Cuando descubras la verdad Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—La verdad ahora mismo puede hundirnos a nosotros antes de hundir a nadie más. Tenemos que protegernos.

—Nosotros no hicimos nada.

—Hicimos suficiente para que parezca que sí.

Ramón empezó a entender que la policía podría señalarle a él.

—Lo mejor —añadí— es dejarlo pasar.

—No puedo.

—Ramón, tienes que hacerlo. Al menos por ahora.

—Pero la cinta—

—Ya no está. Y si no está, no podemos hacer nada con ella.

—El asesino nos la ha quitado —murmuró.

No supe qué decir. No había manera de consolarle sin mentir aún más.

—Quizá esto significa que teníamos que parar —dije finalmente.

Él levantó la vista hacia mí.

—Otra señal.

—Otra señal.

Ramón se quedó mirando la pared, parecía un paciente asustado al que le habían quitado la única cosa que le hacía sentir que tenía el control.

—Confío en ti —dijo al cabo de unos segundos.

—Lo sé.

—Eres la única que me escuchó.

Cerré los dedos contra la palma de mi mano.

—Ramón…

—Si dices que hay que parar, paramos.

—Por ahora —dije, incapaz de hacerlo más definitivo—.

—Por ahora.

Luego se alejó por el pasillo, todavía mirando a su alrededor, convencido de que alguien le había ganado la partida.

Después de todo aquello, Jana y yo intentábamos continuar. Dormíamos juntas, nos buscábamos con la mano bajo la mesa, nos besábamos cuando nadie miraba. A veces reíamos. A veces incluso parecía que podíamos ser dos chicas enamoradas sin más.

Aquella tarde, la doctora Sanz llamó a Jana a su despacho. Al principio no me preocupé demasiado, pero volvió casi cuarenta minutos después y supe que algo iba mal antes de que dijera una sola palabra. Tenía la cara pálida y desencajada.

—Tenemos que hablar.

Me levanté al instante.

—¿Qué ha pasado?

—Mi madre ha retirado el pago del centro.

—¿Qué?

—Ha llamado a dirección esta mañana. Ha dicho que no quiere seguir pagando porque considera que aquí están empeorando mi salud.

—¿Empeorando tu salud?

—Dice que desde que estoy aquí tomo peores decisiones, que estoy más inestable, que no reconoce a su hija y que el centro no está sabiendo protegerme de malas influencias.

—No puede hacer eso —dije.

—Sí puede.

—No puede decidir así sobre tu vida.

—Ha dejado de pagar.

—¿Y qué ha dicho Sanz?

—Que están intentando hablar con ella, pero si no se cubre el pago, tengo que irme o trasladarme a un centro público.

—Vale —dije rápido—. Pues buscamos una solución.

—Ares…

—No. No me mires así. Buscamos una solución.

—No tengo dinero para pagar esto.

—Ya, pero habrá opciones.

—No las hay.

—Tiene que haberlas.

—No las hay —repitió, más bajo.

Y ahí algo empezó a romperse dentro de mí.

—Nos fugamos —dije.

—¿Qué?

—Nos vamos. Tú y yo. Esta noche si hace falta.

—Ares, no—

—Podemos irnos a Barcelona, a tu piso, a donde sea. O al mío. Bueno, mi piso es una mierda, pero da igual. Nos apañamos.

—No puedo fugarme de un centro psiquiátrico.

—Claro que puedes.

—No, Ares.

—Pues hablamos con tu madre.

—No va a servir.

—La llamo yo.

—Ni se te ocurra.

—Le digo cuatro cosas bien dichas y—

—Ares, para.

—No. No voy a parar. ¿Qué pretendes? ¿Que me quede aquí sentada viendo cómo te arrancan de mi lado porque tu madre ha decidido que ya no le conviene pagar?

—No es tan sencillo.

—Nos vamos juntas. Nos enfrentamos a ella juntas. Buscamos dinero. Hablamos con Sanz. Con Martín. Con quien haga falta.

—No puedo pagar este centro —dijo Jana, y esta vez su voz se quebró—. Y si mi madre no paga, tengo que irme. Es así.

—No voy a dejar que te vayas —dije.

Jana me miró con los ojos llenos.

—No depende de ti.

—Esto es culpa de Robert —dije de pronto.

—¿Qué?

—Fue él quien llamó a tu madre, ¿no?

—Le escribió, sí, pero—

—Claro. Le metió mierda en la cabeza.

—Ares…

—Y además fue él quien trajo el alcohol aquella noche.

—No mezcles las cosas.

—¿Cómo que no mezcle las cosas? Todo empieza en él. El alcohol, Marcos borracho, tu madre pensando que estoy manipulándote, tú teniendo que irte. Todo.

—Ares, mírame.

No podía. Si la miraba, quizá me desmoronaba. Y yo no quería desmoronarme. Quería hacer algo. Cualquier cosa. Golpear una pared. Romper una mesa. Salir corriendo. Encontrar al culpable, al que fuera, y arrancarle de las manos todo lo que me estaba quitando.

—Todo es culpa del puto Robert.

—No es culpa de Robert que mi madre sea como es.

—Él la llamó.

—Sí, pero—

—Él trajo el alcohol.

—Ares, para.

—Él hizo que Marcos bebiera.

—Para.

—Él—

—¡Ares!

Pero ya no la escuchaba bien. Su voz llegaba desde lejos, mezclada con el ruido de mi propia sangre.

Había una parte de mí que sabía que estaba entrando en bucle, que estaba simplificando algo enorme porque necesitaba un objetivo concreto para no romperme en mil pedazos.

Pero esa parte era muy pequeña y no tenía fuerza para frenar al resto.

Me giré hacia la puerta.

—¿A dónde vas?

No respondí.

—Ares, no.

Salí como una bala. Escuché sus pasos detrás de mí, su voz llamándome, pero yo ya estaba en el pasillo, avanzando rápido. La sala común estaba casi vacía. Robert solía estar allí a esas horas, y allí estaba, sentado con dos chicos del ala C.

—¡Tú! —grité.

Robert levantó la cabeza.

—¿Qué quieres?

Crucé la distancia hasta él y me lancé encima suyo. Robert soltó un grito ahogado y yo caí sobre él, empujándole contra el suelo con todo el peso de mi rabia. Alguien gritó mi nombre, quizá Jana, quizá Pol, no lo sé. Yo solo veía su cara.

—¡Todo es por tu culpa! —le grité.

Le golpeé en la cara una y otra vez. Robert intentó cubrirse, empujarme, zafarse. Yo seguía encima, descontrolada, insultándole.

—¡Por tu culpa! ¡Por tu puta culpa!

—¡Quítate de encima, loca! —gritó él.

—¡No vuelvas a acercarte a ella!

—¡Suéltame!

Me agarró de los hombros y consiguió empujarme con fuerza. Perdí el equilibrio hacia atrás, pero volví a intentar lanzarme. Esta vez él se incorporó a medias y me empujó de nuevo, más fuerte, con desesperación.

Caí contra una de las mesas del comedor. El golpe me cortó la respiración. La cadera chocó primero, luego el costado, y un dolor seco me subió por el cuerpo. Durante un segundo todo se volvió blanco.

—¡ARES!

Esa sí fue Jana. La vi llegar corriendo.

Robert estaba de pie, respirando fuerte, con la cara roja y una marca en el pómulo. Yo intenté incorporarme, pero el dolor me hizo doblarme.

—¡Está loca! —gritó él—. ¡Está completamente loca!

Jana se giró hacia él con una furia que no le había visto nunca.

—¡Cállate!

Pol apareció casi al mismo tiempo, entrando al comedor como si hubiera corrido desde la otra punta del centro.

—¡Eh, eh, eh! ¿Qué coño pasa?

—¡Me ha atacado! —gritó Robert.

—¡Porque eres un puto miserable! —intenté decir, pero la voz me salió rota.

Jana se agachó junto a mí.

—Ares, mírame. ¿Te has hecho daño?

—Estoy bien —mentí, intentando levantarme.

—No estás bien.

—Déjame.

—No.

El caos creció en cuestión de segundos y entonces llegaron los celadores. Uno fue directo hacia Robert, que seguía gritando que yo estaba enferma, que todos lo habían visto, que él no había hecho nada. El otro vino hacia mí con las manos levantadas, intentando que no me moviera.

—Ares, tranquila.

—No me toques.

—Tranquila.

—¡Que no me toques!

Jana intentó ponerse entre los dos.

—Está herida.

—Jana, apártate —dijo uno de los celadores.

—No.

—Jana —la voz de Sanz apareció desde la entrada, firme, cortando el comedor entero—. Apártate.

—Ares —dijo Sanz—. Te vienes conmigo ahora mismo.

—No.

—No es una pregunta.

El celador me ayudó a levantarme pese a que intenté apartarlo.

—Llévensela —dijo Sanz.

Robert seguía hablando al otro lado.

—¡Esto es una agresión! ¡Quiero denunciarla!

Pol se giró hacia él, furioso.

—Cierra la boca de una vez o te juro que—

—Pol —advirtió Sanz.

Pol apretó los dientes, pero se calló.

Me sacaron del comedor casi a rastras. Mientras cruzaba la puerta, miré una vez hacia atrás sin poder evitarlo. Jana seguía allí, clavada en mitad del comedor, con la cara completamente desencajada. Y entonces entendí que había llegado demasiado lejos.