3 — Josu #2
Me di una ducha caliente, me vestí y bajé.
Todas las prendas eran de abrigo, impermeables, ligeras, cálidas y transpirables; ideales para una caminata de cuatro kilómetros.
Con un abrazo me despedí de mi madre y le di un beso a mi amona, que ya se había despertado y aguardaba frente a la televisión a que mi ama le preparara el desayuno.
Justo antes de abrir la puerta recordé que había nevado y tomé un bastón de paseo para ayudarme en la caminata.
—Agur, no me esperéis a comer.
—Agur, maitea, pásalo bien —se despidió cariñosamente ama.
El frío que mordió las partes descubiertas de mi cuerpo al salir a la calle contrastaba con el cielo despejado y el sol radiante que lo bañaba todo.
El paisaje, completamente blanco, hacía que me fuera imposible fijar la vista en ningún punto concreto sin deslumbrarme.
Avancé torpemente sobre los varios centímetros de nieve que cubrían el camino que surcaba el jardín.
La vía que bajaba por un sinuoso recorrido hasta la carretera principal no tenía mejor aspecto.
Descendí lentamente apoyándome en el cayado que llevaba y siguiendo las rozaduras que el coche de mi madre había dejado de madrugada.
Aunque aquella zona estaba más dura y no me hundía con cada paso, tenía su propio riesgo: la nieve compacta formaba capas de hielo quebradizas y resbaladizas.
Cuando alcancé la vía que conducía a Erregetxe, ya había dado con mis nalgas sobre el terreno en un par de ocasiones.
Caminaba a paso ligero por el borde de la calzada que había sido despejado por las quitanieves.
Pensaba en si sería buena idea acceder a través de los terrenos boscosos que rodeaban la finca de Miguel tal y como me acababa de pedir.
Si ya me había costado avanzar por una vía transitable, no sabía qué esperar del terreno forestal.
Tras pensarlo durante unos minutos, decidí intentarlo y, si lo veía complicado, dar media vuelta y entrar por el acceso principal.
El camino que marchaba desde la carretera al baserri de mi amigo y a las fincas colindantes no difería en mucho del que había tomado al dejar mi jardín.
Daba servicio de paso a unas pocas viviendas y tenía el pavimento mal asfaltado.
Me estaba mentalizando para afrontar el esfuerzo antes de llegar al desvío, cuando vi salir de él una quitanieves de la comarca.
Fruncí el ceño. Aquellos accesos nunca los limpiaban los servicios públicos.
Éramos los propios vecinos quienes, con palas y algún tractor, abríamos paso cuando la nieve apretaba.
Me dirigí por el recién despejado camino que ascendía prácticamente recto antes de tomar una curva cerrada hacia la casa de Miguel.
Recorrí la cuesta durante un kilómetro. Poco antes del recodo que llevaba directo a mi destino, tomé un estrecho sendero que se adentraba en un pequeño bosque de pinos.
Gracias al follaje, la capa de nieve que encontré sobre el suelo era fina y no me supuso más esfuerzo avanzar entre los árboles que en cualquiera de las escapadas que en ocasiones realizaba con mis amigos.
Más complicado fue dar con la abertura de la valla que solíamos usar.
El agujero no llegaba al metro de altura y estaba aparentemente reparado con unos trozos de alambre que podían retirarse sin dificultad.
Unos cuatro metros separaban la verja de las últimas coníferas, por lo que la nieve se había acumulado hasta el medio metro.
Me hundí casi hasta las rodillas. Pese a haber tenido la precaución de llevar ropa impermeable, la fría humedad se clavaba en mis piernas mientras con las manos removía la masa helada en busca del paso.
Argi me saludaba desde el otro lado correteando de un lado a otro.
Cuando lo encontré, aparté la nieve y, arrastrándome por el suelo, me colé en la finca de los Elexalde. Acaricié a la mastina que, una vez cumplido el trámite de bienvenida, se alejó por un lateral de la casa.
Recorrí los escasos metros que me apartaban del pie de la escalera.
Desde alguna ventana abierta de la planta baja se escuchaban gritos de desesperación que terminaron de congelarme.
Me quedé paralizado al reconocer la voz de Sonia.
Tuve que obligarme a subir los primeros peldaños cuando oí cerrarse de golpe la puerta principal.
Mis piernas cansadas me fallaban y mi cerebro embotado no procesaba la tarea que estaba acometiendo.
Patiné varias veces. En dos ocasiones, mis rodillas golpearon contra el borde de un escalón y a punto estuve de tener que comenzar de nuevo el ascenso .
La puerta de la planta superior estaba entreabierta.
Crucé el umbral y me dio la sensación de haber entrado en un lugar a la vez conocido y completamente ajeno.
Todo seguía igual que siempre. A la izquierda estaba la puerta del dormitorio de los padres de Miguel; enfrente, la de su hermana; y, al fondo, las de la amama y de mi amigo.
Al final del pequeño pasillo arrancaba la escalera que descendía al piso inferior.
Sin embargo, nada era igual. No habría sabido explicar por qué; quizá fueran los llantos que aún llegaban desde abajo, quizá el silencio que lo envolvía todo entre un sollozo y otro, pero el ambiente estaba enrarecido.
Aquella ya no parecía la casa que siempre había sentido como mi segundo hogar.
Antes de haber dado un paso, Eugenia salió de su cuarto. No tardó ni medio segundo en recomponerse del sobresalto.
—Tenía que habérmelo imaginado, Josu. ¿Vienes a estar con mi nieto? —preguntó en un susurro con su euskera acelerado y asentí—. Eres un buen chico, pero no tendrías que haber venido. No es un buen momento.
Dudó un instante y continuó:
—Ale, entra con él, pero no salgáis hasta que yo os avise.
La manilla chirrió cuando abrió la puerta del cuarto de Miguel y me hizo pasar con un pequeño empujón. Por mi cabeza se aglomeraban imágenes macabras, todas intentando ponerse en primer plano al mismo tiempo, pero nada me podía preparar para lo que me esperaba.
Sentado en el borde de la cama, mi amigo permanecía abrazado a sus piernas y ocultaba la cara entre las rodillas.
Apenas levantó la cabeza para mirarme cuando entré.
Su tez naturalmente morena había perdido todo el color y contrastaba con su pelo azabache.
Los ojos estaban inyectados en sangre, como si ya no le quedaran lágrimas.
No llegué a verle la boca, pero no me costó imaginar que su casi permanente sonrisa no era más que una mueca de desesperación.
Crucé el cuarto antes de pensarlo y me senté a su lado, abrazándole en silencio.
Mi cabeza ya no se hacía preguntas. Solo quedaba una voz dentro de mí: «AYÚDALE».
Me estaba cociendo por culpa de la ropa de abrigo, la cama se humedecía bajo mi cuerpo y unas huellas de barro señalaban el camino que había seguido. Nada importaba. Solo esa voz.
No sé cuánto tiempo pasamos así antes de que se girara hacia mí y me devolviera el abrazo.
—Gra… gra… gracias —logró decirme con una voz ronca.
Los ladridos graves de Argi rompieron el silencio. Unos segundos después, una luz azul parpadeante inundó la estancia desde el exterior. Me acerqué a la ventana y, al ver la pareja de coches patrulla, pregunté:
—¿Qué ha pasado?
Mi amigo se echó a llorar nuevamente. No articuló palabra durante la siguiente media hora.
Su abuela llamó a la puerta y abrió.
—Vamos, maitea, nos están esperando.