3 — Josu
Estaba negro de envidia. Mi mejor amigo había podido salir el día anterior con su hermana a celebrar la víspera de Santa Águeda.
Desde bien temprano y hasta media tarde, se dedicó a publicar en redes fotos y vídeos con los amigos de ella.
Todos, vestidos de aldeanos y con una makila, marchaban de puerta en puerta.
Coreaban la canción en su versión más clásica y también en variaciones más actuales mientras pedían vino o cerveza a la señora de la casa.
Recordaba que, cuando era más pequeño, visitaba el pueblo ese día con mis padres y mi amona, el ama de mi madre.
Solíamos disfrutar juntos de los cantos de las cuadrillas y volvíamos a casa tras haber hecho un almuerzo tardío.
Dejé de atesorar aquellos momentos de felicidad en familia cuando mi padre murió en un accidente de tráfico.
Yo tenía siete años y mi ama, que no llegaba a los cuarenta, pareció cumplir cincuenta de golpe al tener que cargar ella sola con la casa, la enfermedad de su madre y un niño que, más que ayudar, le complicaba las cosas.
Aquel era el primer año en que podía haberme unido a cantar con los mayores.
La hermana de Miguel y sus amigos se ofrecieron a apadrinarnos y llevarnos con ellos, pero mi amona había sufrido una de sus crisis unos pocos días antes y ama tenía que trabajar.
Si existía un día en el que una camarera estaba obligada a meter horas extra en Erregetxe, ese era el cuatro de febrero.
Santa Águeda era nuestra patrona y los días cuatro y cinco de febrero el pueblo se volcaba con la celebración.
Desde primera hora hasta bien entrada la noche, el alcohol regaba la garganta de jóvenes y ancianos que tomaban txikitos de vino y cañas de cerveza con ánimo de aclarar la voz.
Al despertarme bajé desde mi dormitorio en el ático a la cocina que se encontraba en la planta principal de nuestro baserri. Ama, con cara de no haber dormido, estaba preparando la medicación de su madre.
—¿Mucha fiesta anoche, jovencita? —bromeé.
—Hasta las tres de la madrugada sirviendo txikitos a on Gregorio y su cuadrilla. ¡Qué saque tienen estos señores para su edad! No sé cómo oficiará hoy la misa en honor a Santa Águeda. Además, cayó una nevada de aúpa y me tocó poner las cadenas al coche para llegar a casa, toda una aventura.
Nos reímos un rato haciendo bromas a costa del viejo párroco y sus amigos.
La risa de mi ama era radiante en los contados días en que lograba sacarla a pasear.
No se reía solo con la boca; toda su cara participaba en esa manifestación de la felicidad más pura.
En momentos como este, su rostro volvía a adquirir la calidez de los años en los que aita vivía.
—Y por aquí, ¿qué tal? —preguntó.
—De fiesta también. Amona volvió a tener una crisis nocturna. No tan fuerte como la de hace unas semanas, pero no nos aburrimos.
—Siento que tengas que pasar por esto, mi niño .
Mi madre me miró con preocupación. Desde que tenía memoria, mi abuela arrastraba una salud delicada.
A ello se sumaba una demencia y sus crisis.
Cada cierto tiempo sufría ataques, generalmente nocturnos, que la incapacitaban por unos pocos días.
La intensidad y la frecuencia habían ido en aumento con los años hasta tocar techo unas semanas antes.
— ❖ —
Dos sábados atrás, como era habitual, estaba solo en casa con ella.
La acompañé a su cuarto para dormir y me puse a ver una película mientras la comentaba con los amigos a través del móvil.
De repente, escuché un golpe y, a continuación, unos gritos desgarradores que no creía posible que salieran del débil cuerpo que acababa de arropar.
Fui a la habitación con ánimo de acompañarla durante la crisis, pero me encontré con que la puerta había sido cerrada desde el interior.
La anciana de más de noventa años, a la que llevábamos en silla de ruedas la mayor parte del día, se había levantado y cerrado el pestillo. Al otro lado la escuchaba gritar:
—¡No! ¡No puedo más! Por favor, para, para, ya no tengo fuerzas… —Se hizo un breve silencio—. De verdad, no puedo seguir. Lo siento. —Sollozaba.
Preso de la impotencia, golpeaba con todas mis fuerzas la puerta mientras las lágrimas cubrían mi cara. Ya estaba desesperado cuando el cerrojo cedió bajo mi peso y me vi tirado sobre la alfombra que adornaba la estancia.
Mi abuela se encontraba sentada en la cama mirando por la ventana abierta, ajena a mi presencia. Cerré para impedir el paso del frío nocturno de enero y me senté junto a ella. Abracé su cuerpo tembloroso mientras le hablaba despacio, intentando calmarla.
Cuando ama llegó un par de horas después, yo seguía llorando en el cuarto.
Me encontró sentado en la butaca que teníamos junto a su cama tomándola de la mano.
No me había molestado en recoger el cerrojo, por lo que aún estaba tirado por el suelo junto a unas pocas astillas que habían saltado del marco.
—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupada.
Le relaté lo sucedido y, tras dudarlo un poco, concluí:
—Ya no estoy seguro, ama, pero creo que hablaba en español.
Era consciente de que, pese a que en casa siempre hablábamos en euskera, amona entendía el idioma. También recordaba que desde que comenzó con lo que los especialistas catalogaban como enfermedad degenerativa, no había vuelto a pronunciar palabras en el idioma de Cervantes.
El mismo lunes acudimos al médico.
—Quédese tranquila, señora. Lo que me describe está dentro de lo esperable en este tipo de procesos degenerativos.
—¿Y lo de soltar frases en castellano? —contraatacó ama—. En los últimos meses apenas ha tenido la lucidez suficiente para decir alguna palabra y de repente se pone a hablar en español. ¡Mi ama hablando en español!
—Es completamente normal. Ese tipo de regresiones son compatibles con su cuadro.
—Le recuerdo que uno de los primeros síntomas fue que dejó de hablar en castellano sin ser consciente de ello. Y ahora, diez años después, me dice que es normal que la única frase completa que ha dicho en el último año sea en español .
—Tiene que comprender que este tipo de enfermedades son imprevisibles —comentó con cara de profesor universitario que no acepta réplicas de sus estudiantes—. Podríamos tratar de aumentar la dosis del sedante nocturno, pero en su estado actual no lo recomendaría.
Salimos de la consulta empujando la silla de ruedas con la sensación de que nos marchábamos igual que habíamos entrado: asustados por la salud de la amona y sin ningún tipo de solución para paliar los ataques que la debilitaban continuamente.
— ❖ —
—¿Qué planes tienes para hoy?
—Había pensado en pasar el día con Miguel, siempre que pudieras quedarte con amona, pero le he escrito esta mañana y no da señales de vida. Seguro que llegó a las tantas y aún le dura la resaca. —Fui incapaz de enmascarar mi cara de envidia.
—Pues salieron del bar sobre las seis con intención de volver a casa temprano, supongo que Sonia les habría puesto toque de queda. Además, no creo que tenga resaca, la cuadrilla lo tenía a base de agua y refrescos.
Eso me animó un poco. Imaginarme a mi amigo tratando de catar una gota de alcohol a espaldas de su hermana resultaba gracioso.
La conocía muy bien y estaba seguro de que habría actuado como un perro guardando su hueso.
En cualquier caso, con alcohol o sin él se lo habría pasado en grande.
Nunca me había importado cuidar de mi abuela, aunque en días tan señalados resultaba duro.
Sin embargo, siempre que pensaba en un momento feliz de mi niñez —en el parque, a la salida del colegio… —, ella estaba a mi lado.
PI-PIII. El timbre asignado a la aplicación de mensajería me llegó desde lo alto de la escalera.
Nuestra casa tenía tres plantas: la principal, que antiguamente había sido el granero y que ahora ocupaban una cocina moderna, un salón comedor y el cuarto de mi amona; la planta media, con cuatro dormitorios; y el ático, que adaptamos por completo para convertirlo en mi cuarto.
Desde arriba del todo llegaban los acuciantes pitidos, uno detrás de otro.
Conté al menos seis mensajes antes de llegar al último piso.
Al acercarme a la mesilla donde reposaba el teléfono, me agaché automáticamente para no golpearme con el techo que descendía en esa zona.
Miguel: Ven a mi casa y te cuento.
Miguel: No puedo salir.
Miguel: No llames a la puerta.
Miguel: Bueno, mejor entra por la finca de atrás y sube por la escalera de la fachada.
Miguel: Si alguien te pregunta, vienes a verme.
Miguel: Es probable que no pueda usar el móvil.
Miguel: En un rato te cuento.
Josu: OK. ¿Qué pasa?
Josu: Ahora voy.
El último mensaje no aparecía como entregado.
Me extrañaba mucho todo el secretismo, especialmente que me pidiera que accediera por la escalera que llevaba directamente a la planta superior.
Rara vez se usaba. De hecho, estaba seguro de que yo era el usuario más asiduo de ella.
Si la estructura aún permanecía operativa, era únicamente porque la amama de mi amigo se había negado a eliminar lo que llamaba «el legado arquitectónico del pueblo» cuando hicieron la reforma integral del caserío.
La antigua entrada se abría en uno de los laterales de la casa y se alcanzaba por una escalera de piedra adosada a la fachada.
—Me parece estupendo que quitemos el taller y usemos el bajo como vivienda; pase que pongamos la puerta principal en esa misma planta, pero me vais a tener que enterrar si queréis eliminar la ENTRADA de mi baserri —sentenció Eugenia cuando le hicieron la propuesta.
Como ella, con la centena cumplida hacía unos años, seguía viva y con ánimo de enterrarlos a todos, nadie tuvo el valor necesario para mencionarlo de nuevo.