Cuando despierta el silencio 5 — Josu
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5 — Josu

Me encontré solo sentado en la cama de mi amigo.

Miguel acababa de levantarse con un esfuerzo que se me antojó sobrehumano.

Estaba vestido con ropa de domingo. Se alejó arrastrando los pies hasta la entrada de su cuarto, donde Eugenia le tomó de la mano para acompañarlo y ayudarle a bajar las escaleras.

Se giró y me despidió con un susurro. Al abandonar la estancia, se aseguró de que la puerta quedara visiblemente cerrada, pero realmente abierta.

Reconocí la técnica que solíamos emplear cuando queríamos salir o entrar sin que la manilla se quejara con un chirrido.

No sabía qué estaba pasando ni a dónde se dirigía, pero, fuera lo que fuese, quería que lo siguiera sin alertar a nadie.

La forma de andar de mi amigo me recordó aquella vez en la que, jugando al fútbol, había roto un cristal del colegio y llamaron a casa.

El movimiento titubeante, con los hombros caídos y la cabeza gacha, era el mismo que presentaba camino del despacho del director, donde sabía que sus padres aguardaban.

Una vez que se me pasó la impresión de verlo en esas condiciones, me quité el abrigo, las botas y la capa exterior de los pantalones.

Esperé hasta que dejé de oír los pesados pies que caían como plomo, peldaño a peldaño.

Con un suave tirón abrí la puerta y salí al recibidor.

Solo hicieron falta un par de pasos para poder asomarme a la esquina, desde la que ya se empezaban a escuchar varias voces.

Los ladridos de Argi seguían oyéndose desde el exterior.

—Gracias por la declaración —dijo una voz desconocida.

—De nada. ¿Saben algo? —La voz áspera de Gorka, el padre de Miguel, se elevó entre el barullo de la estancia.

—Lo sentimos mucho, pero no tenemos nada que podamos compartir todavía.

—¿Cómo pueden no saber nada? —La pregunta de Sonia había empezado como un lamento y terminado en un grito.

—Ha sido una noche complicada con diez… —La frase continuó, pero se vio apagada por un grito.

—¿Complicada? Es mi hija la que ha desaparecido… —Se interrumpió cuando dejó escapar un sollozo.

—Tranquilízate, cariño —le dijo su marido.

—Lo, lo siento mucho. Perdónenme, estoy un poco alterada —se disculpó ella unos segundos después.

Cuando el silencio se volvió palpable desde mi posición, supe que habían descubierto la presencia de Miguel.

—Mi niño… siéntate aquí, a mi lado. —Su voz se calmó de golpe con la clara intención de no alterar a su hijo.

Yo no podía dejar de darle vueltas a lo que acababa de escuchar.

La hermana de mi mejor amigo había desaparecido; había pasado con ella casi tanto tiempo como con Miguel.

No podía ser… No estaba seguro, pero creía haber escuchado al policía decir algo sobre diez casos.

Debía de haber oído mal. Diez personas no desaparecen en una sola noche.

Y… ¿por qué estaba la Ertzaintza y no el agente Martínez?

—Miguel, sé que ahora mismo todo resulta confuso —dijo otro policía, uno con un tono más suave y cercano—, pero necesito que me ayudes a encontrar a tu hermana. Te voy a hacer unas preguntas y contéstame lo que recuerdes. Si tienes alguna duda o no estás seguro, tranquilo, es normal. ¿Listo?

—Sí. —La respuesta llegó hasta mí como un suspiro apenas audible.

—¿Estabas con ella cuando desapareció? ¿Estabais solos? —Un breve silencio en el que supuse que el interrogado asintió—. ¿Estás seguro de eso? ¿No viste a nadie entonces?

Las preguntas y los silencios se sucedían unos tras otros. No podía llegar a imaginar cómo debía de estar pasándolo Miguel y mucho menos cómo lo habría pasado la noche anterior al despertar y descubrir que su hermana no estaba.

—No desperté, no me desmayé —interrumpió la pregunta que aún no había terminado de escuchar.

Eran las primeras palabras que pronunciaba desde el asentimiento inicial. Lo hizo con una seguridad devastadora.

—Estábamos en el camino; luego todo se oscureció y, cuando volvió la luz, ella no estaba.

—¿Te refieres a que se apagaron las linternas y se encendieron de nuevo?

—No… bueno, sí… —balbuceó—, pero no fue solo eso. La luz desapareció por completo como si te encerraras en el sótano, cerraras los ojos con fuerza y te los taparan con las manos. Nunca he visto tanta oscuridad, pero no me dormí ni desmayé; un instante después estaba ahí, de pie, solo.

Se me encogió el corazón cuando escuché a mi amigo relatar ese momento con tanto detalle. El silencio del policía me dio a entender que, al igual que yo, creía que Miguel había imaginado buena parte de lo que contaba.

—Santa Agedan abesten baduzu, behin betiko gaua aurkituko duzu. —La amama cortó el silencio; en esta ocasión no se trataba de una expresión o una exageración. Sus palabras surcaron el ambiente y se clavaron como carámbanos de hielo en todos los presentes.

—Disculpe, ¿qué ha dicho? Demasiado rápido para mí —acertó a pronunciar uno de los policías como si acabara de despertar de una ensoñación.

—No le haga caso, historias de viejas —le restó importancia su hijo—. Una traducción aproximada sería: «Si por Santa Águeda sales a cantar, la noche eterna hallarás». Un dicho popular de la zona.

—Historias de viejas… —refunfuñaba Eugenia.

Unos segundos después reanudaron la entrevista.

—¿Qué hiciste cuando volvió la luz?

El ertzaina preguntaba y Miguel respondía una y otra vez.

Subjetivamente, el interrogatorio se extendió a lo largo de unos minutos para mi percepción, pero horas para mis piernas en cuclillas.

Objetivamente, consulté la hora en mi reloj: cuando el agente se despidió, habían pasado treinta y cinco minutos.

—Gracias, Miguel. Creo que hemos terminado. Puedes irte.

—Lo has hecho muy bien, maitea. Vuelve a tu habitación y túmbate un rato.

El beso que le estampó se escuchó alto y claro desde el descansillo del primer piso.

Unos pasos acelerados se fueron acercando escalera arriba.

La cara de mi amigo seguía siendo de circunstancias, pero volvía con los hombros menos hundidos y respirando con mayor calma.

Lo recibí con un abrazo y nos dirigimos al cuarto.

La voz de uno de los ertzainas nos alcanzó antes de que cruzáramos el umbral .

—Disculpe, Eugenia. ¿Tendría cinco minutos para contarnos esas historias? —le preguntó—. Y, si ya no es demasiado tarde, aceptaría ese té que me ofreció antes.

El ertzaina cambió del castellano a un euskera normativo muy correcto, como el que nos enseñaban en clase. Hablaba con fluidez, pero poco tenía que ver con el vascuence que chapurreábamos en Erregetxe.

—Ahora se lo traigo.

Escuchamos unos pasos apresurados que se perdían en la cocina.

—Sí, claro, pero quiero que quede claro que no son historias de viejas o leyendas populares —la anciana hablaba con un ritmo inusitadamente pausado para hacerse comprender—.

Voy a dejar la cháchara a un lado y relatarles solo lo que yo viví.

Alguna de estas cosas creo que hasta podrán contrastarla con algún documento oficial, si queda alguno de la época.

— ❖ —

Esa frase popular que ya pocas familias quieren recordar nos la repetían nuestros padres y abuelos cada año cuando salíamos a cantar. Solía venir acompañada de advertencias e historias de jóvenes que cada cierto tiempo desaparecían.

Algunos decían que pasaba cada diez años, otros, que era cada doce o quince. Lo que nunca variaba era que diez jóvenes de unos veinte años desaparecían sin dejar rastro y que nunca más se sabía de ellos.

Hasta aquí el cuento de viejas que dice mi hijo. Ahora permítanme que les explique lo que pasó cuando yo tenía ocho, nueve o doce años. Siento no poder ser más precisa, pero una tiene ya cierta edad y todo lo lejano se funde en el tiempo.

El día cinco de febrero era jueves y, por lo tanto, día de mercado.

Mis padres y yo bajamos al pueblo, pero al llegar, los puestos no estaban montados.

Las carretas y maderos estaban tirados sin cuidado frente a la iglesia.

Los animales de tiro pacían sueltos. Mis padres se pusieron muy nerviosos y cuchicheaban entre ellos.

Vimos unos conocidos que se dirigían a la iglesia y los seguimos.

—…anoche diez de nuestros vecinos desaparecieron, entre ellos mi hijo, José. Hacía trece años que no teníamos que enfrentarnos a la realidad —anunciaba el herrero con lágrimas en los ojos.

De ese detalle sí que me acuerdo: aquel hombre gigantesco lloraba desconsolado y me marcó mucho. Mis padres me agarraron y volvimos a casa apresuradamente. Nos encerramos y no salimos más que para lo imprescindible las siguientes semanas. No se supo nada más de ellos.

Por fortuna, yo solo tuve que enfrentarme a lo mismo una vez más.

Andaría cerca de los treinta, aunque quizá no tuviera más de veinticinco; a estas alturas tampoco lo recuerdo con exactitud.

Este grandullón aún no había nacido. Aquel cuatro de febrero desaparecieron otros diez jóvenes.

Organizamos partidas de búsqueda durante semanas, pero no pudimos encontrarlos, aunque unas semanas después una de las chicas apareció en el pueblo.

Nunca se supo qué le pasó. Dijo que estuvo encerrada en los túneles de la guerra, en unas galerías muy profundas.

Las autoridades buscaron sin encontrar rastro del resto de chavales ni evidencias de que ella hubiera estado allí.

La verdad es que nunca me interesé demasiado por ello —estas cosas, cuanto más lejos, mejor—, así que solo puedo repetir habladurías.

Lo que sí sé es que tras ese año, nunca volvió a repetirse hasta ahora… Más de setenta años de calma y ha tenido que sucederle a mi dulce niñita.

— ❖ —

La amama finalizó el relato entre lágrimas que compartía en ese momento con su hijo y nuera.

En mi cabeza se repetían dos frases: «diez casos» y «diez jóvenes de veinte años». Al inicio no había querido creer la primera, pero ahora, tras la historia, ya empezaba a estar convencido de que la frase del ertzaina que había quedado apagada por el grito había sido esa: «diez casos».

—Muchas gracias. Por desgracia, cualquier documento que hubiera podido existir desapareció en el incendio del ayuntamiento del ochenta y tres.

No obstante, sí que los compañeros han localizado alguna noticia en la hemeroteca de la prensa local que se hizo eco del suceso, pero de forma muy vaga y con más amarillismo que información.

—¿Pero entonces ya sabían que esto había pasado antes? —El horror era palpable en la ama de mi amigo.

—Hasta esta noche no. Otras familias han hecho referencia al suceso de hace casi ochenta años, aunque se lo tomaban más como una leyenda que como algo real.

Eugenia es la primera que encontramos que lo haya vivido en primera persona.

¿No sabrá cómo se llamaba la chica o las señas de alguien que pueda recordar algún dato adicional ?

—No… y el problema de tener tantos años es que los conocidos de la juventud se dividen en tres grupos: los que ya no están, los que están seniles y los que no quieren recordar. Es posible que encuentre alguno de los dos últimos en la residencia de Loiu; la mayoría acaban ahí.

—Muchas gracias. Gracias a todos.

Miguel y yo nos habíamos quedado petrificados con el relato de su abuela. Consideramos que ya era hora de regresar a su cuarto.

—¿Tú la crees? ¿Crees que de verdad pasó eso?

—Sí, si no me hubiese pasado… seguramente pensaría que a amama se le ha ido por fin la cabeza. —Algo debió de leer en mi expresión porque dirigió su vista al suelo antes de continuar—. ¿Tú me crees, no? El ertzaina creo que piensa que me lo he inventado todo. Pero tú… Dime que me crees, por favor.

—No lo sé… La verdad es que es todo muy fantasioso —dije mientras yo también apartaba la mirada.

—Esperaba… que al menos tú… Déjame contarte todo por lo menos. Ama me dijo que no se lo dijera a la policía porque pensarían que me lo estaba inventando.

—¿Todo? —pregunté incrédulo pensando que lo escuchado ya era bastante inverosímil. Él asintió.

—Ya veíamos la casa a lo lejos.

Entendí que por poco no me había encontrado con el lugar donde había pasado todo.

—Lo primero fue que el sonido se apagó… Era como hablar con alguien por teléfono usando unos cascos con cancelación de ruido; escuchas a la otra persona, pero no si un coche pasa a tu lado .

Me contó con lágrimas en los ojos el momento en el que se dio cuenta de que su hermana había desaparecido, el encontronazo con su padre, la vuelta a casa.

Detalló lo que le pasó y las cosas que solo creía, como que cuando regresó la luz no vio más huellas que las que dejaron su hermana y él en el ascenso.

Con cada palabra de mi amigo, mi escepticismo se esfumaba.

Era imposible no confiar en él viendo el sufrimiento en cada sonido que articulaba.

El temblor de su mandíbula al intentar sin éxito pronunciar su nombre, las convulsiones durante las pausas en las que recuperaba el aliento que las lágrimas y los sollozos le robaban.

Si unos minutos antes el refrán y los recuerdos de la amama me habían dejado paralizado, ahora me daba la sensación de que se abrían camino por mi interior como esquirlas de hielo, haciendo que un terror helado se apoderara de mí.

Terminó su relato y se hizo el silencio mientras trataba de poner en orden mis pensamientos.

—Gracias por venir.

Me limité a darle una suave palmada en el hombro, como habíamos hecho desde niños cuando las palabras sobraban.

Llamaron a la puerta y abrieron.

—Hola, Josu, cariño, ¿te quedas a comer?

El ama de Miguel había subido a invitarme. Seguramente Eugenia le habría avisado de mi visita.

—Lo siento, no sabía nada cuando vine. No, no quiero molestar.

—Tú no molestas, eres uno más de la familia. Esta tarde temprano organizarán partidas de búsqueda y, si tu ama te deja, igual quieres acompañarnos.