Cuando despierta el silencio 1 — Nekane
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Cuando despierta el silencio

Cuando despierta el silencio

Por Oscar Ares

© inepub.com

1 — Nekane

—Venga, por favor, animaos, una más. Solo una más, de verdad.

—Que no, Peio, dentro de nada anochece y, como no lleve al enano antes de que se ponga el sol, la ama me prohíbe salir hasta que cumpla treinta y cinco —argumenté agarrando del hombro a mi hermano de quince años.

—¿Y vosotros, chicos? —insistió girándose hacia la cuadrilla—. No dejaréis la fiesta a medias. Aún tenemos voz para un par de canciones más.

—¿A medias? Tengo la mano llena de callos de tanto darle a la makila y la garganta abierta en canal —protestó Alberto levantando el bastón de madera que empleaba para marcar el ritmo del canto.

—Creo que aún me queda un poco de vino para arreglar eso de la garganta.

Alberto rechazó el ofrecimiento con un gesto de su mano.

Era cuatro de febrero. Como era costumbre, habíamos bajado al pueblo para cantar en la víspera de Santa Águeda.

Allí nos reuníamos con el resto de vecinos de la zona.

Una vez más, el vino corría entre canción y canción.

Si bien otros años la fiesta se había alargado hasta las tantas, aquella vez había tenido que cargar con el alevín de la familia, que llevaba por lo menos tres años queriendo unirse al jolgorio.

Miguel, Mikel para los de casa, me sacaba una cabeza pese a que yo ya había cumplido los veinte y no desentonaba en el grupo.

Aprovechando la circunstancia y viendo que la noche prometía ser invernal, más de uno se había apuntado a una retirada temprana para desesperación de Peio.

Llevábamos desde las diez de la mañana de casa en casa y de bar en bar entonando a veces en solitario y otras en compañía de otros jóvenes los cantos típicos de la celebración.

Pedíamos el donativo para la santa, pero agradecíamos de buena gana una jarra de vino, agua para Mikel, o un pequeño tentempié para seguir nuestro camino.

A las dos y media paramos en casa de Peio para comer y descansar un poco. Sus padres sacaron unas mesas al jardín y nos invitaron a las doce personas que componíamos ese año nuestro coro.

—¿Qué tal llevas tu primer año, Miguel? —tronó la voz de Antón, el padre de Peio.

—Bien, muchas gracias, pero no pensaba que sería tan agotador.

—No te preocupes, que un buen guiso lo cura todo.

Eran ya las seis y cuarto de la tarde y nos encontrábamos a las afueras del pueblo, donde el colegio ocupaba los últimos números de la avenida. Estaba oscureciendo. Podíamos ver cómo el sol caía tras la iglesia que quedaba en el extremo opuesto de la calle.

Los últimos rayos pronto desaparecerían tras el horizonte. Más allá de las pocas luces cercanas, la oscuridad lo cubriría todo. En el camino que se extendía ante nosotros, en dirección a nuestra casa, apenas se podían distinguir las sombras de los árboles.

En ese escenario, resultaba cuando menos divertido ver a un tiarrón de metro noventa de altura y cien kilos rogando a todo el grupo por un rato más de fiesta.

—Harías bien en hacer caso a tus amigos. Una retirada a tiempo suele ser la decisión más acertada —dijo una voz rasposa desde las tinieblas—. Buenas noches, cuadrilla —saludó mientras se acercaba a la zona iluminada.

—Gabon, Ernesto —le devolvimos el saludo al reconocer al alguacil de la zona.

—Me has dado un susto de muerte —le reproché con el corazón en la garganta mientras soltaba a mi hermano, al que había abrazado instintivamente.

—Pero, mujer, ¿quién te va a saludar así a estas horas si no es nuestro querido Ernesto? —se burló Peio—. ¿Qué llevas ya en Erregetxe? ¿Cinco años? Y aún no hay quien te quite las costumbres de la capital.

Apenas superaba la treintena. Era alto, de espaldas anchas y poseía un atractivo natural.

Más de una de nosotras buscaba cualquier excusa para hablar con él.

Le destinaron desde Madrid a estos parajes dejados de la mano de Dios.

Las malas lenguas decían que tenía algún familiar con influencia que le había conseguido el puesto de su vida cuando don Echeveste se jubiló.

Otros aseguraban que se trataba de alguna especie de amonestación, porque ¿quién en su sano juicio querría acabar trabajando de sol a sol en medio de la nada?

Fuera por la razón que fuera, lo que nadie podía negar era que se había adaptado muy bien a las peculiaridades locales.

Estaba habituado a todas las costumbres, pero no al idioma; su acento madrileño se negaba a abandonarlo, y no se le había escuchado ni un «aupa» en los años que llevaba con nosotros.

A primera hora de la mañana acudía sonriente a su puesto, siempre con el uniforme impoluto.

Y no era raro verle vigilando hasta el ocaso.

—Una buena moza es lo que necesita este chico —solía decir mi madre cuando se lo cruzaba los domingos a la salida de la iglesia—. No es bueno para nadie trabajar tanto.

No solo guardaba el orden. Aquí eso significaba evitar que algún grupo de jóvenes rompiera la paz nocturna con sus cánticos un par de veces al año o acompañar a algún beodo hasta su casa.

Además, mantenía las calles limpias y hacía toda clase de recados para los funcionarios: llevaba documentos oficiales a Bilbao y asesoraba sobre las últimas ordenanzas.

—Además, está oscureciendo y bajando la temperatura por momentos. No creo que esa ropa os mantenga calientes mucho más tiempo. Si alguno quiere que lo acompañe, ya sabéis que estoy a vuestra disposición.

—Gracias, si vas camino al pueblo, podemos ir juntos, a ver si encuentro unos amigos que no recojan antes de comenzar la diversión —propuso el gigantón mientras se giraba tratando de mantener el equilibrio.

—¿El resto estáis bien? —Esperó a que todos asintiéramos—. No os preocupéis por él; lo dejo en casa de camino a la plaza del pueblo. Mañana nos vemos, buenas noches, chicos.

—Hasta mañana —nos despedimos los demás.

Los observamos un instante mientras avanzaban dando bandazos hacia el centro del pueblo. Allí aún quedaban algunas cuadrillas a las que el frío no parecía amedrentar .

—Vamos a buscar otra coral y nos unimos a sus voces —oímos que le decía nuestro amigo antes de que sus palabras fuesen ininteligibles.

Erregetxe era un pueblo pequeño. La mayoría vivíamos en caseríos desperdigados entre hectáreas de terreno agrícola y forestal.

El núcleo urbano, mucho más reciente, se reducía a una calle principal que unía la plaza del ayuntamiento con el colegio.

A ambos lados se mezclaban viviendas unifamiliares con jardín y pequeños bloques de pisos, levantados donde había ido quedando sitio.

Peio era el único del grupo que vivía en el centro; los otros seis que quedábamos teníamos nuestras casas en algunos de los caseríos que salpicaban los campos que cerraban la población por el este.

Una vez que dejamos el colegio atrás, la oscuridad lo cubrió todo.

Menos mal que los que residíamos a las afueras teníamos la lección aprendida y acostumbrábamos a cargar con unas linternas.

Su presencia se hacía imprescindible a esas horas.

Eran linternas toscas. Apenas proyectaban un pequeño haz de luz un par de metros por delante de nosotros, pero bastaba para no tropezar con una piedra ni pasar de largo el desvío hacia nuestras casas.

Como si las palabras de Ernesto hubiesen invocado a alguna deidad, a los pocos minutos de iniciar nuestra caminata, las nubes dejaron caer los primeros copos sobre nosotros.

Comenzamos a reír y cantar ante la singular estampa nocturna mientras aligerábamos el paso temerosos de una tormenta.

Otra vez entonamos el canto en honor a Santa Águeda acompañados del ritmo marcado por nuestras makilas.

Estábamos coreando el último verso cuando la noche se hizo de día por un instante y un estruendo apagó nuestras voces.

El viento sopló con más fuerza y la precipitación helada se hizo más intensa.

—Sí que nos ha caído un aluvión de aplausos —bromeó Alberto sin poder disimular el nerviosismo de su voz—. Yo sigo por aquí.

Apuntaba con su linterna al cartel que señalaba un desvío: un grabado sobre una tabla de roble que representaba un árbol cuyas raíces se contoneaban hasta formar un trono. Había sido elaborado por su padre, ebanista, e indicaba a los viandantes el camino hacia la casa y el taller.

La nieve se acumulaba sin cesar sobre el pavimento helado y la caminata empezaba a hacerse difícil.

Los bastones ya resultaban imprescindibles para no patinar.

El trueno apagó los ánimos. Caminábamos en un silencio casi absoluto, interrumpido solo por alguna conversación insustancial o por alguna broma sobre cómo se las arreglaría Ernesto para encerrar a Peio en casa.

—Yo creo que en cuanto Antón lo vea de esa guisa, no tendrá escapatoria —conseguí articular pese al castañetear de mis dientes.

—Mejor que sea Antón, porque como lo vea María, esta noche duerme calentito.

María, la madre de Peio, era la antítesis de su hijo y marido. Afable, de apenas metro sesenta, solía decir:

—No se puede ser una blanda con dos hombretones como estos en casa; si no, te comen y no te respetan.

Esta fue probablemente la última carcajada que pude escuchar salir de labios de mis amigos .

Poco a poco, sin saber que sería la última vez que nos veríamos, los otros tres tomaron el camino hacia sus casas. Un «gabon», amortiguado por la nieve, fue nuestra única despedida.

Hacía rato que los últimos destellos del sol habían desaparecido bajo el horizonte y ya no se veía nada más allá del tenue haz de nuestras linternas.

—Nekane, tengo miedo.

—Tranquilo, Mikel, enseguida llegamos a casa —traté de calmar a mi hermano—. Mira, ya estamos —dije.

Tomamos el último desvío que nos llevaría por un camino que serpenteaba hasta la entrada de nuestro baserri.

—No se escucha nada, se ha apagado el monte.

—No digas tonterías. ¿Cómo va a apagarse el monte?

Se encogió de hombros, pero la realidad era que sí se habían apagado todos los sonidos con los que me había criado y a los que tan habituada estaba.

No quedaba ni rastro de los acostumbrados susurros de los animales nocturnos.

Era como si hubiesen bajado el volumen de todo salvo de nosotros.

Veía las ramas agitarse bajo la tormenta y sentía la nieve azotarme la cara igual que unos instantes antes, pero no escuchaba nada.

A mis oídos solo llegaba la respiración agitada de mi hermano, que se había refugiado entre mis brazos y lloriqueaba sobre mi hombro.

Las débiles luces de las linternas centellearon y se apagaron, y con ellas el mundo que nos rodeaba.