Cuando despierta el silencio 6 — Patxi
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6 — Patxi

Hacía aproximadamente un día que había terminado mi turno. Me encontraba de camino a un pueblo costero de Galicia donde años antes me había comprado una casita. Me encantaba ir y despejarme cuando disponía de unos pocos días libres.

Era la tercera vez que sonaba el teléfono cuando decidí responder. Llamaban desde un número que no reconocía; no auguraba nada bueno para mis vacaciones.

—¿Diga?

—¿Oficial Goitia?

Resoplé; no sabía por qué me molestaba en apagar el teléfono oficial si cuando se les antojaba joderle a uno las vacaciones, encontraban la forma de amargárselas igualmente.

—¿Disculpe? ¿Me escucha?

—Sí, Francisco Javier Goitia al aparato. ¿Qué se le antoja? —pregunté sin disimular ni un ápice del cabreo que sentía.

—Me han pedido que le localice…

—Si tengo que darme la vuelta, dígamelo ya y me van contando —la corté.

—Me temo que sí, lo siento —titubeaba al pronunciar las palabras—. Le paso con el comisario García.

—Buenos días, Patxi. Espero no pillarte en tierras gallegas .

—Kaixo, Pedro. Por suerte esta vez solo he llegado hasta Navia, la mitad del camino. Estaba disfrutando de los parajes verdes asturianos cuando habéis empezado a llamarme —dije con irritación—. ¿Qué ha pasado para que tengáis que tocarme las narices los cuatro días de vacaciones que me cojo al año?

—Han denunciado la desaparición de diez chavales de veinte años en la madrugada del miércoles.

—¿De verdad no hay otro que pueda ocuparse de eso?

Y, por cierto, estamos a viernes. Podrías haberme llamado ayer que aún estaba en casa y me hubiese ahorrado hacer la maleta y atravesar Cantabria y media Asturias.

Entre tú y yo, me da que el que se inventó eso de «Cantabria infinita» o no conocía Asturias o nunca la había atravesado por la Autovía del Cantábrico de este a oeste.

—Pensamos que era una chiquillada, pero es uno de esos casos que te gustan.

—Vamos, que no tenéis ni idea de qué ha pasado o la cosa no tiene ni pies ni cabeza.

—Más o menos —admitió—. Han desaparecido, creemos que al mismo tiempo, y sin dejar rastro. Solo se han encontrado sus móviles y otros enseres personales.

—¿Y qué tiene de especial? Mira que me estoy arrepintiendo de haber dado la vuelta.

—Estaba nevando…

—Pues más fácil: sigue sus huellas, como en Hansel y Gretel —lo corté malhumorado.

—Si me dejas terminar… solo están sus huellas hasta un punto en el que parece que se han movido de forma errática. A partir de ahí, nada .

—¿Y habéis contactado con David Copperfield? Igual eran sus alumnos aventajados y han salido volando.

—Vale, veo que ya tengo tu interés. Hay un testigo, el hermano de una de las desaparecidas, que asegura que su hermana se esfumó entre sus brazos.

—¿Y qué dicen los rastreadores?

—Los perros se niegan a entrar en la zona de la desaparición.

—¡Estás de broma! —Eso sí que me generaba curiosidad.

—No te he dicho lo mejor. Ha sido en Erregetxe, creo que te suena.

Había nacido y crecido en ese pueblo. Tenía dieciséis años cuando mis padres vendieron el baserri familiar y se compraron un piso en Bilbao.

—No me jodas —le respondí—. Si crees que van a largar algo porque sea de allí, lo tienes claro. Creo que nadie me relaciona con el chavalín que se fue hace más de treinta años.

—Pero te conocen, pasas por allí todos los días.

—Claro que me conocen, pero como el grandullón con americana y camisa que se toma su cortado y se compra doscientos cincuenta gramos de embutido y una barra de pan todos los días.

No saben que soy ertzaina y no me hace gracia que se tengan que enterar.

Venga, ponme al día y así me amenizas el viaje de regreso.

—Buenos días, Marta. ¿Qué tal ama? —saludé a la camarera nada más entrar al bar.

—Como siempre, que en su caso es lo mejor que podemos decir. ¿Un poco tarde, no? ¿Te han retenido en el control de la entrada desde las ocho? —se burló ella .

Eran las dos menos cuarto del mediodía y normalmente acudía a las ocho y media de la mañana.

—Además, te hacía en tierras gallegas. Aunque no sé qué buscas allí que no tengamos por aquí.

—Pulpo con cachelos, marisco y un remanso de paz en mi casita del barrio de los pescadores… Y esos pobres que tenéis por toda la calle como pollos sin cabeza… no me han puesto ninguna pega. ¿Qué tal las cosas por aquí con todo esto de las desapariciones? ¿Conocías a alguien?

Supe la respuesta antes de que contestara. Su semblante se ensombreció. Era posible que llevara así todo el rato, pero que hasta ese momento lo hubiera ocultado tras su impostada sonrisa de camarera.

—Ha desaparecido la hermana del mejor amigo de Josu; son como de la familia y…

—¿Está bien tu hijo? ¿Y su amigo?

—Mi hijo sí, pero Miguel estaba con ella cuando desapareció.

Ya me habían leído la declaración completa del chaval, el único testigo presencial conocido. He visto suficientes víctimas para reconocer a alguien completamente roto.

—¿Y entonces qué haces por aquí? —preguntó cambiando de tema mientras me servía mi cortado sin azúcar.

—Pues estaba oliendo ya casi el mar cuando me han llamado de jefatura para ayudaros con la búsqueda —traté de quitarle un poco de hierro a la revelación.

—No me fastidies, Patxi. ¿Eres…?

—Oficial Goitia, pero, por favor, sigue llamándome Patxi.

—Y así se resuelve el misterio de a qué se dedicaba el gigantón madrugador. ¿Y el uniforme ?

—En mi sección trabajamos de paisano; esto es lo más parecido a un uniforme —le expliqué mientras abría la americana para que viera la placa que colgaba de un cordel que tenía al cuello.

Acostumbraba a guardar la identificación en una cartera, pero cuando trabajaba en un operativo como aquel, era más cómodo y práctico para todos que la llevara bien visible.

Mi siguiente parada era la tienda de Margarita; no había probado bocado desde el desayuno y un cuerpo como el mío no se mantenía del aire.

Era un firme defensor de que un buen bocata de chorizo entraba tan bien a la hora del almuerzo como a la hora de la comida, solo que era necesario ampliar un poco sus dimensiones.

Con una barra grande cargada de mortadela y chorizo, me dirigí al ayuntamiento donde tendría que estar esperándome el agente local Martínez.

Se había tomado la libertad de visitar todos los puntos de las desapariciones y sacar fotos la misma noche del suceso.

No debería haberlo hecho, pues ya había sido relevado.

Gracias a eso teníamos pruebas de que los chavales aparentemente se habían esfumado.

Las fotografías eran tan claras como inquietantes.

En cinco de las series solo aparecía un rastro de huellas que avanzaba por la nieve hasta un punto donde todo se volvía caótico.

Pisadas que se cruzaban, vueltas sin sentido…

y, de repente, nada. En otras dos ocurría exactamente lo mismo, salvo que hasta ese punto llegaban dos pares de huellas en lugar de uno.

La última serie mostraba la escena del único testigo.

Las imágenes eran más confusas, pero encajaban con la declaración de la familia.

Dos personas avanzaban juntas. Después solo seguía un rastro, el de alguien que corría.

Se apreciaban resbalones, marcas de caídas y cambios bruscos de dirección.

Me daba lástima aquel chaval; tenía que haber estado aterrorizado.

Más adelante, sus pisadas se cruzaban con las producidas por las enormes botas de agua de su padre, que había salido al oír los gritos y se lo había llevado en volandas hasta casa.

Después regresó para buscar a su hija y recogió la linterna y el teléfono que encontró arrojados sobre la nieve.

De no ser por esas instantáneas, seguramente todo eso habría sido borrado por la nieve u otras pisadas a primera hora.

Oficialmente debía tomar declaración a Martínez y tirarle de las orejas por saltarse el protocolo.

Mi intención era darle las gracias e invitarlo a un pincho de tortilla del bar de Marta en cuanto me contase lo que había pasado.

En algún momento tendría que pasar por el moderno centro penitenciario construido en la ladera de Artxanda hacía unos diez años. No esperaba encontrar nada allí, pero descartar una fuga o un permiso mal comunicado apenas me llevaría unos minutos.

También tenía intención de hablar con el responsable del equipo de la Unidad Canina, ya que el informe era cuando menos desconcertante.

Los perros seguían el rastro de las víctimas hasta unos metros antes del punto en el que se habían evaporado.

Allí metían el rabo entre las patas y empezaban a gimotear.

El único can que siguió a su compañero humano hasta la zona se orinó de terror y volvió sobre sus pasos huyendo del lugar.

Ningún animal conseguió localizar rastro alguno en los alrededores.

En mis años de profesión había aprendido a desconfiar de los testigos. Nunca de un perro.