9 — Josu
Apoyé la espalda contra la puerta de los Elexalde y respiré profundamente. Estaba viendo a mi mejor amigo sufrir y no sabía qué hacer para ayudarle. Me sentía impotente. Había intentado que su vuelta al colegio fuera lo más normal posible, dentro de lo que permitía la situación.
El único aspecto positivo era que tras el incidente volvió a clase por voluntad propia en lugar de recluirse en casa nuevamente.
Un pequeño triunfo, si lo comparaba con cómo había reaccionado con Iñaki, pero un punto a su favor.
Nunca hubiera imaginado a Miguel golpeando a alguien y menos con esa furia incontrolada.
Me costaba procesar ese comportamiento viniendo del niño que con solo siete años y un serio problema de dicción me dijo:
—Mi aita es muy grande. Puede ser el aita de los dos.
Me había visto llorando en una esquina de clase y se acercó a mí para preguntarme por qué estaba triste.
Cuando le conté a mi madre lo sucedido, quiso conocer a ese «niñito tan simpático». Desde entonces, las personas que vivían en esta casa que tenía a mis espaldas se convirtieron en una segunda familia para nosotros.
Un grito procedente del interior rompió el silencio y me distrajo de mis recuerdos infantiles .
—¡Que no! ¡He dicho que no! —gritaba Miguel.
—Por favor, cariño, es por tu bien. Ve un día y pruebas y si no quieres, no vas más —rogaba la voz de su madre.
—¡No estoy loco! No necesito un loquero que me meta cosas en la cabeza. Solo necesito a alguien que me crea —insistía con desesperación y en un tono cada vez más bajo. La última frase la entendí más por el contexto que por lo que había oído.
—Yo te creo —contesté en un susurro que nadie escuchó.
Me había quedado allí más tiempo del debido. Sabía por el tono de mi amigo lo que venía ahora. No estaba preparado para escuchar el dolor en su voz y oírle llorar.
Al entrar en casa saludé a Araceli, una señora encantadora que cuidaba de mi amona cuando mi ama y yo no podíamos. En la práctica, eso suponía cuidarla de lunes a viernes desde las ocho de la mañana hasta que yo volvía del colegio, además de algún sábado.
—Siento el retraso, estaba con Miguel.
—No te preocupes, que la señora está muy bien —le quitó importancia con su acento venezolano—. Hoy estuvo muy charlatana, pero se alteró mucho con las noticias y se las quité. No paraba de decir «otra vez, otra vez», pero ya está más calmada. ¿A que sí, cariño? Además ha tenido visita.
—¿Quién? —pregunté interesado.
—La señora Eugenia. ¿Quién si no? Llegó aquí después de comer y estuvieron charlando hasta que vino su hijo a por ella.
Miré a mi amona, que estaba sentada en el sofá viendo la televisión sin mucho aspecto de haber tenido una conversación coherente .
—Muchas gracias, Celi. Cámbiate y vete, que es tarde. Ya me quedo yo con ella.
Hice mis deberes mientras ella seguía viendo un programa del corazón; después me puse a limpiar la casa y ordenar un poco.
Al quitar el polvo de la repisa de la chimenea, tomé la foto de mi amona y mi aitona que había sobre ella.
Estaban en la plaza del pueblo, junto a la iglesia.
Nunca conocí a mi abuelo. En la foto tendría unos sesenta años, pero conservaba una figura erguida y una espalda ancha que no solía ver en otras personas de esa edad.
Se la acerqué a mi abuela para que la viera; le gustaba mucho.
Se le dibujó una sonrisa tan sincera como la de una niña.
—Solo él me quería, solo él me creía, solo… —dijo en castellano.
—Todos te queremos, amona.
No tenía muy claro si había dicho «quería» o «creía», ya que con cada repetición la dicción era ligeramente diferente, pero pareció satisfecha con mi respuesta.
Acababa de acostar a mi amona cuando mi teléfono vibró.
Miguel: Necesito hablar.
Josu: ¿Te llamo?
Miguel: Por aquí mejor, no estoy del todo bien.
Me imaginaba a mi amigo en su cuarto, tratando de poner en orden sus pensamientos, tras haber discutido con sus padres.
Josu: Cuéntame.
Miguel: ¿Tú crees que estoy loco? ¿Crees que necesito un loquero?
Josu: No. Y… creo que te podría venir bien.
Miguel: …
Josu: Mi madre y yo fuimos cuando lo de aita… Ella aún acude a sesiones de seguimiento de vez en cuando.
Miguel: ¿Y cómo es? ¿Qué se hace?
Recordaba una sala llena de juguetes. Una chica que siempre sonreía hablaba conmigo mientras jugábamos con piezas de Lego, coches…
Josu: Yo era pequeño y apenas me acuerdo, pero si quieres, le preguntamos a ama para que te cuente.
Miguel: No, no, no quiero que nadie lo sepa.
Josu: OK. ¿Me cuentas ya qué ha pasado y a qué vienen estas preguntas?
Conocía las respuestas de antemano por mi indiscreción de hacía unas horas, pero quería darle la oportunidad de desahogarse que tanto necesitaba. El teléfono empezó a sonar. Descolgué.
—Gracias. Bueno, pues… he llegado a casa… y estaban aita y ama sentados muy serios. Acojonaban. Pensaba que le habría pasado algo a amama, o que habrían encontrado… —se interrumpió incapaz de continuar la frase.
—Me da que no fue nada de eso —le animé a seguir.
—No, bueno… me dijeron que desde el colegio les habían dicho que igual me venía bien un poco de apoyo para no sé qué de gestionarme… Que entendían que estaba mal, pero que no era propio de mí reaccionar así.
—Es que… tú, menos que nadie, sueles liarte a puñetazos por mucho que te provoquen.
—Lo sé… lo sé… pero de verdad que no sé qué me pasó… —dejó la frase a medias.
—Igual te puede ayudar con eso el psicólogo. A saber por qué lo has hecho y cómo evitarlo, no lo sé…
—Igual le doy una vuelta. Gracias.
—De nada. Mañana paso a la misma hora que hoy.
Comencé a poner la mesa al escuchar la puerta del jardín abrirse. Cuando mi madre llegó, la estaba esperando con la cena servida.
—Ese caldo huele desde la calle.
—Lo ha preparado Araceli este mediodía. ¿Qué tal el trabajo?
—Bien, y tú no hace falta que me cuentes… ya lo sabe todo el pueblo. ¿Qué tal Miguel? ¿Le han hecho algo?
—Sí que vuelan las noticias… Físico, no, no les ha dado tiempo a reaccionar. Iñaki Ezkurza es el que ha salido malparado.
Seguí contándole lo ocurrido con todo detalle.
—¿Jon? —Casi escupió el trozo de lomo de la sorpresa—. Pero si caza las moscas y las suelta por la ventana. Sí que han tenido que pasarse. ¿Estás seguro?
—No ha dicho nada, pero para cuando Miguel ha empezado a soltar puños, él ya había dado un paso… y no es el más rápido en reaccionar.
—Y Miguel, ¿qué va a hacer? ¿Mañana va al cole?
—Sí… y le han propuesto ir al psicólogo, pero no le digas que te lo he dicho. No quiere que se sepa .
—¿Por qué? Yo creo que con lo que ha pasado el chiquillo, le vendría bien. A mí me ayudó con lo de tu padre. Tú eras pequeño y no te acordarás, pero también te fue bien.
—Supongo que sí, pero a él le da yuyu —zanjé la conversación—. Por cierto, ¿sigue el pueblo lleno de ertzainas?
—Aunque parezca imposible, creo que cada día vienen más.
Hoy hemos preparado el triple de caldo de lo habitual y no ha llegado al mediodía.
No sé cómo es posible que no encuentren nada: tienen perros, un par de helicópteros, drones de esos…
pero es como si se los hubiera tragado la tierra.
El otro día uno comentaba durante la comida que solo habían encontrado los móviles, relojes, carteras, linternas y ese tipo de cosas y que era como si se hubiesen esfumado con la ropa.
Recordé lo que me había contado Miguel y se me encogió el estómago.
—Están perdidos por mucho que a los de la prensa les digan que avanzan.
—¿Y tu amigo el secreta qué dice?
—Es muy discreto; intenta comportarse como si yo aún no supiera que es ertzaina. Creo que le incomoda eso de que todos sepamos quién es.
—Sube el volumen.
Señalé la televisión donde aparecía una panorámica aérea del pueblo.
En el aparato, unas letras superpuestas sobre la imagen anunciaban:
«Especial las desapariciones de Erregetxe». El rótulo iba acompañado de una voz en off :
«Este viernes, tras el informativo, nuestros compañeros analizarán el misterioso suceso del pueblo vasco donde diez jóvenes han desaparecido sin dejar el menor rastro ».
Cuando la locución se interrumpió, apareció en la pantalla un nuevo texto debajo del anterior: «¿Y si ya hubiera sucedido antes?».
—¡Qué sarta de sandeces! ¡Lo que faltaba en el pueblo! Pobres familias…
La última frase de la pantalla se me quedó grabada en la retina.