulaba despacio, sin sirena ni luces de emergencia.

No había nada en aquella escena que justificara que me pusiera nervioso, pero no pude evitar acelerar el paso.

Cuando a lo lejos vi que tomaba el desvío que llevaba a mi casa y a los caseríos cercanos, empecé a trotar.

Los últimos metros por el sinuoso sendero los hice corriendo.

El vehículo estaba aparcado en mi jardín.

Pasé a la carrera junto a él. Las puertas traseras estaban abiertas.

El habitáculo estaba vacío: no había nadie y tampoco estaba la camilla.

Atravesé la entrada arrollando a un sorprendido sanitario que apenas pudo mantener el equilibrio.

—¡Amona! —grité mientras atravesaba el salón en dirección a su habitación.

Mi ama me salió al paso pidiendo silencio con un gesto.

—Calma, maitea. Está bien. No te preocupes.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué se la llevan?

—No se la llevan. Acabamos de venir del hospital. Hemos tenido un susto esta mañana, pero está bien. Vamos a merendar mientras la acomodan.

Tardé unos segundos en conseguir que las palabras desplazaran la imagen que me había formado al ver la ambulancia.

Para entonces ya veía a mi amona inconsciente, conectada a alguna máquina o camino del hospital.

El nudo que tenía en el pecho desde que el vehículo había tomado nuestro desvío se aflojó.

—¿Seguro que está bien?

—Seguro. Tiene algún moratón nuevo que añadir a la colección, pero nada roto.

Me acerqué a la puerta de la habitación, pero uno de los sanitarios salió en ese momento y me indicó con un gesto que esperara.

Desde dentro escuché la voz de mi amona protestando por algo.

No entendí las palabras, pero oírla quejarse consiguió tranquilizarme más que cualquier explicación de mi madre.

Fuimos a la cocina mientras Araceli ayudaba a acomodar a mi amona en la cama.

Mientras esperábamos, ama me contó lo sucedido.

Por la mañana, mi abuela se había despertado tarde, pero se había sentido con tantas energías tras el descanso que decidió ir sola hasta la cocina a desayunar.

No llegó a abandonar la habitación por su propio pie.

Al intentar incorporarse, no calculó bien las distancias y se cayó desde la cama golpeándose contra la cómoda y la butaca antes de terminar en el suelo.

A mi madre le dio un susto de muerte cuando escuchó los golpes que venían del cuarto.

Todo había sucedido apenas diez minutos después de haberme marchado al colegio.

Llamó a emergencias y la llevaron al hospital en ambulancia.

Se pasaron todo el día haciéndole pruebas para comprobar si tenía alguna lesión de gravedad.

Inicialmente, los médicos habían recomendado mantenerla en observación un par de días, pero como no se había golpeado la cabeza y en las placas no se veían fracturas que justificaran retenerla, le permitieron volver a casa.

—¿Y por qué no me has avisado?

—¿Para qué? Allí no podías haber hecho nada. He estado todo el día con Celi esperando y tomando cafés. Por un día no los he tenido que servir yo.

Lo dijo con una media sonrisa que no ocultaba que habría preferido pasar el día atendiendo a sus clientes si eso significaba que su madre podía disfrutar de un día normal.

—¿Y el bar? —Caí en la cuenta en ese momento.

—Le he pedido a Julián que fuera a abrir a primera hora. Hoy solo abrimos por la mañana.

Ama seguía diciendo que todo estaba bien, pero sus manos la contradecían. No dejaba de moverlas: doblaba una esquina de los papeles del hospital, la alisaba y volvía a empezar. Era uno de esos pequeños gestos que solo reconoces después de haber convivido toda la vida con alguien .

—¿Has comido algo?

—Claro.

Miré la tostada a medio comer que seguía en la encimera desde el desayuno.

—Eso no cuenta.

—No empieces tú también a hacer de madre.

La respuesta consiguió arrancarme una sonrisa.

Por lo menos seguía teniendo fuerzas para discutir conmigo.

Me levanté dispuesto a preparar un sándwich cuando escuchamos movimiento en el pasillo.

Voces bajas, el ruido de unas ruedas sobre el suelo y después la puerta de la habitación de mi amona cerrándose con cuidado.

Me alcanzó de nuevo aquella presión incómoda bajo las costillas.

Sabía que estaba bien. Me lo habían repetido varias veces.

Aun así, necesitaba verla con mis propios ojos.

Mi móvil vibró.

Miguel: ¿Todo bien en casa? ¿Qué tal tu amona?

Josu: Sí. Esta mañana se ha caído y la han llevado al hospital, pero ya está aquí.

Desde el salón nos avisaron de que ya podíamos pasar a verla.

Fui a su cuarto mientras mi madre se quedaba a despedir al equipo de la ambulancia.

Incorporada con unos cojines, miraba la tele.

En la mano izquierda aún llevaba pegada con esparadrapo la gasa de la vía que seguramente le habían puesto.

No vi ninguna de las marcas de la caída que había mencionado mi madre.

—Hola, amona. ¿Qué tal estás? —le pregunté mientras me acercaba a la cama .

Se giró hacia mí y curvó sus labios en una sonrisa. Sus ojos brillaban de una forma inusual: como lo hacían los de mi ama cuando sonreía de verdad.

—Josu, maitea. ¡Cuánto has crecido!

Me detuve a medio camino de la cama.

—Marta, ¿qué le pasa al niño?

Me giré y vi cómo mi ama se agarraba al marco de la puerta para evitar caerse de la sorpresa.

Sus ojos tenían el mismo resplandor que los de su madre.

Cuando volví la vista a la cama, el momento había pasado.

Mi abuela volvía a estar viendo un programa del corazón sin percatarse de que estábamos ahí pasmados.

Unos brazos me rodearon desde atrás. Era la segunda vez del día que me abrazaban.

Llamaron a la puerta de casa.