14 — Nekane
El torbellino de imágenes y sentimientos cesó bruscamente. Me lastimé las rodillas al caer de bruces contra el suelo; los raspones escocían. Solo con un gran esfuerzo logré levantarme de nuevo.
Me tambaleaba. Todo me daba vueltas. Era como si hubiera estado girando sobre mí misma durante horas.
Entonces recordé cómo, de niña, jugaba con mis amigas a ver quién aguantaba más tiempo dando vueltas como peonzas antes de parar o caer.
Aquel simple recuerdo fue más de lo que mi cuerpo podía soportar.
La última comida que había ingerido y que llevaba rato luchando por salir terminó por lograrlo.
Apenas llegué con tiempo suficiente a la reja metálica del suelo para inclinarme y vaciar el contenido de mi estómago.
Dando bandazos, como una borracha y ayudándome de la pared, logré alcanzar el hueco de la roca donde tenía mi cama.
No… no quería dormir, no era la hora, pero necesitaba echarme un rato, al menos hasta que todo dejara de girar a mi alrededor.
Aun en la más absoluta oscuridad, me daba la sensación de que el suelo, las paredes…
cualquier cosa que no estuviera en contacto directo conmigo se desplazaba con movimientos circulares a mi alrededor.
Las náuseas volvieron. Contuve la bilis.
Me dormí o quizás me desmayé. En cualquier caso, dejé de estar consciente .
Un ruido me despertó. Me costó darme cuenta de que había sido producido por la bandeja con la comida.
Moví la boca tratando de producir saliva para quitarme la sensación de sequedad y mal sabor que se había instalado.
Por suerte, la celda ya no giraba a mi alrededor y ya me podía mantener en pie sin dificultad.
Dando pasos pequeños y seguros, alcancé mi cena.
Había dormido todo el día, el tiempo entre dos comidas; también cabía la posibilidad de que hubiera dormido un día completo y me hubiera saltado dos raciones.
No tenía modo de saberlo. El caldo me calentó el estómago y el mendrugo de pan duro calmó mi hambre e hizo que me sintiera mejor.
No guardé las piezas de fruta para más adelante; las engullí en el momento junto a la manzana que conservaba de la última ración.
Me senté y, por primera vez, pensé en lo que había sucedido.
El cúmulo de imágenes y sentimientos volvió a mí, pero ahora no lo manejaba otro; yo podía controlar parcialmente ese río de sensaciones.
Las percibía dentro de mí como se hace con un recuerdo de la niñez; un recuerdo borroso rodeado de ideas generales que el cerebro completa.
Por más que intentaba poner orden, una y otra vez, volvía la escena de mi amigo Peio derrumbándose y quedando inerte en una postura incompatible con la vida.
Antes de caer, su rostro era una mueca de sufrimiento y horror.
Ese era el fragmento que se había grabado en mí.
Sabía que el resto de las imágenes estaba ahí, justo en el rabillo del ojo.
Podía alcanzarlas, llegar a ellas, pero se difuminaban en cuanto las acercaba a la luz.
Seguía dando vueltas en mi cabeza a una cosa que no entendía. Yo estaba en la calle cuando acabé aquí, pero él… Lo recordé despidiéndose de todos nosotros camino al centro del pueblo. Le acompañaba Ernesto, que pr ometió dejarlo en casa sano y salvo. Ernesto… Me paralicé.
Percibí de nuevo la presencia en la celda.
No lo veía, pero era imposible pasar por alto que tenía compañía.
Lo percibía con tanta claridad como si se tratara de uno de los últimos neveros del invierno destacando en las cumbres de las montañas.
Traté de prepararme para otro… ataque. Sí creía que esa era la palabra más justa. De nada sirvió.
Esta vez no rebuscó en mi mente ni arrancó pedazos de mí.
Solo lo percibí abriéndose paso a través de mis pensamientos y recuerdos hasta llenar cada recoveco que encontró.
Lo hizo de forma delicada. Seguía siendo tan sutil como un hacha talando un árbol centenario en mitad de la noche, pero en cualquier caso, se notaba que se abría camino con relativo cuidado.
La explosión no se hizo esperar.
« ¿POR QUÉ? »
Un nuevo remolino de ideas, pensamientos y sentimientos me invadió.
Peio, gritando. Sus alaridos me atravesaban los tímpanos. Tenía el rostro descompuesto por el sufrimiento. En el suelo tirado con la cabeza debajo del pecho y los brazos en una posición indescriptible.
Rosa, golpeando el aire, gritando. Convulsionaba y caía igual que un montón de mantas viejas.
Yo, arrastrándome hasta mi cama con esfuerzo tras haberme caído.
« ¿POR QUÉ? »
—¿Por qué el qué? ¡No te entiendo! —grité.
Las imágenes se repitieron. Esa vez las escenas de Peio se dilataron en el tiempo. Quizás solamente fuese mi impresión.
—Para, por favor —rogué ya de rodillas sin poder contener mis lágrimas.
Una nueva oleada me sacudió desde dentro junto con la llegada de nuevos recuerdos.
Peio junto a Ernesto, despidiéndose de él antes de entrar en casa.
El grandullón acurrucado en su celda llorando como un niño.
Se arrastraba por el suelo buscando la bandeja de alimentos.
Devoraba como un animal famélico lo que parecía su primera comida en ese lugar.
Dormía abrazado a sus rodillas en el suelo, a unos pocos metros de su cama, donde aún permanecían dobladas las mantas.
…
Otra vez yo: comiendo, guardando provisiones, extendiendo las mantas, durmiendo sobre ellas, recorriendo la celda…
« ¿POR QUÉ? »
Paró. El Ser se retiró y me abandonó nuevamente en mi soledad. El mareo volvió y con él las náuseas. Esta vez, tampoco pude contener la comida.
—Llevas días quejándote de que estás sola y ahora que tienes compañía… menudos modales.
—Cállate —acerté a decir tras enjuagarme la boca con un poco de agua.
No podía borrar de mi memoria las imágenes de mi compañero de cuadrilla.
Ahora, más nítidas, se me repetían una y otra vez.
Especialmente las de sus instantes finales.
Las vi tantas veces que llegué a percibir cómo se apagaba el brillo de sus ojos antes de empezar a caer.
Seguía sin entender por qué me torturaba así.
Una comida. ¿O habían sido dos? Tenía la mente tan confundida que no lo recordaba bien. Volvía a tener compañía. Volvían a forzarme a ver los últimos momentos de mi amigo.
Más bandejas llenas, más cubos cargados de agua.
Los gritos nocturnos volvieron. Las primeras veces, me habían resultado aterradores.
Tras vivir el primer ataque, pasaron a ser terroríficos.
Ahora que había visto el ataque a mi amigo, repitiéndose una y otra vez, durante lo que me parecían cientos de horas como una observadora externa, me congelaban el corazón.
Cuando los gritos se apagaron, dejé de estar sola. Se repitió la sucesión de imágenes de Peio.
…
Más comidas, más días. Podía percibir el hedor que desprendían su celda y su cuerpo.
Una secuencia de imágenes de su prisión: sobre la cama de roca, un fardo de mantas dobladas. En un espacio de unos cuatro metros cuadrados alrededor de Peio, todo era inmundicia. Parecía que no se había movido de allí ni para hacer sus necesidades.
Otra vez el ataque que acabó con él.
—Por favor, para. ¿Qué quieres?
Ver a mi amigo, una y otra vez, en ese estado de degradación estaba acabando con la poca cordura que podía quedarme a esas alturas.
El flujo cambió. Las imágenes de Peio ahora se intercalaban con las de otras ocho personas: Rosa, Marga, Alain, Kepa, Jone, Gorka, Ane y Manu.
Todos vecinos de Erregetxe, todos antiguos compañeros de clase que conocía por sus nombres y apellidos.
Podría no tener el mismo vínculo que con el gigantón, pero me había criado con cada uno de ellos.
¿Y Mikel? Ninguna de las imágenes que recordaba pertenecía a mi hermano.
Había visto a nueve personas encerradas, nueve conocidos, pero ni una sola vez había aparecido él.
Me aferré a esa ausencia con todas mis fuerzas.
No significaba que estuviese a salvo, podía estar en cualquier otro lugar.
También era posible que aún no me hubieran mostrado esas imágenes, pero necesitaba creer que no estaba allí.
Que aquella noche, por algún motivo, él al menos había conseguido volver a casa.
Rosa, Manu, Alain, Gorka, Kepa y Jone recorrían el habitáculo más o menos como lo había hecho yo.
Algunos lo hacían el primer día, otros más adelante.
El resto, al igual que Peio, apenas se habían desplazado del sitio en el que aparecieron.
Comían, dormían y hacían sus necesidades en el mismo rincón.
No imaginaban siquiera la amplitud de la estancia y se habían encerrado todavía más.
Sus últimos fragmentos me llegaban junto a una peste que me recordaba a una cuadra sin cuidar.
Rosa y Gorka se aseaban con un poco de agua igual que hacía yo.
Kepa se ejercitaba a diario y sus visiones llegaban junto a un tufo avinagrado.
En algún momento, los seis que encontraron la puerta trataron de escapar.
Tiraron de ella con todas sus fuerzas, la empujaron, se abalanzaron cogiendo carrerilla, la zarandearon y la golpearon con los útiles de comida.
Nada surtió efecto. También, igual que había hecho yo, se empeñaron en capturar a quien les llevaba la comida sin éxito.
Lo único que compartían entre ellos, por muy diferentes que fueran, era que al final morían.
Una y otra vez veía cómo se les escapaba la vida.
A Kepa le llegó el fin tras el primer ataque.
A Marga la encontró la muerte tirada en el suelo, en la misma postura que adoptó al verse encerrada.
No trató de defenderse. Gorka resistió el primer encontronazo, pero no pudo reponerse y el segundo envite lo arrolló como si se tratara de un animal que se cruza frente a un camión.
Todos, las nueve personas que habían formado parte de mi niñez, que habían formado parte de mi adolescencia, murieron frente a mí una y otra vez.
Daba igual que cerrara los ojos, daba igual que me tapara los oídos, los veía y los oía.
Percibía su miedo como propio. Sentía su impotencia, que se sumaba a la mía.
Quería ayudarlos. Cada vez que los veía, quería tenderles una mano para que supieran que no estaban solos.
El Ser que seguía atormentándome volvió a centrarse en mí, en mis acciones, en cómo había inspeccionado la celda, cómo me aseaba, cómo limpiaba la ropa y cómo había preparado la cama antes de acostarme.
Vi a través de sus ojos cómo me atacó la primera vez.
No grité. Observé cómo, humillada por haberme orinado, me reponía y me levantaba, volvía a asearme y me echaba en la cama durante un tiempo que parecía eterno.
Presencié el segundo ataque; ese era el que me había resultado mucho más directo y salvaje.
No grité. Me levantaba y me acostaba otra vez.
Se me veía exhausta, pero no derrotada como a los demás.
Seguía viva.
Había pasado mucho rato desde que el Ser se fuera. Por fin estaba empezando a poner en orden mis pensamientos cuando la voz se adelantó a mis propias ideas.
—Al final, va a resultar que sí eres especial —ironizó .
Solo había una cosa que diferenciaba al resto de cautivos de mí: ellos estaban muertos, yo seguía viva.
Por alguna razón que se me escapaba, mis conocidos habían sucumbido desde el primer encuentro con nuestro captor.
Quien no había fallecido en ese momento quedaba tan debilitado que no lograba reponerse del segundo encontronazo.
Empezaba a pensar que la razón de esas repeticiones no era atormentarme, sino simplemente intentar comprender ese hecho. La criatura me quería muerta. Igual no me quería muerta; simplemente esperaba que lo estuviera y, al igual que yo, no podía entender por qué no moría.
—Estoy segura de eso. JA.
No se rio. Pronunció ese «JA» como quien lee un libro sin interés.
—Dame otra explicación.
—Te está torturando para divertirse. Simple y llanamente.
No lo compartí en voz alta con mi yo interno, pero estaba segura de que se equivocaba.
La presencia del Ente, del Ser, era abrumadora, aterradora incluso.
Sus ataques resultaban dolorosos e implacables y me hacían sentir como una marioneta a su merced.
Pese a todo, en ningún momento me había parecido percibir un ápice de goce en sus acciones.