8 — Miguel
¡PII-PII-PII! Un sonido infernal reclamaba mi atención.
Como mínimo, era la quinta vez que pulsaba el botón de posponer la alarma del móvil.
Era lunes, diez de febrero. Hacía casi una semana que mi hermana y otros nueve jóvenes del pueblo habían desaparecido.
Dos de ellos pertenecían a su cuadrilla y habían compartido canciones conmigo aquella festividad.
Acordé con mis padres que ese día volvería al colegio e intentaría comportarme con la mayor normalidad posible.
Tanto ellos como yo sabíamos que de normal aquel día tendría más bien poco.
Era plenamente consciente de que no podía seguir con la rutina que llevaba desde el miércoles.
Cuando Josu no venía a arrancarme de mi dormitorio para dar una vuelta, solamente salía cuando se organizaban las batidas.
Siendo sincero conmigo mismo, esos paseos con mi mejor amigo los usaba también para buscar algún indicio de mi hermana.
Él no se quejaba y no le importaba recorrer día tras día el camino hasta el punto en el que la perdí y desde allí tomar diferentes rutas cada vez.
El sábado, Argi había decidido acompañarnos por fin.
Era la primera vez que lo hacía desde aquella noche.
Le encantaba salir a pasear y lo habitual era que, ante la perspectiva de una vuelta, esperase en la puerta.
Por eso, a Josu y a mí nos había extrañado tanto que durante los días anteriores se escabullera cada vez que iba a ponerle el arnés.
Parecía que empezaba a comportarse con normalidad.
—¿Sabes? No hice nada —confesé durante el paseo.
—¿Qué?
—Cuando desapareció, me quedé paralizado y, cuando reaccioné, la llamé y… salí corriendo, huí, no sé de qué, pero tenía mucho miedo y al principio no pensé en nada más —le expliqué entre sollozos.
—Creo que tampoco podías hacer nada —comenzó, pero le interrumpí.
—Igual no… pero tampoco lo intenté, solo la llamé, ni pensé en buscarla.
Apenas recuerdo el resto de aquella tarde. Cuando quise darme cuenta, estaba frente a la puerta de mi casa, no más animado, pero sí que me había quitado la mochila que acarreaba desde la noche del martes.
Me duché, me vestí y bajé las escaleras en dirección a la cocina. Allí estaba mi ama terminando de prepararme el almuerzo y mi amama tomándose una infusión.
—Buenos días, maitea —me saludó cariñosamente mi madre—. ¿Listo para el primer día?
—No preguntes bobadas. ¡Qué va a estar listo el pobre! Tiene que ir e irá, pero listo…
—Estoy bien y sí, estoy listo.
Me serví unos cereales en un tazón y abrí un brik de leche mientras mi abuela manipulaba la ruleta del volumen de su radio.
« …las autoridades mantienen abiertas varias líneas de investigación, pero continúan sin ampliar la información sobre la desaparición de los diez jóvenes de Erregetxe… »
—¡Tonterías! No tienen ni idea —exclamó y apagó el aparato.
—De verdad, ama, no sé para qué escuchas las noticias por la mañana —cuestionaba mi padre, que entraba a la estancia en ese momento, con una taza de café vacía—. Todas las mañanas acabas de mal humor y no sacas nada.
—Por si algún día dicen algo, hijo…
Mis padres se despidieron con un beso y él salió en dirección al trabajo.
—¿Te acerco al colegio? —Se había asomado a la puerta y me preguntaba desde ahí—. Puedo esperar a que termines —añadió mirando mi cuenco.
—No hace falta, gracias. Pasa Josu por aquí y vamos juntos.
Mi padre y Josu debieron cruzarse en el camino, ya que cinco minutos después el timbre sonó y mi madre le hizo pasar intentando que desayunara por segunda vez.
—Déjale, ama, ya nos vamos.
—¿Seguro que no quieres nada?
Mi amigo negó con la cabeza. Ella se dirigió a mí.
—¿Y tú llevas el almuerzo?
—Por tercera vez, sí. Agur.
Finalmente nos escabullimos de casa sin haber podido evitar sendos besos de mi madre.
—Muchas gracias por venir, no sé si…
—Vamos, no quedaría muy bien que llegaras tarde tras una semana sin aparecer —respondió quitándole hierro al asunto .
Linternas en mano, enfilamos la recta que llevaba a la carretera principal.
Aún no había salido el sol y la escasa luz del amanecer apenas se hacía notar a esas horas bajo un cielo plomizo.
Al llegar al punto en el que solíamos comenzar nuestra búsqueda, me detuve unos instantes.
Josu, poniéndome una mano en el hombro, me guió hacia la curva; era el único camino que no habíamos tomado durante la semana anterior.
Caminábamos comentando pequeñas anécdotas que me había perdido con mi reclusión. El colegio se dibujaba al fondo y ya se veía un goteo incesante de alumnos que llegaban. Sentía que mis manos sudaban pese al frío y que mi respiración se aceleraba.
—¿Te conté lo del piercing que se ha hecho Endika en la nariz? —Ante mi cara de desconcierto, siguió—. Justo aquí.
Se reía mientras se pinzaba con dos dedos la piel que separa los orificios nasales.
—Solo espero que no sea un aro… —La cara de perplejidad que puso no me dejó dudas—. ¿Es un aro? ¿En serio se ha puesto una argolla?
Me entró semejante ataque de risa que nos tuvimos que parar unos segundos hasta que pude recomponerme.
Llevaba tanto tiempo sin reír, sin soltar una carcajada tan espontánea que me sorprendió hasta a mí mismo.
Endika era un compañero que todo lo que le faltaba de altura lo compensaba en anchura.
No estaba gordo; se podía decir que su complexión era rocosa, de esa que se adquiere ayudando en las tareas cotidianas del campo.
Ya tenía bastante aspecto de toro antes de hacerse con ese nuevo adorno.
En ese momento no se me ocurrió, pero cuando recordé esa escena un tiempo después tuve claro que Josu se tenía guardada esa noticia a propósito para ese preciso instante .
Llegamos a las puertas del colegio charlando animadamente. Las conversaciones se apagaban a nuestro paso y todos se giraban para mirarme.
—Buenos días —nos saludaron Rosa y Jon, que se acercaban desde el pueblo.
Rosa, una chica bajita de pelo castaño y grandes gafas de pasta, me dio un abrazo. Su primo, tan corpulento como Endika pero que rozaba los dos metros de altura, palmeó mi espalda mientras me animaba.
—Vamos entrando, querrás ponerte en primera fila para recuperar los puntos que has perdido esta semana —se burló con una sonrisa.
Cuando llegamos al aula, no había nadie.
Escogimos unos asientos en la zona central y nos sentamos en dos filas diferentes.
Poco después, Maite, nuestra tutora, se acercó a nosotros para preguntarme qué tal estaba e indicarme que, si en cualquier momento necesitaba salir, lo hiciera sin problema.
Le agradecí el gesto y seguimos charlando mientras el resto de los compañeros llegaban.
—Hola, Miguel. Mira, tío, mira qué me he puesto. ¿Te gusta? —parloteó Endika mientras se aproximaba a nosotros a toda velocidad.
Agradecí contar con la información de antemano porque, si ya me resultó difícil contener la risa sabiéndolo, podría haberme caído de la silla en ese momento.
—Sí, te queda muy bien —acerté a contestar.
—¿A que sí? ¿A que no se parece para nada a un toro bravo? —se burló Jon mientras esquivaba un amago de tortazo por parte del aludido .
Seguía sintiéndome observado, pero el reencuentro con mis amigos me había relajado y pude seguir las clases sin problemas.
Los momentos más duros hasta la hora del recreo fueron los espacios entre asignaturas en los que otros amigos y conocidos se me acercaban para preguntarme cómo me encontraba y si nos habían dicho algo.
Si bien no estaba en condiciones de demostrarlo, lo agradecía de veras.
Esas situaciones me hacían sentir incómodo, pero resultaba menos duro de lo que me lo había estado imaginando cada noche tirado en mi cama.
Durante la media hora de descanso me dirigí al polideportivo junto a seis de mis amigos para tomar el almuerzo.
Por un momento llegué a creer que podía volver a ser un lunes cualquiera.
Bastó cruzar la puerta para comprender que me había estado engañando.
Cuando entramos, se hizo el silencio. Solamente se oían las voces de mis acompañantes.
Me volví a sentir en los brazos de mi hermana; me empezaba a costar respirar.
—¿No tenéis otra cosa de la que hablar? —Endika se encaró con ellos.
—Lo haría, pero no puedo hacerlo con mi primo porque ese de ahí tiene miedo de llamar a la Ertzaintza y contar lo que pasó —dijo mientras me señalaba.
Su grupo de amigos le rieron la gracia por lo bajo, pero la reacción del resto de los presentes fue de asombro por la gravedad de la acusación.
—Sabía que erais cortos, pero esto… —Se adelantó Josu para mi sorpresa—. ¿De verdad creéis que no han hablado con él o que él no ha dicho todo lo que sabe cuando su hermana también ha desaparecido? Superáis todas las expectativas.
Tardaron dos segundos en procesar sus palabras y levantarse para encararse con nosotros .
—Calma, calma.
Se trataba de Jon, que venía unos pasos por detrás. Entró en el polideportivo y se puso al frente del grupo junto a Endika. Entre los dos parecían formar una muralla.
Los cinco chavales miraron a la barrera humana que representaban los dos pequeñines de mi cuadrilla y tras pensarlo un instante nos dieron la espalda.
—Ten cuidado en clase —me advirtió bajando el volumen uno de ellos—, no pierdas un boli y te estés otra semana sin venir.
Una niebla repentina me nubló la vista. Lo siguiente que recuerdo es a Endika y a Jon quitándome de encima del chico mientras las lágrimas de rabia y dolor me caían por la cara.
—Miguel, Iñaki, venid conmigo. —La voz fría de Encarni, la profesora de matemáticas, me hizo volver en mí.
Se empezaron a escuchar gritos de protesta.
—¡Le ha provocado!
—¡Lleva toda la mañana buscándolo!
—¡Se lo estaba buscando!
Para mi sorpresa, muchas de aquellas voces no provenían de mi grupo, sino de otros compañeros que habían presenciado la escena. Ella pareció no oírlos.
Seguí a la profesora junto a Iñaki, mi víctima…
o mi agresor. Evitaba mirarle a la cara.
Las contusiones comenzaban a hinchársele y un hilo de sangre que se le escapaba del labio se mezclaba con las lágrimas que le recorrían las mejillas.
Aún aturdido, mientras andaba automáticamente, trataba de recordar qué había pasado.
Un tirón brusco para librarme de las manos de Josu y Rosa. Una, dos, tres zancadas para rodear al resto. Un agarrón del brazo que le obligó a girarse. Uno, dos, tres, cuatro… puñetazos hasta que sentí que flotaba.
—Iñaki, espera aquí. Ahora vendrán a echar un vistazo a esas heridas —le indicó, señalando un despacho vacío.
La seguí por los amplios corredores del colegio. Subimos un par de plantas y, señalando un grupo de sillas junto a la pared, me pidió que esperara. Estaba frente al despacho del director.
Nunca me había metido en una pelea. La única vez que había estado allí fue por calcular mal un tiro que terminó con una ventana rota y un par de semanas borrando pizarras al terminar las clases.
Dudaba que esta vez pudiera salir tan impune.
Durante la espera, me aprendí cada grieta de la baldosa que tenía entre los pies.
Aún no entendía qué me había pasado. No era una persona agresiva. No solía responder a quien buscaba pelea, y mucho menos liarme a puñetazos con el primer estúpido que me provocara. Me dolían las manos, especialmente la derecha, donde tenía una pequeña herida.
—Tendrás que esperar un poco. Está ocupado en este momento —me dijo Encarni cuando salió—. Lo que has hecho es muy grave, Miguel. No tiene justificación.
—Se metió con mi hermana.
El estupor que reflejaba mi expresión al contestar sin pretenderlo solo podía compararse al que apareció en el rostro de la profesora cuando fue consciente de lo que le había dicho.
—¿Qué ha hecho qué? —El frío había desaparecido de sus palabras y ahora la ternura y el cabreo se disputaban el protagonismo .
Sin dejar de llorar, le conté todo lo que recordaba.
Cómo el grupo había empezado a murmurar al vernos entrar en el polideportivo.
Cómo insinuaron que yo ocultaba información a la Ertzaintza.
Cómo Josu salió en mi defensa y cómo los otros se encararon con nosotros.
Terminé con la frase final en la que comparaban la pérdida de un bolígrafo con la desaparición de mi hermana. Bajé la cabeza.
—Después… ya no me acuerdo de nada. Solo de que Jon y Endika me estaban sujetando.
Se sentó a mi lado y me consoló. Cuando quince minutos después la puerta se abrió y la voz seria de Antonio me hizo pasar, Encarni entró junto a mí y me evitó tener que repetir la historia. La expresión del director pasó de la decepción y el enfado al estupor, la lástima y la rabia.
Yo aún lloraba cuando unos golpes sonaron en la puerta y mi madre entró como un torbellino.
—¿Qué has hecho? ¿Cómo has podido mandar a un chico a la enfermería? ¿Cómo se te ocurre…?
Antonio la cortó y me pidió que esperara fuera mientras ellos hablaban.
—Vamos a casa, maitea —me dijo ama mientras me tomaba de la mano diez minutos después.
—¿No puedo quedarme?
—¿No prefieres venir a casa?
—Estoy bien, quiero estar con mis amigos… si puedo.
—Sí, sí, claro. —Mi madre miraba al director.
—Encarni, por favor, acompaña a Miguel a clase.
Entré en el aula y me dirigí a mi mesa con la mirada de todos clavada en mí.
Josu se levantó para dejarme pasar y aprovechó para darme una palmada de ánimo.
Me costó concentrarme durante los veinte minutos restantes de esa lección, pero sabía que, de volver a casa, me encontraría otra vez encerrado en mi cuarto con una sola idea atormentándome.
En el descanso de cinco minutos que había entre clases, puse al día a mis compañeros sobre lo sucedido en dirección. Todos respiraron aliviados al considerar que no tendría consecuencias.
Si cuando entré al centro por la mañana había alguien que no me hubiera mirado, lo hizo a la tarde. Paseando, esperando a sus padres o al autobús, todos los presentes dirigían su mirada descaradamente hacia mí y cuchicheaban con sus compañeros.
—Tienen miedo de que los zurres —bromeó Endika.
—No tiene gracia —le reprochó Josu.
Nos despedimos hasta el día siguiente y junto a mi mejor amigo emprendí el camino de regreso.
—Iñaki ha tenido suerte.
—¿Suerte? —le pregunté sorprendido al recordar su cara.
—Sí, te adelantaste por medio segundo a Jon. Le vi tomar impulso cuando te soltaste. Le hubiese mandado al hospital.
Me conmovió ese gesto del grandullón y no supe qué responder.
—Por cierto, muchas risas con Endika, pero esa argolla le pega mucho. No se me ocurre nadie a quien le pueda quedar mejor y menos fuera de lugar.
Nos despedimos en la entrada de mi casa entre risas.
Risas que se apagaron nada más cruzar la puerta.
El aire se había espesado; mis padres me esperaban sentados a la mesa del salón con cara de circunstancias.
Un centenar de pensamientos me golpearon.
¿Habían encontrado a mi hermana…? ¿Y amama? ¿Dónde estaba?