11 — Miguel
—Pues yo creo que se lo han inventado todo —defendía su posición Endika desde hacía ya varios minutos.
—Pero si salían hasta los abueletes de la residencia de Loiu —contraatacaba Rosa, que no cedía terreno, empeñada en llevar la razón.
—Sí. ¿No te resulta sospechoso que justo a los que cuentan lo más interesante no se les vea la cara y que les distorsionen la voz? Para mí que ni son del pueblo. Seguro que eran actores.
—Pero estaban el aitite de Íñigo y la amona de Unai, el de bachillerato. —Seguía sin moverse de su postura.
—No es raro en estos programas que saquen personas del pueblo y metan actores por aquí y allá para hacerlo más interesante.
—Jon buscaba la paz—. Eso no quiere decir que lo que dijesen fuese mentira.
Mi tío Paco me contó que a veces alguien no quiere salir o es poco creíble y hacen esa pequeña trampa.
Todos callamos. Paco trabajaba en la ETB, la televisión pública vasca.
—Otras veces toman varios testimonios y los juntan en uno para que formen una historia lógica que sea fácil de entender y así darle más impacto.
Era sábado. Josu, que tenía que cuidar a su amona, nos había invitado a pasar la tarde y la noche en su casa.
Como no podía ser de otra manera, desde el primer momento la charla giró en torno al programa sobre las desapariciones que un canal nacional había emitido el día anterior.
Al principio todos fueron con pies de plomo, hasta que confesé que no pude verlo, pero que me habría gustado hacerlo.
Cuando en casa vimos el anuncio a primeros de semana, mis padres y mi amama se indignaron porque alguien se lucrara con una desgracia como aquella.
—¿De verdad tenemos que pasar por esto?
—Bueno, Sonia, igual con algo así conseguimos que alguien de arriba se implique y que traigan más efectivos —trató de apaciguarla mi padre.
—¿Más efectivos? Si es imposible ir a por el pan o tomarse un café sin ver un uniforme negro o verde. No sé, Gorka, estoy agotada —confesó en un suspiro.
Cuando estaba a solas en mi cuarto, me era imposible no caer en un estado de desesperación como el de mi madre.
Tenía razón. Por lo que contaban en el colegio, no solo Erregetxe, sino también todas las localidades vecinas estaban sitiadas por cuerpos de seguridad locales y nacionales.
Se habían peinado los montes, los caseríos abandonados, los túneles de la guerra civil…
Y daba la impresión de que no estaban más cerca de localizarlos que el mismo día en el que desaparecieron.
Yo tenía sentimientos encontrados respecto al programa.
No quería que millones de personas vieran la foto de mi hermana.
Compartía con mi familia el enfado porque alguien sacara rédito de algo que me tocaba tan personalmente.
Pero la promesa de que tratarían el tema de las desapariciones anteriores me dejó intrigado.
Inocentemente, hasta ese momento, pensaba que solo los que habíamos escuchado aquella historia sabríamos algo al respecto.
Lo que realmente me comía por dentro no era mi ingenuidad —que también—, sino la duda de si alguien tendría algún dato que añadir a lo que había confesado amama a la Ertzaintza.
Josu y yo hablamos del tema a lo largo de la semana y, si los cálculos de mi centenaria abuela eran correctos —y no había motivos para dudar de ella—, quienes vivieron esa situación con edad suficiente para recordarla tendrían ahora ochenta y cinco años o más.
—Los que puedan saber algo tienen que ser de aquí de toda la vida, como mi amama —le comenté un día.
—Justo de eso hablé el otro día con ama. Ella dice que quedamos cuatro familias mal contadas que seamos de aquí y ni en la mitad de ellas hay algún anciano que esté en sus cabales. —No pude evitar pensar en su amona—. Al parecer, la mayoría llegaron aquí entre los ochenta y los noventa.
Un día, de camino a casa, lo consultamos en el móvil y, efectivamente, en todos los pueblos de la zona pasó algo similar.
La gente que trabajaba en Bilbao o quería vivir cerca de la ciudad había migrado a los pueblos de la periferia por motivos económicos y prácticos.
Nunca nos lo habíamos planteado, pero la verdad era que, por ejemplo, los familiares de Rosa, Jon y Endika eran descendientes de esa ola de nuevos habitantes.
Incluso el padre de Josu había sido guipuzcoano y su abuelo madrileño.
Muchos se fueron tras el cierre de las canteras en la década de los ochenta al no encontrar oportunidades. Además, si la historia de mi amama era cierta, no me extrañaría que algunas familias hubieran decidido marcharse mucho antes por miedo a que sus hijos o nietos corrieran la misma suerte .
Así que, aunque el pueblo no fuera precisamente joven, eran muy pocos los vecinos mayores que aún quedaban de aquella época.
—Si estos buitres han encontrado a alguien que les hable de ello… han tenido que buscar debajo de las piedras, jejeje, lo digo literalmente —comentó mi amama al enterarse del titular, mientras se santiguaba con sorna.
—Bajad un poco el volumen, por favor. Acabo de acostar a mi amona —decía Josu cerrando la puerta de su cuarto—. ¿Ya habéis decidido si os lo creéis o no?
—Empate técnico —aceptó Endika—. ¿Y lo del refrán ese de que si sales en Santa Águeda te atrapa la noche? ¿Creéis que es verdad?
—Mi madre me dijo que en casa sus padres lo recitaban cada año como algo solemne —intervino Josu—. Aseguró que ellos se lo tomaban muy en serio.
—Mi amama lo dice cada año, pero hasta ahora nunca le había prestado atención —les confesé—. Mi aita dice que son historias de viejas.
No les conté que cada vez que recordaba cómo mi amama había recitado el refrán aquella mañana, volvía a sentir cómo la noche eterna me arrebataba a mi hermana. No lo había compartido ni con Josu.
—Lo que a mí me ha chocado es que de los que han salido a cara descubierta, ninguno vivía aquí cuando pasó todo —anunció Josu— y lo único que dicen es la frasecita. Igual no la habían escuchado antes y se la dieron para aprender.
—¿Y tú cómo sabes que no eran de la zona? —lo puso en duda Rosa .
—Ama —dijo como única respuesta él encogiéndose de hombros.
Por lo que me contaron, el programa abrió con variaciones del refrán. Con música tradicional de fondo, varias personas mayores repetían versiones de la frase en euskera y en castellano.
—¿Creéis que de verdad esto había pasado antes?
No estaba seguro de si Endika quería dejar el escepticismo a un lado, o si solo buscaba reavivar el debate.
—Si es así, se me hace raro que no se supiese nada y que solo se recuerde como una advertencia vaga.
—Porque les da miedo, ya lo oíste —le recordó Rosa a su primo.
—Decían que le daba miedo decir quién había escapado, no hablar de las desapariciones.
—¿Y si fuera verdad? ¿Y si realmente ha pasado más veces y alguien se escapó? ¿Quién creéis que sería esa persona? —me sorprendí preguntando en alto.
Tras saber lo vivido por mi amama, no paraba de hacerme esa última pregunta y me respondía en silencio: «Ojalá que fuera mi hermana». Además, tenía curiosidad por saber qué opinaba el resto.
—Mira que soy crédulo, pero eso de otras veces, o que alguien se escapara… no me lo termino de tragar —confesó Jon—. Además, que nadie sepa quién es, que si el incendio del ayuntamiento fue provocado para guardar el secreto… resulta muy rebuscado.
Por lo que saqué en claro, la entrevista estrella se la hicieron a un hombre oculto tras un biombo y con la voz irreconocible.
Contaba cómo su padre, ya fallecido, le relató la historia de la última desaparición.
No desveló quién había regresado hacía más de setenta años, ya que su aita se negó a confesarle el secreto.
Tenía miedo de que, si se decía en alto, las desapariciones volvieran.
—Pero imaginad que es así —fantaseó Endika—. Diez chavales desaparecen y vuelve uno. ¿Quién podría ser?
Era yo quien había abierto este melón, pero ahora empezaba a superarme; me temblaban las manos y había dejado de prestar atención a mis amigos.
—Miguel. ¿Me acompañas abajo a por las pizzas? —Me sacó Josu del vacío—. ¿Estás bien? —preguntó mientras bajábamos las escaleras.
—Gracias. Lo estaba llevando bastante bien mientras hablábamos del pasado, de las leyendas… Pero con lo de los desaparecidos no puedo evitar pensar en ella, en si seguirá viva, en si la volveré a ver.
—Seguro que sí, ya lo verás. —No buscó más palabras.
Esa frase y una palmada en la espalda fueron lo único que me hizo falta para romperme en mil pedazos. Permanecimos en silencio, yo tragándome los sollozos, hasta que terminaron de hornearse las pizzas.
—He decidido ir a ver a una psicóloga, una sesión y a ver qué tal…
—Es genial. —Se mostraba sinceramente alegre y aliviado—. Creo que te vendrá bien con todo lo que has pasado y estás pasando.
Yo también creía que me podía venir bien; tenía la cabeza navegando de la rabia al llanto constantemente.
El miércoles, al entrar al colegio, Iñaki, el chaval al que había pegado, estaba esperándome.
Él y sus cinco amigos nos cortaron el paso a Josu y a mí.
Intenté ignorarlos y pasar como si no estuvieran en medio.
—No puedo, no puedo…
—Ignóralos y pasamos de largo.
Al llegar a su altura, Iñaki alargó su mano y me pidió disculpas.
Él, que aún tenía media cara morada y el labio partido, se estaba disculpando.
No supe qué decir. Durante dos días había imaginado que buscaría vengarse y, en cambio, era yo quien terminaba llorando delante de él cuando todo el grupo me pidió perdón por su actitud.
Subíamos el primer tramo de escaleras cuando desde abajo escuchamos unas palabras ininteligibles. Josu dejó las pizzas que llevaba sobre la mesa del comedor y me indicó que me adelantara. Apareció cinco minutos después en su cuarto.
—¿Un ataque? —le pregunté.
—Sí… —No parecía muy seguro—. Estaba más lúcida de lo normal, pero no paraba de repetir una y otra vez lo mismo. Ha sido un poco raro. Bueno, ya ha llegado ama y estará ella pendiente el resto de la noche. ¿Entonces os quedáis todos a dormir?
—¡Qué remedio! —se quejó falsamente Endika—. Con la que está cayendo doy gracias de que me hayan dejado venir.
Sus padres, como los de todos nosotros —y muy especialmente los míos—, eran un poco reacios a dejarnos salir.
Aunque no se había repetido nada por el estilo, la gente tenía más miedo cada día.
Los rumores de que no existían pistas, unidos a la posibilidad de que no fuera la primera vez, habían cambiado el ambiente del pueblo .
Nuestros padres aceptaron la idea de que pasáramos la noche todos juntos, con la condición de que no saliéramos.
Solo de pensar en salir al anochecer, me temblaban las piernas.
Acordamos que Josu vendría a buscarme y luego nosotros dos iríamos de casa en casa a por el resto de la cuadrilla.
Bueno, siendo sinceros, Jon se había adelantado y nos esperó en casa de su prima ahorrándonos tener que recorrer media localidad para buscarle.
Estaba siendo una tarde-noche fantástica.
Si bien seguramente yo era el que más lo necesitaba y agradecía, a todos nos venía bien poder salir de la rutina de colegio y encarcelamiento domiciliario en el que vivíamos últimamente.
Estos momentos de charla relajada, de discusiones absurdas sobre la pizza con o sin piña habían sido los mejores desde que vi el aro que mi amigo tenía en la nariz.
Endika llevaba, para desesperación de Rosa, diez minutos asegurando que la piña convertía cualquier pizza en un postre.
Durante unos minutos nos olvidamos de todo.
Ayudé a nuestro anfitrión a recoger y aproveché la visita a la planta baja para saludar a su madre.
—Hola, Marta.
—Miguel, maitea. ¿Qué tal estás? —Me abrazó y besó con cariño, igualito a como lo hacía mi madre—. Siento no haberme acercado por casa, pero el trabajo y la ama… —se disculpó.
—No tienes que justificarte. Ya sé que, por ti, habrías ido nada más enterarte .
La verdad era que cuando Josu la llamó pidiendo permiso para participar en la búsqueda, Marta hizo que le pasara el teléfono a mi madre para hablar con ella directamente. Desde entonces, aunque hubiese vivido en nuestra casa, no habría podido apoyar más a mis padres y a mi amama.
—¿Podemos hablar cinco minutos, por favor? —le pedí, y mi amigo, captando la indirecta, se esfumó escalera arriba.
—Claro, y diez también, dime.
—No sé si Josu te ha dicho algo, pero me han sugerido que me vendría bien ir a un psicólogo. —Negó tan efusivamente que estuve seguro de que ya lo sabía—. Estoy nervioso, no sé qué se hace allí… y como él me dijo que tú habías ido…
—Y sigo acudiendo las temporadas en las que lo necesito.
Me ayuda mucho. Lo que harás, creo, dependerá un poco del profesional, pero lo que sí es seguro es que te ayudará a afrontar lo que estás pasando.
No esperes ir y sentirte feliz. No es así, pero te dará ejercicios o te ayudará a saber cómo te sientes, cómo relajarte…
—¿Y si no sé qué decir?
—Creo que nadie va al psicólogo sabiendo qué decir. Para eso están ellos. Lo único que te aconsejaría es que no dejes de ir porque la primera sesión te resulte rara. Todos salimos pensando que no ha servido de nada y, sin darnos cuenta, empezamos a cambiar unas semanas después.
Tras aquella charla, tenía mucho más clara mi decisión de ir, al menos a la primera cita. Subí y me uní al equipo de los primos en la partida de Trivial que estaban jugando. Josu me dirigió una mirada y una sonrisa que venían a decir «Me alegro mucho de que le hayas preguntado a mi madre».