2 — Miguel
Frío. Me encontraba calado. Millones de agujas atravesaban cada rincón de mi cuerpo. Todo a mi alrededor era oscuridad, la más absoluta nada. Más allá del dolor, solo podía sentir el cuerpo cálido de mi hermana entre los brazos.
Abrí los ojos. La cortina de oscuridad se desvaneció y, con ella, toda mi realidad.
Ya no nevaba. Estaba solo, en mitad del camino semiasfaltado que llevaba a mi casa.
Vi mi linterna y la de mi hermana tiradas en el suelo sobre la nieve, encendidas.
Donde un minuto antes estaba ella, no había nada; mis brazos extendidos rodeaban un cuerpo que ya no estaba ahí.
Las únicas pruebas de que no había sido un sueño eran las huellas que avanzaban junto a las mías y el recuerdo del aliento cálido con el que había tratado de calmarme mientras me abrazaba.
Impotente, grité su nombre con todas mis fuerzas una y otra vez.
Una bandada de aves agitó la copa de los árboles cercanos cuando despegaron asustadas.
Fue en ese momento, con el batir de las alas de los pájaros, cuando me di cuenta de que el volumen normal de las cosas había vuelto.
Con la misma facilidad con la que desapareció, el sonido regresó de golpe: el viento, las ramas, los animales, mi propia respiración.
Como si hubieran estado aguardando tras una puerta cerrada.
Desorientado, con mis sentidos saturados, tomé una linterna y salí corriendo por el camino pidiendo ayuda en la oscuridad.
En mi huida desesperada me tropecé y caí sobre el camino, provocando que la linterna quedara a unos metros.
Creía estar escuchando pasos que me rodeaban, murmullos que se acercaban velozmente y luego retrocedían.
La sangre palpitaba en mi cabeza embotando cualquier otra cosa que luchara por llegar a mí.
Los sonidos que un instante antes echaba de menos ahora me perseguían sin darme tregua.
Me incorporé y alcancé el foco de luz. Volví a gritar pidiendo auxilio y llamando a mi hermana mientras daba vueltas sobre mí mismo apuntando con la linterna en todas direcciones: ahora al suelo, a la copa de los árboles, al camino frente a mí…
No veía nada ni a nadie a mi alrededor, pero el rozar de las telas y el crujido de la nieve bajo las pisadas seguían persiguiéndome.
Me giré para enfilar de nuevo el camino a casa cuando me di de bruces con lo que me pareció una montaña peluda que me apresaba.
Tardé unos instantes en reaccionar y comenzar a zafarme de la mole que tenía enfrente.
Un foco de luz iluminó a mi captor y detuve mi forcejeo sin comprender nada.
Mi padre, con su abrigo de piel, me sostenía por los hombros a unos palmos de él tratando de que no le golpeara.
Veía cómo sus labios se movían, pero sus palabras sonaban como gruñidos que se mezclaban con los tambores que retumbaban sin cesar. La noche me arropó de nuevo.
Despertaba de una pesadilla. Abrí levemente los ojos en la tenue luz de nuestra sala de estar. Vestía un pijama abrigado, estaba echado sobre el sofá y arropado con mantas. Las chisporroteantes llamas de la chimenea eran lo único que iluminaba la estancia.
En la cercanía escuchaba una conversación en susurros entre mis padres.
—¿Pero qué ha pasado, Gorka? —suplicaba mi madre una explicación a mi padre—. ¿Y la niña dónde está? No me coge el teléfono. No habrá tenido las narices de dejarle solo en mitad de la nada y largarse con sus amigos porque no sé lo que le hago —alzó la voz.
—Cálmate, cariño, y deja que se despierte y nos cuente lo que ha pasado. Seguro que todo tiene una explicación y mañana nos estamos riendo de todo esto. Sigue llamándola porque seguro que alguien escucha la dichosa cancioncita que tiene.
Traté de incorporarme para que vieran que ya estaba despierto y que podía escucharlos. Tan pronto como recuperé la verticalidad, el mundo me dio vueltas y hubiese acabado en el suelo de no ser por las rápidas manazas de mi progenitor.
—Ya está, chico, ya. Con calma, no puedes levantarte así de golpe. Bastante susto tiene la ama como para que te caigas y te abras la cabeza. ¿Qué ha pasado?
¿Cómo que qué ha pasado? Solo había sido una pesadilla. Comencé a temblar.
—Volvíamos de cantar, estaba todo muy oscuro, los otros ya se habían ido a sus casas —relataba sin mucha coherencia—. De repente todo se quedó en silencio y las linternas se apagaron. Cuando la luz volvió, ella no estaba, el ruido también volvió. Salí gritando y me…
—Para, para —me interrumpió mi padre—. Vamos por partes, que no hay quien se aclare .
—¿Dónde se ha metido la irresponsable de tu hermana? Te juro que en cuanto la coja le quito todas las ganas de salir de fiesta a base de zapatillazo. Dejarte ahí solo, helado, con… —Mi padre la calló tomando una de sus manos entre las suyas.
—Ya has oído a tu madre. ¿Dónde está tu hermana? —El tono de mi padre era más tranquilizador pero no por ello menos urgente.
—No lo sé —acerté a decir—, estaba conmigo cuando los sonidos y la luz se fueron, pero…
no estaba después. La llamé. De verdad, aita, grité todo lo que pude —dije entre lágrimas—, pero no contestó.
No podía estar muy lejos, su linterna estaba junto a la mía, pero no contestó.
—Las palabras salían de mi boca con dificultad.
—¿Pero qué tonterías son esas de que se fue el sonido? ¿Cuánto vino te dio? Mira que le dije que no bebieras.
—¡Que no bebí, ama! —protesté.
El corazón volvía a bombear a toda velocidad y la vista se me nublaba. Algo de eso debió de notarse en mi cara.
—Túmbate un poco —me dijo aita mientras me ayudaba a recostarme de nuevo—. Voy a dar una vuelta mientras tu madre te prepara un caldo caliente.
Ambos se dirigieron a la cocina; ahora las voces llegaban entrecortadas.
—No me gusta… Sí, a todos, me dan igual las horas. Voy a salir a donde le encontré —susurraba la voz de mi padre cargada de preocupación.
—¿Estás seguro? —preguntaba mi madre.
—¿Qué voy a hacer si no? ¿Quedarme…? Deja que descanse un rato, no le agobies .
Me sumí en un sueño intranquilo. Me desperté con el aire gélido que inundó la estancia cuando mi padre abría la puerta de la calle. Aunque permanecí con los ojos cerrados, sabía que me miraba desde la distancia.
—¿Ha dicho algo más?
—No, sigue dormido —le respondió mi madre.
Por la dirección de la voz supe que se encontraba sentada en la butaca que estaba junto a mí.
—En casa de sus amigos no saben nada, aún no han llegado. ¿Y tú has visto algo?
—Solo he encontrado esto. —La voz de mi padre era la imagen de la desesperación contenida.
Se hizo el silencio unos segundos. No podía ver lo que le mostraba, pero sí sentí a mi madre estremecerse antes de soltar un lamento que me apuñaló el pecho.
—Son… son su linterna y su móvil —consiguió articular con dificultad.
Tuve la sensación de que el estómago se me vaciaba.
—Voy a llamar a Martínez, a ver si puede acercarse.
Escuché los pies de mi padre deslizarse contra el suelo, alejándose hacia el despacho.
El lento rozar de las suelas de caucho mojado de sus botas me heló la sangre más que los sollozos que brotaban de la garganta de mi madre.
Él siempre dejaba su calzado de calle en la entrada; era una acción que tenía tan automatizada como saludar con un leve gesto de cabeza a un amigo.
—Ama, ¿qué está pasando? —pregunté a mi madre confundido.
—Nada, cariño —respondió tratando de disimular su preocupación—. Ahora mismo te traigo un poco de caldo calentito .
Se dirigió a la cocina. Argi, nuestra mastina, me observaba desde un rincón.
La llamé para acariciarla y se acercó despacio.
Olisqueó con desconfianza la mano que le tendía y dejó escapar un ligero gruñido que sonó casi como un llanto.
Después retrocedió con el rabo entre las piernas y volvió a acurrucarse lejos de mí. Nunca se había comportado así conmigo.
—¡Te repito que no es una chiquillada! —El grito de mi aita llegó desde el despacho y retumbó en el salón—.
Es incapaz de separarse de ese trasto ni cinco minutos y lo va a dejar olvidado en mitad del camino nevado.
¡No me toques las narices, Martínez! —Unos largos segundos de silencio—.
¿Un aviso urgente? ¿Más urgente que una joven desaparecida? Vale, espero tu llamada.
Si la voz de mi padre me pareció terriblemente abatida durante la llamada, no denotaba ni un ápice del estado que reflejaban su rostro y la postura de su cuerpo cuando lo vi aparecer por la puerta del despacho.
Sus casi dos metros daban la impresión de haberse esfumado como por arte de magia en las últimas horas.
Caminaba encorvado, con los hombros vencidos y moviendo los pies sin levantarlos del suelo.
No me di cuenta de que mi madre ya no se encontraba en la cocina hasta que dejó sobre la mesa una bandeja con tres cuencos repletos de caldo caliente y una cesta con rodajas de pan.
Tras ello, fue al encuentro de su marido para fundirse en un abrazo.
Entre los dos me ayudaron a incorporarme y sortear los escasos cinco metros que me separaban de la zona del comedor.
Las piernas me temblaban como si me encontrara sobre una superficie inestable y me costaba pensar en lo sucedido sin que el motor de un cortacésped rugiera dentro de mi cabeza.
Comimos en silencio. Mientras mi padre hundía un mendrugo en el espeso líquido antes de llevárselo a la boca, yo tiraba trozos al caldo para comerlos luego con ayuda de una cuchara.
Ama, por su lado, ni siquiera había acercado su cuenco y miraba sin ver con los ojos puestos en la puerta de la entrada.
Hacía unos minutos que había conseguido engullir mi ración cuando los timbres de todos los teléfonos fijos de la casa sonaron a un tiempo; cada uno lo hacía con su característico ring-ring o cántico de pajaritos.
Mi madre dio un bote en la silla por el susto y salió de su ensimismamiento; yo, aterrorizado, me tapé los oídos con las manos y mi aita se levantó para alcanzar el aparato más cercano que se encontraba junto al sofá.
—¿Sí? —El rostro de mi padre se contraía por momentos y mi ama empezó a llorar de nuevo—.
¿Pero quiénes son? ¿Cómo que no puedes decírmelo?
—Otros interminables segundos de espera—.
¿Es necesario hacerle pasar por esto? ¿Estarás tú al menos?
—Otra pausa—. ¿Pero cómo que la Ertzaintza?
—Su voz sonaba cada vez más alterada—. Sí, si no hay más remedio, mejor en casa. Gracias.
Se dejó caer en la mullida butaca, que se hundió con su peso hasta envolverlo, y dirigió la vista a mi madre con desesperación.
—Otras familias han llamado esta noche; han desaparecido más chicas y chicos del pueblo.
Mi madre no pudo contener un grito nervioso.
—Martínez viene para aquí a ver la zona en la que desapareció, aunque lo hace extraoficialmente. Le han apartado del caso y dice que será la Ertzaintza quien llevará el operativo. Mañana quieren hablar contigo.
Me miró por vez primera desde que había comenzado su monólogo .
—Pero si es un niño. ¿Estás seguro de que pueden hacerlo? Bastante ha tenido que aguantar ya por un día. —Comenzaba a poner esa voz de histérica que nunca acababa en nada bueno.
Me hubiese gustado decirles que no pasaba nada, que hablaría con la policía sin problemas, pero el simple hecho de pensarlo hacía que todo diera vueltas y me produjera náuseas.
Mis padres seguían riñendo de una punta a la otra de la estancia, seguramente alzando la voz más de lo debido, pero yo solo veía sus rostros moverse a cámara lenta sin comprender nada de lo que decían.
—¿Se puede saber qué es todo este jaleo? ¿Es que una ya no puede dormir tranquilamente? Me da igual. —Dejó con la palabra en la boca a mi padre—. ¿Es que no veis cómo está el txikitxu, que se va a caer ahí tendido?
Desde lo alto de la escalera, ayudada por su bastón de madera, mi amama, la madre de mi padre, bajaba a buen ritmo mientras hacía callar a todos en la estancia y se acercaba a mí. Su cara suave y arrugada se contraía con gesto de disgusto.
La escena apenas duró diez segundos, dos de los cuales había consumido con el rapapolvo a su hijo.
Con sus más de cien años, estaba habituada a que el resto callara cuando ella hablaba en su casa.
Chapurreaba un euskera de carrerilla en el que las letras y las palabras se mezclaban unas con otras.
A mí me recordaba a cuando, siendo pequeño, trataba de meter una frase larguísima en un espacio que era a todas luces insuficiente y por eso apretaba las letras y las pegaba hasta lo imposible.
—¿Estás bien, cariño? —me preguntó y, sin esperar respuesta, siguió—. ¿Por qué no subes a la cama y te acuestas? Ayúdale —le mandó a mi padre—. Ven conmigo a la cocina, que te ponga una tila, Sonia .
Haciendo caso a la orden, me tomó entre sus brazos y me subió en volandas por las escaleras. Yo seguía sin poderme mantener en pie y no estaba para realizar grandes hazañas como subir por mí mismo al cuarto de la primera planta. Tal y como me tumbó en la cama, así me quedé el resto de la noche.
Hacía rato que había amanecido cuando un pitido estridente bajo mi almohada me despertó sobresaltado. Tenía varios mensajes de Josu pendientes desde la tarde anterior y uno que acababa de entrar.
Josu: Muy buena esa entonación delante del bar de ama.
Josu: ¿Ya te has cansado de subir tus proezas artísticas?
Josu: Egun on, dormilón. ¿Qué tal ayer de fiesta?