Cuando descubras la verdad Capítulo 29
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Capítulo 29

El principio de algo mejor

Los primeros meses sin Jana no fueron buenos. No hubo una historia de superación. Lo que hubo fue una cama de la que no quería levantarme, una bandeja de comida que volvía casi intacta a cocina y un cuerpo que empezó a desaparecer sin que me diera cuenta.

Perdí diez kilos. Lo supe porque una enfermera me pesó una mañana y resopló antes de apuntarlo en la ficha. Yo miré el número sin sentir nada, como si aquel cuerpo que se vaciaba poco a poco no fuera mío, sino una cosa que me habían dejado a cargo y que yo estaba cuidando fatal.

Después de unos días, otra paciente ocupó el sitio de Jana. Una chica callada, con el pelo corto. No tenía la culpa de nada, pero yo la odié un poco al principio. Odié su forma de hablar y de moverse, su neceser en la mesilla, sus zapatillas junto a la cama.

Pol venía a verme todos los días. A veces se sentaba en mi cama y hablaba por los dos.

Teresa aparecía de vez en cuando, con alguna charla inspiradora de las suyas.

Ramón seguía confiándome sus teorías paranoicas.

Iris, por su parte, intentaba sacarme de la habitación, y a veces me traía algo de merienda.

Yo seguía ausente. No era que no los quisiera. Los quería. Incluso los necesitaba, aunque no tuviera fuerzas para agradecerlo. Pero había una parte de mí que se había quedado suspendida en aquella despedida.

Sanz me llamó a su despacho una mañana de noviembre. Hacía frío. Yo llevaba una sudadera que ya me iba muy grande y el pelo recogido de cualquier manera. Al sentarme frente a ella, me di cuenta de que llevaba semanas entrando en aquel despacho con pintas de indigente.

Sanz me observó.

—Ares —dijo—. ¿Qué estás haciendo?

Me encogí de hombros.

—Me has llamado y aquí estoy.

Sanz apoyó las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

—Llevas semanas abandonándote. Estás horrible.

—Ah, genial. Gracias. Justo lo que necesitaba.

—No te lo digo para atacarte. Te lo digo porque alguien tiene que decírtelo.

Me eché hacia atrás en la silla, cruzándome de brazos.

—Claro. Ahora viene la parte en la que me dices que tengo que pensar en positivo.

—No. Ahora viene la parte en la que te digo que Jana no es responsable de mantenerte viva.

La frase me golpeó tan fuerte que durante unos segundos no pude ni contestar.

—Entiendo el dolor —continuó Sanz—. No lo minimizo. Has vivido una pérdida muy intensa en un momento muy vulnerable. Pero no puedes seguir así.

—No sé hacerlo de otra manera —dije.

—Por eso estás aquí. Porque quizá ahora mismo no puedes hacerlo por ti —continuó—. Pero algún día tendrás que hacerlo sola, y nosotros vamos a ayudarte a saber hacerlo.

No tenía ganas de discutir. Sentí cansancio. Un cansancio enorme.

—Estoy muy cansada.

Sanz suavizó la voz.

—Lo sé.

—Y la echo de menos todo el tiempo.

—Lo sé.

—Y me da miedo mejorar y que, cuando salga, ya no esté.

No voy a mentirte —dijo—. Puede pasar. Pero destruirte ahora no va a impedirlo.

Había algo insoportable en esa frase, precisamente porque no ofrecía garantías. No convertía la recuperación en una moneda de cambio. Solo dejaba sobre la mesa una realidad adulta: cuidarme no aseguraba que Jana volviera. No comer tampoco.

Y, aun así, una opción me mantenía viva. La otra no.

No decidí cambiar aquel día. No salí del despacho convertida en una persona nueva.

No abracé la terapia con los ojos brillantes ni acepté consejos por voluntad de renacer.

Pero aquella tarde me comí medio plato de pasta.

Al día siguiente fui a terapia de grupo y hablé por primera vez en semanas.

Empecé a levantarme antes de que vinieran a despertarme.

A veces volvía a hundirme dos días seguidos.

Pero empecé. Me tomé las clases en serio.

Las de regulación emocional, las de tolerancia al malestar.

Aprendí a detectar el momento exacto en que el abandono dejaba de ser tristeza y empezaba a convertirse en rabia.

Aprendí que, si esperaba cinco minutos antes de actuar, a veces el enfado bajaba un poco.

Con Pol volví a reírme de verdad. No todo el tiempo, pero pasó. Una tarde hizo una imitación tan mala de Robert que Teresa casi se atraganta con una galleta y yo me reí hasta que me dolieron las costillas.

Iris y Pol acabaron liándose de una forma tan evidente que toda el ala B tuvo que fingir que no se daba cuenta. Teresa decía que acabarían casados o denunciándose. Ramón, por supuesto, decía que aquella alianza ya estaba prevista.

La muerte de Marcos terminó quedando oficialmente como un accidente asociado al consumo de alcohol y a una caída desafortunada. La investigación se cerró con más silencios que respuestas.

Había una Ares antes y después de Jana. Y la segunda no era mejor todos los días, ni más fuerte. Pero era más consciente y menos dispuesta a fingir que querer mucho justificaba destruirlo todo.

Pasaron los meses y volví a ganar peso. Mi cara dejó de parecer una pasa arrugada. Me corté el pelo, empecé a dormir algunas noches enteras. Empecé a imaginar el alta no como una fuga, sino como una salida.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

El día que Sanz me dijo que estaban valorando darme el alta, me quedé sentada frente a ella, escuchando cada palabra. Parte de mí esperaba sentir euforia. Otra parte esperaba pánico. En cambio, sentí algo más sobrio.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Sanz.

Lo pensé.

—Preparada.

Sanz sonrió.

—Me parece una respuesta bastante buena.

— A mí también.

Esa noche, antes de dormir, pensé en Jana. En si se acordaría de mí. En si la vida fuera del centro la habría cambiado por completo.

La incertidumbre me seguía doliendo, pero ya no me gobernaba por completo.

Apagué la luz y me tumbé boca arriba. La habitación estaba en silencio. Mi compañera respiraba al otro lado, tranquila. El centro seguía vivo a su manera. Y yo también.

Durante mucho tiempo pensé que salir de allí significaría correr hacia Jana y recuperar la parte de mí que se había llevado.

Después entendí que no podía presentarme ante ella como una mitad esperando que la completaran.

Si algún día volvía a verla, quería hacerlo entera.

O al menos lo bastante entera como para no pedirle que me salvara.

Ese fue el verdadero final de aquella historia.

Ni la muerte de Marcos.

Ni la marcha de Jana.

Ni siquiera el cuarto beso pendiente.

El final fue mucho menos espectacular que todo eso.

Una noche cualquiera, en una habitación que ya no olía a ella, dejé de esperar que alguien viniera a rescatarme.

Y empecé, con bastante miedo, a hacerme cargo de mí.