Cuando despierta el silencio 13 — Josu
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13 — Josu

—Egun on.

—Buenos días, cariño.

—Hola —saludó secamente mi abuela.

Mi madre y yo nos intercambiamos una mirada durante un instante y después la miramos a ella, como esperando a que continuara.

No lo hizo. Al volver la vista hacia mi madre, me di cuenta de que tenía los ojos vidriosos y las mejillas húmedas.

No recordaba la última vez que mi amona había respondido a un saludo con tanta naturalidad.

Desayuné y, tras despedirme —esta vez mi amona no respondió—, fui a recoger a Miguel para ir al colegio.

—Buenos días, ¿está listo? —pregunté a su madre cuando me abrió la puerta.

—Sí, ya sale.

Efectivamente, su hijo bajaba por las escaleras listo para ir a clase.

Ya había tenido su primera sesión con la psicóloga.

No había querido hablar del tema y preferí no insistir, sobre todo porque había decidido pedir una segunda cita por iniciativa propia.

Si en algún momento quería compartirlo conmigo, perfecto, pero no quería forzarle a hablar de ello si él no se sentía cómodo .

—Recuerda que hoy paso a buscarte a la salida, no vuelvas solo.

Mi amigo se giró para dirigirme una mirada dolida de traición.

—Yo no le he dicho nada —me defendí.

—Quita esa cara. Ha sido Marta. ¿Esperabas que no me avisara de que Josu tenía que hacer recados a la tarde?

Nos despedimos de su familia y comenzamos el camino de cada mañana bajo la suave luz del sol invernal.

—¿Por qué tienen que ser amigas? —protestaba unos minutos después.

—¿No te acuerdas? Es tu culpa. Cuando aita murió, tú me dijiste que podíamos compartir el tuyo. Las siguientes navidades las pasamos los ocho juntos. Desde entonces nuestras madres hablan más entre ellas que con nosotros.

—Casi había olvidado la escena —dijo sonriendo al recordarla.

Caminamos unos metros en silencio. Con el colegio, la policía y las desapariciones, parecía que todo giraba alrededor de lo mismo.

—Por cierto, ¿te has enterado de lo de los carnavales? —le pregunté.

—Sí, es comprensible que los cancelen, aunque me da que es más por miedo que por respeto a las familias. A nosotros nadie nos ha preguntado.

—Ama dice que igual hacen algún acto por la mañana y al mediodía, pero nada de fiesta nocturna. Lo ha escuchado en el trabajo, aunque no se lo cree .

Tras llegar al pueblo y ver, en el panel de anuncios municipales que había frente al colegio, los carteles de la festividad parcialmente arrancados, dudaba mucho de que finalmente se celebrase ningún tipo de acto, ya fuese nocturno o matutino.

Cuando a las cuatro de la tarde salimos de la escuela, encendí el teléfono y leí los mensajes que había recibido durante el día.

Ama: Recuerda que, cuando salgas de clase, tienes que ayudarme con la compra. Te espero en el bar. Un beso.

Josu: Lo sé, no se me olvida. En cuanto recojan a Miguel, me paso por ahí.

Guardé el móvil y esperé a que Sonia llegara con su coche antes de despedirme de mi amigo. Me dirigí directo al bar de mi madre a merendar.

—¿Este es el pequeño Josu? —preguntó una voz grave y simpática.

Al girarme en el taburete de la barra, me vi frente a frente con una camisa blanca y una placa policial colgando de un cordel.

Miré hacia arriba y me encontré con la cara de un señor de unos cincuenta años que competía en tamaño con el padre de Miguel.

Al instante comprendí que era el misterioso cliente de mi madre que llevaba años tomándose su café a primera hora y que había resultado ser el ertzaina a cargo de la búsqueda.

Hacía un par de semanas, cuando comenzó todo, ama me había comentado la anécdota.

—Mira que lleva años viniendo y que me picaba el gusanillo de saber a qué se dedicaba. Pero no me lo esperaba .

—Pues por cómo lo describes o era policía o guardaespaldas.

—Ahora que lo sé, sí que me pregunto cómo no lo había supuesto…

—Cariño, este es el oficial Goitia.

—Llámame Patxi.

Mi mano desapareció en la suya cuando me la estrechó.

—¿Patxi de Francisco? —inquirí.

—Antes solo me llamaba Francisco mi ama y ahora mi superior… y solo cuando está cabreado. Déjalo en Patxi, mejor. Me marcho. Voy a intentar cerrar un asuntillo antes de que anochezca.

Se terminó su café de un trago, se puso un abrigo de invierno sobre la americana, se despidió y salió del establecimiento.

—Definitivamente no vale para secreta —le dije entre risas a mi madre.

Me quedé mirando la puerta unos segundos.

Esperaba que el hombre encargado de encontrar a diez desaparecidos tuviera un aspecto distinto.

No sabía exactamente cuál. Quizá más serio, más misterioso, menos cercano, o, como mínimo, que no se tomara el café apoyado en la barra hablando del tiempo como cualquiera de los clientes habituales.

Terminé de merendar y, con las llaves del coche en un bolsillo y un poco de dinero en el otro, recorrí el pueblo para hacer la compra.

En la mayoría de los sitios mi ama había realizado el encargo por teléfono.

En otros, quienes atendían eran clientes del bar y mi ama, aprovechando sus visitas para tomarse el café de la mañana, les había hecho el encargo.

En estos solo tuve que recoger el pedido, pagarlo y dejarlo en el maletero del coche .

Recorriendo las calles que atravesaban perpendicularmente la avenida, entre la plaza del ayuntamiento y el colegio, fui consciente por vez primera de la presencia policial.

Diariamente encontraba patrullas frente al colegio, y también vi algunas el sábado anterior cuando recogimos a la cuadrilla, pero esto era diferente.

Las personas uniformadas no solo hacían guardia.

Te encontrabas con agentes por todo el pueblo como si fueran unos vecinos más.

Había dos en la carnicería, comprando antes de volver a casa, cuando pasé a por el encargo.

En el supermercado me crucé con media docena más.

Estaban en todos lados. Una cosa era imaginarlo a través de lo que mi madre y mis compañeros de clase me contaban y otra muy diferente vivirlo.

Hasta ese momento, y dejando de lado las batidas en las que había participado la primera semana, la búsqueda había sido algo que ocurría mientras yo estaba en clase o encerrado en casa con mi amona.

Ver a tanta gente trabajando en ella, por un lado, me hacía sentir más tranquilo y, por otro, me recordaba que seguían sin haber encontrado nada.

Al pasar frente a la farmacia, vi que habían pegado en el cristal una hoja con las fotografías de los diez desaparecidos.

Me detuve sin querer. Eran las mismas que había visto en los informativos y en la entrada del colegio aquellos días, pero encontrarlas allí, entre un anuncio de vitaminas y los horarios de guardia, me produjo una sensación extraña.

Debajo de las fotografías aparecía un número de teléfono y una petición para que cualquiera que contara con información llamara a la Ertzaintza.

Seguí andando antes de quedarme demasiado tiempo mirándolas.

Me crucé con muchos jóvenes y no tan jóvenes que se grababan por el pueblo con teléfonos o cámaras semiprofesionales y asaltaban a quienes tenían cerca con intención de hacerles unas preguntas.

En mi último viaje al coche, una señora intentó hacerme unas preguntas sin llegar siquiera a preguntarme el nombre.

Un agente se cruzó en su camino antes de que yo me percatara de que se dirigía hacia mí.

Daba la sensación de que tenían órdenes de no permitir que importunaran a los vecinos.

Devolví las llaves del coche a mi madre y me fui a casa.

Mientras recorría el pueblo con el sol a mi espalda, me fijé en que, entre uniformados, periodistas y gente haciendo directos, no era capaz de reconocer a una de cada dos personas.

Antes de todo esto nos conocíamos todos por el nombre y el apellido.

Esperaba volver a esa normalidad lo antes posible.

Relevé a Araceli del cuidado de mi amona y me senté junto a ella en el sofá a contarle cómo estaba el pueblo.

Ella no siempre respondía y, cuando lo hacía, lo que decía no parecía estar relacionado con nada de lo que yo relataba.

Era como si cada uno de nosotros mantuviera conversaciones paralelas con sus respectivos interlocutores, pero respetáramos el turno para no interrumpir al otro.

—Han cancelado los carnavales. ¿Te lo puedes creer?

—El sol brilla mucho. Me molesta.

—Tendrías que ver las calles, todas llenas de ertzainas con sus uniformes negros.

—No creen en nada. No lo creen.

—Y también hay periodistas por todos lados. Parece un pueblo o incluso una ciudad importante.

—Fuera, fuera, salir .

Me quedé mirándola unos segundos. Aquella vez, por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que quizá hablábamos de lo mismo.