12 — Patxi
Dos semanas y sin pruebas.
Los compañeros de Científica peinaron a conciencia las escenas donde habían tenido lugar las desapariciones y no encontraron ni un pelo ni una mota de polvo fuera de lugar.
Absolutamente todo era normal, claro está, si olvidabas por un momento que se trataba de escenas del crimen.
Si me atenía al informe oficial, los diez jóvenes habían desaparecido en esos puntos concretos por arte de magia, o los habían subido a un helicóptero.
Lo más aterrador era que encajaba con lo que dijo el chaval: que su hermana se había esfumado entre sus brazos.
Que en un momento estaba abrazado a ella y acto seguido ya no estaba a su lado. ¡De locos!
Los equipos, ayudados por los vecinos, peinaron las dos laderas del monte Artxanda.
Se trataba de una frontera natural entre el pueblo y Bilbao.
Habíamos pedido ayuda a las policías locales y a las unidades de la Guardia Civil destinadas en Bizkaia; incluso sacamos a pasear por el monte a los novatos.
No quedó ninguna casa abandonada por revisar.
Tampoco dejamos sin inspeccionar ningún agujero lo bastante grande como para que cupiera una persona.
Yo me conocía unos cuantos escondrijos de cuando jugaba por esos parajes, pero la gente de la zona nos había mostrado bastantes más .
Los helicópteros y drones, equipados con cámaras térmicas, resultaron ser una pérdida de tiempo mayor que la actuación de los compañeros cuadrúpedos.
Yo seguía desconcertado con el comportamiento de los animales, pero sus guías aún lo estaban más.
Tuve la oportunidad de hablar con el equipo y lo más ilustrativo había sido el comentario de uno de ellos.
—Estuve con Bizkor en Valencia tras la dana. Eso era una mezcla de barro, hormigón y desechos —me contaba acariciando a su compañero—. Localizó a varias personas entre los escombros y la mierda acumulada. También cumplió cuando se encontró con fallecidos. Esto que está pasando aquí no es normal.
Estábamos completamente perdidos. No es que no nos quedase ningún hilo del que tirar, es que nunca había existido hebra alguna a la que asirnos.
Acabamos limitándonos a entrevistar a las familias, a los amigos y a las personas que los vieron por última vez.
Una absoluta pérdida de tiempo. Al no encontrar nada en los escenarios de las desapariciones, estábamos buscando completamente a ciegas.
Los años de experiencia me decían que nos habíamos dejado algo sin revisar, que sería tan obvio como un roble en mitad del desierto.
Habíamos realizado un despliegue local de una envergadura desmesurada y, a esas alturas, se habían activado alertas nacionales e internacionales de desaparecidos.
Todo ello, sin cosechar resultados. En unos días tendríamos que reducir efectivos por pura necesidad.
La mayoría de los compañeros llevaba dos semanas durmiendo a trompicones y la falta de avances empezaba a hacer mella hasta en los más veteranos.
Para facilitar las cosas, teníamos el regalito del programa de las narices.
Apelamos a su buena voluntad y pedimos que lo retrasaran en cuanto nos enteramos de la emisión, pero se negaron amparándose en la libertad de información.
Ahora empezaban a llegar al pueblo pseudoperiodistas que querían su momento de fama en Internet con una entrevista a algún anciano.
Les deseaba suerte con ello. Aún no entendía cómo habían convencido los de la televisión a alguien para hablar en Erregetxe.
El pueblo me estaba demostrando que seguía siendo una piña, pero estaba claro que alguien se había salido del redil.
Llegados a este punto, me tocaba levantar las piedras del pasado y ver si debajo de alguna aparecía una pista por pura casualidad. Me encontraba, más de treinta y cinco años después, ascendiendo con mi coche hacia un antiguo baserri del que había sido echado innumerables veces en mi niñez.
—Egun on, Eugenia —saludé a la anciana que me abrió la puerta—. Soy el oficial Goitia de la Ertzaintza. ¿Están su hijo y nuera en casa? Me gustaría hablar con ustedes.
—Pasa, pasa. Gorka, Sonia, tenemos visita.
La centenaria se giró para guiarme. Se dirigió con pasos enérgicos al salón comedor, donde me indicó que me sentara.
La mujer no había cambiado mucho respecto a cómo la recordaba.
Su rostro duro y afable a un tiempo había dejado de acumular arrugas en algún momento de las últimas décadas.
Me levanté para saludar a mis anfitriones cuando llegaron unos segundos después.
Sonia era una mujer menuda con el rostro esculpido en un rictus de desolación.
Hubiese jurado que seguía en pie por pura costumbre.
Su marido, de expresión seria y afable como su madre, hacía que me sintiera pequeño a su lado. No lo recordaba tan grande.
Me presenté nuevamente .
—Nuestro hijo Miguel está en el colegio —se disculpó el gigante.
—Lo sé. Es con ustedes con quienes quería hablar.
Bastante había tenido que pasar el pequeño como para atormentarlo de nuevo con otra entrevista. Escogí la hora a propósito para evitarle el mal trago.
—Puedes tutearnos, Patxi. —Eugenia sonreía.
—Pero, ama, no hables así al oficial y ya te tengo dicho que, si no vas a hablar en castellano, por lo menos intentes hablar más lento. Que no te entienden.
Ella ignoró a su hijo.
—¿Te creías que con ese pelo cortado a cepillo, la barba de dos días y ese traje tan elegante no te había reconocido, txikitxu? Es probable que vosotros no os acordéis de él, pero seguro que sí de su hermana Elisabet, que estaba en clase contigo —dijo dirigiéndose a su nuera.
Txikitxu… supongo que, si existían dos personas que aún podían llamarme pequeñín, estaban en esa habitación conmigo: la una porque me duplicaba la edad y el otro porque tenía unas manos como abanicos.
Acababa de entrar y, aunque no de la forma esperada, ya tenía resuelta una de las principales dudas que me habían llevado allí.
La señora no solo estaba en sus cabales, sino que tenía una memoria envidiable si me había reconocido.
—¿Eres el pequeño Patxi? ¿El hermano de Eli, la que se fue a Bilbao?
—El mismo. No esperaba que me reconocieran tan fácilmente.
—Nosotros seguro que no, pero ama tiene muy buena memoria. ¿En qué podemos ayudarte? Ya nos tomaron declaración tus compañeros .
—Estamos en un punto muerto con la investigación y quería haceros algunas preguntas de forma extraoficial, bueno… todo lo extraoficialmente que permite la situación.
—¿Y eso qué quiere decir? —inquirió la matriarca.
—Que tengo que presentar un informe con las preguntas que os haga y las respuestas junto a mis impresiones. Si no queréis responder a algo, no dejaré constancia de la pregunta y si hay algo que me ayude y no sea imprescindible, tampoco lo dejaré por escrito.
Los tres asintieron aceptando las reglas del juego.
Un perro de pelaje blanco y pardo se había acomodado junto a mi silla. Parecía más un oso pequeño que un perro grande. Me empujó la mano con el hocico hasta que comencé a acariciarle la cabeza mientras repasaba mentalmente mis notas.
—¿Ella estaba en casa la noche de la desaparición?
—Sí. Con la que estaba cayendo no podíamos dejarla en la calle —respondió Gorka—. De hecho, fue Argi quien nos alertó. Empezó a ladrar y, cuando salí a ver qué pasaba, escuché los gritos de auxilio.
Los compañeros solo habían recogido que salió al oír los gritos.
—¿Y cómo se comportó con Miguel cuando volvió a casa?
Gorka y Sonia se miraron.
—Ahora que lo dices, estuvo rara con él unos días —recordó Sonia—. Lo olisqueaba y se alejaba. Después volvió a ser la de siempre.
La mastina cerró los ojos bajo mi mano. Anoté la respuesta. Otra reacción extraña de un perro que no sabía cómo interpretar .
—Eugenia, tengo que hacerte esta pregunta, aunque puedo imaginarme la respuesta: ¿Les contaste alguna cosa a los de la prensa sobre lo que pasó hace ochenta años?
—¿A esos carroñeros? Ni agua.
Estaba seguro de que, de encontrarnos en el exterior, habría escupido al suelo. Su hijo apenas podía contener una carcajada. Lo miré interrogativamente.
—Perdón… pero es que lo intentaron. Llamaron a la puerta preguntando por ella. Alguien les había dicho que era la persona más mayor de la zona.
—¿Y los invitaste a marchar?
—No tuvieron esa suerte. Ama estaba en el jardín y los escuchó cuando se presentaban.
—No me digas, Eugenia, que les lanzaste alguno de esos improperios que nos regalabas cuando veníamos a robarte frutas.
—Ha depurado la técnica —se adelantó a explicar su hijo—. Los acompañó hasta la entrada de la finca con el bastón en la mano.
Mientras él hablaba, su mujer movía el brazo simulando que blandía una cachiporra. Parecía que se estaban concediendo un pequeño momento de descanso y los tres rieron por unos segundos.
—¿Qué queríais que hiciera con estos buitres? Aunque eso no les impidió sacar su programa —refunfuñó con una amargura palpable en la voz.
—Sinceramente, no esperaba que hubieras hablado con ellos, pero los detalles me confirman que no has cambiado nada.
Anoté un seco «No» en mi libreta.
—Ahora me gustaría hablar sobre la historia que les contaste a mis compañeros cuando vinieron. Me cuesta creer que no sepas o no recuerdes quién volvió aquella vez. No te voy a preguntar quién era, pero sí me gustaría entender por qué ocultaste esa información.
—Porque lo pasado, pasado está. ¿A quién haría bien removerlo todo? Ella dijo todo lo que sabía en su momento y no encontraron nada. Además, ahora ya no podría ayudar aunque quisiera. Simplemente… no está.
—Tú diste a entender que las desapariciones no sucedieron solo las dos veces que las viviste.
—Y no lo fueron. Por suerte, de eso no se enteraron esos palurdos de la televisión. Hasta donde yo sé, había sucedido desde siempre.
—¿Y cómo explicarías eso?
—Hay cosas que no se explican, Patxi. Solo sé que si alguien hizo algo entonces… ahora sería más viejo que yo, y eso es mucho decir.
Esa reflexión me hizo estremecer. Había descartado un secuestro con fines económicos al no existir petición de rescate.
Aquello apuntaba a un asesino que actuaba a través de los años.
Sonaba a historia sacada de los cuentos de los hermanos Grimm.
Significaba que generación tras generación, alguien dejaba un macabro legado.
¿Pero por qué ese parón de más de setenta años? ¿Un discípulo con escrúpulos?
Omití cualquier anotación al respecto.
—¿Y qué podéis decirme del incendio del edificio que ahora ocupa el ayuntamiento? Yo era un niño por aquel entonces y solo recuerdo que me escapé con los amigos a verlo arder.
—Perdón, ¿pero qué tiene que ver con las desapariciones? —preguntó la mujer más joven .
—En el programa alguien dijo que fue intencionado. ¿Qué opináis?
—Yo recuerdo rumores de que había sido el alguacil, que no quería que se transfirieran los documentos al archivo de Bizkaia —confirmó Gorka—. Solo fueron rumores y yo era un joven que no entendía la mitad de lo que oía.
—Fueron más que rumores… él quería protegerla.
Una vez que nos desanexionamos en el ochenta y tres, todos los informes relacionados con ella pasarían a estar en el archivo histórico de Bizkaia y, por consiguiente, serían públicos.
Dijo que no lo podía permitir, pero tampoco era posible que solo desaparecieran algunos documentos sin levantar sospechas.
—Pero nunca se demostró nada —repuse.
—Era el responsable de la investigación. Jejeje. Aún no había querido jubilarse.
—¿Y tú lo sabes porque…?
—Me lo dijo él —lo zanjó con esas cuatro palabras—. Si te lo cuento a ti, es para que entiendas que no hay nada que rascar. Él no protegía al que lo hizo; lo buscó durante décadas, incluso cuando se cerró la investigación o se jubiló. Simplemente quería protegerla.
Me vio tomando notas en la libreta y añadió:
—Te ahorro el esfuerzo: murió hace años.
Tendría que confirmar la defunción, pero no creía que me hubiese mentido al respecto. Otro hilo que se desvanecía antes siquiera de poder enhebrarlo. Cada vez que creía que podía tener una pista que estrujar… resultaba que estaba seca. La decepción debía de ser patente en mi rostro.
—Creo que te falta una pregunta que hacerme. ¿Por qué quería protegerla ?
—Entiendo que eso no me lo dirás, pero igual sí recuerdas lo que ella dijo respecto a lo sufrido cuando la encontraron.
—Mi pregunta es para que te la respondas tú, no yo. Lo otro… solo puedo decirte que estaba trastornada: hablaba una y otra vez de una cárcel a oscuras, pesadillas y monstruos que la atormentaban. Estuvo ingresada unos pocos días, pero su salud física era perfecta y le dieron el alta.
Me despedí de la familia y agradecí su disponibilidad.
Por fin, gracias a las últimas palabras de la anciana, tenía un hilo que seguir, un fino cabello que podía no llevarme a ninguna parte, pero algo…
Lo mejor de todo era que no tenía que comprometer a los Elexalde para hacerlo.
No podía creer que no hubiera caído antes.