10 — Nekane
Corría hacia el vacío sin ver lo que tenía a mi alrededor.
Sombras más negras que la oscuridad permanente que me rodeaba me perseguían por túneles infinitos y se abalanzaban sobre mí.
Me llevaban en volandas mientras yo no podía ni revolverme para defenderme.
Tendida sobre una camilla, me escudriñaban de arriba abajo.
Me robaban algo. No sabía el qué. No tenía nada de valor que pudiesen quitarme.
Agotada. Desperté de una pesadilla con el cuerpo entumecido. Cada movimiento suponía un suplicio. Un grito de dolor escapó de mis labios cuando intenté estirarme, pero mis músculos se negaban a obedecer. Era como si el día anterior hubiese trabajado el campo sin más ayuda que un arado y mis manos.
No… no estaba sobre la manta… no tenía el fardo que usaba como almohada improvisada.
Palpé una fina capa de arena bajo las manos.
De alguna manera, me había quedado dormida boca abajo en el suelo.
No podía recordarlo. Me incorporé. El olor me golpeó antes de comprenderlo; estaba sobre un charco de orina.
No solo era desagradable para el olfato.
Era la prueba de que había dejado de controlar mi propio cuerpo.
No lo pude evitar… el dolor… la vergüenza…
la impotencia… Comencé a llorar escondiendo mi cara entre las manos .
La opresión del ambiente, el silencio que se abría paso desde un agujero infinito, la oscuridad imposible que parecía poder tocarse, jirones de niebla negra.
Recordé cómo me habían rodeado y cómo, pese a no verla, estaba segura de que era más oscura que las tinieblas que me rodeaban.
Me analizó. Cada recoveco de mi cuerpo y de mi mente había quedado expuesto ante aquella cosa.
Había resultado insultante la facilidad con la que escudriñaba mis recuerdos y pensamientos; pasaba sin pudor las páginas de un libro leyendo mis más íntimos secretos sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Esperé la aparición de la voz irónica con su tono hiriente riéndose de mí.
Estaba convencida de que tendría alguna cosa que añadir como «Sí, sí, seguro que era un simple sueño…
» o «Ya ni ir al baño…» o su ya clásica frase «Llora, que seguro que te hace sentir más limpia».
Era el momento idóneo para recibir uno de esos empujones hacia la desesperación.
No lo hizo. No hubo comentario punzante ni risas condescendientes. ¿Dónde se había metido?
Bebí un poco de agua y empleé la poca que me quedaba de… ¿ayer? en limpiar mi cuerpo. Usé los pololos sucios para secar el suelo en la medida de lo posible y los tiré a un rincón para limpiarlos cuando contara con más agua.
Ya aseada, tomé la pera que tenía guardada y, paseando en círculos como ya tenía por costumbre, la fui mordisqueando. Los músculos comenzaban a responder con menos dificultad y el dolor, aún presente, se había apartado a un lado.
¿Qué había pasado? ¿Era eso… lo que producía los gritos que escuchaba cada dos días…
cuatro comidas? Claro que era eso; recordé a la chica que balbuceaba sobre la burbuja.
¿Yo habría gritado y llorado como ellos?
Seguramente sí, aunque no lo reco rdaba.
¿Dónde estaba esa maldita voz? Me estaba volviendo loca teniendo que responderme a mí misma.
Seguramente lo estaba imaginando, pero tenía la horrorosa sensación de que esa cosa se había llevado algo consigo cuando me abandonó.
No era una certeza absoluta, solo una mota de polvo que ves por el rabillo del ojo.
¿Pero qué se podría haber llevado? Observé el rostro de mi madre en mis recuerdos, a mi padre entrando en casa, a mi amona; escuché la voz de mi hermano pequeño.
Todo seguía ahí. ¿Entonces qué me había arrebatado?
Qué demonios, ni siquiera tenía claro que los tentáculos de niebla que me habían rodeado no fueran más que el recuerdo de una mala pesadilla.
—Será mejor que no me engañe… Eso sí era real; seguramente también la sensación de pérdida…
No sabía qué podían haberme arrebatado. Repasé una y otra vez mis recuerdos sin encontrar nada distinto. Pero ¿cómo iba a echar en falta algo que ya no era capaz de recordar? Resultaba frustrante tener la certeza y no poder asegurarla.
La sensación de sequedad que aún tenía en la boca me obligó a beber las últimas gotas del cubo volcándolo con las dos manos.
Poco después, un rugido que nacía de mi interior llenó la estancia.
Fui consciente del hambre; hacía mucho que mi estómago no se quejaba por falta de alimento.
Me había acostumbrado a tener comida y agua a mi disposición.
¿Se habría olvidado mi carcelero de mí? Lo dudaba.
Lo más probable es que simplemente quisiera…
¿Qué? No tenía claro qué quería de mí, de nosotros.
Me habían alimentado durante días para acto seguido hacerme…
¿Qué era eso que me habían hecho? ¿Tortura?
¿Habría tenido que pasar mi hermano por eso?
Prefería evitar que mis pensamientos siguieran por ese camino.
Estaba cansada, tenía sueño, pero… ¿Sería la hora de dormir ya?
Sin la pequeña rutina que suponía el tintineo de la bandeja cuando la posaban sobre el suelo, no tenía modo de calcular el paso del tiempo.
No quería echarme en la cama y ver al despertar que habían dejado un caldo o una sopa aguada frente a la puerta.
Eso supondría que había pasado el día completo, lo que yo consideraba el día, durmiendo.
Escuché un ruido metálico y me acerqué a él.
Una comida contundente y un cubo de agua; era por la mañana.
Mi mañana: cuando me traían la ración principal.
¿Habría pasado una sola noche? ¿Un día entero?
No lo sabía ni tenía modo de averiguarlo.
Calmé mi sed. Mojé mi rostro con el agua fría para ahuyentar al sueño unas horas.
Se acercaba el final del día. Pese a haber recibido la segunda ración consecutiva, reservé las frutas por si volvía a repetirse la situación.
También decidí racionar el agua. Apenas pude aclarar un poco la ropa manchada de orines.
Lo suficiente para eliminar la mayoría de la suciedad, pero insuficiente para considerar limpios los pololos.
Si mañana el cubo volvía a aparecer lleno, me arriesgaría a una limpieza más a fondo.
Me tumbé en la cama, pero unos gritos se colaron por los barrotes antes de poder pensar en cerrar los ojos siquiera.
Solo dos comidas… ¿Había cambiado el patrón o había estado un día entero sin comer?
No estaba segura, pero hubiera apostado por esta última.
Los gritos me hicieron revivir la experiencia.
Apreté los ojos y cerré los puños con fuerza.
Nuevamente me pregunté si yo ha bría gritado así, produciendo ese mismo sentimiento en mis compañeros de cautiverio.
Reconocí en los lamentos a la misma chica que algunos días antes se había defendido arrojando una bandeja. No se quejaba, no amenazaba, no se defendía, solo lloraba y gritaba. Traté de acallarlos llevándome las mantas a la cabeza, pero seguían sonando dentro de mí.
—Por favor… cállate… —le rogaba—. ¡Cállate!
Los gritos se interrumpieron de forma abrupta y un golpe sordo llenó el vacío. Supe que la chica se había desplomado, inconsciente.
—Muerta, lo sabes tan bien como yo.
La voz había vuelto. La amargura de sus palabras sinceras se mezclaba con el alivio de haber recuperado esa parte de mí que daba por perdida. Otra vez estaba completa. Caí rendida.
Desperté con la comida en la bandeja y el cubo de agua lleno. Una pequeña satisfacción.
Conejo, pan y manzanas.
Sopa de pescado, pan y naranjas.
Callos, pan y peras.
Caldo de carne, pan y manzanas.
Se me taponaron los oídos por la presión; parecía que un día cálido de verano se tornaba en una tormenta en cuestión de segundos. Los sonidos se atenuaron a mi alrededor. Pese a no tener sentido rodeada de esa negrura, sentí que todo se oscurecía.
—Otra vez no —murmuré consciente de lo que me deparaba .
El Ser incorpóreo me engulló, jugó con mi cuerpo, con mi mente, con mis recuerdos y con mi alma.
Era una indefensa muñeca de trapo en manos de una niña cruel.
Comparado con aquello, el ataque anterior parecía sutil: un gato que inspecciona el terreno antes de acomodarse.
Ahora un mastín me arrancaba a dentelladas algo de mi interior sin miramientos.
Terminó tan de repente como había empezado.
Caí de rodillas. Conseguí no desmayarme.
Esta vez logré controlar mis esfínteres.
Me arrastré a la cama preguntándome qué me habían arrebatado. Dormí.
Me desperté de un sueño profundo. El guiso de mi cuenco hacía tiempo que no estaba caliente. Al límite de mis energías, me arrastré hasta él. En mi estado actual, incluso frío, seguía resultándome delicioso.
Devoré la comida con ansiedad y volví a mi rutina.
Masticaba trocitos de pan durante mi paseo diario.
Estaba esforzándome por ignorar el dolor y cansancio extremos.
Pierna derecha, izquierda, derecha, un pequeño giro…
me paré bruscamente, como si acabara de abrirse un abismo a mis pies.
Por primera vez desde que había aparecido en aquel lugar, al margen de los ataques, no estaba sola en mi celda.
Alguien… algo me observaba. No era el carcelero que me llevaba la comida, al que nunca lograba percibir.
Era grande, no del tamaño de un oso; no era ese tipo de dimensión.
Su presencia hacía que quisiera acurrucarme bajo las mantas y esperar a mi todopoderoso padre, que siempre espantaba las pesadillas cuando era una niña.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —Recorrí la celda con las manos extendidas frente a mí buscándolo.
—¿Ya empiezas a alucinar ?
—Cállate, no es el momento.
Sentí… no. «Sentir» era un verbo poco físico para describir cómo algo se abría paso por mi cabeza apartando lo superfluo a su paso hasta penetrar en mi conciencia.
Me habló… No me habló. Al menos, no con palabras.
Fue una avalancha de pensamientos, recuerdos y emociones que irrumpieron directamente en mi mente.
«¿ POR QUÉ? »
Un remolino de confusión del que emergieron unos fragmentos.
Mi amigo Peio, gritando en una celda como la mía, trataba de ponerse de pie y se derrumbaba inerte en una postura antinatural.
Rosa, la hija de la panadera y encargada de los repartos, luchaba contra una cosa invisible que la mantenía en pie y luego la dejaba caer como una muñeca de trapo.
Yo, la noche anterior, cayendo rendida al suelo pero consiguiendo arrastrarme hasta mi lecho.
Yo, hacía unos minutos, paseando por mi celda mientras comía el mendrugo de pan que ahora yacía a mis pies.
« ¿POR QUÉ? »