7 — Nekane
El tintineo que creía haber escuchado provenía, sin lugar a dudas, de la dirección de la puerta. Estaba claro que no se trataba ni del chirrido que produciría al abrirse o cerrarse ni del clic característico de un candado.
—¿Quién anda ahí? ¿Me escuchas? —grité.
Si había alguien al otro lado o si el ruido había sido puro fruto de mi imaginación, lo mismo daba. No tuve respuesta. Seguía sin oír nada, nada salvo el incesante ruido que cientos de gotas de agua producían al estamparse contra el suelo o contra los charcos.
Gateando, arrastrando las manos y las rodillas, avancé tan rápido como fui capaz y, sin poder contener algún que otro improperio, me dirigí hacia la entrada.
Cada poco extendía la mano derecha por delante de mí para evitar golpearme con los barrotes.
No llegué hasta la puerta. No sé si había recorrido siquiera la mitad del camino cuando mi mano se topó con un objeto metálico que tintineó cuando lo rocé.
Me paré en seco al reconocer en él ese ruido que me había despertado.
Tanteé con cuidado y recorrí con mis manos el hallazgo. La boca se me inundó de saliva al palpar entre mis dedos unas piezas de fruta y unos trozos gelatinosos que bien podían ser carne. Lo encontré todo sobre una bandeja metálica similar a las que usábamos en las comidas parroquiales.
Inconscientemente, me llevé los dedos manchados a los labios cuando los sentí impregnados de aquella sustancia.
Un sabor fuerte a carne de caza se extendió por mi boca.
Con aquel sabor también se abrió paso el recuerdo de mi aita con la escopeta al hombro volviendo con los amigos y de mi ama asando la pieza que luego disfrutaríamos toda la familia.
Mi estómago protestó. Realicé un tremendo esfuerzo para no devorarlo todo en ese momento y me obligué a continuar con la inspección. Un generoso mendrugo de pan duro completaba lo que en aquel momento se me antojó el más delicioso de los banquetes.
A un lado, un cubo metálico frío al tacto y una taza del mismo material, un katilu.
Introduje la mano en el cubo, acerqué los dedos a la nariz y después a la boca.
Era agua. Llené el katilu y bebí con ansiedad.
Conservaba ese ligero gusto a yeso propio de las aguas duras de las zonas con canteras.
No sabía dónde me tenían encerrada, pero aquella agua me decía que seguía en Erregetxe.
En el pueblo era raro que alguien no contara con un pozo o una fuente de los que manara ese característico líquido cristalino.
Con cuidado dejé atrás la comida y me aproximé a la puerta.
Estaba claro que alguien la había abierto, depositado las raciones y cerrado la entrada posteriormente.
Por mucho que la situación invitase a ello, no me sentía observada.
No escuché a nadie cerca, pero unos gritos se abrieron paso desde la lejanía.
De rodillas, me aferré a los barrotes y murmuré más para mí que para quien me pudiera escuchar.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres ?
Solo me respondió el ruido de la puerta al oscilar ligeramente cuando la solté.
Comí la carne de forma voraz, la zona magra y la grasa también.
Me valí del pan para dar cuenta de la sabrosa salsa y de los restos.
Con la sed paliada y el estómago calmado, acerqué las frutas, una manzana y una naranja, así como el recipiente de agua a mi lecho.
Sin saber cuándo volvería a comer, si es que lo hacía, preferí guardarme las piezas para calmar el hambre que seguro llegaría en algún momento.
Sentada en la cama, tumbada, dando lentos paseos entre las paredes de piedra, dejaba pasar los minutos, o quizá las horas. Llenaba el tiempo haciéndome preguntas que era incapaz de responder.
—¿Por qué estoy aquí?
—Porque eres especial —se burló mi propia voz—. O porque simplemente te ha tocado. Mala suerte.
Me aferraba a la esperanza de que, en cualquier momento, escucharía el tintineo de unas llaves en el candado y todo terminaría.
Quizá abrirían la puerta. Quizá despertaría en mi cama y descubriría que aquello había sido una pesadilla.
Mientras alimentaba esa mentira, llevaba quién sabía cuánto tiempo reprimiendo una necesidad cada vez más insoportable.
—¿Qué esperas? ¿Que el candado se abra por arte de magia?
La realidad terminó por derrumbar mis últimas defensas. Con las lágrimas resbalando por mis mejillas, busqué a tientas el rincón más apartado de la celda. Cuando terminé, tomé el katilu, vertí con cuidado un poco de agua sobre mis manos y me aseé como pude .
Aproveché para quitarme la ropa y limpiarme el resto del cuerpo. Volver a ponerme las mismas prendas sucias no solucionaba nada, pero aquel pequeño gesto, absurdo y casi ridículo, me ayudaba a sentir que era una persona.
Hacía rato que había dado cuenta de la naranja y, sentada, succionaba los jugos del exiguo corazón de la manzana.
Se trataba de un fruto dulce que despertó todos mis sentidos con cada pedazo que llevaba a mi boca.
No acertaba a imaginar de dónde habrían podido conseguir frutos de esta calidad en pleno invierno.
Estaba distraída, pensando en el cálido sol de verano sobre mi cara mientras me sentaba a la orilla del río con mis amigos, cuando escuché nuevamente el tintineo producido por el metal al chocar contra el suelo.
Me quedé en silencio, quieta; dejé de respirar durante unos segundos tratando de percibir cualquier sonido: unas pisadas, el roce de la ropa, el cierre del candado o el golpe de la puerta contra la verja.
Nada. No escuché absolutamente nada tras el golpe de la bandeja contra el suelo.
Solo el chapoteo de las goteras que componían el particular sonido de fondo de ese lugar.
Era como si alguien hubiera entrado y salido sin abrir la puerta y sin producir ninguna clase de ruido.
—O como si la comida hubiese aparecido por arte de magia. —Se rio con la ocurrencia.
Negué con la cabeza. No. Alguien había entrado mientras yo estaba distraída con unos recuerdos que empezaban a parecerme de otra persona. Tenía que ser eso. Cualquier otra explicación me erizaba la piel .
Las raciones eran más escasas que las del día anterior.
¿O eran las de hace unas horas? Estaba casi segura de que no había dormido, así que seguramente me encontraba en el mismo día.
Un pedazo de pan, más grande que el de la otra vez, un líquido templado que llenaba hasta el borde un tazón cerámico y otra manzana.
Del cuenco llegaba un aroma a verduras: pimiento, cebolla, remolacha…
Era inevitable salivar. Me lo llevé a la boca y, aprovechando que, aunque tenía hambre, no estaba famélica como antes, lo degusté.
Paladeé cada sorbo y percibí un ligero toque a mar acompañando a las verduras que había olido.
Al terminar, volví a rebañar los restos para no desperdiciar ni una gota.
Dejé la bandeja junto a la entrada y, con el mendrugo en la mano, me dispuse a dar un pequeño paseo mientras me llevaba pedazos de pan a la boca.
—Dos comidas y creo que no he dormido —me dije—. Empiezo a sentirme cansada, dos comidas y un día.
Comenzaba a parecerme plausible esa idea. Un nuevo bocado.
Con el paso de los días, mis paseos de un lado a otro de la celda dejaron de ser titubeantes y se convirtieron en un caminar ágil en el que me acompañaban un pedazo de pan, las piezas de fruta y mis pensamientos. También lo hacía esa voz impertinente, pero cuanto menos caso le hiciera, mejor.
—¿Eso que se escucha es un grito? —observó el tercer día durante uno de mis paseos.
—No, solo es mi imaginación.
La realidad es que sí que había parecido un grito, lejano y deformado por los ecos, pero un grito. Era la primera vez, tras los momentos inmediatos a mi llegada, en la que estaba segura de que no era mi cabeza jugándome una mala pasada.
Dos días después, esto es, cuatro comidas después, los gritos se repitieron, pero esta vez eran más cercanos. Aquello eran palabras. No entendía lo que decían, pero no eran simples alaridos.
El patrón se repitió: cuatro comidas, dos siestas, dos días, gritos.
—¡No! ¡No me toques! ¡Déjame en paz! ¡Ah!
La voz esta vez llegó nítida; el tono del hombre me resultó familiar, pero no podía ponerle cara; tampoco quería intentarlo. ¿Qué le estaría pasando?
—Seguro que solo se ha quemado con el caldo de carne de hoy: venía un poco caliente —ironizó mi compañera de cautiverio.
—Cállate. No creo que le estén haciendo daño; más bien está aterrado.
—Ese último grito sí ha sonado a puro dolor.
—O sorpresa, se ha ido apagando. No ha aumentado de intensidad.
—Si tú lo dices…
La verdad era que no estaba segura y que, cuando la primera ración del día llegó con su tintineo, continuaba despierta.
Los gritos de angustia se repetían una y otra vez en mi cabeza y hacían que el temor que se apoderó de mí el primer día regresara.
¿Dónde se encontraba mi hermano? ¿Habría sido él?
No lo creía: estaba casi segura de que la voz pertenecía a alguien mayor.
—Ya, ¿y los gritos de las otras noches?
Ese día, tras la segunda comida, caí rendida de puro cansancio. Había hecho esfuerzos por no dormir antes a fin de mantener el recuento mental que llevaba. Desperté. La comida ya estaba fría. Paseé, comí y esperé pegada a la verja.
—¡No! ¡Otra vez no! Otra vez la burbuja… no oigo… —El lamento perdía fuerza—. ¿Qué quieres de mí? —Un fuerte estruendo metálico lo llenó todo.
Supuse que la chica que gritaba había arrojado la bandeja contra su atacante y había errado.
Tras los últimos ecos, todos los sonidos de la cueva volvieron a la normalidad.
La referencia a la burbuja me dejó aturdida un instante, hasta que escuché el resto de la frase y la comprendí.
Era como yo misma recordaba haberme sentido en el bosque, aislada junto a mi hermano en una burbuja que no nos permitía escuchar nada de lo que había a nuestro alrededor.
Me costó, pero logré conciliar un sueño intranquilo.
En varias ocasiones intenté descubrir a mi captor cuando dejaba la comida.
Comprobé que, si me quedaba muy cerca de la puerta, la entrega se retrasaba hasta que me alejaba, como si alguien aguardara inmóvil al otro lado.
Al día siguiente se me ocurrió otra estrategia; me quedé sentada en la cama y, en cuanto escuché la bandeja, salí disparada hacia el golpeteo.
No encontré a nadie, solo la salida cerrada, como siempre.
La ración de agua de ese día se redujo casi a la mitad al haber tropezado con el cubo en mi apresurada marcha.
No me preocupaba en exceso: por regla general, tenía agua suficiente para beber, asearme y limpiar superficialmente alguna de mis prendas.
Para entonces ya llevaba quince comidas.
Había tomado la decisión de alternar las prendas que llevaba puestas para evitar sentirme sucia pese a mi aseo diario.
Me permitía establecer una rutina de normalidad en esa terrible oscuridad .
Tras la decimoctava comida, me senté junto a la puerta, como había adquirido la costumbre de hacer cada dos días.
No me gustaba escuchar los gritos y los lamentos.
Era consciente de que tarde o temprano sería yo la que estaría al otro lado, pero albergaba la esperanza de obtener alguna información que me preparara para el momento.
Sin previo aviso, algo cambió a mi alrededor. No fue súbito, más bien gradual. Las gotas de agua se fueron apagando y, aunque hubiese jurado que era imposible, la oscuridad que hasta entonces me había parecido absoluta se intensificó.
Me costaba entender cómo era posible, pero era como si una niebla de color negro me rodeara e impidiera que mi visión y el resto de mis sentidos funcionaran con normalidad.
Ese fluido incorpóreo me penetró por la boca, la nariz y el resto de orificios y poros de mi cuerpo.
Podía percibir cómo se abría paso hasta lo más hondo de mi ser, cómo sus tentáculos palpaban mi interior en busca de algo.
Me sentía violada en lo más íntimo. Ninguno de mis pensamientos o sentimientos podía refugiarse del escrupuloso escrutinio al que me veía sometida; nada escapaba a las garras que me apresaban.
Durante lo que me parecieron horas, rogaba en mi interior que me dejaran en paz, rezaba y volvía a suplicar. De repente, sin nada que lo anunciara, la presencia me abandonó. Un vacío ocupó su lugar y percibí que ese visitante se había llevado consigo una parte de mí.