4 — Nekane
Frío. La ropa de fiesta empapada se me pegaba a la piel como una segunda capa.
Todo seguía consumido por la oscuridad. Abrazaba con fuerza a mi hermano, notaba su respiración agitada contra mi pecho, escuchaba cómo lloriqueaba de terror apoyado sobre mi hombro.
Todo a nuestro alrededor permanecía en un silencio agobiante. Un grito lejano se abrió paso hasta mí.
La realidad se desvaneció. No percibía el cuerpo agitado de mi hermano contra el mío, sus manos en mi espalda dejaron de apretarme contra él, sus lamentos se perdieron en la vastedad del espacio.
Me encontraba sola en el camino que ascendía hasta mi casa, estaba tan oscuro que cerrar los ojos no cambiaba nada.
Había dejado de nevar y el viento ya no me golpeaba sin tregua.
No escuchaba nada, pero la sensación opresiva había desaparecido.
Estaba segura de que, si había algo que oír, lo escucharía con nitidez.
El suelo, duro, ya no se hundía con mis movimientos.
En la lejanía escuché nuevamente unos alaridos: los gritos desconsolados de un chico retumbaban como un eco que me perforaba la sien sin detenerse.
—¡Mikel!
Salí corriendo hacia uno de los últimos ecos.
No había dado ni dos pasos cuando algo golpeó mi frente.
Entonces, una mano gigantesca hecha de roca me barrió y me arrojó contra un suelo de piedra y arena.
Quedé tendida de espaldas sobre el duro lecho rocoso.
La cabeza me palpitaba por el impacto, el cuerpo se me entumecía por momentos, los gritos no cesaban.
Desperté. Abrí los ojos y luego, pensando que no había mandado la orden adecuada, volví a abrirlos.
Seguía sumida en la negrura más absoluta.
La oscuridad… Había una cosa relacionada con la oscuridad.
Un recuerdo de niña trató de aflorar entre el dolor que me atenazaba.
Mi amona y ama siempre aprovechaban la mañana de Santa Águeda para repetir un viejo refrán.
Yo no les prestaba atención. «Si por Santa Águeda… » No. No era así. «…la noche…»
Las palabras se deshicieron antes de llegar a mi memoria. Solo recordaba la cara de circunstancias de mi abuela cada año, cuando ya de más mayor empecé a salir a cantar.
Todo mi cuerpo se quejaba, muy especialmente la cabeza, como si alguien hubiese decidido tañirla igual que una campana llamando a misa.
Bajo mis manos extendidas, sentía una fina capa de arena y pequeñas piedras sobre un suelo rocoso irregular.
Examiné con las palmas a mi alrededor sin percibir cambios en el suelo.
Traté de estirar las piernas y me topé con que un objeto pesado frente a ellas impedía su movimiento.
Empujé con fuerza y mi cuerpo se desplazó varios centímetros en dirección contraria.
El brusco movimiento había agudizado el dolor punzante de mi frente.
Alcé mi mano derecha y palpé suavemente la zona; un bulto considerable emergía del centro.
Lo toqué y no sentí que sangrara, pero no pude ahogar del todo el grito que escapó entre mis dientes.
¡Los gritos! ¡La nieve! ¡Mi hermano! ¿Dónde estaba?
Un sinfín de imágenes y escenas se superpusieron a la negrura.
Cantando con la cuadrilla de puerta en puerta; golpeando la mano de Peio y derramando el vino cuando trataba de acercar un txikito a mi hermano; la comida copiosa que Antón y María nos habían servido al mediodía; el camino de regreso cuando la noche empezaba a caer; Peio de rodillas suplicando una canción más; los primeros copos de nieve; la ventisca; el silencio más absoluto; la cara de terror de Mikel; la noche eterna.
Vi aquellas imágenes como si pertenecieran a otra persona.
Sabía que acababan de ocurrirme, pero a la vez no las reconocía como propias.
Mi respiración comenzó a acelerarse. El pánico producido por la situación y la preocupación por mi hermano se enfrentaban en una encarnizada lucha para tomar el control de mis pensamientos.
El impulso de gritar ascendía desde mis pulmones hasta mi garganta y se ahogaba antes de llegar a mis cuerdas vocales.
Mi cuerpo se tensaba dispuesto a golpear de desesperación.
Las lágrimas llegaban a mis ojos y patinaban por la cara hasta caer sobre mi pelo castaño.
Lloré amargamente por lo que supuse una eternidad, pero aún no parecía suficiente.
Me quemaban los ojos, me ardía la garganta por el esfuerzo, se me hacía difícil respirar por la acumulación de mocos.
Las punzadas de la frente se habían convertido en los golpes de un martillo que se agitaba al son de un herrero.
Seguía queriendo gritar, pero no tenía fuerza suficiente para que el sonido se materializara más allá de mi boca.
En el suelo, en posición fetal, sin más lágrimas que poder derramar, me sumí en mi agonía silenciosa.
No sabía cuánto tiempo llevaba así. ¿Minutos? ¿Horas?
—No puedes quedarte ahí tirada lamentándote de tu existencia —dijo una voz en mi interior .
—No puedo moverme —le respondí con un pensamiento.
Se me antojaba un gran esfuerzo el simple hecho de formular esas palabras en mi cabeza.
—Muy bien, seguro que tu hermano está en una cama muy cómoda en estos momentos —lanzó cada palabra como una estocada cargada de veneno.
Mi hermano… se había esfumado entre mis brazos sin que yo pudiera hacer nada.
Estaba ahí, empequeñecido por el terror y un momento después me encontraba abrazando el vacío.
Tenía que encontrarlo, hacer todo lo posible por protegerlo.
Era posible que, de no ser por esos últimos pensamientos, hubiese permanecido ahí tirada indefinidamente.
Lentamente, sacando energía de la preocupación, me giré y logré sentarme.
La ropa seguía mojada y fría. Parecía que la humedad se concentraba en la capa exterior, así que me quité la chaqueta de lana y el vestido de aldeana y me quedé con la camisa y los pololos que me cubrían las piernas.
La temperatura, sin llegar a ser cálida, resultaba más agradable ahora que no cargaba con las heladas prendas.
—Muy bien, ahora intenta descubrir dónde estás —me instó la voz.
—Ya voy, necesito respirar un poco.
Puesta a gatas, arrastrando mis manos por el suelo delante de mí, estaba decidida a encontrar una pared en busca de…
—¿Qué vas a buscar? ¿Qué quieres encontrar?
—No lo sé, pero es un principio y es lo único que puedo hacer —me respondí mentalmente.
No tardé mucho en localizar un punto en el que el suelo terminaba y ascendía verticalmente.
Analicé la rugosa superficie. Estaba hecha del mismo material, solo que, en lugar de haber sido alisada, daba la sensación de que habían ido extrayendo pedazos de la roca sin preocuparse por el acabado.
Me vino a la mente una mina o un túnel tallado en la montaña.
Con una mano apoyada sobre la pared y poniendo la otra por encima de mí, me puse de pie. Habiendo comprobado que no alcanzaba el techo con los brazos extendidos, me propuse comenzar mi inspección siguiendo el contorno de la estancia.
La idea era simple: extendería poco a poco la mano y el pie izquierdos examinando la pared y el suelo para después desplazar con cuidado el resto del cuerpo.
El proceso era lento; algunas de las piedras estaban afiladas y me producían rasguños en las manos al dar con ellas.
Además, sobresalían y se hundían sin seguir un patrón definido, por lo que me resultaba inevitable golpearme los dedos de los pies a través del cuero de las abarkas.
Calculé que había recorrido unos tres o cuatro metros cuando la dirección cambió abruptamente.
No encontré una esquina; el muro seguía con sus oquedades y protuberancias, pero ahora en una dirección diferente.
En ese punto, me senté para tomarme un corto descanso.
Tenía los músculos agarrotados por la tensión continua y las magulladuras de las manos escocían.
El silencio era casi absoluto. Si dejaba de respirar, llegaba a escuchar la melodía que cientos de gotas producían al caer aquí y allá. Nada más alteraba la intranquila paz de ese lugar. Desde algún punto recóndito escuché lo que podían ser los ecos ahogados de un grito.
—¿Mikel? —pregunté en un susurro mientras la oscuridad me abrazaba de nuevo.
—Es solo tu imaginación —trató de tranquilizarme la voz de mi interior .
Permanecer ahí sentada sin hacer nada me estaba consumiendo por dentro.
Tenía que seguir. Una vez incorporada, me puse nuevamente con la tarea.
Poco después estuve a punto de caerme; la pared que palpaba con mi mano desapareció de repente y se hundió.
Examiné esa sección hasta hacerme una idea de qué era lo que tenía delante.
A la altura de mi cadera, una piedra lisa se insertaba más de medio metro en el muro.
La zona se extendía alrededor de un metro y medio y formaba lo que parecía un nicho cavado en la roca.
En una esquina del lecho, acaricié un fardo de telas dobladas que resultaron ser unas mantas de lana llenas de polvo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al entender que aquella cama había sido preparada para una estancia prolongada…
No pensaba quedarme allí el tiempo suficiente para comprobar la incomodidad que prometía.
—La esperanza es lo último que se pierde —se rio.
Seguí analizando el muro hasta que bajo el cuero de mis zapatos noté una reja sólida con huecos de unos dos centímetros y un agujero central por el que podía introducir mi pie sin problemas.
Fui a inspeccionarla con las manos, pero al agacharme, el vino que había tomado durante la jornada se revolvió en mi estómago por el nauseabundo olor que se abría camino a través de la mucosidad que aún taponaba mi nariz.
No me cabía duda alguna de la función que tenía ese reducido rincón.
Agradecí que lo hubieran puesto en una esquina que pudiera evitar.
No, no permanecería ahí el tiempo suficiente. Tenía que haber una salida.
Escuché una carcajada cargada de maldad en mi cabeza.
En la tercera pared solo encontré un pequeño saliente redondeado del tamaño de mi mano.
Seguí con mi inspección y no hallé nada destacable hasta que la roca desapareció tras unos pocos metros.
Di con unos barrotes metálicos y deslicé apresuradamente las manos por la fría estructura buscando un hueco por el que escapar.
Formaban una reja que ocupaba esa corta pared en su totalidad y que apenas superaba mi altura en veinte centímetros.
Había sido construida con barras de hierro o acero que se incrustaban en la roca que las rodeaba.
Fui asiendo las piezas una por una y traté de moverlas; ni una sola se desplazó siquiera un milímetro.
En el centro, una puerta con la misma manufactura estaba cerrada con un gran candado.
La agarré con ambas manos y la zarandeé, provocando un retumbar que me taladraba las sienes, pero sin lograr que cediera.
—¡Hola! ¿Hay alguien? —grité—. ¡Ayuda, por favor!
Las profundidades que se extendían más allá de mi cubículo devolvían mi desesperado ruego en miles de tonos diferentes.
En más de una ocasión dudé de si realmente era mi propia voz modificada por la gruta o si otras personas me estaban respondiendo en la lejanía.
Hubo un momento en el que hubiera jurado que un «Kaixo» saludaba desde la penumbra.
Estaba tan rota, tan abatida, que ya imaginaba cosas.
Desanimada, seguí el perímetro hasta volver a la cama, donde me senté.
Por algún lugar se coló una brisa gélida que trajo hasta mí un olor metálico, como el que inunda una fragua.
Me estremecí como en los días de invierno cuando estaba en casa con mi familia contemplando la chimenea y alguien abría la puerta de la calle para salir dejando que un jirón de hielo invadiera la estancia.
La corriente de aire me recordó la ropa mojada que había arrojado al suelo hacía…
¿Unos minutos? ¿Unas horas? De niña aprendí a estimar el paso del tiempo sin necesidad de relojes; allí resultaba imposible .
Incorporándome y extendiendo una mano, avancé arrastrando los pies con movimientos lentos.
Cuando llegué a la puerta, me desplacé ligeramente hacia un lado y volví sobre mis pasos.
En el segundo recorrido hacia la cama, mi pie derecho se topó con un bulto blando cuando apenas había soltado los barrotes.
Recogí la gruesa chaqueta. Algo más adelante se encontraba el vestido.
Busqué una de las paredes laterales con mucho cuidado de no golpearme y encontré la repisa circular.
Colgué la chaqueta de ella. Me dirigí a la pared contraria e hice lo propio con el vestido.
Me costaba moverme y pensar. No tenía claro cuánto había dormido, si es que lo había hecho en algún momento. A mi memoria acudió la imagen de mi figura corriendo unos tres metros antes de darse de bruces contra la dura roca y desmayarse.
—Si a eso lo podemos llamar dormir… —me consolé.
Extendí una de las mantas sobre la cama de piedra y me tumbé encima usando otra como almohada. Rodeé mis piernas con los brazos y en posición fetal, comencé a recitar en un susurro el padrenuestro.
—Padre nuestro, que estás en el cielo…
Antes de terminar la oración, caí presa del cansancio y las emociones vividas.
Soñé que dormía sobre mi cama. Mi madre entraba en la habitación; yo no podía ver lo que hacía, pero, al irse, se le caía de las manos un objeto que no lograba distinguir, y un tintineo metálico me despertaba sobresaltada.
Sin ser consciente de en qué momento lo había hecho, me encontré sentada sobre la manta. Pasaron unos instantes antes de poder situarme y comprender por qué mi colchón parecía hecho de granito. Tardé mucho más en darme cuenta de que el ruido que me había despertado no provenía de mi imaginación.
—¿Quién hay ahí?
No hubo respuesta, ni voces, ni golpes, ni el susurro de unos pasos al deslizarse al otro lado.