Capítulo 28
Adiós, Jana
Me llevaron a enfermería después de aquello. Me revisaron el golpe del costado, me hicieron preguntas y, cuando vieron que no bajaba de revoluciones, me dieron unas pastillas para calmarme.
No sé en qué momento me dormí, pero me desperté allí, con la boca seca, el cuerpo pesado y espesor en la cabeza.
Sentí una resaca emocional tan brutal que casi me dobló por dentro. Podía notar la culpa en mí, también la vergüenza, el dolor y el miedo.
Me incorporé en la camilla. El costado me dio un pinchazo inmediato y me llevé una mano allí por instinto.
—Buenos días —dijo Javi desde el escritorio, levantando la vista—. ¿Cómo estás?
—Viva.
—Eso ya es algo.
Me hizo unas cuantas preguntas, me miró el golpe y decidió que no parecía nada serio, aunque me advirtió que seguramente me dolería unos días.
Cuando por fin me dejaron volver a la habitación, entré y el mundo se me hundió un poco más. Jana estaba haciendo la maleta. Doblaba la ropa con esa precisión suya, colocando cada prenda en el interior como si el orden pudiera contener el desastre.
Se giró al oírme. Tenía mala cara y los ojos hinchados.
—Ares.
No supe qué decir. Me quedé en la puerta, mirando la escena.
Jana dejó la camiseta que tenía en las manos y se acercó.
—¿Te duele?
—Un poco.
Su mirada bajó hacia mi costado, preocupada.
—Me voy hoy mismo —dijo.
—No.
Jana cerró los ojos un segundo.
—Por favor —dijo, y esta vez la voz se le rompió un poco—. No me lo pongas más difícil.
Empecé a llorar sin poder evitarlo.
—Lo siento —dije—. Lo siento muchísimo.
Jana vino hacia mí y me abrazó. Me agarré a ella como si pudiera impedirlo.
—Se me fue completamente la olla —murmuré contra su hombro—. Dios, Jana… no sé qué hice. No sé en qué momento…
—Lo sé.
—No debería haberlo hecho.
—Lo sé.
Me limpié la cara con la manga, sintiéndome pequeña y ridícula.
—Le pegué.
Me miró un segundo, con esa ternura triste que iba a perseguirme mucho tiempo.
—Para que conste… alguna vez yo también he querido pegarle a Robert.
La miré, sorprendida.
—¿Qué?
Jana se encogió un poco de hombros.
—No hacerlo. Solo… imaginarlo.
A pesar de todo, a pesar del costado dolorido, de la maleta, de la devastación completa que ocupaba la habitación, solté una risa rota.
—Madre mía.
—Pero es verdad.
Nos reímos las dos. Y después volvimos a llorar.
Jana me abrazó otra vez y yo cerré los ojos, intentando memorizar la forma exacta de su cuerpo contra el mío. Su olor. Su pelo rozándome la mejilla. Todo. Quería guardarlo de alguna manera, aunque sabía que la memoria era cruel y acabaría devolviéndome esos detalles cuando más dolieran.
—No quiero que te vayas.
—Yo tampoco quiero irme.
—Entonces no te vayas.
Jana lloró más fuerte, pero no se apartó.
—No puedo quedarme.
Nos sentamos en la cama, una junto a la otra, con la maleta abierta delante. Durante unos minutos no hablamos. Jana me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Todo lo que ha pasado aquí… —dijo ella al cabo de un rato—. No sé cómo explicarlo.
La miré.
—Ha sido horrible. Algunas partes. Demasiadas.
—Sí.
—Pero también… —buscó las palabras—. También ha sido lo más real que me ha pasado nunca.
—Jana…
—No quiero olvidarlo —dijo—. Aunque duela y haya cosas que no sepamos cómo llevar. No quiero hacer como si no hubiera pasado.
Negué con la cabeza, apretándole la mano.
—No vamos a olvidarlo.
—Esto se queda con nosotras —susurró.
—Para siempre.
Habíamos compartido demasiado. Habíamos sido felices en mitad del desastre. Habíamos hecho cosas terribles por amor.
Jana apoyó la cabeza en mi hombro.
—Cuando salgas de aquí, quiero que estés bien.
Cerré los ojos.
—Te buscaré.
—Ares—
—Te buscaré, Jana.
Se incorporó para mirarme.
—Escúchame. Quiero que te centres en ti. En recuperarte. En recordar por qué estás aquí.
—Estoy aquí porque estoy fatal de la cabeza.
—Estás aquí porque mereces estar mejor.
No supe qué decir.
—No quiero que salgas de aquí corriendo detrás de mí sin haber aprendido a cuidarte —continuó—. No quiero ser otra forma de que te olvides de ti.
Me apartó un mechón de la cara, despacio.
—Prométeme que vas a intentarlo.
Lloré otra vez.
—No me pidas promesas ahora.
—Ares.
La miré. Y odié lo mucho que la quería en ese momento. Odié que incluso marchándose estuviera pensando en mí. En esa parte de mí que yo habría vendido entera por subirme a un coche con ella y no mirar atrás.
—Lo intentaré —dije al fin.
Jana asintió, llorando en silencio.
—Yo también.
—¿Qué?
—Intentaré estar bien.
La abracé otra vez. No sé cuánto tiempo estuvimos así. En algún momento llamaron a la puerta y una auxiliar avisó a Jana de que tenían que terminar de preparar la salida. La realidad, siempre tan inoportuna, volvió a meterse entre nosotras.
Jana se puso de pie. Yo también. Nos miramos como si ninguna supiera cómo decir adiós.
—Cuatro —dijo Jana, con la voz rota.
—Cuatro.
El primer beso fue suave. Lleno de lágrimas.
El segundo fue un poco más largo. Como si intentáramos meter en él todo lo que no nos iba a dar tiempo a decir.
El tercero fue torpe, porque Jana empezó a llorar más fuerte y yo también, y nuestras bocas se encontraron entre respiraciones rotas.
Antes del cuarto, nos quedamos mirándonos. No quería darlo. Porque el cuarto era el último. Y ella también lo sabía.
—No puedo —susurré.
Jana me cogió la cara con las dos manos.
—Sí puedes.
Negué con la cabeza.
—No quiero.
—Yo tampoco.
—El cuarto te lo daré fuera de aquí, cuando nos volvamos a encontrar.
Ella cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía. Nos quedamos así unos segundos más, con los labios demasiado cerca y el cuarto beso suspendido entre nosotras como una promesa.
—Vale.
—Vale.
—Te debo un beso.
—El más importante.
Jana asintió, llorando en silencio.
—Te quiero —dijo.
—Te quiero —respondí.
Entonces se apartó, cogió la maleta, abrió la puerta, la cerró cuatro veces y se marchó.
Se marchó Jana, mi Jana.
Me quedé mirando la habitación. Sus cosas ya no estaban. No me lo podía creer.
Picaron a la puerta. Fui corriendo, pensando que era ella de nuevo.
—Ares…
Era Pol.
Al verme, su expresión cambió.
—Ven aquí —dijo.
Yo intenté aguantar, pero Pol se sentó a mi lado en la cama, me rodeó con un brazo y ahí se acabó todo. Me rompí. Lloré contra su hombro, agotada. Pol no dijo nada al principio. Solo me abrazó fuerte, una mano en mi espalda, la otra en mi pelo.
—Se ha ido —dije, como si él no lo supiera.
—Lo sé.
—No puedo… —intenté respirar, pero me salió un sollozo—. No puedo con esto.
Pol me apretó un poco más.
—Sí puedes.
—No.
—Ahora no lo parece —dijo—. Pero sí puedes.
—No digas frases de taza motivacional, por favor.
—Vale. Reformulo: ahora mismo estás hecha mierda, con razón, y probablemente vas a estarlo un buen rato. Pero no te vas a hundir sola, porque no te vamos a dejar.
—La necesito —dije.
—Ya.
—No entiendes cuánto.
Pol me miró con una seriedad poco habitual en él.
—Creo que sí lo entiendo un poco.
—Me siento como si me hubieran arrancado algo.
Pol se quedó en silencio unos segundos, mirando la cama vacía de ella.
—Oye —dijo al fin—. No se ha muerto.
—Qué delicado.
—Ya, perdón. Ha sonado fatal. Pero me entiendes.
Respiré hondo, intentando recomponerme un poco.
—No sé si la voy a volver a ver.
—Claro que la vas a volver a ver.
—No lo sabes.
—No, pero te conozco. Y ahora la conozco un poco a ella. Esta historia no puede acabar así como así.
—Le he dicho que la buscaría cuando saliera.
—Pues ya tienes un motivo para salir bien.
—Me ha dicho que me centre en mí, que recuerde por qué estoy aquí.
—Tiene razón.
—Odio que todo el mundo tenga razón menos yo.
—Es duro, sí.
Le di un golpe flojo en el brazo.
Pol sonrió y luego volvió a ponerse serio.
—Ares, mírame. La quieres, vale. La has perdido de vista hoy, vale.
Te duele como si te hubieran atropellado por dentro, vale.
Pero sigues aquí. Y aquí no estás sola. Tienes a Teresa, que probablemente ya está preparando un discurso dramático sobre el amor y las despedidas.
Tienes a Ramón —continuó—, aunque sea Ramón y a veces parezca que vive en una película de conspiraciones rodada por él mismo, creo que te defendería ante cualquier enemigo inventado por él.
Tienes a Iris, que ha preguntado tres veces por ti intentando fingir que no le importaba.
Le miré, sorprendida.
—¿Sí?
—Sí. Y me tienes a mí. No vamos a dejar que te hundas. No después de todo lo que te ha costado llegar hasta aquí.
Me limpié otra lágrima.
—Ayer ataqué a Robert en el comedor.
—Sí, ayer la cagaste —dijo, sin suavizarlo demasiado—. Muchísimo. Pero una cagada no borra todo lo demás. Lo importante es qué haces ahora con eso.
Suspiré, temblorosa.
—No sé qué hacer.
—Hoy, respirar. Comer algo. Ducharte, si puedes. No pegar a nadie más, idealmente.
—Ambicioso.
—Mucho. Mañana ya veremos.
Me apoyé otra vez en su hombro, más cansada que antes, pero un poco menos sola.
—No quiero dormir en esta habitación sin ella.
Pol acarició mi pelo con torpeza.
—Pues esta noche me quedo un rato aquí, si quieres. Hasta que te duermas.
—No creo que te dejen.
—Me colaré.
Cerré los ojos. Solo sentía dolor. Pol seguía hablando. No podía llenar el hueco que ella había dejado. Nadie podía. Pero quizás no se trataba de llenar nada. Quizá se trataba solo de no dejar que ese hueco me tragara entera.